San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 6 de diciembre de 2012

San Isaías, profeta del Adviento



         El profeta Isaías anuncia así la Llegada del Mesías: “¿No falta poco, muy poco tiempo, para que Líbano se vuelva un vergel y el vergel parezca un bosque?” (29, 17-24). El profeta suspira por un tiempo, que ya es cercano, pues “falta poco”, en el que el desierto, representado en el Líbano, se vuelva un vergel, y el vergel, islote florido del desierto, se convierta en bosque, y con esto quiere el profeta significar la Llegada del Mesías, porque su Presencia obrará maravillas en los hombres: en los alejados de Dios –simbolizados el desierto-, el Mesías infundirá su temor, y hará que estos vuelvan sus corazones a Dios; en los que ya tienen presencia de Dios –simbolizados en el vergel-, infundirá su Sabiduría y su Amor, de manera tal de quienes ya conocen y aman a Dios, lo conocerán y amarán todavía más, encendiéndose en el deseo de estar con Él para siempre. Es esto lo que quiere decir, cuando al final dice: “Los espíritus extraviados llegarán a entender y los recalcitrantes aceptarán la enseñanza”: el Mesías tendrá piedad de los que están lejos de Dios, y les concederá la gracia del regreso a su conocimiento y amor. Y como este Mesías, cuya Llegada anuncia Isaías, no es otro que el Niño de Belén, cuya llegada para Navidad anuncia la Iglesia, porque este Niño de Belén, con su gracia santificante, que brota del Él como de su fuente inagotable, perdonará los pecados de los hombres con la Sangre de su Cruz y encenderá sus corazones en el más grande Amor de Dios, con el fuego del Espíritu Santo, convirtiendo a los malos en buenos y a los buenos en santos.
         Isaías también dice: “En aquel día, los sordos oirán las palabras del libro, y verán los ojos de los ciegos, libres de tinieblas y de oscuridad”: son los sordos y ciegos que serán curados por el Niño de Belén, aún antes de comenzar su vida pública; oirán los sordos y hablarán los mudos, pero no sólo los afectados en sus sentidos, sino ante todos los sordos y ciegos espirituales oirán la Voz del Salvador y proclamarán sus maravillas, en el tiempo y en la eternidad.
         Luego agrega: “Los humildes se alegrarán más y más en el Señor y los más indigentes se regocijarán en el Santo de Israel”: son los que, con el corazón contrito y humillado, reconociéndose indigentes espirituales, necesitados de todo lo que Dios da, luz, amor, paz, alegría, se acercarán al Pesebre de Belén y adorarán a su Dios que se les manifiesta como un pequeño Niño recién nacido. Los humildes e indigentes, a diferencia de los pastores, que ofrecen al Señor sus pertenencias, sus ovejas, con su leche para que se alimente, y su lana para que se abrigue, y a diferencia de los Reyes Magos, que ofrendarán de sus riquezas, oro, incienso y mirra, al Rey de reyes, los humildes e indigentes nada material tendrán para ofrendar al Niño Dios, sólo su pobre corazón, hecho de nada más pecado, corazón que dejarán como ofrenda insignificante a los ojos de los hombres, pero valiosa a los ojos de Dios, y éste será el homenaje de su humilde adoración al Rey de reyes, el Niño de Belén.
         Isaías también habla acerca de quienes odian al Niño, los demonios, los ángeles rebeldes y caídos, y los hombres pervertidos, que libremente dejaron contaminar sus corazones con la ponzoña del mal, del orgullo, de la violencia, de la lujuria y de la lascivia, y que no aceptan que un Dios venga a ellos como Niño, a convertir sus corazones; estos tales, como dice Isaías, desaparecerán ante su vista: “Porque se acabarán los tiranos, desaparecerá el insolente, y serán extirpados los que acechan para hacer el mal, los que con una palabra hacen condenar a un hombre, los que tienden trampas al que actúa en un juicio, y porque sí no más perjudican al justo”. Isaías canta al Niño de Belén, que con su Encarnación y Nacimiento y Manifestación epifánica comienza la derrota del Príncipe de las tinieblas, Satanás, el Príncipe del mal, del odio, de la maldad, el inventor de la corrupción, de la muerte y del pecado; derrota que alcanzará su culmen en el triunfo de la Cruz, cuando con el madero ensangrentado venza para siempre al Enemigo de la raza humana, cuando su Madre, la Virgen, aplaste con su talón, con la fuerza de Dios Trino, la cabeza del astuto dragón y temible serpiente, para que nunca más pueda hacer daño a los hombres.
         Finaliza en este párrafo hablando el Mesías en Persona, por boca de Isaías: “En adelante, Jacob no se avergonzará ni se pondrá pálido su rostro. Porque, al ver lo que hago en medio de él, proclamarán que mi nombre es Santo, proclamarán santo al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel”. Y esto no es otra cosa que la Santa Misa, la renovación incruenta del sacrificio del Calvario, sacrificio para el cual nace el Niño de Belén, sacrificio por el cual los hombres cantarán y glorificarán al  Dios Tres veces Santo, en el triple amén de la doxología eucarística; es en la Misa en donde los hombres glorificarán al Niño de Belén, que significa “Casa de Pan”, porque el Niño  que nace en la Casa de Pan, que es Belén, nace para ofrendarse como Pan de Vida eterna, que da la gloria divina y la vida eterna a los hombres.

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