San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 9 de marzo de 2023

Santa Francisca Romana

 



         Vida de santidad[1].

Santa Francisca Romana, esposa, madre, viuda y apóstol seglar. Nació en Roma en el año 1384. Sus padres eran sumamente ricos y muy creyentes (quedarán después en la miseria en una guerra por defender al Sumo Pontífice) y la niña creció en medio de todas las comodidades, pero muy bien instruida en la religión. Desde muy pequeñita su mayor deseo fue ser religiosa, pero los papás no aceptaron esa vocación, sino que le consiguieron un novio de una familia muy rica y con él la hicieron casar. Francisca, aunque amaba inmensamente a su esposo, sentía la nostalgia de no poder dedicar su vida a la oración y a la contemplación, en la vida religiosa. Un día su cuñada, llamada Vannossa, la vio llorando y le preguntó la razón de su tristeza. Francisca le contó que ella sentía una inmensa inclinación hacia la vida religiosa pero que sus padres la habían obligado a formar un hogar. Entonces la cuñada le dijo que a ella le sucedía lo mismo, y le propuso que se dedicaran a las dos vocaciones: ser unas excelentes madres de familia, y a la vez, dedicar todos los ratos libres a ayudar a los pobres y enfermos, como si fueran dos religiosas. Y así lo hicieron. Con el consentimiento de sus esposos, Francisca y Vannossa se dedicaron a visitar hospitales y a instruir gente ignorante y a socorrer pobres.

En más de 30 años que Francisca vivió con su esposo, observó una conducta verdaderamente edificante. Tuvo tres hijos a los cuales se esmeró por educar muy religiosamente.

A Francisca le agradaba mucho dedicarse a la oración, pero le sucedió muchas veces que estando orando la llamó su marido para que la ayudara en algún oficio, y ella suspendía inmediatamente su oración y se iba a colaborar en lo que era necesario. Ella repetía: “Muy buena es la oración, pero la mujer casada tiene que concederles enorme importancia a sus deberes caseros”.

Dios permitió que a esta santa mujer le llegaran las más grandes tentaciones. Y a todas resistió dedicándose a la oración y a la mortificación y a las buenas lecturas, y a estar siempre muy ocupada. Su familia, que había sido sumamente rica, se vio despojada sus bienes en una guerra civil. Como su esposo era partidario y defensor del Sumo Pontífice, y en la guerra ganaron los enemigos del Papa, su familia fue despojada de sus fincas y palacios. Francisca tuvo que irse a vivir a una casona vieja, y dedicarse a pedir limosna de puerta en puerta para ayudar a los enfermos de su hospital.

Y además de todo esto le llegaron muy dolorosas enfermedades que le hicieron padecer por años y años, pero Santa Francisca nunca se quejó, porque sabía que, ofreciendo sus tribulaciones a Jesús, esas tribulaciones se convertían en premios para el cielo.

Su hijo se casó con una muchacha muy bonita pero terriblemente malgeniada y criticona, quien se dedicó a atormentarle la vida a Francisca y a burlarse de todo lo que la santa hacía y decía. Ella soportaba todo en silencio y con gran paciencia. Pero de pronto la nuera cayó gravemente enferma y entonces Francisca se dedicó a asistirla con una caridad impresionantemente exquisita. La joven se curó de la enfermedad del cuerpo y quedó curada también de la antipatía que sentía hacia su suegra. En adelante fue su gran amiga y admiradora.

Francisca obtenía admirables milagros de Dios con sus oraciones. Curaba enfermos, alejaba malos espíritus, pero sobre todo conseguía poner paz entre gentes que estaban peleadas y lograba que muchos que antes se odiaban, empezaran a amarse como buenos amigos. Por toda Roma se hablaba de los admirables efectos que esta santa mujer conseguía con sus palabras y oraciones. Muchísimas veces veía a su ángel de la guarda y dialogaba con él.

Francisca fundó una comunidad de religiosas seglares dedicadas a atender a los más necesitados. Les puso por nombre “Oblatas de María”, y sus religiosas vestían como señoras respetables. No tenían hábito especial.

Había recibido de Dios la eficacia de la palabra y consejo y por eso acudían a ella numerosas personas para pedirle que les ayudara a solucionar los problemas de sus familias. En las epidemias, ella misma llevaba a los enfermos al hospital, los atendía, les lavaba la ropa y la remendaba, y como en tiempo de contagio era muy difícil conseguir confesores, ella pagaba un sueldo especial a varios sacerdotes para que se dedicaran a atender espiritualmente a los enfermos.

Francisca ayunaba a pan y agua muchos días. Dedicaba horas y horas a la oración y a la meditación, y Dios empezó a concederle éxtasis y visiones. A las personas que sabía que hablaban mal de ella, les prodigaba mayor amabilidad.

Estaba gravemente enferma, y el 9 de marzo de 1440 su rostro empezó a brillar con una luz admirable. Entonces pronunció sus últimas palabras: “El ángel del Señor me manda que lo siga hacia las alturas”. Luego quedó muerta, pero parecía alegremente dormida.

Tan pronto se supo la noticia de su muerte, los historiadores dicen que “toda la ciudad de Roma se movilizó”, para asistir a los funerales de Francisca. Fue sepultada en la iglesia parroquial, y al conocerse la noticia de que junto a su cadáver se estaban obrando milagros, aumentó mucho más la concurrencia a sus funerales. Luego su tumba se volvió tan famosa que aquel templo empezó a llamarse y se le llama aún ahora: La Iglesia de Santa Francisca Romana.

Mensaje de santidad.

         Santa Francisca Romana nos deja los siguientes ejemplos de santidad.

         Es un maravilloso ejemplo de cómo, siendo seglar, en este caso, esposa y madre de familia, eso no es un obstáculo, sino todo lo contrario, para cumplir los deberes de estado y los deberes para con Dios.

