San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 23 de agosto de 2011

San Bartolomé


Martirologio romano: "San Bartolomé predicó el evangelio en la India. Después pasó a Armenia y allí convirtió a muchas gentes. Los enemigos de nuestra religión lo martirizaron quitándole la piel, y después le cortaron la cabeza".

Jesús encuentra a Bartolomé y, luego de alabar su sinceridad y pureza de alma y de corazón, le dice, ante el asombro de Bartolomé ante la capacidad de Jesús de leer los pensamientos y de ver a distancia, que verá algo más grande, porque verán a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del hombre. Esta imagen recuerda a la escalera de Jacob, y es por eso que para entender entonces qué es lo que Jesús le dice a Bartolomé y a los discípulos, tenemos que saber cuál es su significado. Jacob, en un momento de su vida tiene una revelación en forma de sueño, una escalera que une cielo y tierra, por donde suben y bajan los ángeles, y en cuyo extremo superior se encuentra Dios.

La escalera es una imagen de la cruz de Cristo: así como la escalera del sueño de Jacob unía el cielo y la tierra, así del mismo modo la cruz de Cristo une al hombre con Dios, permitiéndole contemplarlo y gustar de su amor y misericordia.

Jesús le anuncia entonces a Bartolomé que verá su crucifixión en el Calvario, porque es ahí en donde la Escalera mística que es la cruz, será erguida, para que no solo los ángeles suban y bajen, sino ante todo para que el hombre suba al cielo, al encuentro con Dios Uno y Trino.

Pero esta acción de subir y bajar de los ángeles por esa “Nueva Escalera de Jacob” que es la cruz, se da ante todo en la Santa Misa, según lo dice el mismo Misal Romano en la Plegaria Eucarística I: “Te pedimos, Señor, que esta ofrenda –la Eucaristía, el cuerpo glorioso de Cristo, el Hombre Dios, cuyo nacimiento fue anunciado por el ángel a la Virgen María- sea llevada a Tu Presencia, por manos de tu ángel, hasta el altar del Cielo, para que cuantos participamos del cuerpo y de la sangre de Tu Hijo, seamos colmados de gracia y bendición”[1].

En la Misa, el ángel de la Iglesia, el Espíritu Santo, lleva la ofrenda, la Hostia consagrada, ante el altar y la majestad de Dios Uno y Trino, y luego desciende, para dar esa misma ofrenda, la Eucaristía, a los participantes de la asamblea, para que estos sean “colmados de gracia y bendición”.

La misión del ángel de Dios —mencionado en la “Plegaria Eucarística I”, del Misal Romano— es, entonces, llevar ante la Presencia de Dios Uno y Trino el fruto milagroso de las entrañas virginales de la Iglesia, el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Dios Hijo, nacido en Belén como Niño, muerto en la cruz en el Calvario y aparecido en el altar, en medio de su Iglesia, como Cordero de Dios.

Esto que decimos no es retórica ni figura simbólica; es lo que rezamos con el Misal, como Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, luego de la consagración, y es por lo tanto en lo que creemos como católicos.

“Veréis cosas más grandes (…) veréis a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”, le dice Jesús a Bartolomé, anticipándole el sacrificio de la cruz. Lo que Jesús le promete a Bartolomé, nos lo da la Iglesia, la Santa Misa.

[1] Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística I.

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