San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 22 de noviembre de 2012

Santa Cecilia, mártir, testigo de la verdad de Dios Trino y de la Encarnación del Hijo de Dios




Los santos dan testimonio durante toda su vida; los mártires también, pero ante todo, en el momento de su muerte. Ahora bien, el testimonio que dan los mártires al momento de morir, tiene que ser considerado como inspirado por el mismo Espíritu Santo, y por el siguiente motivo: debido a que son capaces de soportar torturas inhumanas y tormentos que van más allá de los límites de la resistencia humana, es indudable que los mártires están asistidos por la fuerza sobrehumana y divina del Espíritu Santo, ya que es imposible explicar de otro modo el grado de resistencia que demuestran. Si esto es así con el testimonio corporal, sucede lo mismo con el testimonio verbal de los mártires, puesto que nada a su alrededor justifica la confesión de las verdades sobrenaturales por las que dan sus vidas: los amenazan con hierros candentes, los sumergen en el mar para ahogarlos, están rodeados de enemigos que sólo desean su muerte, y sin embargo, lejos de amedrentarse, de sus labios salen verdades que permanecen no sólo en el tiempo sino por la eternidad.
En el caso de Santa Cecilia, su testimonio es eminentemente trinitario y está dado ante todo por su cuerpo, y por el siguiente motivo: con el objetivo de decapitarla, el verdugo descargó sobre su cuello tres golpes, los cuales no consiguieron su objetivo de decapitarla, pero estos tres golpes son un primer testimonio de la Santísima Trinidad: un golpe por cada Persona de la Trinidad; luego, agoniza por tres días, también dando testimonio, por cada día, por cada Persona de la Trinidad; finalmente, en los tres días de agonía, una de sus manos quedó con dos dedos doblados y tres en alto, indicando también la Santísima Trinidad.
Santa Cecilia dio su vida no por un dios pagano, sino por el Único y Verdadero Dios, Uno en naturaleza y Trino en Personas; dio su vida por las Personas Divinas, que poseen la misma Esencia y el mismo Ser divino, Perfectísimo, y poseen la misma majestad y la misma gloria infinita y el mismo poder omnipotente; dio su vida por las Tres Personas Divinas que hay en el Único Dios Viviente, las Personas que disponen todo en la vida del cristiano para llevarlo al cielo, a la feliz eternidad. Pero también da testimonio de la Segunda Persona encarnada, es decir, Jesucristo, el Hombre-Dios, porque los dos dedos doblados hacia abajo, significan el alma y el cuerpo del Hombre Jesús de Nazareth, asumidos por la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios Hijo. Además, el dedo índice de la mano derecha señala hacia abajo, con lo cual indica Santa Cecilia la tierra adonde vino a padecer y morir en Cruz nuestro Redentor.
En una época dominada por el gnosticismo, según el cual cada uno construye la imagen del dios que le plazca, puesto que no hay verdades absolutas sino relativas, el testimonio de la mártir Santa Cecilia, acerca de las Tres Personas de la Santísima Trinidad, y acerca de Jesús en cuanto Dios Hijo en Persona, encarnado, que ha asumido una naturaleza humana sin dejar de ser Dios, constituye un silencioso grito que ensordece al mundo gnóstico de nuestros días: “Dios es Uno y Trino; Cristo es Dios”.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Beata María Crescencia Pérez




