San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 12 de diciembre de 2012

San Isaías y la esperanza de la Iglesia en Adviento



         A través del Profeta Isaías, Dios se dirige a su Pueblo, al cual llama: “gusanito” o “lombriz”: “Tú eres un gusano, Jacob, eres una lombriz, Israel” (cfr. Is 41, 13-20), y esto para hacer significar tanto la extrema indefensión del Pueblo Elegido frente a sus enemigos, como la incapacidad de hacer algo sin la ayuda divina. Si bien esta revelación se da en el contexto del exilio y de los continuos asedios que sufre el Pueblo Elegido, la caracterización de “lombriz” o “gusanito” le corresponde a todo hombre, puesto que frente a su enemigo mortal, el demonio, el hombre es menos que un gusano, y sin la ayuda divina, nada puede hacer, tal como lo dice Jesús en el Evangelio: “Sin Mí nada podéis hacer” (Jn 15, 5).
         Y si esta caracterización vale para todo hombre y en todo tiempo, es válida con mucha mayor razón para los miembros de la Iglesia en Adviento, puesto que en este tiempo litúrgico la Iglesia espera la llegada de su Mesías, de su Salvador, el cristiano descubre que el mundo, sin la Presencia de Dios, es un erial, un desierto poblado de chacales, un bosque incendiado, una manantial sin agua, un prado agostado, y por eso clama por su venida, porque ante tanta desolación y maldad, se siente impotente, como un “gusano”, como una “lombriz”.
         Pero si el hombre es descripto por el mismo Dios como “gusano”, resulta que este Salvador viene al mundo también como “gusano”, y como un “gusano escarnecido”, tal como lo describe el Salmo 22, en donde se contempla al Salvador en el Via Crucis:  “Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres y despreciado del pueblo; los que me ven  me escarnecen” (6-7); el mismo profeta Isaías, cuando ve al Redentor en la Pasión, lo describe como “sin aspecto hermoso”, de “apariencia desfigurada”, y con un aspecto tan lastimoso, que quienes lo contemplan “dan vuelta el rostro” (cfr. Is 52, 14ss), horrorizados por el estado al que ha quedado reducido el Salvador a causa de la maldad del corazón humano.
         La descripción de “gusano” con la cual Dios mismo llama a su Pueblo Elegido, no  termina allí, porque Dios en Persona viene a rescatarlo: “Tú eres un gusano, Jacob, eres una lombriz, Israel, pero no temas, Yo vengo en tu ayuda”, y ese “venir en ayuda”, es la Encarnación del Hijo de Dios en el seno virgen de María y su posterior manifestación como Niño de hombre. Paradójicamente, el Dios omnipotente, que viene a rescatar a su creatura, el hombre, que frente a sus enemigos es como un “gusano”, y frente a su majestad divina es como “una lombriz”, viene Él también en la figura de “gusano” y de “lombriz”, porque viene como Niño humano, como si fuera el fruto de las entrañas del hombre. Pero no es fruto de hombre: proviene desde la eternidad, de las entrañas del Ser eterno de Dios Padre, es Dios como su Padre, y proviene desde el tiempo, por su encarnación, de las entrañas del ser creatural e inmaculado de la Virgen Madre, y es de la raza humana, como su Madre. El Niño que viene a rescatar al hombre, adopta la figura de un hijo de hombre, es decir, de un “gusanito”, de una “lombriz”, pero es Dios omnipotente, todopoderoso, que viene oculto en la frágil humanidad de un Niño recién nacido.
         La acción restauradora del Mesías, el Niño de Belén, es descripta por boca del profeta Isaías, por el mismo Dios, con la figura de un desierto que florece, en el que surge el agua pura y fresca de manantial, y en el que los árboles frondosos, las flores y los vergeles, sustituyen para siempre a la tierra seca y árida del desierto: “Haré brotar ríos en las cumbres desiertas y manantiales en medio de los valles; convertiré el desierto en estanques, la tierra árida en vertientes de agua. Pondré en el desierto cedros, acacias, mirtos y olivos silvestres; plantaré en la estepa cipreses, junto con olmos y pinos, para que ellos vean y reconozcan, para que reflexionen y comprendan de una vez que la mano del Señor ha hecho esto, que el Santo de Israel lo ha creado”.
          Es la descripción de la acción de la gracia en el alma del hombre, gracia santificante que es traída por el Niño de Belén, el Mesías Salvador, que al hacer participar al hombre de la vida divina, provoca en el hombre una transformación, de ser creatural en ser divinizado, divinización que lo convierte en un ser de belleza extraordinaria, belleza que sólo pálida y lejanamente puede ser descripta por la figura del desierto que se convierte en paraíso terreno, en vergel florecido. Es esta la esperanza de la Iglesia en Adviento: la Llegada del Mesías que, con aspecto de Niño humano, divinizará al hombre con su gracia santificante, convirtiéndolo de “gusano” o “lombriz” en hijo adoptivo de Dios.

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