         Es un ejemplo admirable de esposa y madre católica, pues se encargó de amar a su esposo y de educar a sus hijos en la fe católica, y sobre todo en estos tiempos, en los que los padres de familia descuidan por completo, en la inmensa mayoría de los casos, la educación en la fe católica de sus hijos, educación a la que no le dan ninguna importancia.

         Es un excelente ejemplo de cómo se debe vivir el Primer Mandamiento, que manda amar a Dios y al prójimo como a uno mismo: Santa Francisca amó a Dios por sobre todas las cosas y a su prójimo por amor a Dios, realizando innumerables obras de misericordia, tanto corporales como espirituales.

         Vivió de forma cristiana, tanto en la riqueza como en la pobreza, cuando su familia perdió todas sus riquezas materiales a manos de los enemigos de la Iglesia.

         Obró una de las obras de misericordia espirituales más importantes: “Enseñar al que no sabe”, puesto que formó en la religión a sus hijos y también a los enfermos a los que asistía en el hospital.

         Unió su vida y su enfermedad a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, ofreciendo su dolorosa enfermedad a Jesús crucificado, por manos de la Virgen.

         Amó a sus enemigos, como Cristo lo ordena –“Amen a sus enemigos”-, logrando su conversión, como sucedió con su nuera, la esposa de uno de sus hijos.

         Dios le concedió el don de curar enfermos y de alejar malos espíritus, además de tener el don de pacificar a los corazones enemistados.

         Para continuar en el tiempo y así multiplicar la caridad para con los más necesitados, fundó una orden de religiosas seglares, las “Oblatas de María”.

         Cuando había epidemias, no se quedaba encerrada en su casa, sino que salía a atender a los enfermos, preocupándose no solo por la salud corporal sino ante todo por la salud espiritual, procurando que curaran sus almas mediante el Sacramento de la Penitencia.

         El día de su muerte, dio indicios de que no pasaría ni un segundo en el Purgatorio, sino que iría directamente al cielo, al decir: “El ángel del Señor me manda que lo siga hacia las alturas”.

Cada 9 de marzo llegan numerosos peregrinos a pedirle a Santa Francisca unas gracias que nosotros también nos conviene pedir siempre: que nos dediquemos con todas nuestras fuerzas a cumplir cada día los deberes de estado que tenemos en nuestro hogar, sin descuidar por eso mismo nuestros deberes para con Dios, que es el de orar y el de obrar la misericordia corporal y espiritual para con nuestros prójimos.

 

miércoles, 8 de marzo de 2023

San Juan de Dios

 


      

         Vida de santidad[1].

Nació y murió un 8 de marzo. Nace en Portugal en 1495 y muere en Granada, España, en 1550 a los 55 años de edad. Fundador de la Comunidad de Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios. De familia pobre pero muy piadosa. Su madre murió cuando él era todavía joven. Su padre murió como religioso en un convento. En su juventud fue pastor, muy apreciado por el dueño de la finca donde trabajaba. Le propusieron que se casara con la hija del patrón y así quedaría como heredero de aquellas posesiones, pero él dispuso permanecer libre de compromisos económicos y caseros pues deseaba dedicarse a labores más espirituales. Estuvo de soldado bajo las órdenes del genio de la guerra, Carlos V en batallas muy famosas. La vida militar lo hizo fuerte, resistente y sufrido. La Santísima Virgen lo salvó de ser ahorcado, pues una vez lo pusieron en la guerra a cuidar un gran depósito y por no haber estado lo suficientemente alerta, los enemigos se llevaron todo. Su coronel dispuso mandarlo ahorcar, pero Juan se encomendó con toda fe a la Madre de Dios y logró que le perdonaran la vida. Y dejó la milicia, porque para eso no era muy adaptado. Salido del ejército, quiso hacer un poco de apostolado y se dedicó a hacer de vendedor ambulante de estampas y libros religiosos.

Cuando iba llegando a la ciudad de Granada vio a un niñito muy pobre y muy necesitado y se ofreció bondadosamente a ayudarlo. Aquel “pobrecito” era el Niño Jesús, el cual le dijo: “Granada será tu cruz”, y desapareció. Estando Juan en Granada de vendedor ambulante de libros religiosos, escuchó una prédica del Padre San Luis de Ávila, en la que hablaba contra la vida de pecado; el santo decidió confesarse, luego de lo cual repartió entre los pobres todo lo que tenía en su pequeña librería, y empezó a deambular por las calles de la ciudad pidiendo misericordia a Dios por todos sus pecados, lo cual era en realidad una penitencia que se impuso el santo a sí mismo. La gente lo creyó loco y empezaron a atacarlo a pedradas y golpes. Al fin lo llevaron al manicomio y los encargados le dieron fuertes palizas, pues ese era el medio que tenían en aquel tiempo para calmar a los locos: azotarlos fuertemente. Pero ellos notaban que Juan no se disgustaba por los azotes que le daban, sino que lo ofrecía todo a Dios. Pero al mismo tiempo corregía a los guardias y les llamaba la atención por el modo tan brutal que tenían de tratar a los pobres enfermos. Aquella estadía de Juan en ese manicomio, que era un verdadero infierno, fue verdaderamente providencial, porque se dio cuenta del gran error que es pretender curar las enfermedades mentales con métodos de tortura. Luego de su liberación fundará un hospital y la Orden de los Hospitalarios, cuyos religiosos atienden enfermos mentales en todos los continentes empleando obviamente los métodos de la bondad y de la comprensión, en vez del rigor de la tortura, como se hacía antes.

Cuando San Juan de Ávila volvió a la ciudad y supo que a su convertido lo tenían en un manicomio, fue y logró sacarlo y le aconsejó que ya no hiciera más la penitencia de hacerse el loco para ser martirizado por las gentes. A partir de entonces se dedicará a emplear todas sus energías en ayudar a los enfermos por amor a Cristo Jesús, a quien ellos representan.

