San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 30 de junio de 2011

Qué nos ofrece el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús

El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús
nos ofrece
el amor humano divinizado
de Jesús de Nazareth
y el Amor divino trinitario
de las Tres Divinas Personas.

Cuando Jesús se aparece a Santa Margarita de Alacquoque, le muestra su Corazón físico. ¿Cuál es el significado simbólico de este corazón? ¿Qué consecuencias prácticas acarrea, para la espiritualidad del devoto del Sagrado Corazón, el hecho de que Jesús ofrezca su Corazón físico?

Lo primero que hay que tener en cuenta es que, si bien se trata de un corazón humano -y por lo tanto lo que se ofrece, prima facie, es un amor humano-, hay en él algo mucho más grande y es tan misterioso, que resulta inimaginable e incomprensible y por lo tanto imposible de ser apreciado en su magnitud real, ni esta vida, ni por toda la eternidad en la otra.

En la encíclica Haurietis aquas, de San Pío XII, el Sumo Pontífice enseña que en el simbolismo del Corazón físico de Jesús, está comprendido, además de su doble amor humano -el sensible y el espiritual, vivificado por la caridad infusa-, también el amor divino, porque se funda en el misterio de la unión hipostática[1], lo cual implica que, además del amor humano y del Amor divino de la Persona del Verbo, en el Corazón de Jesús está comprendido también el Amor trinitario.

Es decir, Jesús nos ofrece, no solo su amor humano, sensible y espiritual, divinizado, sino también su amor divino, el correspondiente a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pero aún más, nos ofrece el Amor increado, el amor trinitario, el amor que el Hijo tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo en el seno de la Trinidad.

Hay una relación directa y explícita entre el Corazón físico de Jesús y su Amor divino, debido a la unión hipostática, es decir, debido a que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad ha asumido personalmente una naturaleza humana, de modo que el Corazón físico de Jesús de Nazareth, está unido al Corazón divino de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Pero también hay una relación indirecta e implícita entre el Corazón físico de Cristo y el Amor del Padre y del Espíritu Santo, en virtud de la unidad de naturaleza y de la íntima compenetración de las Divinas Personas entre sí (circuminsessio[2])[3].

El Corazón de Cristo, por el hecho mismo de ser el símbolo natural del Amor increado y subsistente en el Verbo, es decir, del Verbo como Amante, es también símbolo del Padre y del Espíritu Santo como Amantes de la humanidad en el Verbo y con el Verbo. El simbolismo del Corazón de Cristo es de una trascendencia absoluta, porque comprende a las Tres Personas de la Santísima Trinidad, aunque siempre se debe tener en cuenta que es una representación analógica, es decir, que permanece infinitamente distante de la realidad significada.

En otras palabras, el Corazón físico de Jesús, sede simbólica de su amor humano, sensible y espiritual, divinizado, es sede también del Amor divino, no sólo del Amor de la Segunda Persona de la Trinidad, sino del Amor increado del Padre y del Hijo. A través de su herida abierta por la lanza en la cruz, se efunde la sangre, y con la efusión de sangre, se simboliza la efusión del amor del Corazón humano de Jesús de Nazareth, del Amor de la Segunda Persona de la Trinidad, y del Amor del Padre y del Hijo.

Este Amor es comunicado y efundido por el Sagrado Corazón, en el momento de ser traspasado en la cruz, puesto que es por la herida abierta que se derrama sobre el mundo el Amor trinitario, simbolizado y contenido en la efusión de sangre del Corazón de Jesús al ser atravesado.

Este Amor divino y trinitario, uno en naturaleza y trino en las Personas, donado en la efusión de Sangre del Corazón traspasado, es Amor sublime, purísimo, indivisible, eterno; es Amor de complacencia, de benevolencia y de amistad; e Amor de Bondad divina, es decir, es Amor simplicísimo, infinito, inmenso, inmutable, eterno, uno, verdadero, vivificante; es Amor que es vida, voluntad, amor, justicia, misericordia, providencia, omnipotencia, felicidad; es Amor de las Divinas Personas, que poseen una misma naturaleza, pero se distinguen, aunque no se dividen, en las relaciones personales; es Amor privado absolutamente de cualquier imperfección subjetiva u objetiva; sin egoísmos, sin pasiones o enfriamientos; es Amor necesario hacia la Bondad divina y hacia las Personas que lo comunican; es Amor liberalísimo hacia las criaturas, para llamarlas a la existencia; es Amor eterno y sin embargo libre y misericordioso de predilección y de predestinación hacia algunas criaturas espirituales, a las cuales les comunica la vida de la gracia en el tiempo y la vida de la gloria en la eternidad[4].

Es en este Amor divino en donde finaliza el simbolismo del Sagrado Corazón de Jesús, si es contemplado, no con la mirada sensible o del sentimiento, sino con “el ojo de la fe”, como dice Santa Catalina de Siena.

Esto tiene su consecuencia para la vida espiritual del devoto del Sagrado Corazón: el culto al Sagrado Corazón finaliza en el culto de latría, es decir, de adoración a la Segunda Persona de la Trinidad y a las otras dos Personas de la Trinidad, porque todas las Divinas Personas tienen en común el Amor Increado[5], que se comunica a través del Corazón traspasado en la cruz.

Es esto lo que el devoto del Sagrado Corazón debe considerar, cuando en cumplimiento de las promesas a Santa Margarita, comulga los primeros viernes de mes: en esas comuniones, recibe en la Eucaristía a este Corazón, vivo y palpitante, latiendo con el Amor divino-humano de Jesús de Nazareth, y con el Amor Increado de las Tres Divinas Personas.

[1] Ciappi, L., La Santissima Trinità e il Cuore SS. di Gesù, s.d.

[2] Cfr. S. THOM., S. Th., I, q. 42 a 3 ad 2; a. 5.

[3] Cfr. Ciappi, ibidem, 121.

[4] Cfr. Ibidem, 128.

[5] Cfr. ibidem, 143.

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