“Por cumplir la Voluntad de Dios iría hasta el fin del mundo”. Esta frase le valió a la Hermana María Crescencia Pérez el ser llevada al Cielo. Por supuesto que no fue solo la frase, sino el cumplirla en su vida, a costa de ella misma, porque para poder cumplirla, la Beata Crescencia renunció a su propia voluntad. Esta es la lección que nos deja la Beata: no pueden coexistir en el hombre dos voluntades, la voluntad propia y la Voluntad de Dios. O existe una o existe la otra. O se cumple la Voluntad de Dios, o se cumple la voluntad propia, porque en una y otra se necesita de la totalidad de la persona y de sus energías para llevarlas a cabo. Las dos voluntades son excluyentes la una de la otra, porque sus deseos y quereres son distintos: mientras la voluntad del hombre quiere la concupiscencia y las cosas del mundo, la Voluntad de Dios quiere sólo lo que Dios quiere, que es el Amor y la Bondad infinitas de Él mismo. Por esto se ve que no hay nada más perfecto que cumplir la Voluntad de Dios. Si la creatura cumple la Voluntad de Dios, nada más necesita, ni en esta vida ni en la otra, porque allí encuentra la máxima felicidad y la más grande y completa alegría; en la Divina Voluntad ve el alma extra-colmada, con creces, toda su capacidad de amar, y de nada ni de nadie necesita para ser feliz, al tiempo que hace felices a quienes entran en contacto con ella. Al cumplir la Voluntad de Dios, el alma sale de sí misma para vivir en Dios, olvidándose de ella misma, trascendiendo de sí para donarse por amor a los demás.
         Por el contrario, quien cumple su propia voluntad, sin preocuparse por cumplir la Voluntad de Dios en su vida, se encierra en sí mismo, egoístamente, como quien libremente se encierra y encadena en una oscura prisión; viviendo la propia voluntad, pierde todos los bienes que Dios le concedió, y se vuelve una creatura triste, sombría, e incluso malvada y perversa, porque la voluntad humana sin la Voluntad divina convierte al hombre es un ser avaro, mezquino, despreciable, merecedor sólo de dolores y penas.  
         “Por cumplir la Voluntad de Dios iría hasta el fin del mundo”. La Beata María Crescencia dio su vida por cumplir la Voluntad de Dios, y haciendo así, imitó a Jesús en el Huerto de los Olivos, quien pidió que se cumpla en Él la voluntad de su Padre: “Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Aunque parezca lo contrario, la Voluntad de Dios, que es siempre santa y buena, luego de la tribulación –que nunca es superior a nuestras fuerzas-, conduce a la felicidad eterna; así sucedió con Jesucristo que, en el Huerto de los Olivos, cumplió la Voluntad de Dios y no la suya de Hombre Perfecto, y luego de la Cruz, triunfó en la Resurrección, y es así como le sucedió a la Beata Crescencia Pérez que, imitando a Cristo en el Huerto de Getsemaní, cumplió la Voluntad divina en su vida -en su deber de estado como religiosa, amando a Dios y al prójimo como a sí misma- y fue llevada luego a la felicidad eterna en los cielos.

sábado, 17 de noviembre de 2012

San Martín de Porres


3 de noviembre
San Martín de Porres


            Vida y milagros de San Martín de Porres[1]
            Nació en Lima en 1579, hijo natural del caballero español Juan de Porres y de una india panameña libre llamada Ana Velázquez. Heredó los rasgos y el color de la piel de su madre, lo cual fue considerado por su padre como una humillación, por lo que tardó en reconocerlo. Finalmente, fue bautizado por Santo Toribio Mogrovejo, segundo arzobispo de Lima. Aprendió el oficio de barbero y también algo de medicina, pues desde niño sentía predilección por los enfermos y también por los pobres. A los quince años pide ser admitido como hermano lego en el convento dominicano del Santísimo Rosario de Lima.
            En el convento, se desempeñó como enfermero, atendiendo a los indigentes que encontraba por las calles. En 1603 le fue concedida la profesión religiosa y pronunció los votos de pobreza, obediencia y castidad. De gran caridad, unía a la oración las penitencias más duras.
            San Martín de Porres era reconocido por su caridad, por su penitencia y por su oración, pero también era conocido por sus numerosos milagros, como por ejemplo curaciones instantáneas, que sobrevenían a veces con la sola presencia del santo mulato. Muchos lo vieron entrar y salir de recintos estando las puertas cerradas. Otros lo vieron en dos lugares al mismo tiempo. A quien acudía a él, les decía: “Yo te curo, Dios te sana”.
            Además de enfermero, era herbolario, cultivando plantas medicinales para aliviar a los enfermos. También era muy amable con los animales, quienes parecían entender lo que les decía. Una vez hubo una infestación de ratas en el convento, y San Martín les pidió que salieran y fueran a otro lugar, preparado por él, para alimentarse. Las ratas abandonaron el convento en masa. Se lo representa con una escoba –era parte de su quehacer como hermano lego, la limpieza del convento-, dando de comer, en un solo plato, a perro, gato y ratón.
            A los sesenta años de edad, luego de vivir toda una vida dedicada a la oración, al trabajo humilde y a la caridad con los más necesitados, Fray Martín cayó enfermo, con el presentimiento de que estaba próximo a partir a la eternidad. El pueblo se conmovió y, mientras en la calle toda Lima lloraba, el mismo Virrey fue a verlo a su lecho de muerte para besar la mano de quien se decía de sí mismo que era un “perro mulato”, tal era la veneración que todos le tenían. Poco después, mientras se le rezaba el Credo, besando el crucifijo con profunda alegría, el santo partió. Fue canonizado el 6 de mayo de 1962 por el Papa Juan XXIII.

