San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 22 de febrero de 2011

El martirio de San Policarpo y la Santa Misa


A la edad de más de ochenta años, y con fama de ser un santo en vida, San Policarpo, al negarse a renunciar a Jesucristo y a ofrecer sacrificios a los ídolos, es sentenciado a ser quemado en la hoguera, pero en el momento en el que los verdugos encienden el fuego, sucede un milagro: “Apenas concluida su súplica, los ministros de la pira prendieron fuego a la leña. Y levantándose una gran llamarada, vimos una gran prodigio aquellos a quienes fue dado verlo; aquellos que hemos sobrevivido para poder contar a los demás lo sucedido. El fuego, formando una especie de bóveda, rodeó por todos lados el cuerpo del mártir como una muralla, y estaba en medio de la llama no como carne que se abrasa, sino como pan que se cuece o como el oro y la plata que se acendra al horno. Percibíamos un perfume tan intenso como si se levantase una nube de incienso o de cualquier otro aroma precioso.

Viendo los impíos que el cuerpo de Policarpo no podía ser consumido por el fuego, dieron orden al confector para que le diese el golpe de gracia, hundiéndole un puñal en el pecho. Se cumplió la orden y brotó de la herida una paloma y tal cantidad de sangre que apagó el fuego de la pira, y el gentío quedó pasmado de que hubiera tal diferencia entre la muerte de los infieles y la de los escogidos”[1].

Policarpo, el mártir, dio su vida en la hoguera, y el fuego que lo abrasó era un fuego material aplicado por los hombres, y al arder su cuerpo, en vez de quedar su cuerpo carbonizado, este se volvió como la plata o el oro que se ponen al fuego, y en vez de despedir el olor a carne quemada, como sucede con todo cuerpo humano que se incinera, despidió aroma a suaves perfumes, como señal de que su sacrificio era grato a Dios; antes que él, el Rey de los mártires, Jesucristo, entregó su vida en la cruz, con su Cuerpo siendo abrasado por un fuego que no venía de los hombres, sino del seno mismo del Padre, el Espíritu Santo, y su Cuerpo así sublimado por el fuego del Espíritu, era infinitamente más precioso que el oro o la plata refinados por el fuego, y si Policarpo desprendió olor a perfumes, como signo de la Presencia del Espíritu en él, la sublimación del Cuerpo de Cristo desprendió una fragancia suavísima, porque estaba inhabitado por el Espíritu Santo. Lo dice así Santa Brígida: “…como un haz de mirra, elevado a lo alto de la Cruz, la muy fina y delicada Carne Vuestra fue destrozada”[2].

Según Santa Brígida, el Cuerpo de Jesús fue inmolado y sublimado por el fuego del Espíritu, desprendiendo la suave fragancia del Espíritu Santo, fragancia más exquisita que el incienso y la mirra.

Y esta sublimación del Cuerpo del Rey de los mártires, ocurrida en la cruz, por parte del Espíritu Santo -de la cual la sublimación del cuerpo de Policarpo fue una continuación y una prolongación-, se da en cada Santa Misa: por las palabras del sacerdote ministerial, el Espíritu Santo, como llama de fuego divino, convierte la materia inerte del pan y del vino en el luminoso y resplandeciente Cuerpo y Sangre de Cristo en la Eucaristía.


[1] Cfr. Miglioranza, C., Actas de los mártires, Colección Espiritualidad, Ediciones San Pablo, Buenos Aires 2001, 13-14.

[2] Cfr. Santa Brígida, Las Quince Oraciones. Jesús promete, entre otras cosas, para quien rezare las quince oraciones todos los días, en memoria y honor de sus Santas Llagas, la salvación eterna.

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