San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 11 de agosto de 2010

Santa Clara eligió la pobreza, junto a San Francisco, para imitar a Cristo pobre en el Pesebre y en la Cruz


  


En el Directorio Franciscano, puede leerse cuál es la última voluntad de San Francisco, en relación a la rama femenina franciscana, en la cual se encontraba Santa Clara de Asís: “Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os doy el consejo de que siempre viváis en esta santísima vida y pobreza. Y protegeos mucho, para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de alguien”.
Como se ve, San Francisco, en su última voluntad, dictada a Santa Clara, hace mucho hincapié en que “no se aparten de la pobreza”. ¿Por qué esta insistencia en vivir la pobreza?
Visto con ojos humanos, la riqueza parece mucho más conveniente que la pobreza, incluso para la difusión del Reino de Dios: por ejemplo, con riqueza material, se poseen medios en mayor cantidad y calidad, se puede llegar a más cantidad de gente, y se pueden hacer muchas obras de beneficencia. Con la pobreza en cambio, todo esto se hace, si no imposible, muy difícil de alcanzar.
Sin embargo, a pesar de las aparentes conveniencias de poseer riquezas materiales, San Francisco recomienda con insistencia a Santa Clara “no apartarse de la pobreza”.
El motivo es que San Francisco recomienda la pobreza material, porque así el cristiano –y mucho más, el alma consagrada, como Santa Clara- se acerca más a Cristo pobre, en su Encarnación y en la cruz.
Cristo es pobre en la Encarnación, porque siendo Dios omnipotente, Dueño absolutamente de todo el universo, riquísimo en la abundancia exuberante de su Ser divino, se vuelve pobre, al asumir nuestra condición humana, tan limitada y tan necesitada de todo. Siendo Él el Dios Todopoderoso, decide encarnarse y asumir una naturaleza humana, que comparada con la inagotable riqueza del Ser divino, es igual a la nada. En la Encarnación, el Hijo de Dios, el Esplendor del Padre, el reflejo de la gloria del Padre, Aquel que fue engendrado entre esplendores celestiales en la eternidad, Aquel que es adorado por los ángeles y por los santos, posee en la Encarnación nada más que un cuerpo y un alma humana, un pobre pesebre hecho por su padre terreno adoptivo, San José, y una delicada manta tejida por su Madre, que es la Madre de Dios, para atenuar un poco el intenso frío de la Noche de Belén. Esos son todos los bienes materiales que posee Cristo Dios en la Encarnación.
Cristo es pobre también en la cruz, porque en la cruz está despojado de todo: no tiene nada, salvo unas pocas posesiones: el madero de la cruz, la inscripción “Éste es el Rey de los judíos”, tres clavos de hierro, una corona de gruesas espinas, un poco de tela para cubrir sus partes íntimas. Ésos son todos los bienes de Cristo en la cruz, no tiene más, y tampoco quiere más, porque con estos escasos bienes materiales, Cristo entrará en la gloria del Padre, y desde allí viene en cada Eucaristía para llevarnos con Él.
Cristo pobre en la Encarnación, Cristo pobre en la cruz. Santa Clara eligió la pobreza, no para ejercitarse en la virtud, ni para perfeccionarse en la carencia de todo. Santa Clara eligió la pobreza, junto a San Francisco, para ser pobre junto a Cristo pobre en Belén, y pobre en la Cruz.

viernes, 6 de agosto de 2010

Santa Lucía y el martirio


En la Iglesia hay gente que está en el cielo, y que murió por Jesús. A esa gente se les llama “mártires”. Un mártir entonces es alguien que dio su vida por Jesús, y ahora está en el cielo.

Uno de esos mártires es Santa Lucía. Era una joven que había nacido en la ciudad donde vive el Papa, que se llama Roma. Ella, desde muy chica, sin decir nada a nadie, había hecho la promesa a Dios de vivir la pureza. Entonces, le dijo a su novio que ya no iba a ser más novia, porque le daba su cuerpo y su alma a Jesús. Su novio se enojó mucho, y la demandó al gobernador. Entonces el gobernador la llevó presa y le dijo que tenía que renunciar a Jesús y que tenía que creer en los dioses que el creía, pero Santa Lucía le dijo que no, que antes que decirle “no” a Jesús, prefería morir.