            Mensaje de santidad de San Martín de Porres
            Como vimos, una de las cosas por las que el pueblo limeño conocía a San Martín de Porres, era por sus milagros y por las curaciones espontáneas obtenidas con su sola presencia. Sin embargo, no radica aquí su santidad, es decir, no fue por esto por lo que Fray Martín subió al cielo, sino por su oración, su humildad, y su caridad, sobre todo para con los más enfermos. ¿Por qué? Porque en los dones sobrenaturales como las curaciones, desde las más pequeñas hasta las más portentosas, quien actúa con su poder divino, sanando todas las dolencias, es Dios; el santo lo único que hace es ser un intercesor, entre Dios y los hombres, a favor de estos últimos. En otras palabras, en las curaciones, todo el “trabajo”, lo hace Dios. Por el contrario, cuando se trata de virtudes que deben ejercitarse en grado heroico –piedad, humildad, paciencia, caridad-, es también Dios quien interviene con su gracia, pero al mismo tiempo, se necesita de la participación voluntaria del santo, quien debe esforzarse para secundar el movimiento primigenio de la gracia que lo quiere conducir al vencimiento de sí mismo y a la santidad. Por ejemplo, una persona recibe una moción del Espíritu Santo, una gracia actual, para que rece: si el alma se deja llevar por la acedia espiritual, no rezará, y esa gracia se perderá; si en cambio, venciéndose a sí mismo y por amor a Dios, reza, entonces la gracia no se desaprovechará, y así el alma continuará creciendo “en gracia y santidad”. Este es el principal mensaje de santidad de San Martín de Porres, mensaje al cual estamos invitados, luego de escucharlo, a imitar.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Conmemoración de Todos los fieles difuntos



         Si bien la muerte –y su conmemoración- provocan tristeza y dolor, debido a que el ser querido a quien se recuerda especialmente en este día, ya no está en este mundo, para el cristiano, para el católico, la conmemoración de los fieles difuntos no puede ni debe nunca quedar en el mero recuerdo nostálgico.
         El recuerdo del ser querido, fallecido, es una oportunidad para traer a la memoria y al corazón su vida, pero también y sobre todo, el misterio pascual de Jesús, pues Jesús lo incorporó a sí mismo por el Bautismo, le perdonó sus culpas en la confesión sacramental, le concedió el don del Espíritu Santo en la Confirmación, se donó a sí mismo como alimento celestial en la Eucaristía, lo reconfortó en sus últimas horas con la unción de los enfermos, y si era casado, bendijo su unión matrimonial por el sacramento del matrimonio, y si era religioso, lo convirtió en una prolongación viviente suya por el sacramento del orden.
         No se puede recordar a un fiel difunto si no se tiene en cuenta su relación con Cristo Jesús, que le demostró su Amor eterno en cada confesión, en cada comunión sacramental, en cada sacramento concedido, y si Jesús le demostró su Amor en esta vida, es de pensar que hizo lo mismo, y todavía más, en la hora de la muerte.
Es decir, en la conmemoración de los fieles difuntos, no puede nunca quedar la conmemoración en un mero recuerdo, y mucho menos nostálgico, puesto que si Cristo le concedió todos estos dones en vida, era porque lo amaba, y es de esperar que, por su infinita misericordia, haya perdonado sus culpas, y tenga a nuestro ser querido entre sus santos del cielo, y este pensamiento, basado en la fe en Jesucristo, Hombre-Dios muerto y resucitado, es suficiente para que la alegría de la Resurrección de Cristo, por la cual esperamos reencontrarnos con nuestros seres amados fallecidos, supere a la tristeza que provoca su ausencia física.
La conmemoración de los fieles difuntos es una ocasión, entonces, de además de elevar piadosas oraciones pidiendo por su eterno descanso, de agradecer a Cristo Dios porque en su agonía del Huerto de los Olivos, asumió la muerte de todos y cada uno de los hombres, y también la de nuestros seres queridos, la destruyó, y les infundió su vida divina, su vida de Hombre-Dios, y es esto lo que constituye el fundamento de la esperanza en la Resurrección.
En el día en el que conmemoramos a los fieles difuntos, glorifiquemos en primer lugar a Cristo Jesús, por cuya infinita misericordia esperamos volver a encontrarlos, en el cielo, para ya nunca más separarnos.
         

