San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

domingo, 9 de diciembre de 2012

San Isaías y la alegría del Adviento



         Al contemplar la Llegada del Mesías -Isaías ve al Niño de Belén en visión, cientos de años antes de su Nacimiento-, San Isaías (cfr. 35, 1-10) expresa la alegría que éste traerá a la tierra, y expresa esa alegría en las figuras del desierto y de la tierra reseca que reciben el agua y en las flores que adornan la estepa: “Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa!”.
         Sin embargo, no contento con esta llamada a la alegría, San Isaías insiste todavía con más alegría y con cantos de júbilo: “¡Sí, florezca el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo!”.
         Ahora bien, la alegría de San Isaías es tanto más festiva, cuanto que se trata de una alegría no conocida por el hombre, porque es la alegría por la llegada del Mesías, Mesías al cual no se lo conoce, y por lo tanto no se conoce la alegría que Él trae. Las alegrías representadas en las alegorías de la tierra reseca que recibe agua, y del prado florido, son solo eso, alegorías que sólo de un modo lejano permiten formar una idea acerca de cómo es en sí misma la alegría que trae el Mesías, puesto que es la alegría misma de Dios; aún más, es Dios, que es “Alegría infinita”.
         ¿Cuál es el motivo de tanta alegría? El motivo es que la Llegada del Mesías significará para la humanidad apartada de Dios -que sin Dios es, precisamente, como el desierto árido, como la tierra reseca y como el prado agostado-, una renovación en lo más profundo de su ser, una renovación tan profunda, que significará ante todo una re-creación, porque el Mesías traerá la gracia santificante, que al infundir la vida divina en el hombre, será para este como una nueva creación, así como el agua pura y cristalina da vida nueva al prado que muere y agoniza por la sequía.
         Así como la tierra sin lluvia, agostada, no permite que el prado florezca, así también la humanidad sin Dios, la humanidad caída en el pecado original, agoniza por haber perdido el contacto con la fuente de la vida, que es Dios mismo. Precisamente, el Mesías habrá de reestablecer ese contacto, habrá de inundar los valles resecos, las almas agostadas, sin la Presencia de Dios, con la gracia santificante, la cual penetrará en lo más profundo del ser del hombre, concediéndole una vida nueva, la vida absolutamente sobrenatural del Ser trinitario, haciéndolo partícipe de todas sus felicidades inabarcables, de sus alegrías inconcebibles, de sus gozos inimaginables, y éste es el motivo de la alegría por la llegada del Mesías, alegría a la cual invita San Isaías de modo insistente, y es también el motivo por el cual la Iglesia en Adviento invita a la alegría: porque el Mesías que viene y alegra el corazón del hombre al infundirle la vida divina del Ser trinitario, es el Niño Dios que nace en Belén, el Niño que extiende sus brazos en el Pesebre, para luego extenderlos en la Cruz y donar su Sangre como Vino de la Alianza Nueva Eterna, Vino que “alegra el corazón del hombre” con una alegría eterna e infinita.
         Dice Isaías: “…prorrumpa en cantos de júbilo. Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”. Este párrafo se dirige a la Iglesia, porque es la Iglesia quien contempla, en el Niño de Belén, “la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”, porque el Niño de Belén es Dios Hijo en Persona, que brilla con esplendor eterno, porque Él en sí mismo es “Luz eterna de Luz eterna”, tal como recita la fe de la Iglesia en el Credo; es por esto que quienes contemplan al Niño de Belén, “contemplan la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios”.
         Isaías anima también a los desanimados y a los débiles, porque serán fortalecidos con la fuerza misma del Mesías: “Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: “¡Sean fuertes, no teman; ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios; Él mismo viene a salvarlos”. Es el Niño de Belén el Dios omnipotente, de cuya fortaleza recibirán participación, y al señalarlo al Niño de Belén, dirán: “¡Ahí está nuestro Dios!”.
         Isaías describe la acción de la gracia que viene a traer el Niño Dios, el Mesías, que viene a los hombres como un Niño: ya desde el Pesebre, el Niño Dios abre los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos, a todo aquel que con corazón contrito y humillado se acerca a adorarlo: “Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces, el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo”. Será la gracia santificante, que brota del Niño de Belén como de su fuente inagotable, la que hará brotar fuentes de agua en el desierto, es decir, vida divina en los corazones de los hombres: “Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales”; es decir, el hombre, de corazón árido y desértico, será capaz de amar, por medio de la gracia santificante, con el mismo Amor divino del Mesías que viene como Niño.
        Pero este Mesías pacífico, que viene como Niño en Belén, causa de la alegría de los hombres, es también el Vencedor del infierno, y ante su solo Nombre santo, Satanás y sus legiones de ángeles caídos, se estremecen de terror y se sumergen en lo más profundo del Averno; el Niño de Belén derrota para siempre al ángel carroñero, el Príncipe de la mentira, el Falso e inventor de toda falsedad, y con su gracia expulsa al Gran Chacal del corazón del hombre, adonde había construido su pestilente madriguera: “…la morada donde se recostaban los chacales será un paraje de cañas y papiros”.    
         Éste Niño será el “Camino Santo”, el único camino que conducirá a la humanidad a su salvación, camino que surgirá en el corazón del hombre, por acción de la gracia, el mismo corazón que antes de la Venida del Mesías, era guarida de chacales, cueva de demonios: “Allí (en la morada donde se recostaban los chacales, convertida por la gracia en paraje de cañas y papiros) habrá una senda y un camino que se llamará “Camino Santo”, y este “Camino Santo” es el Niño de Belén, quien ya de adulto, antes de subir a la Cruz, se llamará a sí mismo “Camino, Verdad y Vida”.
         Este Camino Santo no será recorrido por los impuros ni por los necios, porque es camino de santidad, y la santidad del Ser divino participa de su pureza inmaculada a quien recorre el Camino Santo, Cristo Jesús, y tampoco será recorrido por los necios, porque los necios son los que dicen: “No hay Dios”, mientras que el que recorre este Camino Santo, no solo cree en el Hijo de Dios, sino que está deificado por la gracia.
         Por este Camino Santo “no habrá ningún león ni penetrarán en él las fieras salvajes”, es decir, no lo transitarán ni los hombres malvados, aliados del Príncipe de la mentira, ni los ángeles caídos podrán siquiera acercársele.
         Pero sí será transitado por los justos, por los que cargan la Cruz cada día en el seguimiento de Cristo Jesús, que marcha Camino del Calvario: “Por allí caminarán los redimidos, volverán los rescatados por el Señor”.
Finalmente, los que contemplen y adoren al Mesías en el Pesebre de Belén, se alegrarán con una alegría desconocida, la alegría misma de Dios, porque serán conducidos a la Jerusalén celestial, en donde iniciará un gozo imposible de ser imaginado, que no tendrá fin, “Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Ap 7, 17): “Y entrarán en Sión con gritos de júbilo, coronados de una alegría perpetua; los acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán”.
Es en esta alegría, vislumbrada, contemplada y cantada por el profeta Isaías, de la cual participa la Iglesia en Adviento, porque espera la Llegada de su Mesías, el Niño Dios, en un humilde pesebre, para Navidad.
        

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