Juan alquila una casa vieja y allí empieza a recibir a cualquier enfermo, mendigo, o personas con alteraciones mentales, y a todo desamparado que le pida su ayuda. Durante todo el día se ocupa de atender a cada uno, haciendo de enfermero, cocinero, barrendero, mandadero, padre, amigo y hermano de todos y por la noche se va por la calle pidiendo limosnas para sus pobres.

Pronto se hizo popular en toda Granada el grito de Juan en las noches por las calles. Él iba con unos morrales y unas ollas gritando: “¡Haced el bien hermanos, para vuestro bien!”. Las gentes salían a la puerta de sus casas y le regalaban cuanto les había sobrado de la comida del día. Al volver cerca de medianoche se dedicaba a hacer aseo en el hospital, y a la madrugada se echaba a dormir un rato debajo de una escalera.

El obispo, admirado por la gran obra de caridad que Juan estaba haciendo, le añadió dos palabras a su nombre de pila y empezó a llamarlo “Juan de Dios”, y así lo llamó toda la gente en adelante. Luego, como este hombre cambiaba frecuentemente su vestido bueno por los harapos de los pobres que encontraba en las calles, el prelado le dio una túnica negra como uniforme; así se vistió hasta su muerte, y así han vestido sus religiosos por varios siglos.

Un día su hospital se incendió y Juan de Dios entró varias veces por entre las llamas a sacar a los enfermos y aunque pasaba por en medio de enormes llamaradas no sufría quemaduras, y logró salvarles la vida a todos aquellos pobres.

Otro día el río bajaba enormemente crecido y arrastraba muchos troncos y palos. Juan necesitaba abundante leña para el invierno, porque en Granada hace mucho frío y a los ancianos les gustaba calentarse alrededor de la hoguera. Entonces se fue al río a sacar troncos, pero uno de sus compañeros, muy joven, se adentró imprudentemente entre las violentas aguas y se lo llevó la corriente. El santo se lanzó al agua a tratar de salvarle la vida, y como el río bajaba supremamente frío, esto le hizo daño para su enfermedad de artritis y a partir de entonces, comenzó a sufrir grandes dolores.

Después de tantísimos trabajos, ayunos y trasnochadas por hacer el bien para sus enfermos, la salud de Juan de Dios se debilitó de manera sensible. Y aunque hacía todo lo posible porque nadie se diera cuenta de los grandes dolores que la artritis le provocaba y que lo atormentaban día y noche, llegó un momento en el que ya no fue capaz de simular más. Entonces una venerable señora de la ciudad obtuvo del obispo autorización para llevarlo a su casa y cuidarlo hasta su muerte. El santo se fue ante el Santísimo Sacramento del altar y luego de rezar por largo tiempo, se despidió de su hospital, dejando la dirección a sus religiosos. Al llegar a la casa de la rica señora, exclamó Juan: “Estas comodidades son demasiado lujo para mí que soy tan miserable pecador”. Allí trataron de curarlo de su dolorosa enfermedad, pero ya era demasiado tarde.

El 8 de marzo de 1550, sintiendo que le llegaba la muerte, se arrodilló en el suelo y exclamó: “Jesús, Jesús, en tus manos me encomiendo”, y quedó muerto, así de rodillas. Había trabajado incansablemente durante diez años dirigiendo su hospital de pobres, con tantos problemas económicos que a veces ni se atrevía a salir a la calle a causa de las muchísimas deudas que tenía; y con tanta humildad, que siendo el más grande santo de la ciudad se creía el más indigno pecador. El que había sido apedreado como loco, fue acompañado al cementerio por el obispo, las autoridades y todo el pueblo, como un santo. Después de muerto obtuvo de Dios muchos milagros en favor de sus devotos y el Papa lo declaró santo en 1690. Es Patrono de los que trabajan en hospitales y de los que propagan libros religiosos.

         Mensaje de santidad.

         Podemos decir que el mensaje de santidad de San Juan de Dios es el siguiente:

Acepta y lleva su cruz, dada por Jesús, con todo amor y piedad, sin quejarse nunca, cuando el Niño Jesús le dice: “Granada será tu cruz”.

         Obedece a la Palabra de Dios, reconociéndose pecador, acude al Sacramento de la Penitencia para que la Sangre de Jesús limpie sus pecados.

         Lo deja todo para seguir a Jesús mediante obras de misericordia tanto corporales como espirituales: ve en el prójimo enfermo y necesitado a Jesús misteriosamente presente en ellos y los socorre, a través de la fundación de un hospital y de la Orden de los hospitalarios.

         Como penitencia y desprecio de este mundo, a fin de conseguir la vida eterna, finge haber perdido la razón, para hacer más penitencia y para mortificar su ego por la humillación recibida.

         Con los enfermos, practica tanto obras de misericordia, tanto espirituales como corporales.

         Soporta su enfermedad sin quejarse en lo más mínimo, pues lo deja todo en manos de la Virgen.

         Muere reconociendo a Jesús en la Eucaristía -muere de rodillas- e imitando a Jesús en sus obras y palabras: “Jesús, encomiendo mi espíritu”.

         Que San Juan de Dios interceda por nosotros para que seamos capaces de obrar, por amor, la misericordia, tanto espiritual como corporal, sobre el prójimo enfermo y necesitado, para que así recibamos misericordia el día de nuestro juicio particular.

martes, 7 de marzo de 2023

Santas mártires Perpetua y Felicitas

 



Las santas mártires Felicitas y Perpetua[1] murieron en Cartago, ciudad romana del Norte de África, el 7 de marzo del 203, junto con tres compañeros: Revocato, Saturnino y Segundo, durante la persecución del emperador romano Septimio Severo, el cual había prohibido, incluso hasta con pena de muerte, la conversión al catolicismo. Los detalles del martirio de estos santos de la Iglesia del Norte de África han llegado hasta nosotros gracias a una descripción contemporánea[2]. Perpetua era una joven de la nobleza romana que acababa de dar a luz a su hijo, y Felicitas era una esclava. El relato de su encarcelación y martirio, escrito en buena parte por la misma Perpetua antes de morir, es uno de los testimonios más completos de las persecuciones romanas y del heroísmo sobrenatural de los primeros cristianos. Así, los sufrimientos de la vida en prisión, los intentos del padre de Perpetua de inducirla a la apostasía, las vicisitudes de los mártires antes de su ejecución, las visiones de Sáturo y de Perpetua en sus calabozos, fueron puestas por escrito por estos dos últimos. Poco después de la muerte de los mártires otro cristiano añadió a este documento un relato de su ejecución. Después de su arresto y antes de que fueran llevados a prisión, los cinco catecúmenos fueron bautizados. 