Nota: para ganar indulgencias plenarias, hay que visitar una Iglesia u Oratorio (aplicable sólo a las almas del Purgatorio), o hacer una visita al cementerio (aplicable sólo a las almas del Purgatorio; se sufraga por un alma diferente cada vez, si ya se encuentra en el cielo, el Señor aplicará la indulgencia por otra alma), y rezar un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y un Credo, por la salud del Santo Padre, además de confesar sacramentalmente y comulgar, entre los días 1 y 8 de Noviembre.

Solemnidad de Todos los Santos



         La Iglesia celebra y festeja a los habitantes del cielo, los santos, es decir, a aquellas personas que, por toda la eternidad, no solo no experimentarán nunca más el dolor ni la tristeza, ni tendrán los pesares ni las amarguras de esta vida, sino que vivirán para siempre, por los siglos de los siglos, sin fin, una alegría inimaginable, un gozo inagotable, una dicha imposible de ser concebida siquiera en su mínima expresión, por cualquier mortal.
         Los santos viven en un estado de éxtasis permanente de amor y de alegría, de dicha y de paz, y es tanta la alegría que experimentan, y tan grande el gozo, que apenas si pueden creer lo que están viviendo. Se cumple para ellos, en el cielo, lo que les sucedía a los discípulos al ver a Jesús resucitado: “No podían creer de la alegría”. Nada ni nadie les arrebatará la dicha, la alegría, el gozo, y las penurias de esta vida, y aún su misma condición de haber sido pecadores, les será sólo un ligero recuerdo, como dice San Agustín, puesto que toda la energía vital de sus almas, plenificadas por la gloria divina, estarán concentradas en disfrutar y gozar la más maravillosa y grandiosa hermosura que jamás pueda ser concebida, la Santísima Trinidad, y María Santísima. El alma humana fue creada para deleitarse en la belleza del Ser divino trinitario y en la Concepción Inmaculada de María Santísima, y este deleite lo experimentan los santos sin reservas, sin límites ni de espacio ni de tiempo, por los cielos infinitos, y por los siglos sin fin, para siempre.
La visión de la Santísima Trinidad y de María Santísima, que es lo que hace santo al santo, y lo que lo hace por lo tanto feliz o bienaventurado, hace que a cada instante –es solo un modo de decir, porque en el cielo no hay tiempo, por lo tanto, no hay instantes ni segundos ni nada parecido, solo eternidad-, experimenten gozos y alegrías imposibles de describir ni de imaginar; por cada segundo que pasa, se suceden para ellos explosiones interminables de infinito Amor divino; cada segundo que pasan en el cielo, se ve colmado de gritos de alegría e interminables éxtasis de felicidad; la visión beatífica del Ser trinitario y de María Santísima les lleva a danzas festivas, a cantos de alabanzas, de gloria, de honor, al Cordero que los redimió, los lavó con su Sangre, y los hizo participar de su misma alegría infinita, y si bien tienen, para su gozo y disfrute eterno, cientos de miles de millones de mundos celestiales, creados para ellos por la Trinidad, y si bien se suceden para ellos colores, música celestial y aromas exquisitos, y si a todo esto, que no es más que un empezar de un maravilloso mundo sin fin, se le agrega la visión de los hermosísimos ángeles de luz, los santos no quieren desperdiciar, ni por un segundo, la visión que los colma de gozo y de alegría inimaginable, el Ser Trinitario y la Virgen María.
¿Qué hicieron los santos, para merecer tanta alegría, tanta dicha, tanto Amor, tanta paz, tanto gozo?
Vivieron las Bienaventuranzas, y así fueron "pobres de espíritu", porque prefirieron la riqueza de la Eucaristía a las riquezas materiales; fueron mansos, porque imitaron la mansedumbre de los Sagrados Corazones de Jesús y de María; son bienaventurados porque, como signo de bendición divina, recibieron tribulaciones y por ellas lloraron, pero lo hicieron al pie de la Cruz, y jamás renegando del Salvador que se las enviaba; tuvieron "hambre y sed de justicia", porque no soportaban ver ultrajado el nombre de Dios; fueron misericordiosos, porque el prójimo más necesitado, material y espiritualmente, fue siempre su primera y más urgente ocupación;  fueron "puros de corazón", porque no solo rechazaron las impurezas de los apetitos carnales, sino que su deleite fue imitar la castidad de Jesús y de María; trabajaron por la paz, no como la da el mundo, sino la paz de Cristo, paz profunda del corazón, que asienta en un corazón contrito y humillado.
Pero además de vivir las Bienaventuranzas, fueron fieles a las palabras de Jesús: “El que quiera seguirme, que cargue su Cruz de cada día y me siga” (Mt 16, 24. Los santos abrazaron la Cruz, fueron fieles a la gracia santificante, prefirieron la muerte del Calvario antes que la vida mundana, y porque siguieron al Cordero camino de la Cruz, ahora lo adoran por los siglos sin fin en los cielos.

