San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 19 de mayo de 2016

San Expedito y la fuerza de la cruz



         San Expedito, que era pagano, recibió un día la gracia de la conversión, mediante la cual Jesús se manifestaba a su alma como su Dios y su Redentor. En el mismo momento en el que San Expedito recibía esta gracia, se le apareció el Demonio, en forma de cuervo, para tentarlo e impedir así su conversión. Es decir, en un mismo momento, el santo tenía ante sí dos opciones, frente a las cuales debía elegir: Jesús, Dios y Salvador, que le ofrecía una vida nueva, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, los hijos de la luz, y el Demonio, que le ofrecía continuar con su vida antigua, la vida de las tinieblas, la vida de la oscuridad, la vida del pecado. Puesto que somos personas y por lo tanto, seres libres y no autómatas sin capacidad de elección, se le presentaba a San Expedito la posibilidad de elegir, ya sea a Dios Encarnado, o al Demonio: o la vida de la gracia, o la vida del pecado. El santo, sin dudarlo ni un instante, eligió a Jesucristo, al tiempo que aplastaba al Demonio que, bajo la forma todavía de cuervo, se le había acercado demasiado cerca y se encontraba al alcance de sus pies. La elección de San Expedito requería de una  luz y de una fuerza sobre-humanas, sobre-naturales. ¿De dónde las obtuvo? Las obtuvo de la cruz de Jesús; de Jesús en la cruz. Ante la opción de elegir entre Jesucristo y el Demonio, San Expedito, aferrando la Santa Cruz del Salvador y elevándola a lo alto, recibió de Jesús la sabiduría divina, la fuerza y el amor sobrenaturales necesarios para convertir su corazón al Salvador, al tiempo que para rechazar al Tentador. Elevando la cruz a lo alto, dijo: “Hodie”, es decir “Hoy”. Al igual que San Expedito, también nosotros, abrazados a la Santa Cruz de Jesús, decimos: “¡Hoy! ¡Hoy elijo a Jesús como a mi Redentor! ¡Hoy dejo mi vida de paganismo, de superstición, de pasiones sin el control de la razón y la gracia! ¡Hoy dejo de consultar el horóscopo, los brujos, y de confiar en los fetiches! ¡Hoy elijo vivir la vida de la gracia, el perdón cristiano, el amor a los enemigos, la misericordia, la oración, el Santo Rosario, la Eucaristía cotidiana! ¡Hoy y no mañana!”.

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