Y ahí el gobernador se enojó mucho, y mandó a sus soldados que la llevaran a la cárcel, pero el Espíritu Santo hizo que Santa Lucía estuviera firme como una roca, y no pudieron moverla ni siquiera un poquito, y eso que eran muchos. Los soldados la empujaban y la empujaban, y hacían mucha fuerza, y muchos se caían cansados de tanto hacer fuerza, pero Santa Lucía no se movía. También le pasaron una cuerda por el cuello y por los pies, pero no pudieron moverla, y después ataron la soga a unos bueyes, que son como unos toros grandes, y tampoco pudieron moverla.

El jefe de los soldados se ponía cada vez más enojado, y entonces hizo que prepararan un fuego, con mucha leña, y que le agregaran aceite, para que el fuego fuera más grande, y la pusieron en medio del fuego, pero Santa Lucía no se quemó nada, porque hizo esta oración: “Yo oraré a Jesucristo para que el fuego no me moleste”. Rezó esta oración, y el fuego no le hizo nada. El fuego terminó siendo nada más que cenizas, y Santa Lucía seguía de lo más bien, sin haberse quemado ni un pelo.

Ella sufrió todo eso porque le habían dicho que hiciera algo malo: que no creyera en Jesús, pero como estaba llena del Espíritu Santo, dijo que antes prefería morir que hacer algo malo, como no creer en Jesús. Santa Lucía no quería hacer nada malo –las cosas malas se llaman “pecado”-, porque el pecado hace que Jesús sufra todavía más en la cruz, y como Santa Lucía amaba mucho a Jesús en la cruz, no quería hacerlo sufrir. Y así fue que ella prefirió la muerte antes que cometer el pecado de decir que no creía en Jesús.

A nosotros, seguramente, nunca nos van a tirar flechazos –aunque muchos de nuestros amigos, y nosotros mismos, seamos bastante indios-, ni tampoco van a calentar una olla gigante para hervirnos en aceite, como a las papas fritas. Pero puede pasar que alguien, un amigo, o un conocido, o alguien más grande, nos proponga alguna vez hacer algo malo, algo que no le gusta a Jesús, un pecado, o también puede pasar que pasen un programa en televisión que sea malo.

¿Qué hacemos ahí?

Si alguien –un amigo del barrio, un compañero de escuela, un grande- nos dice que hagamos algo malo, ahí nos acordemos de Santa Lucía, que prefirió sufrir mucho en su cuerpo, y hasta prefirió la muerte, antes que hacer algo malo, un pecado, porque el pecado hace que Jesús sufra más en la cruz.

miércoles, 4 de agosto de 2010

El Santo Cura de Ars




En nuestro trato con Dios, la relación es siempre desigual: Dios es Todopoderoso, Omnisciente, infinitamente sabio, inmensamente majestuoso; Dios es la “fuente de toda santidad”, como dice el Misal Romano[1], y como tal, está lleno de gloria, de vida, de luz y de bondad divina. Por nuestra parte, nosotros somos, según la definición de los santos de la Iglesia Católica, “nada más pecado”. Delante de Dios, que es el Acto de Ser, somos la nada, somos el “no ser”, tal como le dijera Jesús un día a Santa Catalina de Siena.
Vistas así las cosas, nos encontramos en una enorme desventaja frente a Dios, a la hora de pedir algún favor. Si Dios es lo que es, no tiene en absoluto ni necesidad ni obligación para con nosotros; por lo tanto, no tiene necesidad ni obligación de escuchar nuestras peticiones. Por otra parte, si nos escucha, ¿qué podemos ofrecerle a Él, que es el Creador del universo, tanto del visible como del visible? Si queremos conseguir de Dios un favor, ¿qué podríamos ofrecerle a cambio a Dios, si a Él le pertenece el universo visible, con sus infinitas galaxias y planetas? ¿Qué podríamos darle, como don nuestro, a Él, que es el Rey y el Creador del universo invisible, es decir, de los ángeles?
Si hipotéticamente llegáramos a recolectar todo el oro del mundo, toda la plata del mundo, todas las piedras preciosas del mundo, eso sería igual que nada, delante de su infinita majestad. No tenemos nada para ofrecerle, que sea digno de Él.
Sin embargo, eso es verdad, pero hasta cierto punto.
Gracias a Jesús, tenemos algo para ofrecer a Dios, que es digno de Él: su Pasión, que es algo que nos pertenece como algo propio, de modo que podemos ofrecerla en canje a Dios por algún favor. Se cuenta que un día, durante un sermón, el Santo Cura de Ars dijo un ejemplo de un sacerdote que al celebrar una Misa por su amigo muerto, después de la Consagración oró de la manera siguiente: “Eterno y Santo Padre, hagamos un cambio. Tú posees el alma de mi amigo en el Purgatorio; yo tengo el Cuerpo de Tu Hijo en mis manos. Líbrame Tú a mi amigo, y yo Te ofrezco a Tu Hijo, con todos los meritos de Su Pasión y Muerte”. Maravilloso trueque, por el cual el Santo Cura de Ars nos enseña a ofrecer algo que es nuestro, la Pasión de Jesús.
También Santa Teresa de Ávila, en su “Moradas del castillo interior”, nos enseña lo mismo: “…una persona estaba muy afligida delante de un crucifijo, considerando que nunca había tenido qué dar a Dios ni qué dejar por Él: díjole el mismo Crucificado, consolándola, que Él le daba todos los dolores y trabajos que había pasado en su Pasión, que los tuviese por propios, para ofrecer a su Padre”[2].
Ofreciendo la Pasión de su Hijo Jesús, Dios Padre no podrá negarnos nada de lo que le pidamos. Como la Eucaristía es la renovación sacramental del sacrificio en cruz de Jesús, la Eucaristía nos pertenece como algo propio, y es algo que podemos dar a Dios, a cambio de algún favor: “Dios Uno y Trino, te pido por la conversión y salvación eterna de aquellos a quienes amo, y a cambio te ofrezco la Divina Eucaristía”. Y Dios Trinidad no podrá decirnos que no.
[1] Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística II.
[2] Cfr. Moradas Sextas, 5, 6.