martes, 23 de octubre de 2012

Juan Pablo II


 22 de octubre

           
Vida y milagros de Juan Pablo II[1]
Nació en Wadowice, a 50 kms. de Cracovia, Polonia,   el 18 de mayo de 1920 y fue bautizado con el nombre de Karol Józef Wojtyła. Era el más pequeño de los hijos de Karol Wojtyła y Emilia Kaczorowska. Su madre murió cuando tenía 9 años y  su padre cuando tenía 21; antes había perdido a sus hermanos.
En la Segunda Guerra Mundial, luego de la invasión alemana de Polonia, Karol tuvo que trabajar en una cantera, evitando así la deportación a Alemania, pues ya había sido fichado por la Gestapo al haber ayudado a salvar familias judías.
Estudió en el seminario clandestino de Cracovia en 1942 y al finalizar la Segunda Guerra Mundial, continuó sus estudios y fue ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946. En 1958 fue nombrado obispo auxiliar de Cracovia por Pío XII, en 1964 fue nombrado Arzobispo de Cracovia por Pablo VI y Cardenal en 1967, participando del Concilio Vaticano II (1962-1965) con una contribución importante en la elaboración de la constitución Gaudium et spes.
Fue elegido Papa el 16 de octubre de 1978 -sucediendo de esta manera al Papa Juan Pablo I, fallecido tras solo treinta y cuatro días de pontificado-, siendo el 263 sucesor del Apóstol San Pedro e iniciando uno de los más largos pontificados de la historia de la Iglesia (27 años) después de San Pedro (34 años) y el de Pío IX (39 años).
Mientras saludaba a los fieles en la Plaza de San Pedro, sufrió un atentado el 13 de mayo de 1981, aniversario de las apariciones de Fátima, por el sicario y terrorista turco Alí Agca. Meses después, Juan Pablo II le perdonó públicamente. Desde un primer momento, el Santo Padre atribuyó a una intervención milagrosa de la Virgen de Fátima el haber salido incólume, pues la distancia desde que el turco disparó fue de menos de dos metros. Alí Agca era uno de los tiradores más expertos conocidos. En acción de gracias a su intervención maternal, Juan Pablo II colocó la bala del atentado en la corona de la imagen de la Virgen de Fátima.
Juan Pablo II es el Papa de los récords: desde el comienzo de su pontificado, el 16 de octubre de 1978, el Papa Juan Pablo II realizó 104 viajes pastorales fuera de Italia, y 146 por el interior de este país. Además, como Obispo de Roma ha visitado 317 de las 333 parroquias romanas.
Con su elección, se convirtió en el primer Papa no italiano desde 1523 y en el primero procedente de un país del bloque comunista.
Entre sus documentos principales se incluyen: 14 Encíclicas, 15 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 45 Cartas apostólicas. El Papa también publicó cinco libros: “Cruzando el umbral de la esperanza” (octubre de 1994); “Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal” (noviembre de 1996); “Tríptico romano – Meditaciones”, libro de poesías (Marzo de 2003); “¡Levantaos! ¡Vamos!” (mayo de 2004) y “Memoria e identidad” (2005).
Juan Pablo II presidió 147 ceremonias de beatificación -en las que proclamó 1338 beatos- y 51 canonizaciones, con un total de 482 santos. Celebró 9 consistorios, durante los cuales creó 231 (+ 1 in pectore) Cardenales. También presidió 6 asambleas plenarias del Colegio Cardenalicio.
Desde 1978 el Santo Padre presidió 15 Asambleas del Sínodo de los Obispos: 6 ordinarias (1980, 1983, 1987, 1990, 1994, 2001), 1 general extraordinaria (1985), y 8 especiales (1980, 1991, 1994, 1995, 1997, 1998 [2] y 1999).
Ningún otro Papa se ha encontrado con tantas personas como Juan Pablo II: en cifras, más de 17.600.100 peregrinos han participado en las más de 1160 Audiencias Generales que se celebran los miércoles. Ese número no incluye las otras audiencias especiales y las ceremonias religiosas (más de 8 millones de peregrinos durante el Gran Jubileo del año 2000) y los millones de fieles que el Papa ha encontrado durante las visitas pastorales efectuadas en Italia y en el resto del mundo. Hay que recordar también las numerosas personalidades de gobierno con las que se ha entrevistado durante las 38 visitas oficiales y las 738 audiencias o encuentros con jefes de Estado y 246 audiencias y encuentros con Primeros Ministros.
Tras un paulatino deterioro físico, producto del desgaste natural del cuerpo a causa de la vejez –a pesar de lo cual, hasta el último momento cumplió con sus apariciones públicas y todo tipo de compromisos-, Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005. Su sucesor, el actual Papa Benedicto XVI, anunció ese mismo año el inicio del proceso de beatificación, que tuvo lugar el 1 de mayo de 2011.