         El juicio de los seis prisioneros tuvo lugar ante el Procurador Hilariano. Los seis confesaron resueltamente su fe cristiana. El padre de Perpetua, llevando en brazos el hijo de ésta, se le acercó nuevamente y trató, por última vez, de inducirla a la apostasía; el procurador también razonó con ella, pero fue en vano. Ella se rehusó a hacer un sacrificio a los dioses para la protección del emperador. El procurador, por tanto, sacó al padre por la fuerza, momento en el cual él fue azotado. Los cristianos fueron condenados a ser despedazados por las bestias durante el festival por el cumpleaños del emperador; al enterarse de la sentencia, los mártires, lejos de llorar y desesperarse, dieron sin embargo gracias a Dios por esta sentencia de muerte, porque sabían que la muerte en Cristo no erar más que el paso a la eternidad en el Reino de los cielos, porque esa es la recompensa que da Cristo a quienes dan testimonio de Él hasta el derramamiento de sangre. Luego de la sentencia a muerte, fueron trasladados a otra prisión, cerca del circo adonde serían arrojados a las bestias.

         Felicitas, quien al momento de su encarcelamiento contaba con ocho meses de embarazo, pensaba que no se le permitiría sufrir martirio junto con los demás, ya que la ley prohibía la ejecución de una mujer embarazada. Sin embargo, como había recibido la gracia del martirio, dos días antes de los juegos dio a luz a una niña, que fue adoptada por una mujer cristiana, con lo cual Felicitas se alegró doblemente: porque su hija sería educada en la fe católica y porque ella estaría en condiciones de sufrir el martirio.

         El 7 de marzo, los prisioneros fueron llevados al anfiteatro. A petición de la muchedumbre pagana, primero fueron azotados; luego, un jabalí, un oso y un leopardo se colocaron frente a los hombres, y una vaca salvaje frente a las mujeres. Heridos por los animales salvajes, se dieron uno a otro el beso de la paz, y fueron pasados por la espada.

         El relato[3] de su ejecución es el siguiente: “Los mártires marcharon de la cárcel al anfiteatro como si fueran al cielo, con el rostro resplandeciente de alegría y llenos de gozo. La primera en ser lanzada en alto fue Perpetua, quien cayó de espaldas. Al ver a Felicitas tendida en el suelo se acercó, le dio la mano y la levantó. Perpetua -que había sido embestida por una vaca enfurecida-, como si despertara de un sueño (su espíritu había estado en éxtasis, contemplando al Cordero, mientras su cuerpo era embestido por el animal), comenzó a mirar alrededor suyo y, asombrando a todos, dijo: “¿Cuándo nos arrojarán esa vaca, no sé cuál es?”. Como le dijeran que ya se la habían arrojado, no quiso creerlo hasta que comprobó en su cuerpo y en su vestido las marcas de la embestida. Haciendo venir a su hermano, catecúmeno, dijo: “Permaneced firmes en la fe, amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de vuestros padecimientos”.

         Sáturo, otro de los mártires, animaba al soldado Prudente diciéndole: “Hasta ahora, no he sentido ninguna de las bestias. Créeme que cuando salga de nuevo, seré abatido por una única dentellada de leopardo”. Y efectivamente, fue arrojado un leopardo y éste con una dentellada lo dejó agonizando, pero antes de morir, dijo a Prudente: “Adiós y acuérdate de la fe y de mí; que estos padecimientos no te turben, sino que te confirmen”. Luego le pasó su anillo, empapado en sangre, como herencia, para caer en tierra ya sin vida.

         Los que quedaban con vida, a pedido de la muchedumbre, fueron llevados para ser decapitados. Todos los mártires, inmóviles y en silencio, recibieron el golpe de la espada”.

         El relato de la ejecución de los mártires cartagineses finaliza así: “¡Oh valerosos y felices mártires! ¡Oh, vosotros, que de verdad habéis sido llamados y elegidos para gloria de Nuestro Señor Jesucristo!”.  

           Mensaje de santidad.

            ¿Qué mensaje de santidad nos dejan los mártires?

         Sus muertes hacen cierta esta afirmación: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”, es decir, la sangre derramada por Cristo despierta la fe en quien la tenía dormida, o la concede a quien no la tenía, por eso, cuanto más se persigue a la Iglesia Católica, tanto más frutos de santidad obtiene la Iglesia;

         Alegría ante la muerte por Cristo, porque saben que la recompensa es el cielo;

         Ausencia de dolor en sus cuerpos y paz en sus almas, a pesar de las terribles torturas, porque los mártires son asistidos por el Espíritu Santo;

         Nos aconsejan permanecer firmes en la fe, que es la del Credo, porque es la puerta abierta al cielo;

         Nos animan a que, en el Amor del Espíritu Santo, nos amemos los unos a los otros, como Cristo nos pide en el Evangelio;

         Conocen que su muerte está próxima, pero no sienten ni angustia, ni miedo, ni desesperación, sino paz y alegría, porque saben que en pocos instantes entrarán en la eternidad, para cantar las alabanzas al Cordero para siempre, con sus cuerpos y almas glorificados;

         Nos piden encarecidamente que no nos dejemos abatir por nuestros sufrimientos terrenos, porque si estos son ofrecidos a Cristo por manos de la Virgen, nos abren las puertas del cielo.

