San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

sábado, 17 de noviembre de 2012

San Martín de Porres


3 de noviembre
San Martín de Porres


            Vida y milagros de San Martín de Porres[1]
            Nació en Lima en 1579, hijo natural del caballero español Juan de Porres y de una india panameña libre llamada Ana Velázquez. Heredó los rasgos y el color de la piel de su madre, lo cual fue considerado por su padre como una humillación, por lo que tardó en reconocerlo. Finalmente, fue bautizado por Santo Toribio Mogrovejo, segundo arzobispo de Lima. Aprendió el oficio de barbero y también algo de medicina, pues desde niño sentía predilección por los enfermos y también por los pobres. A los quince años pide ser admitido como hermano lego en el convento dominicano del Santísimo Rosario de Lima.
            En el convento, se desempeñó como enfermero, atendiendo a los indigentes que encontraba por las calles. En 1603 le fue concedida la profesión religiosa y pronunció los votos de pobreza, obediencia y castidad. De gran caridad, unía a la oración las penitencias más duras.
            San Martín de Porres era reconocido por su caridad, por su penitencia y por su oración, pero también era conocido por sus numerosos milagros, como por ejemplo curaciones instantáneas, que sobrevenían a veces con la sola presencia del santo mulato. Muchos lo vieron entrar y salir de recintos estando las puertas cerradas. Otros lo vieron en dos lugares al mismo tiempo. A quien acudía a él, les decía: “Yo te curo, Dios te sana”.
            Además de enfermero, era herbolario, cultivando plantas medicinales para aliviar a los enfermos. También era muy amable con los animales, quienes parecían entender lo que les decía. Una vez hubo una infestación de ratas en el convento, y San Martín les pidió que salieran y fueran a otro lugar, preparado por él, para alimentarse. Las ratas abandonaron el convento en masa. Se lo representa con una escoba –era parte de su quehacer como hermano lego, la limpieza del convento-, dando de comer, en un solo plato, a perro, gato y ratón.
            A los sesenta años de edad, luego de vivir toda una vida dedicada a la oración, al trabajo humilde y a la caridad con los más necesitados, Fray Martín cayó enfermo, con el presentimiento de que estaba próximo a partir a la eternidad. El pueblo se conmovió y, mientras en la calle toda Lima lloraba, el mismo Virrey fue a verlo a su lecho de muerte para besar la mano de quien se decía de sí mismo que era un “perro mulato”, tal era la veneración que todos le tenían. Poco después, mientras se le rezaba el Credo, besando el crucifijo con profunda alegría, el santo partió. Fue canonizado el 6 de mayo de 1962 por el Papa Juan XXIII.

            Mensaje de santidad de San Martín de Porres
            Como vimos, una de las cosas por las que el pueblo limeño conocía a San Martín de Porres, era por sus milagros y por las curaciones espontáneas obtenidas con su sola presencia. Sin embargo, no radica aquí su santidad, es decir, no fue por esto por lo que Fray Martín subió al cielo, sino por su oración, su humildad, y su caridad, sobre todo para con los más enfermos. ¿Por qué? Porque en los dones sobrenaturales como las curaciones, desde las más pequeñas hasta las más portentosas, quien actúa con su poder divino, sanando todas las dolencias, es Dios; el santo lo único que hace es ser un intercesor, entre Dios y los hombres, a favor de estos últimos. En otras palabras, en las curaciones, todo el “trabajo”, lo hace Dios. Por el contrario, cuando se trata de virtudes que deben ejercitarse en grado heroico –piedad, humildad, paciencia, caridad-, es también Dios quien interviene con su gracia, pero al mismo tiempo, se necesita de la participación voluntaria del santo, quien debe esforzarse para secundar el movimiento primigenio de la gracia que lo quiere conducir al vencimiento de sí mismo y a la santidad. Por ejemplo, una persona recibe una moción del Espíritu Santo, una gracia actual, para que rece: si el alma se deja llevar por la acedia espiritual, no rezará, y esa gracia se perderá; si en cambio, venciéndose a sí mismo y por amor a Dios, reza, entonces la gracia no se desaprovechará, y así el alma continuará creciendo “en gracia y santidad”. Este es el principal mensaje de santidad de San Martín de Porres, mensaje al cual estamos invitados, luego de escucharlo, a imitar.

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