            Mensaje de santidad de Juan Pablo II
            Desde sus primeras encíclicas, “Redemptoris hominis” (1979), y “Dives in misericordia” (1980), Juan Pablo II exaltó el papel de la Iglesia como maestra de los hombres y destacó la necesidad de una fe robusta, arraigada en el patrimonio teológico tradicional, y de una sólida moral, sin mengua de una apertura cristiana al mundo del siglo XX. Denunció la Teología de la Liberación, criticó la relajación moral y proclamó la unidad espiritual de Europa. Denunció valientemente lo que él calificó como “cultura de la muerte”, promotora del aborto, de la anticoncepción, de la eutanasia, entre otras cosas. Condenó fuertemente el divorcio y reiteró la negativa rotunda de la Santa Sede a la posibilidad de la ordenación sacerdotal de mujeres. Sin embargo, también se mostró, al mismo tiempo, como un gran defensor de la justicia social y económica, abogando en todo momento por la mejora de las condiciones de vida en los países más pobres del mundo.
Sin embargo, tal vez el más valioso mensaje de santidad, dentro de los miles de mensajes que nos deja este Papa santo, sea su gran amor a la Eucaristía. Por ello, meditamos en un breve pasaje de su Encíclica Ecclesia de Eucharistia, del 17 de abril de 2003. El Santo Padre hace un análisis del misterio de la Iglesia a partir de una simple expresión, pronunciada por el sacerdote ministerial luego de la consagración: “Misterio de la fe”: “Mysterium fidei! – ¡Misterio de la fe!”. Cuando el sacerdote pronuncia o canta estas palabras, los presentes aclaman: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!”. Con éstas o parecidas palabras, la Iglesia, a la vez que se refiere a Cristo en el misterio de su Pasión, revela también su propio misterio: Ecclesia de Eucharistia. Si con el don del Espíritu Santo en Pentecostés la Iglesia nace y se encamina por las vías del mundo, un momento decisivo de su formación es ciertamente la institución de la Eucaristía en el Cenáculo. Su fundamento y su hontanar es todo el Triduum paschale, pero éste está como incluido, anticipado, y « concentrado » para siempre en el don eucarístico. En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa « contemporaneidad » entre aquel Triduum y el transcurrir de todos los siglos”[2].
Luego de la consagración, el sacerdote dice: “Éste es el misterio de la fe”, y los presentes responden: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!”. Al analizar estas frases, el santo Padre Juan Pablo II sostiene que en estas frases, la Iglesia, por un lado, se refiere a Cristo en el misterio de su Pasión, porque reconoce en la Eucaristía el misterio de la Muerte en cruz y de la Resurrección del Calvario: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”, mientras que, por otro lado, “revela su propio misterio”, que es el de provenir de la Eucaristía: “Ecclesia de Eucharistia: la Eucaristía es el misterio pascual de Cristo, la Iglesia procede del misterio pascual de Cristo, la Iglesia procede de la Eucaristía, misterio pascual de Cristo, como de su fuente.
El fundamento de la Iglesia es la Eucaristía, y en la Eucaristía está contenido todo el Triduo Pascual de Jesús, y por eso en la Eucaristía está contenida la Iglesia. ¿De qué manera está contenida en la Eucaristía el Triduo Pascual de Jesús?
Cuando Jesús instituye la Eucaristía, en la Última Cena, es decir, cuando entrega su Cuerpo en la Hostia y su Sangre en el Cáliz, lo que hace es anticipar, de modo sacramental, su misterio pascual. En la Última Cena, que es a su vez la Primera Misa de la historia, hace lo mismo que hace luego en la cruz: entrega su Cuerpo y su Sangre, en la Última Cena, en la Hostia y en el Cáliz; en el Calvario, entrega su Cuerpo y derrama su Sangre en la cruz, de modo cruento. Pero al mismo tiempo, la Última Cena y el Calvario están contenidos en la Santa Misa, porque la Santa Misa es la renovación sacramental del sacrificio de la cruz, sacrificio que fue anticipado a su vez en la Última Cena.
De esta manera, en la Última Cena están comprendidas la Santa Misa –es la Primera Misa- y el sacrificio de la cruz en el Calvario –anticipa en el tiempo el don del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la cruz-, y a su vez, en la Santa Misa, están contenidas la Última Cena –que es la Primera Misa- y el sacrificio cruento del Calvario, porque la Misa no es otra cosa que la renovación sacramental, incruenta, del sacrificio en cruz de Jesús, y por eso se le llama también a la Santa Misa: “Sacrificio del altar”.