 

 



[1] La fiesta de estas santas se celebra el 7 de marzo y sus nombres fueron añadidos al Canon Romano. La descripción en latín de su martirio fue descubierta por Holstenius, y publicada por Poussines. Los capítulos III-X contienen la narración de Perpetua; los capítulos XI-XIII las de Saturo; los capítulos I, II, y XIV-XXI fueron escritos por un testigo ocular poco después de la muerte de los mártires.

[3] De la historia del martirio de los santos mártires cartagineses, Caps. 18. 20-21, edición van Beek, Nigema 1936, 42. 46-52.

viernes, 3 de marzo de 2023

Santas Perpetua y Felicitas y compañeros mártires en Cartago

 



Vida de santidad.

Perpetua, nacida en la nobleza, conversa. Esposa y madre. Fue martirizada con su servidora y amiga y otros mártires.

En el siglo IV se leían las actas de estas santas en las iglesias de África[1]. El pueblo les profesaba una estima tan grande que San Agustín se vio obligado a publicar una protesta para evitar que se las considerara en plano de igualdad con la Sagrada Escritura. Durante la persecución del emperador Severo, fueron arrestados en Cartago cinco catecúmenos el año 205[2]. Eran estos Revocato, Felícitas (su compañera de esclavitud, que estaba embarazada desde hacía varios meses), Saturnino, Secúndulo y Vibia Perpetua.  Esta última tenía 22 años de edad, era madre de un niño pequeño y tenía buena posición económica. A estos cinco se unió Sáturo quien les había instruido en la fe y se negó a abandonarles.

Perpetua escribió las actas: “Yo estaba todavía con mis compañeros. Mi padre, que me quería mucho, trataba de darme razones para debilitar mi fe y apartarme de mi propósito. Yo le respondí: ‘Padre, ¿no ves ese cántaro o jarro, o como quieras llamarlo?... ¿Acaso puede llamarlo con un nombre que no le designe por lo que es?’ “No”, replicó él. “Pues tampoco yo puedo llamarme por un nombre que no signifique lo que soy: cristiana”. Al oír la palabra “cristiana”, mi padre se lanzó sobre mí y trató de arrancarme los ojos, pero sólo me golpeó un poco, pues mis compañeros le detuvieron... Yo di gracias a Dios por el descanso de no ver a mi padre durante algún tiempo... En esos días recibí el bautismo y el Espíritu me movió a no pedir más que la gracia de soportar el martirio. Al poco tiempo, nos trasladaron a una prisión donde yo tuve mucho miedo, pues nunca había vivido en tal oscuridad. ¡Qué horrible día! El calor era insoportable, pues la prisión estaba llena. Los soldados nos trataban brutalmente. Para colmo de males, yo tenía ya dolores de vientre...”.

Más tarde, Perpetua tuvo un sueño que le ayudó a prepararse para el martirio. Su padre regresó para implorarle que renunciara a su fe para evitar el martirio. Le decía de rodillas y besando sus manos: “... Piensa en tu madre y en la hermana de tu madre; piensa sobre todo en tu hijo, que no podrá sobrevivirte. Depón tu orgullo y no nos arruines, pues jamás podremos volver a hablar como hombres libres, si te sucede algo”. Ella le respondió: “Las cosas sucederán como Dios disponga, pues estamos en Sus manos y no en las nuestras”.

Condujeron a los reos a la plaza del mercado para juzgarlos ante una multitud. Narra Perpetua: “Todos los que fueron juzgados antes de mí confesaron la fe. Cuando me llegó el turno, mi padre se aproximó con mi hijo en brazos y, haciéndome bajar de la plataforma, me suplicó: “Apiádate de tu hijo”. El presidente Hilariano se unió a los ruegos de mi padre, diciéndome: “Apiádate de las canas de tu padre y de la tierna infancia de tu hijo. Ofrece sacrificios por la prosperidad de los emperadores”. Yo respondí: “¡No!”. “¿Eres cristiana?”, me preguntó Hilariano. Yo contesté: “Sí, soy cristiana”. Como mi padre persistiese en apartarme de mi resolución, Hilariano mandó que le echasen fuera y los soldados le golpearon con un bastón. Eso me dolió como si me hubiesen golpeado a mí, pues era horrible ver que maltrataban a mi padre anciano”.

Se reservó a los mártires para los espectáculos que se iban a ofrecer a los soldados durante las fiestas de Gueta, a quien su padre, Severo, había nombrado César cuatro años antes, en tanto que había nombrado Augusto a su hijo Caracala.

Felícitas tenía miedo de que se la privase del martirio, porque generalmente no se condenaba a la pena capital a las mujeres embarazadas. Todos los mártires oraron por ella y así dio a luz a una hija en la prisión; uno de los cristianos adoptó a la niña. Según las actas: “El día del martirio los prisioneros salieron de la cárcel como si fuesen al cielo... La multitud, furiosa al ver la valentía de los mártires, pidió a gritos que les azotaran; así pues, cada uno de ellos recibió un latigazo al pasar frente a los gladiadores”. Entre tanto la veleidosa muchedumbre pidió que las mártires fueran arrojadas nuevamente a la arena, para ser despedazados por los animales; así se hizo, con gran gozo para las dos santas. Antes de morir, las mártires se despidieron de esta vida terrena, luego de lo cual, Felícitas primero y Perpetua después, fueron decapitadas.

Mensaje de santidad

Una observación que podemos hacer es que vemos en este grupo a toda clase de personas: gente de la nobleza, esclavos, madres de niños pequeños con sus hijos, embarazadas, catecúmenos, es decir, que recién habían abrazado la fe, y otros catequistas, es decir, quienes ya profesaban la fe cristiana desde hacía tiempo. Esto nos hace ver que el Espíritu Santo quiere que todos nos salvemos y por eso nos llama desde nuestro estado de vida, sin importar edad, raza, posición social, etc.