miércoles, 21 de julio de 2010

Cristo sangra, y en su sangre nos dona su vida y su amor

El día 11 de junio de 2010, Solemnidad del Sagrado Corazón, sangró una imagen en sobrerrelieve de Nuestro Señor Jesucristo, ubicada en el Oratorio de Adoración Eucarística Perpetua en la ciudad de Yerba Buena, provincia de Tucumán, Argentina.

La sangre comienza en la mitad izquierda del cráneo, lo cual es compatible con la ubicación de la corona de espinas de Nuestro Señor, y se desliza hasta la barbilla, hasta caer en los dedos de la mano izquierda de la imagen, que se encuentra apoyada en el pecho, a la altura del corazón.

La imagen de Cristo sangrante nos remite a la coronación de espinas y a la Pasión, lo cual a su vez nos lleva a considerar el amor infinito de Dios hacia los hombres, por un lado, y la maldad que habita en el corazón humano, por otro.

La meditación en la Pasión del Señor nos debe llevar a la conversión: oración, penitencia, sacrificios, caridad y misericordia en obras y no tanto en palabras.

Escribiendo una carta a Jesús



Supongamos que decidiéramos escribirle una carta a Jesús, ¿qué le diríamos? ¿Y qué le diríamos si le escribiéramos al Espíritu Santo? ¿Y a Dios Padre? ¿Qué se nos ocurriría decirles?
Veamos qué es lo que una niña de siete años, Antonieta Meo, le escribe a las Personas de la Santísima Trinidad, al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo.
Al Espíritu Santo le escribe así: “¡Querido Espíritu Santo! Tú que eres el amor del Padre y del Hijito, ilumina mi corazón y bendíceme. Querido Espíritu Santo (…) ¡Te quiero mucho![1]”. En otra carta le dice así: “Querido Espíritu Santo, Tú que eres el espíritu de amor, inflama mi corazón de amor por Jesús. Querido Espíritu Santo, te quiero mucho”[2]. En otra carta escribe así: “Querido Espíritu Santo (…) dame tus Siete dones e ilumíname y lléname de Tu gracia y santifícame… (…) Tú que eres el amor que une al Padre y al Hijo úneme también a mí a la Santísima Trinidad. Querido Espíritu Santo, dile a Jesús que lo amo mucho, y dile a Dios Padre que lo alabo y lo bendigo”[3].
¿Y qué le escribe a Jesús? Como sabemos, a Antonieta tuvieron que amputarle una pierna, porque tenía un cáncer –finalmente, murió a causa del cáncer-, y al año siguiente de la amputación de la pierna, el día que se cumplía un año de ese hecho, Antonieta escribe así a Jesús: “Querido Jesús Eucaristía. Hoy, querido Jesús, te ofrezco el sacrificio de mi pierna (se acuerda de Jesús en la cruz y le ofrece a Jesús crucificado su pierna). Querido Jesús, antes que nada, Te agradezco porque me has dado los medios para que algún día yo pueda estar cerca de ti en el Paraíso. Te agradezco porque nos has dado la fuerza para soportar con paciencia nuestra cruz. Te agradezco porque en este año hice la Primera Comunión y Tú has venido a habitar en mi corazón. ¡Qué fiesta fue para mí ese día (de la Primera Comunión)! Fue el día más hermoso de mi vida. Querido Jesús, quiero ser siempre Tu lámpara (como la lámpara del Sagrario, que está siempre encendida, ella quiere estar encendida en el amor a Jesús Eucaristía) y Tu flor –como las flores que adornan el Sagrario-, y quiero adorarte siempre. (luego recuerda los días de dolor del año que pasó, cuando le cortaron la pierna) ¡Qué días dolorosos eran los del año pasado, pero lo he soportado por amor a Ti querido Jesús! Y porque salvaste muchas almas y quiero que todavía salves muchas más. (…) Querido Jesús, beso tus llagas, Tu Antonieta”.
¿Y a Dios Padre? Le escribe así: “Querido Dios Padre: Te quiero mucho mucho y espero que pronto venga Navidad, así podré recibir a Tu Hijito Jesús en mi corazón. Querido Dios Padre, Te quiero mucho pero mucho y ya sé que te lo dije, pero quiero decírtelo una vez más. Querido Dios Padre, ayuda a mis padres, a mi hermanita, a mi abuela, a mis tías y a Catalina y a todos. Querido Dios Padre, qué hermoso es este nombre, lo repetiré siempre pero siempre, porque me gusta mucho. Querido Dios Padre, dile a Jesús que lo quiero mucho y dile también que estoy muy contenta que Él venga a mi corazón y dile también que quiero recibir muchas gracias de Él. Querido Dios Padre, ¡qué hermoso nombre, el nombre de Padre! Padre de todo el mundo, Padre de infinita bondad. Querido Dios Padre, dile a la Virgencita que la quiere mucho también a Ella. Besos y saludos de tu querida hija Antonieta”[4].
¿Qué le escribiríamos nosotros a Jesús Eucaristía, a Dios Padre, al Espíritu Santo, a la Virgen?
[1] Carta del 29 de enero de 1937, en Luigi Borriello, Con occhi semplici. Antonieta Meo. Nennolina, Libreria Editrice Vaticana, Roma 2001, 37.
[2] Carta del 24 de febrero de 1937.
[3] Carta del 26 de abril de 1937.
[4] Carta de diciembre de 1936 (día desconocido).