[2] Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, 5.

viernes, 19 de octubre de 2012

San Expedito, la Cruz y el demonio



         En la imagen de San Expedito se puede ver que el santo, con uno de sus pies, aplasta a un cuervo negro, que a su vez lleva en su pico la inscripción “cras” (que significa “mañana” en latín), mientras que en la mano derecha sostiene una cruz blanca, con la inscripción “hodie” (“hoy”, también en latín).
         ¿Qué significa esto?
         El cuervo que San Expedito aplasta, no es en realidad un cuervo, sino que es el demonio, el ángel caído, el Príncipe de las tinieblas, que se había disfrazado de cuervo para poder acercarse a San Expedito y así tentarlo. Como sabemos, el santo, que era pagano, recibió una gracia extraordinaria: fue iluminado con la luz del Espíritu Santo, y vio con toda claridad la vida de pecado que llevaba, y la gracia de la conversión que le ofrecía Jesús desde la Cruz. El demonio, al enterarse de que San Expedito había recibido esta gracia, se apresuró a ir delante suyo para persuadirlo de que no acepte la gracia de la conversión. Como su aspecto es extremadamente pavoroso, y su ausencia de gracia lo convierte en un monstruo espantosamente horrible, él sabía que si se presentaba así como era, el santo lo rechazaría inmediatamente, si no moriría de susto antes, con lo cual quedaba frustrada su empresa. Por lo tanto, decidió convertirse en un cuervo negro, horrible, pero al menos más aceptable que lo que él era en la realidad. Se acercó primero volando, y luego quedó cerca de San Expedito, al alcance de sus pies.
En todo momento le repetía: “Cras, cras”, es decir, “mañana, mañana”, pretendiendo que el santo dejara la conversión para el otro día, cuando es bien sabido que no tenemos asegurado ni un solo segundo de vida. Tenía la esperanza de que el santo rechazara la gracia de la conversión, y como pretendía asesinarlo, quería que muriera en pecado, para así poder arrastrarlo al infierno y torturarlo por toda la eternidad.
Ahora bien, lo que el demonio quería hacer con San Expedito, es lo que quiere hacer con toda alma humana, incluidas las nuestras, por eso es conveniente fijarnos en cómo actuaron los santos frente a la tentación, para obrar nosotros de la misma manera.
San Expedito no consentió nunca a la tentación, y llevado por la fuerza divina que emana de la Cruz, aplastó la cabeza del demonio disfrazado de cuervo, levantando la cruz en alto y diciendo al mismo tiempo: “Hodie”, es decir “Hoy”. San Expedito nos enseña cómo se debe actuar frente a la tentación: debe ser aplastada con la fuerza de la Cruz de Cristo. Para eso, es necesaria mucha oración, y tener siempre en la mano, en la mente y en el corazón, el santo crucifijo.
Hoy el demonio está más activo que nunca multiplicando las tentaciones, y una de las principales, es la de no rezar, la de dejar la Santa Misa y la oración, haciendo creer que estas dos cosas, necesarias para ir al cielo, son una pérdida de tiempo, y que es más divertido ocupar el tiempo viendo Internet, televisión, cine, o escuchando música, o haciendo cualquier actividad, con tal de no asistir a Misa y no rezar el Rosario.
Cuando tengamos esta tentación, tenemos que decir, como San Expedito, con la Cruz en alto: “Hodie”, “Hoy rezaré y haré el propósito de nunca más faltar a Misa el Domingo, hasta el día de mi muerte, hasta el día en que vea cara a cara a mi Señor Jesucristo”.
        