Otra observación se deriva de lo que sucedió en el momento del martirio y es lo siguiente: Perpetua y Felícitas fueron arrojadas a un toro embravecido, el cual las embistió a ambas, provocándoles numerosas y sangrantes heridas. En este momento, en el que la bestia ataca a las mártires, sucedió algo que nos hace ver que los mártires están asistidos especialmente por el Espíritu Santo y que si no fuera por esta asistencia, los mártires se desesperarían o gritarían dando aullidos de dolor: luego del ataque de la bestia, Perpetua volvió en sí de una especie de éxtasis y preguntó si pronto iba a enfrentarse con las fieras. Cuando le dijeron lo que había sucedido, la santa no podía creerlo, hasta que vio sobre su cuerpo y sus vestidos las señales de la lucha. Esto quiere decir que los mártires pueden soportar las torturas y los dolores atroces, gracias a la especial asistencia del Espíritu Santo, por lo que sus palabras, pronunciadas antes de morir, también podemos considerarlas como inspiradas por el Espíritu Santo. Perpetua llamó a su hermano y al catecúmeno Rústico y les dijo: “Permaneced firmes en la fe y guardad la caridad entre vosotros; no dejéis que los sufrimientos se conviertan en piedra de escándalo”.

 



[1] El martirio se conmemoraba originalmente el 7 de marzo. Estos mártires aparecen en todos los calendarios y martirologios antiguos, como por ejemplo en el calendario filocaliano de Roma, (354 P.C.); cfr. Butler, Vida de los Santos, Vol I.

martes, 14 de febrero de 2023

San Valentín, Patrono de los novios en Cristo

 



         Vida de santidad.

         San Valentín nació en Interamna Terni, unos 100 kilómetros al norte de Roma, cerca del año 175. Fue ordenado por San Felicio de Foligno y consagrado obispo de Interamna por el Papa Víctor I en el año 190 d. C. Reconocido por su fervor evangelizador, por sus milagros y curaciones, ejerció como sacerdote en Roma durante el siglo III bajo el gobierno del Emperador Claudio II, para luego ser torturado y decapitado el 14 de febrero del año 270[1].

         Mensaje de santidad.

         En la época de San Valentín, el emperador había decretado la prohibición de los matrimonios, puesto que consideraba -erróneamente- que “Los solteros sin familia son mejores soldados, ya que no tienen ataduras”. San Valentín consideraba, acertadamente, que este decreto era injusto, puesto que privaba a los jóvenes de recibir el Santo Sacramento del Matrimonio. Puesto que San Valentín instruía en el sentido del verdadero noviazgo en Cristo a los jóvenes novios y luego les impartía el Sacramento del Matrimonio, fue detenido por los soldados del emperador y luego condenado a muerte. Debido a que murió dando testimonio de Cristo como Esposo de la Iglesia Esposa, lo cual es el fundamento del matrimonio sacramental católico, llevando al altar a los novios luego de ser catequizados, para que se unieran bajo el Sacramento del Matrimonio, San Valentín es Patrono de los novios que se aman con el Amor Puro e Inmaculado del Sagrado Corazón de Jesús; es el Patrono de los novios que se aman con un amor casto, puro, un amor que es partícipe del Amor casto y puro del Sagrado Corazón de Jesús y también de la Pureza del Inmaculado Corazón de María.

         Por esto mismo, San Valentín no es “patrono de los enamorados”, de forma genérica y abstracta y mucho menos cuando en nuestros días la palabra y el concepto de “amor” han sido degradados a la pasión, ahora no ya entre varón y mujer sino en cualquier tipo de unión. La memoria de San Valentín no tiene nada que ver con el proceso de secularización, descristianización y materialización que el mundo moderno ha hecho de su memoria en nuestros días, al reducir el día de San Valentín a una fecha secular en la que quienes están en relaciones pre-matrimoniales intercambian tarjetas, regalos y cosas por el estilo. San Valentín es Patrono solo, pura y exclusivamente, de quienes se aman en Cristo, de quienes llevan un verdadero noviazgo católico -sin relaciones prematrimoniales, sin convivencia concubinaria, sin relaciones múltiples como la aberración del “poliamor”- y que, en Cristo, desean formar una familia luego de recibir el sacramento del matrimonio.

Los novios que se aman con el amor puro de Cristo, no mancillan sus cuerpos con relaciones carnales, las cuales están reservadas, según el orden natural, para el matrimonio sacramental. La prueba de que los novios se aman verdaderamente en Cristo, es que precisamente no harán lo que está reservado para el matrimonio, esto es, las relaciones pre-matrimoniales, vividas en nuestros días como si eso fuera “normal” o como si no tuvieran consecuencias en el plano espiritual -la consecuencia es el pecado mortal-. Las relaciones propias del matrimonio, fuera del matrimonio, constituyen un pecado mortal y es por eso que si los novios se aman verdaderamente, no inducirán a su ser amado a cometer el más grave error que puede cometer un alma en esta vida y es el pecado mortal, en este caso, la fornicación. San Valentín es Patrono solamente de quienes se profesan el verdadero y único amor del noviazgo cristiano, el amor puro y casto, un amor que participa de la pureza del Amor de los Sagrados Corazones de Jesús y María.

 

domingo, 12 de febrero de 2023

San José Sánchez del Río, mártir cristero mexicano

 



         Vida de santidad[1].