jueves, 18 de marzo de 2010

San José es el Padre virgen del Hijo de Dios


San José es el Padre Virgen, el Padre Puro, el Padre Casto, que por designio divino se convierte en padre adoptivo de su propio Creador. San José es el modelo para todo padre cristiano, en su dedicación a la familia, en su laboriosidad, y en su contemplación del misterio insondable de Cristo.
A la vez que cuida y enseña a su hijo, así como cuida y enseña a su hijo todo padre humano, San José no puede dejar de contemplar el asombroso misterio del cual él forma parte: Dios Hijo se ha encarnado y se ha puesto, libre y voluntariamente, a su cuidado y a su amor paternal. San José no puede dejar de contemplar el misterio de Cristo; se asombra cada vez que mira a su Hijo, porque este Hijo es su Dios, y a este Hijo que es su Dios, debe enseñarle el oficio de carpintero.
San José cuida de su Hijo, y como es carpintero, fabrica juguetes de madera para Jesús Niño, y el Niño Dios juega en su infancia con los juguetes de madera que le dio el amor de su padre, como anticipando la cruz de madera que habrá de abrazar, ya adulto, cruz enviada por el Amor de Dios Padre.
San José cuida a su Hijo, y todos sus cuidados humanos estarán orientados al don de Cristo en el sacrificio del Calvario, don que luego habrá de continuarse en el sacrificio del altar. San José prepara a su Hijo para el camino de la cruz, y así es el modelo para todo padre cristiano, que debe preparar a sus hijos para el camino de la cruz.
A San José, el Padre Virgen del Hijo de Dios, y a la Virgen María, la Madre Virgen del Hijo de Dios, a sus cuidados, les debemos el sacrificio de Cristo en la cruz. Gracias a los cuidados paternales de San José, y a los de su Madre la Virgen, Cristo pudo subir a la cruz para ofrendarse por nuestra salvación, y ese don de la cruz es el don que se continúa en la Santa Misa, de modo que en cada misa, en cada sacrificio del altar, está también presente la Virgen, y está también presente San José, porque por sus cuidados paternales pudo Jesús subir a la cruz.
El Hijo de San José era el Hijo de Dios; no era un hijo de sus entrañas, aunque lo concibió, por la gracia, en el espíritu, al igual que su Esposa, María Virgen. Hoy muchos creen que la vida de San José era una fábula; hoy muchos racionalizan el misterio, y rebajan la figura de Cristo, de la Virgen, y de San José: Cristo no es Dios, la Virgen no es ni Virgen ni Madre de Dios, y San José ni es santo ni es Padre virgen de Jesús. Todo se racionaliza, se horizontaliza, se rebaja al nivel de la comprensión de la mente.
Precisamente, para defender la paternidad virginal de San José, es necesario defender el nacimiento virginal de Jesús, negado por los racionalistas, como Ariel Álvarez Valdés, quien niega también el nacimiento virginal de Dios Hijo a partir de María Virgen. Y si se niega el nacimiento virginal de Jesús, se niega la virginidad de María, y se niega la paternidad virginal de San José.
Sin embargo, considerando cómo fue la realidad del nacimiento virginal, vemos cómo María es Virgen, y es Madre de Dios; cómo Jesús es Dios, y cómo San José es el Padre virgen del Hijo de Dios.
