San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 6 de agosto de 2010

Santa Lucía y el martirio


En la Iglesia hay gente que está en el cielo, y que murió por Jesús. A esa gente se les llama “mártires”. Un mártir entonces es alguien que dio su vida por Jesús, y ahora está en el cielo.

Uno de esos mártires es Santa Lucía. Era una joven que había nacido en la ciudad donde vive el Papa, que se llama Roma. Ella, desde muy chica, sin decir nada a nadie, había hecho la promesa a Dios de vivir la pureza. Entonces, le dijo a su novio que ya no iba a ser más novia, porque le daba su cuerpo y su alma a Jesús. Su novio se enojó mucho, y la demandó al gobernador. Entonces el gobernador la llevó presa y le dijo que tenía que renunciar a Jesús y que tenía que creer en los dioses que el creía, pero Santa Lucía le dijo que no, que antes que decirle “no” a Jesús, prefería morir.

Y ahí el gobernador se enojó mucho, y mandó a sus soldados que la llevaran a la cárcel, pero el Espíritu Santo hizo que Santa Lucía estuviera firme como una roca, y no pudieron moverla ni siquiera un poquito, y eso que eran muchos. Los soldados la empujaban y la empujaban, y hacían mucha fuerza, y muchos se caían cansados de tanto hacer fuerza, pero Santa Lucía no se movía. También le pasaron una cuerda por el cuello y por los pies, pero no pudieron moverla, y después ataron la soga a unos bueyes, que son como unos toros grandes, y tampoco pudieron moverla.

El jefe de los soldados se ponía cada vez más enojado, y entonces hizo que prepararan un fuego, con mucha leña, y que le agregaran aceite, para que el fuego fuera más grande, y la pusieron en medio del fuego, pero Santa Lucía no se quemó nada, porque hizo esta oración: “Yo oraré a Jesucristo para que el fuego no me moleste”. Rezó esta oración, y el fuego no le hizo nada. El fuego terminó siendo nada más que cenizas, y Santa Lucía seguía de lo más bien, sin haberse quemado ni un pelo.

Ella sufrió todo eso porque le habían dicho que hiciera algo malo: que no creyera en Jesús, pero como estaba llena del Espíritu Santo, dijo que antes prefería morir que hacer algo malo, como no creer en Jesús. Santa Lucía no quería hacer nada malo –las cosas malas se llaman “pecado”-, porque el pecado hace que Jesús sufra todavía más en la cruz, y como Santa Lucía amaba mucho a Jesús en la cruz, no quería hacerlo sufrir. Y así fue que ella prefirió la muerte antes que cometer el pecado de decir que no creía en Jesús.

A nosotros, seguramente, nunca nos van a tirar flechazos –aunque muchos de nuestros amigos, y nosotros mismos, seamos bastante indios-, ni tampoco van a calentar una olla gigante para hervirnos en aceite, como a las papas fritas. Pero puede pasar que alguien, un amigo, o un conocido, o alguien más grande, nos proponga alguna vez hacer algo malo, algo que no le gusta a Jesús, un pecado, o también puede pasar que pasen un programa en televisión que sea malo.

¿Qué hacemos ahí?

Si alguien –un amigo del barrio, un compañero de escuela, un grande- nos dice que hagamos algo malo, ahí nos acordemos de Santa Lucía, que prefirió sufrir mucho en su cuerpo, y hasta prefirió la muerte, antes que hacer algo malo, un pecado, porque el pecado hace que Jesús sufra más en la cruz.

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