         Nacido en Sahuayo, diócesis de Zamora (Michoacán, México), el 28 de marzo de 1913, hijo de Macario Sánchez y de María del Río, que tuvieron cuatro hijos: Macario, Miguel, José (el mártir) y María Luisa. Fue bautizado en la parroquia de Santiago Apóstol de Sahuayo, lugar donde sería encarcelado y donde comenzaría su martirio catorce años más tarde e hizo su Comunión a los nueve años. Sus padres fueron Macario Sánchez y María del Río. José Luis fue asesinado dando vivas a Cristo Rey y a Santa María de Guadalupe, durante la llamada “Guerra Cristera” el 10 de febrero de 1928, durante la persecución religiosa de México por pertenecer a “los cristeros”, un numeroso grupo de valientes católicos mexicanos que se levantaron en contra de la opresión y persecución sangrienta del régimen de Plutarco Elías Calles. Joselito rezaba el Rosario diariamente y recibía los Sacramentos, aunque estaban prohibidos.

Cuando comenzó el movimiento católico de los “cristeros” sus dos hermanos mayores, miembros de la Acción Católica de la Juventud Mexicana, entraron en el movimiento de Defensa de la Libertad Religiosa. En Guadalajara, donde la familia se había visto obligada a trasladarse, el joven muchacho José visita la tumba del joven abogado Anacleto González Flores, cruelmente martirizado el 1 de abril de 1927 y que sería proclamado beato en 2005 junto con otros ocho jóvenes seglares, entre los cuales estaba el mismo José, y otros tres sacerdotes[2].

El joven José pidió entonces a Dios poder morir como Anacleto en defensa de la fe católica. Y efectivamente alcanzará tal gracia del Cielo, casi un año más tarde, el 10 de febrero de 1928 en plena persecución, cuando, tras haberse unido por motivos de conciencia a los “cristeros” y sirviendo como portaestandarte de los mismos con la imagen de la Virgen de Guadalupe y los colores nacionales de México, y sin tomar parte directamente en los conflictos armados, cayó prisionero de las tropas gubernamentales, cuando libremente cedió su caballo a uno de los “jefes cristeros” para que pudiese escapar, plenamente consciente que ello significaba su captura y una posterior muerte atroz. Los restos mortales de José Luis descansan en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en su pueblo natal.

Mártir con catorce años. Así se resume la vida de José Luis Sánchez del Río, quien fue beatificado junto a otros doce mártires por disposición del Papa Benedicto XVI.

El padrino de José Sánchez del Río era el diputado Rafael Picazo Sánchez, natural y vecino de Sahuayo, diputado por el distrito de Jiquilpan y gozaba de gran poder político y autoridad en toda la comarca, ya que secundaba incondicionalmente las órdenes del general presidente Plutarco Elías Calles. Casi todos los testigos del Proceso de martirio no dejan de referirse a él, casi siempre con juicios bastante duros, que se pueden resumir así: el diputado Rafael Picazo pertenecía a una familia muy católica, pero él por sus relaciones con el Gobierno y por convenir así a sus intereses personales, se convirtió en perseguidor implacable de la Iglesia católica; en este juicio vienen a coincidir todos. Uno de ellos así lo resume: “[En Sahuayo la persecución] se inicia el 26 de julio de 1926; el diputado Rafael Picazo traía la consigna de Calles de acabar con el cristianismo y con los templos”. Y otro: “Picazo hacía cosas muy malas y no quería a los cristeros y mataba a todo el que agarraba; por eso mató a José, por cristero”. Este personaje, Picazo, jugará por todo ello un papel relevante en la detención y en el asesinato cruel del muchacho José Sánchez del Río, del que para mayor dolor dramático era su padrino de primera comunión y familiar y antiguo amigo de su familia[3].

Un año antes de su martirio -es decir, con solo trece años-, José Luis se había unido a las fuerzas “cristeras” del general Prudencio Mendoza, enclavadas en el pueblo de Cotija, Michoacán.

El martirio fue presenciado por dos niños, uno de siete años y el otro de nueve años, que después se convertirían en fundadores de congregaciones religiosas. Uno de ellos revela el papel decisivo que tendría para su vocación el testimonio de José Luis, de quien era amigo. Dice así: “Fue capturado por las fuerzas del gobierno, que quisieron dar a la población civil que apoyaba a los cristeros un castigo ejemplar. Le pidieron que renegara de su fe en Cristo, so pena de muerte. José no aceptó la apostasía. Su madre estaba traspasada por la pena y la angustia, pero animaba a su hijo. Entonces le cortaron la piel de las plantas de los pies y le obligaron a caminar por el pueblo, rumbo al cementerio. Él lloraba y gemía de dolor, pero no cedía. De vez en cuando se detenían y decían: “Si gritas ‘Muera Cristo Rey’, te perdonamos la vida. Di ‘Muera Cristo Rey’. Pero él respondía: “¡Viva Cristo Rey!”. Ya en el cementerio, antes de disparar sobre él, le pidieron por última vez si quería renegar de su fe. No lo hizo y lo mataron ahí mismo. Murió gritando como muchos otros mártires mexicanos “¡Viva Cristo Rey!”. Estas son imágenes imborrables de mi memoria y de la memoria del pueblo mexicano, aunque no se hable muchas veces de ellas en la historia oficial”.

El otro testigo de los hechos fue el niño de nueve años Enrique Amezcua Medina, fundador de la Confraternidad Sacerdotal de los Operarios del Reino de Cristo, con casas de formación tanto en México como en España y presencia en varios países del mundo. En la biografía de la Confraternidad que él mismo fundara, el padre Amezcua narra su encuentro -que siempre consideró providencial- con José Luis. Según comenta en ese testimonial, haberse cruzado con el niño mártir de Sahuayo -a quien le pidió seguirlo en su camino, pero que, viéndolo tan pequeño le dijo: “Tú harás cosas que yo no podré llegar a hacer”-, determinó su entrada al sacerdocio.

         Mensaje de santidad.

Amor por los Sacramentos y el Santo Rosario, al cual rezaba diariamente y esto a pesar de estar prohibidos por el gobierno laicista.

Pide la gracia y la obtiene, de dar su vida por Cristo, demostrando así que la vida terrena alcanza su pleno y total sentido en la entrega absoluta y sin condiciones al Hombre-Dios Jesucristo.

