San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 1 de junio de 2018

El Sagrado Corazón de Jesús y los Santos



         En el Antiguo Testamento, el corazón es símbolo no solo de los afectos del hombre, sino sede y representación de todo su ser: todo lo que es el hombre, en cuerpo y alma, está representado en el corazón. “Dar el corazón” es dar, literalmente, a la persona dueña de ese corazón. Así, por ejemplo, en Deuteronomio 6, 4-6, Dios pide que le amen “con todo su corazón”, es decir, con todo lo que el hombre es.
         Y es tan significativo el simbolismo del Sagrado Corazón que, cuando ese mismo Dios del Antiguo Testamento, que hasta entonces era invisible a los ojos de los hombres, se decide a encarnarse y manifestarse, expresa su Amor al permitir que su Corazón sea traspasado por la lanza, porque de esa manera, expresa que lo que contiene su Corazón, que es su Ser divino trinitario con el Amor que brota de él, todo en su totalidad, se derrama sobre el hombre, sin reservarse nada para Él. La lanzada del soldado romano sobre el Corazón de Jesús hace que éste se abra, así como se abren las compuertas de un dique, y derrame sobre la humanidad el contenido del Corazón, que es el Ser de Dios con su Divino Amor. Dios se da a sí mismo a través de su Corazón traspasado.
         Luego, el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento se manifestará visiblemente a su Iglesia –y, a través de la Iglesia, al mundo-, por medio del Sagrado Corazón, porque es el órgano que representa lo que Dios Es: Amor. “Dios es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) y lo que representa al Amor es el Corazón y un Corazón traspasado significa que Dios derrama su Amor sobre los hombres.
         A lo largo de los siglos, Dios se  manifestará a diversos santos por medio de su Sagrado Corazón, dejando en cada manifestación un mensaje distinto, pero que convergen todos en su simbolismo: Dios se entrega a sí mismo a los hombres por medio del don de su Sagrado Corazón.
         En Francia, Jesús se manifiesta a una monja, Santa Margarita María de Alacquoque, revelándole que el órgano por medio del cual los hombres habrían de unirse a Él, es el Corazón traspasado por la lanza. Es decir, si los hombres quieren unirse a Él, deben hacerlo por medio de su Amor, expresado, simbolizado y significado en el Amor que se derrama incontenible a través de la herida abierta de su Corazón. Dios no nos pide doctorados para unirnos a Él: nos pide nuestro amor, porque Él nos da su Amor, a través de su Sagrado Corazón.
         En España, en Valladolid, el Beato Padre Bernardo de Hoyos recibirá del Corazón Sacratísimo el siguiente encargo: que el culto y la devoción a su Sagrado Corazón sea conocido y difundido entre los hombres, para que sea cada vez más amado, adorado y glorificado. Le hace ver al beato una visión en la que el corazón del beato es alcanzado por las llamas del Sagrado Corazón y es incendiado por estas llamas: significan cómo Dios arde en amor por nosotros, y cómo desea transmitirnos y comunicarnos de ese Amor, contenido en su Sagrado Corazón. Al beato le da esta revelación: “En España reinaré con más y mayor devoción que en otras partes”. Puesto que podemos considerarnos, racial, cultural y espiritualmente, parte de la España de ultramar, podemos pensar que esa promesa se hace extensiva a nuestra Patria y a Hispanoamérica. También le dice al beato que cualquier cosa que se le pidiera al Sagrado Corazón sería concedido.
         En el año 1820, precisamente en lo que era la Provincia ultramarina de Guatemala, Jesús se aparece como el Sagrado Corazón a la hermana Encarnación del Sagrado Corazón. A esta hermana le habría de manifestar el dolor que le causaban los hombres, al no celebrar su Pasión, es decir, los dolores de su Corazón: en 1857, un 9 de abril, la Madre fue a la Capilla a meditar lo que en ese día habría de haber pasado que Judas Iscariote traicionaría a Jesús. en un determinado momento, el Señor le dijo a su oído: “Los hombres no celebran los dolores de mi Corazón”. Esta experiencia se repitió unos días después, mientras comulgaba, oyendo siempre la misma petición.
         Por último, se le apareció a Sor Faustina Kowalska como Jesús de la Divina Misericordia, manifestación que es una evidente e innegable continuación y prolongación de la devoción al Sagrado Corazón, puesto que Jesús aparece de pie, vestido con túnica blanca y con los rayos de color rojo y blanco, símbolo de la Sangre y Agua que brotaron de su Corazón traspasado el Viernes Santo. La Divina Misericordia es el contenido de la Sangre y Agua del Corazón de Jesús. 
         Ahora bien, este mismo Sagrado Corazón, que se apareció a los santos en distintos siglos, no se nos aparece visiblemente a nosotros pero, mucho mejor que una aparición, se nos dona, en su totalidad, con su Sangre y Agua, con la Cruz en su base, con la corona de espinas que lo rodea y con las llamas de Amor del Espíritu Santo que lo envuelven, en cada comunión eucarística. En cada comunión eucarística, realizada en estado de gracia, recibimos al Sagrado Corazón de Jesús, vivo, palpitante, glorioso, resucitado, que quiere unirse a nosotros por medio de su Corazón Eucarístico; quiere comunicarnos las llamas de Amor Divino que lo envuelven e incendiar con ellas nuestros corazones; quiere que recordemos y tengamos siempre presentes los dolores de su Corazón en la Pasión y quiere derramar sobre nuestras almas, con la Sangre y el Agua de su Sagrado Corazón traspasado, su Divina Misericordia. No seamos indiferentes al Divino Amor que se nos dona en la comunión eucarística.
        
        

No hay comentarios.:

Publicar un comentario