San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 5 de octubre de 2010

Santa Faustina


Imaginemos que un indigente, necesitado de todo, se encuentra, en su camino y en su vagabundear, con un hacendado, con un dueño de extensiones inmensas de tierras, de yacimientos, de bosques, que ha decidido, en un arrebato de generosidad, donar la totalidad de su fortuna al primer menesteroso con el que se encuentre.

Imaginemos el encuentro providencial entre el magnate y el indigente, y que este último, en vez de apreciar el don que se le hace, y en vez de entablar siquiera una conversación con el magnate, se dedicase, delante del magnate, a hurgar entre sus miserables pertenencias, a hablar de incoherencias, y a actuar como si no se encontrara delante del magnate. Luego de un rato, viendo el multimillonario que el indigente no tiene el más mínimo deseo de entablar una conversación con él, y que no se muestra interesado en abandonar su estado de indigencia, porque está muy a gusto con sus míseras pertenencias, decide marcharse, en busca de algún otro mendigo que sí aprecie el don que quiere hacer.

Esta historia, ficticia e imaginaria, se da, en la realidad, entre Jesús Sacramentado y la gran mayoría de almas que comulgan, con la diferencia de que Jesucristo tiene para dar al alma dones infinitamente más grandes que posesiones de tierras, yacimientos de oro y de petróleo, o minas de cobre y de plata: Jesucristo, en la comunión, tiene el tesoro más grande que criatura alguna pueda imaginar, y es el don de su Ser divino, que se entrega todo, sin reservas, al alma que comulga.

Pero como el alma que comulga se encuentra, en la gran mayoría de los casos, como el indigente de la historia, entretenida en sus propios asuntos, y deleitada en sus propias míseras pertenencias, Jesús Sacramentado, cuando viene al alma, nada puede hacer, nada puede regalar, y debe marcharse entristecido por no poder dejar sus dones.

Es esto y no otra cosa, lo que Jesús le dice a Santa Faustina: “Deseo unirme a las almas humanas. Mi gran deleite es unirme con las almas. Has de saber, hija Mía, que cuando llego a un corazón humano en la Santa Comunión, tengo las manos llenas de toda clase de gracias y deseo dárselas al alma, pero las almas ni siquiera Me prestan atención, Me dejan solo y se ocupan de otras cosas. Oh, qué triste es para Mí que las almas no reconozcan al Amor. Me tratan como una cosa muerta”[1].

A juzgar por los bajísimos índices de concurrencia a Misa dominical por parte de la gran mayoría de los bautizados, incluidos aquellos que han recibido la Comunión por primera vez, la comunión sacramental no es, para un gran número de bautizados, nada más que un rito vacío, carente de significado y de sentido.

Para un gran número de bautizados, religiosos incluidos, la Eucaristía es una “cosa muerta”, como lo dice el mismo Jesús, y como tal, ningún efecto tiene en el alma.

“…cuando llego a un corazón humano en la Santa Comunión, tengo las manos llenas de toda clase de gracias y deseo dárselas al alma, pero las almas ni siquiera Me prestan atención, Me dejan solo y se ocupan de otras cosas”. Que la distracción en las vanidades del mundo no nos lleven a perder de vista que en la Eucaristía viene al alma Jesús Misericordioso en Persona, a donarnos el tesoro de su Corazón, su infinito Amor misericordioso.


[1] Cfr. Santa Faustina, Diario. La Divina Misericordia en mi alma, n. 1385

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