Tomamos como punto de partida el craso racionalismo de un doctor en Biblia, Ariel Álvarez Valdés. A una pregunta de un periodista de Página 12: “–¿Cómo distinguir estas visiones de las que conciernen a la psicopatología?”, responde así Álvarez Valdés: “Son auténticas si los mensajes que trasmiten coinciden con la Biblia. El 90 por ciento de los mensajes que se atribuyen a la Virgen María están contra la Biblia: se dijo que la Virgen de San Nicolás había contado que el nacimiento de Jesús fue como cuando un rayo de sol atraviesa el cristal de la ventana sin tocarlo ni romperlo, pero la Biblia dice que Jesús nació como un hombre, es decir, como nacen todos los hombres”.
Esta afirmación de Álvarez Valdés está en contra de lo que enseña el Magisterio de la Iglesia, en la voz de los Papas, y en la voz de los Padres de la Iglesia, y de sus santos. En el Catecismo del Papa San Pío X se afirma que el alumbramiento del Señor fue semejante a “como un rayo de sol atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo”.
También otros antiguos padres de la Iglesia compararon el parto virginal, milagroso, con la luz que atraviesa el cristal sin romperlo, y entre los santos más recientes, figura Ana Catalina Emmerich.
Esta hermosísima imagen, enseñada por los Papas y por los Padres de la Iglesia, concuerda con los misterios de María como Madre de Dios y de Jesús como Dios Hijo encarnado. ¿Podía nacer Dios Hijo encarnado, de su Madre Virgen, tal como nacemos los hombres mortales? ¿No es acaso rebajar groseramente el majestuoso misterio de la Madre de Dios y del Hombre-Dios, y del padre adoptivo del Hijo de Dios, San José?
Por otra parte, la expresión “como un rayo de sol atraviesa un cristal sin romperlo ni mancharlo”, no está en desacuerdo con las modernas y actuales teorías científicas. Lejos de ser una mera expresión poética –aunque muchos crean que es sólo poesía- es una expresión que concuerda con la realidad, y con las posibilidades de la realidad. Según lo que sabemos, la luz no es únicamente ondas de energía, sino micropartículas o corpúsculos de materia. Según la teoría corpuscular, la luz sería un “torrente de partículas sin carga y sin masa llamadas "fotones", capaces de “portar todas las formas de radiación electromagnética”. Leemos: “Esta interpretación resurgió debido a que la luz, en sus interacciones con la materia, intercambia energía sólo en cantidades discretas (múltiplas de un valor mínimo) de energía denominadas "cuantos" o "quantums". Este hecho es difícil de combinar con la idea de que la energía de la luz se emita en forma de ondas, pero es fácilmente visualizado en términos de corpúsculos de luz o fotones”[1]. La teoría corpuscular de la luz da la posibilidad teórica de que la materia pudiera ser atravesada por la materia, sin romperla o dañarla, puesto que la luz sería “un torrente de partículas” –materia- “sin carga y sin masa”. Además, si en el orden creado existe al menos la posibilidad de que la materia –teoría corpuscular de la luz- atraviese la materia, cuánto más en el orden increado, en donde Dios, Luz eterna e indefectible, en cuanto Luz, sobrepasa infinitamente este orden creado.
La realidad del nacimiento virginal de Jesús nos afirma en la fe: María es Virgen, es Madre de Dios, cómo Jesús es Dios, y como San José es el Padre virgen del Hijo de Dios.
[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Luz#Teor.C3.ADa_corpuscular.

