San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 26 de julio de 2011

Santos Joaquín y Ana



Tuvieron la dicha inimaginable de ser los padres de Aquella destinada a ser, por designio divino, la Madre de Dios.

Sin embargo, no siempre supieron que su hija, María, iba a ser la Madre de Dios, ni qué era lo que Dios tenía pensado para ellos.

Aún cuando fueron santos y justos del Antiguo Testamento, porque creían en Dios y vivían su matrimonio casta y santamente, jamás podrían ni siquiera haber imaginado cuáles eran los planes de Dios para ellos. Con toda seguridad, habrían pensado y deseado para su hija todo aquello que los buenos padres piensan y desean: una educación religiosa, que le enseñara a amar a Dios por sobre todas las cosas; una niñez y una juventud al lado de ellos, para que pudiera aprender todo aquello que le serviría para luego formar una familia honrada, decente, y amante de Dios; un candidato a esposo que fuera serio, responsable, trabajador, que la amara y la respetara con todo su ser; una descendencia buena y santa, en donde pudiera alegrarse en los días de su vejez.

Todo esto era lo que los santos Joaquín y Ana deseaban para su hija, María, y confiaban en que Dios les escucharía sus ruegos, y les concedería lo que ellos pedían.

Pero los pensamientos de Dios son tan distantes de los pensamientos de los hombres, como dista el cielo de la tierra, y por eso ni siquiera podían imaginarse que Dios no sólo escucharía sus ruegos, si no que haría milagros tan grandes en su hija, que ni siquiera contados podrían ser creídos, tal es el asombro que producen.

Joaquín y Ana no podían ni siquiera imaginar que esa niña tan grácil, tan dulce y tierna, que educaron con tanto amor, era en realidad la Nueva Eva, la Madre de la Nueva Humanidad, la Madre de los hijos de Dios, nacidos al pie de la cruz por la gracia divina.

No podían ni siquiera imaginar que esa hija de ellos, nacida de su amor esponsal, casto y puro, a la cual ellos querían con todo el amor del que eran capaces, era en realidad la Hija predilecta de Dios Padre, la Flor inmarcesible de los cielos que perfumaría con su aroma celestial el jardín de Dios; no podían imaginar que sería la alegría de Dios Padre, y que Dios Padre, al concebirla tan Sin mancha, tan Pura, tan Toda Hermosa, tan Grácil, la ensalzaría por encima de los cielos eternos, por encima de todas las jerarquías de los coros angélicos, y por encima de toda la humanidad, eligiéndola como Madre de su Hijo Dios, que habría de encarnarse en el tiempo, y la dotaría de tanto poder, que llegaría a ser llamada “Omnipotencia suplicante”, poder que quedaría demostrado en la plenitud de los tiempos cuando, en las bodas de Caná, ante la respuesta negativa de su Hijo a cambiar el agua en vino, “porque no había llegado la hora fijada por el Padre” para que Él se manifestara públicamente, sus ruegos de Madre amorosa cambian los designios divinos, haciendo que estos se adelanten, concediendo a los hombres la primera manifestación pública del Amor divino, la conversión del agua en vino (cfr. Jn 2, 4ss). Pero su poder también se manifestaría en una fuerza casi equivalente a la de Dios, pues con su pequeñito pie de doncella, aplastaría para siempre la cabeza del Dragón infernal (cfr. Gn 3, 15). No podían ni imaginarse que Ella sería la Hija de Dios Padre.

No podían ni siquiera creer, aún si se los hubiera contado un ángel, que su hija, para quienes ellos deseaban una descendencia hermosa, sana y fuerte, como es el deseo de los padres para los hijos de sus hijos, era concebida Inmaculada y Llena del Espíritu Santo, para que recibiera en su seno virginal, con un amor purísimo de Madre amorosa, a Dios Hijo, que habría de encarnarse en el tiempo para salvar a los hombres, y que la había elegido a Ella para que fuera su propia Madre en la tierra. No podían imaginarse, Joaquín y Ana, que su hija sería la Madre de Dios Hijo

No podían ni siquiera sospechar que esa jovencita, a quienes ellos querían casar con un esposo responsable y casto, que la amara y cuidara, tendría por Divino Esposo nada menos que al Espíritu Santo, quien amaría tanto a su Esposa, que la adornaría con más gracias y dones que a todos los ángeles y santos juntos, y que cuidaría de Ella con tanto esmero y cariño, que no sólo no permitiría que le sucediera algún mal, sino que la libraría a Ella del mal, de la mancha del pecado original, que contamina al alma con la suciedad de la idolatría y del pecado, y que además de esto, la dotaría de un Amor tan grande como el suyo, para que así María pudiera amar a su Hijo Jesús con su Corazón Inmaculado, que late con el mismo Amor divino. No podían ni imaginarse que Ella sería la Esposa de Dios Espíritu Santo.

Nada de esto podían imaginar los Santos Joaquín y Ana, porque los designios de Dios superan todo pensamiento humano y angélico.

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