         En la imagen de San Expedito se puede ver que el santo, con uno de sus pies, aplasta a un cuervo negro, que a su vez lleva en su pico la inscripción “cras” (que significa “mañana” en latín), mientras que en la mano derecha sostiene una cruz blanca, con la inscripción “hodie” (“hoy”, también en latín).
         ¿Qué significa esto?
         El cuervo que San Expedito aplasta, no es en realidad un cuervo, sino que es el demonio, el ángel caído, el Príncipe de las tinieblas, que se había disfrazado de cuervo para poder acercarse a San Expedito y así tentarlo. Como sabemos, el santo, que era pagano, recibió una gracia extraordinaria: fue iluminado con la luz del Espíritu Santo, y vio con toda claridad la vida de pecado que llevaba, y la gracia de la conversión que le ofrecía Jesús desde la Cruz. El demonio, al enterarse de que San Expedito había recibido esta gracia, se apresuró a ir delante suyo para persuadirlo de que no acepte la gracia de la conversión. Como su aspecto es extremadamente pavoroso, y su ausencia de gracia lo convierte en un monstruo espantosamente horrible, él sabía que si se presentaba así como era, el santo lo rechazaría inmediatamente, si no moriría de susto antes, con lo cual quedaba frustrada su empresa. Por lo tanto, decidió convertirse en un cuervo negro, horrible, pero al menos más aceptable que lo que él era en la realidad. Se acercó primero volando, y luego quedó cerca de San Expedito, al alcance de sus pies.
En todo momento le repetía: “Cras, cras”, es decir, “mañana, mañana”, pretendiendo que el santo dejara la conversión para el otro día, cuando es bien sabido que no tenemos asegurado ni un solo segundo de vida. Tenía la esperanza de que el santo rechazara la gracia de la conversión, y como pretendía asesinarlo, quería que muriera en pecado, para así poder arrastrarlo al infierno y torturarlo por toda la eternidad.
Ahora bien, lo que el demonio quería hacer con San Expedito, es lo que quiere hacer con toda alma humana, incluidas las nuestras, por eso es conveniente fijarnos en cómo actuaron los santos frente a la tentación, para obrar nosotros de la misma manera.
San Expedito no consentió nunca a la tentación, y llevado por la fuerza divina que emana de la Cruz, aplastó la cabeza del demonio disfrazado de cuervo, levantando la cruz en alto y diciendo al mismo tiempo: “Hodie”, es decir “Hoy”. San Expedito nos enseña cómo se debe actuar frente a la tentación: debe ser aplastada con la fuerza de la Cruz de Cristo. Para eso, es necesaria mucha oración, y tener siempre en la mano, en la mente y en el corazón, el santo crucifijo.
Hoy el demonio está más activo que nunca multiplicando las tentaciones, y una de las principales, es la de no rezar, la de dejar la Santa Misa y la oración, haciendo creer que estas dos cosas, necesarias para ir al cielo, son una pérdida de tiempo, y que es más divertido ocupar el tiempo viendo Internet, televisión, cine, o escuchando música, o haciendo cualquier actividad, con tal de no asistir a Misa y no rezar el Rosario.
Cuando tengamos esta tentación, tenemos que decir, como San Expedito, con la Cruz en alto: “Hodie”, “Hoy rezaré y haré el propósito de nunca más faltar a Misa el Domingo, hasta el día de mi muerte, hasta el día en que vea cara a cara a mi Señor Jesucristo”.