San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 4 de diciembre de 2012

San Isaías y el Adviento



         Escrito centenares de años antes del Nacimiento del Redentor, el libro del Profeta Isaías describe las esperanzas del Pueblo Elegido ante la Llegada del Salvador, y por eso mismo posee la esencia del espíritu de Adviento¨.
         Isaías (25, 6-10a) dice que “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña, un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, de vinos añejados, decantados”, y esto no es otra cosa que el Niño Dios, que naciendo en Belén, Casa de Pan, se ofrecerá a sí mismo en el Banquete Eucarístico como Pan de Vida eterna, como Carne de Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo, y como Vino de la Nueva Alianza, que da la vida eterna.
         Será el Niño de Belén quien, extendiendo sus bracitos en el Pesebre para abrazar a quien se acerca a contemplarlo, “destruirá la Muerte para siempre”, como dice el Profeta Isaías, cuando ya adulto extienda sus brazos en la Cruz para derrotar definitivamente a la muerte, al demonio y al pecado.
         Isaías dice que “el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo”, y quien haga esto será el Niño nacido en Belén, quien con su Sangre derramada en la Cruz quitará el oprobio del pecado y, más que enjugar las lágrimas, hará sonreír, con gozo eterno,  a los que se dejen salvar por Él, al concederles la alegría de ser hijos de Dios, la gracia que brota de su Corazón traspasado como de una fuente inagotable.
         Isaías profetiza que “en esos tiempos” se dirá: “Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos: ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”, y quien viene a salvarnos es el Niño de Belén, y por Él y por la salvación que nos trae, nos alegramos en su espera en Adviento; el Niño al que esperamos que nazca para Navidad, al cual esperamos con ansias en Adviento, es el Señor, el Redentor del mundo, el Emmanuel, Dios con nosotros, que viene a derrotar a las tinieblas del infierno y a iluminarnos desde el Pesebre y desde la Eucaristía con su luz, la luz eterna del Ser divino, como anticipo de la vida eterna en los cielos. 

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