miércoles, 3 de marzo de 2010

San Ignacio de Loyola


El elemento central de los Ejercicios Espirituales ignacianos, es la segunda semana, llamada “de la oblación del reino”, en donde el alma se encuentra sola frente a Cristo crucificado, Rey de cielos y tierra, que llama a todos para conquistar el universo[1].
San Ignacio presenta como materia para meditar a un rey temporal, que llama a sus súbditos, todos nobles y buenos caballeros, a realizar una empresa noble, conquistar a sus enemigos. Luego él mismo dice que esta figura del rey temporal, debe aplicarse, por analogía, al “rey eternal”, es decir, Jesucristo.
Ahora bien, este rey eternal, que es Jesucristo, tiene la particularidad de que reina desde la cruz, su corona no es de oro y diamantes, sino de espinas, y su cetro son los clavos que lo sujetan al madero de la cruz.
El alma, en la segunda semana de los Ejercicios, debe hacer un coloquio frente a Cristo crucificado, siendo movida por lo mismo que movió a ese rey a morir por el alma: el amor y movida por este amor, hacer la “oblación del reino”[2], es decir, el ofrecimiento de sí mismo al rey que cuelga del madero y que primero se donó a sí mismo al alma por amor.
Si el alma es movida por otros motivos diferentes al amor a Cristo crucificado –el temor al infierno o el deseo del cielo-, podrá evitar los castigos y alcanzar el cielo, pero la unión con Jesucristo será imperfecta. Será perfecta la unión con Cristo cuando el alma se una a Cristo crucificado en la oblación de sí misma por amor, al tomar conciencia que Cristo se ofreció a sí mismo por amor.
Los Ejercicios no son una ejercitación psicológica, sino una realidad espiritual, en la cual el alma se encuentra con Dios cara a cara, en la soledad de los Ejercicios.
Este encuentro, real y espiritual, entre el alma y Dios, que se produce en los Ejercicios, se renueva y actualiza realmente en la misa.
En cada misa, se renueva ese encuentro entre Cristo crucificado y el alma que se encuentra de rodillas frente a Él, que se presenta en el altar. En cada misa, el rey de los cielos se presenta crucificado y derrama su sangre sobre el cáliz y entrega su cuerpo en la Eucaristía, y dona su ser divino al alma que lo recibe en la comunión.
En cada misa, el alma debe hacer suyas las palabras de Santa Teresa de Ávila, que responde a su rey en la cruz no por temor al infierno ni por deseo del cielo, sino por amor a Jesús en la cruz: “No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tienes prometido,/ ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte./ Tú me mueves, Señor, muéveme el verte/ clavado en una cruz y escarnecido;/ muéveme ver tu cuerpo tan herido,/ muévenme tus afrentas y tu muerte./ Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,/ que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/ y aunque no hubiera infierno, te temiera./ No me tienes que dar porque te quiera,/ pues aunque lo que espero no esperara,/ lo mismo que te quiero te quisiera./”
En cada misa el Rey eternal, Jesucristo, se hace Presente sobre el altar, con su cruz, con sus heridas, con su corona de espinas, con su sangre, que vierte en el cáliz, con su cuerpo, que entrega en la Hostia, con su Ser divino, que deposita en el fondo del alma que lo recibe en la comunión, y en cada misa, renueva su llamado a conquistar las almas para su reino y ofrece, como medio de conquista, su cuerpo y su sangre en la cruz.
En respuesta al don de Sí que este Rey eternal hace al alma, el alma no puede sino responder con la respuesta de amor de Santa Teresa de Ávila a la pregunta de San Ignacio frente a Jesús crucificado: “¿Qué he de hacer por Cristo?”
[1] Cfr. Ejercicios Ignacianos, 147.
[2] Cfr. Ejercicios Ignacianos, 98.