Magnanimidad heroica al dar su caballo para que se salve un general cristero, sabiendo que esto le costaría el ser apresado y probablemente la muerte, como sucedió.

Fe y amor en Cristo Rey y amor a la Virgen de Guadalupe, del cual era su portaestandarte.

Al igual que Cristo, fue traicionado, en este caso, por su propio padrino y tío, pues era de la misma familia de Joselito.

Valentía sobrehumana, proporcionada por el Espíritu Santo, al soportar con entereza el agudísimo dolor del despellejamiento de las plantas de los pies, a lo que se suma el agravante del dolor, cuando lo hicieron caminar sobre sal.

Valentía sobrehumana al no dejarse amedrentar por los esbirros del gobierno ni dejarse seducir por las falsas promesas de salvación de su padrino: San José Sánchez del Río prefirió morir por Cristo antes que aceptar honores terrenos y así obtuvo una gloria infinitamente mayor a cualquier gloria humana, la corona del martirio y se mostró más valiente que cualquier otro guerrero humano, con mayores fuerzas físicas que él.

Por último, la muerte martirial de San José Sánchez del Río, a tan corta edad, es un ejemplo de valor infinito de amor a Nuestro Señora Jesucristo para todas las generaciones, pero sobre todo para nuestra generación, en el que el rechazo de Cristo, de su Iglesia y de sus Sacramentos -paradójicamente, aun en el seno de la misma Iglesia- crece exponencialmente, al mismo tiempo que lo hace el espíritu anti-cristiano en todo nivel de la especie humana.

Que nuestras últimas palabras en esta vida terrena sean las pronunciadas por el niño mártir San José Sánchez del Río: “¡Viva Cristo Rey!”.



[1] https://www.es.catholic.net/op/articulos/36372/jose-sanchez-del-rio-beato.html ; Fecha de beatificación: 20 de noviembre de 2005, por el Papa Benedicto XVI, como parte de un grupo formado por él y otros 8 mártires mexicanos. Fecha de canonización: 16 de octubre de 2016, por S.S. Francisco.       

jueves, 2 de febrero de 2023

San Blas, obispo y mártir

 



         Vida de santidad[1].

         San Blas fue obispo de Sebaste, Armenia, conocido por sus contemporáneos por haber obrado numerosas curaciones milagrosas, aun en vida terrena. Ejercía la profesión de médico y luego decidió retirarse para vivir en la oración y la penitencia, como eremita y esto lo hizo incluso después de haber sido nombrado obispo, convirtiendo la cueva en la que vivía, ubicada en el bosque del monte Argeus, en su sede episcopal.

         Mensaje de santidad.

En la actualidad, San Blas es patrono de los otorrinolaringólogos y de quienes padecen alguna afección a la garganta y esto se debe a que, según la tradición, San Blas volvió a la vida a un niño que acababa de morir al habérsele atravesado una espina de pescado en la garganta. Es de este milagro de donde se deriva la costumbre de bendecir las gargantas el día de su fiesta, 3 de febrero.

Forma parte de su vida de santidad el afecto y aprecio que tenía por los animales, considerándolos como parte de la Creación de Dios. Por este afecto a los animales, también los curaba y también según la tradición, los animales enfermos o heridos se acercaban a su cueva en Argeus para que los cure. Estos, en retribución, no le hacían daño ni lo molestaban cuando oraba.

Debido a que los animales enfermos se reunían en la entrada de la cueva donde vivía San Blas, fue esto lo que llamó la atención de un grupo de cazadores: estos habían ido al monte a cazar animales para utilizarlos en los juegos de la arena en el circo y al ver a numerosos animales feroces esperando mansamente a la entrada de una cueva, decidieron entrar en la cueva para ver de qué se trataba y así fue como encontraron a San Blas. Lo llevaron preso, porque en esos días se había desencadenado una persecución contra los cristianos debido a una orden del gobernador de Capadocia, llamado Agrícola. Una vez que estuvo en presencia del gobernador, que era pagano y anticristiano, le exigieron bajo amenaza de muerte que renegara de la fe en Jesucristo, pero San Blas se opuso firmemente. Por su negativa a renunciar a la fe en Jesucristo, San Blas fue sentenciado a muerte y conducido a prisión, en donde debía esperar para su ejecución, pero incluso estando en prisión, seguía haciendo milagros y curando a los enfermos y bautizando a los que querían hacerse cristianos. De acuerdo a las Actas de San Blas, fue condenado a morir por ahogamiento pero, cuando fue arrojado a las aguas, el Santo empezó a caminar sobre estas, repitiendo el milagro que hizo Jesucristo. Entonces fue conducido al cadalso, fue torturado y, finalmente, decapitado. Murió, como mártir, el año 316 D. C, en tiempos del Emperador Licinio. Así como la muerte martirial de San Blas fue en su tiempo un testimonio de fe en Jesucristo como Dios y Salvador, así lo es en nuestros días, caracterizados por la apostasía generalizada, es decir, por el abandono voluntario de la fe católica, llegando incluso algunos al extremo de formar agrupaciones para exigir que se borren sus nombres de los libros de bautismos de las parroquias; no se dan cuenta que así están borrando voluntariamente sus nombres del Libro de la Vida y por lo tanto, al fin de la vida terrena, sufrirán la muerte eterna en el Infierno. Pidamos a San Blas que interceda para que perseveremos en la fe católica y en las obras de misericordia todos los días de nuestra vida terrena, hasta el último día, para que así seamos conducidos al Reino de los cielos en la eternidad y le pidamos también al santo que bendiga nuestras gargantas, pero no solo para que no nos enfermemos de la garganta o para que nos curemos si estamos enfermos, sino para que de nuestras gargantas solo salgan palabras de compasión para con nuestros prójimos y de adoración para con nuestro Dios, Jesús Eucaristía.