San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 12 de abril de 2018

San Estanislao, Obispo y mártir



         Vida de santidad[1].

Nació cerca de Cracovia, en el año 1030, siendo educado por sus padres con toda piedad y amor a la santa religión católica. Estudió en Polonia y en París y ordenado sacerdote por el obispo de Cracovia fue nombrado Párroco de la catedral. Se distinguió no solo por su gran elocuencia, sino ante todo por su asombrosa vida de santidad, con cuyo ejemplo instaba a la conversión a gran número de personas. A pesar de no considerarse digno de ser obispos, el pueblo lo eligió para ejercer el obispado, cargo que ocupó durante siete años, desde el año 1072, hasta el años de su muerte, en 1079.
Exigía a sus sacerdotes el estricto cumplimiento de sus votos sacerdotales, así como de sus deberes propios del estado clerical. Todos los años visitaba las parroquias, además de dedicar mucho tiempo a la predicación y a la instrucción en la fe a los fieles creyentes. Ejercía la misericordia sin cansancio, por lo que su palacio episcopal vivía lleno de pobres, al no negarse nunca a ayudar a los más necesitados.
En ese entonces, el rey de Polonia se llamaba Boleslao, un valiente guerrero pero dominado por sus pasiones, las cuales le hacían cometer graves faltas que escandalizaban al pueblo. Esto motivó la intervención de San Estanislao, lo cual le trajo como consecuencia la enemistad con el rey, ya que el santo conocía muy bien la famosa frase del profeta Isaías: “Ay de los jefes espirituales que sean como perros mudos que no ladran cuando llegan los ladrones a robar en el campo del Señor”. Y él no quería ser perro mudo que se queda sin dar la voz de alerta ante los enemigos y los peligros. La gota que rebalsó el vaso de las iniquidades del rey fue el rapto y secuestro que ordenó Boleslao sobre una mujer casada para llevársela como concubina a su palacio. Estanislao se presentó ante el rey reprochándole el escandaloso pecado que cometía a los ojos de todo el pueblo y como el rey no hiciera caso de sus reprimendas, San Estanislao lo amenazó con terribles castigos si no se arrepentía de su pecado impuro y no dejaba aquella mala amistad. El rey, sin tomar demasiado en serio las advertencias de San Estanislao y sin arrepentirse de sus fechorías, se atrevió a asistir a una misa en la catedral. Sin embargo, cuando Estanislao se dio cuenta de su presencia, mandó suspender la misa porque no aceptaba que un pecador tan rebelde y escandaloso estuviera allí dando mal ejemplo a todos. Fue entonces cuando el rey, empedernido en su pecado, decidió vengarse del santo, mandando a asesinarlo un día once de abril, mientras San Estanislao se encontraba celebrando la Santa Misa. Aunque la orden era que los soldados lo asesinaran allí mismo en el altar, estos no se atrevieron a cumplir la orden, testificando que en el momento en que quisieron hacerlo, el santo aparecía rodeado de grandes resplandores. En el colmo de la impiedad, el mismo Boleslao subió al altar y con sus propias manos asesinó al santo obispo. Era el día 11 de abril del año 1079. No contento con asesinarlo, el rey hizo que el cadáver del santo quedara en el campo sin sepultar, para que lo devoraran los cuervos. Pero entonces aparecieron dos águilas que no dejaron que ninguna de estas aves de rapiña se acercara al cuerpo del difunto, y la situación se mantuvo así hasta que llegaron unos devotos fervorosos y le dieron santa sepultura, en la capilla de San Miguel.
Desde entonces las cosas comenzaron a suceder cada día más de mal en peor para el rey Boleslao que tuvo que llorar muy amargamente el crimen tan espantoso que cometió, pues durante el resto de su vida, el rey vivió atormentado día y noche por tan nefasto crimen. El Papa Inocencio canonizó a San Estanislao en el año 1253.

Mensaje de santidad.

San Estanislao dio su vida en el cumplimiento de las palabras y mandatos de Nuestro Señor Jesucristo, reprimiendo al rey por su conducta impura e inmoral. La impureza corporal se contrapone a la santidad no solo porque es una falta contra los Mandamientos de la Ley de Dios, sino porque se opone en forma diametralmente opuesta a la pureza del Ser divino trinitario. Además, el adulterio no solo es una traición al Amor de Cristo, ante el cual contrajeron nupcias los esposos, sino que atenta contra la santidad del matrimonio sacramental, que en cuanto tal, es una prolongación y actualización, ante el mundo, de la unión esponsal mística entre Cristo Esposo y la Iglesia. San Estanislao dio su vida por el Nombre de Cristo y por la santidad de la unión esponsal entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, reflejada y actualizada en el matrimonio sacramental de los esposos terrenos.



sábado, 7 de abril de 2018

San Vicente Ferrer



         Vida de santidad[1].

Nació en 1350 en Valencia, España. Desde muy pequeño, sus padres le inculcaron una fervorosa devoción hacia Jesucristo y a la Virgen María y un gran amor por los más necesitados. Para ejercitarlo en las obras de misericordia, le encargaban repartir las generosas limosnas que la familia acostumbraba a dar. También le enseñaron a hacer una mortificación cada viernes en recuerdo de la Pasión de Cristo, y cada sábado en honor de la Virgen Santísima. Estas costumbres las ejercitó durante toda su vida.
Durante su juventud el demonio lo asaltó con violentas tentaciones, además de sufrir el acoso de diversas mujeres que, al no ver correspondidas sus pretensiones mal encaminadas, inventaron contra el santo toda clase de calumnias. Ingresó luego como religioso en Orden Dominicana, destacándose por su gran inteligencia.
Siendo un simple diácono lo enviaron a predicar a Barcelona, en un momento en el que la ciudad estaba pasando por un período de hambre y los barcos portadores de alimentos no llegaban. Entonces Vicente en un sermón anunció una tarde que esa misma noche llegarían los barcos con los alimentos tan deseados. Al volver a su convento, el superior lo reprendió por lo que él consideraba una afirmación temeraria, pues había hablado de cosas que iban a suceder en el futuro, el cual es contingente y además como seres humanos, no tenemos la capacidad de predecir el futuro. Sin embargo, esa misma noche, tal como lo había predicho San Vicente, llegaron los barcos y al día siguiente el pueblo se dirigió hacia el convento a aclamar a Vicente, el predicador.
En ese entonces, en la Iglesia Católica había dos Papas y como consecuencia, había mucha desunión y discordia, lo cual preocupaba mucho a San Vicente, al punto de provocarle un estado de estrés que casi le cuesta la vida. Estando en esa situación, se le apareció Nuestro Señor Jesucristo, acompañado de San Francisco y Santo Domingo de Guzmán y le dio la orden de dedicarse a predicar por ciudades, pueblos, campos y países. En el mismo instante en el que recibió el mandato del Señor, San Vicente recuperó inmediatamente su salud. Desde entonces y por espacio de treinta años, San Vicente recorrerá evangelizando el norte de España, el sur de Francia, el norte de Italia y el país de Suiza, predicando incansablemente y obteniendo abundantes frutos espirituales, principalmente conversiones de judíos e islamitas. Se calcula que se convirtieron unos diez mil judíos y otros tantos musulmanes.
Era tal la cantidad de gente que acudía a sus prédicas, que debía predicar en campos abiertos –se calcula que se reunían hasta unas quince mil personas para escuchar sus sermones-, ya que la cantidad de gente superaba la capacidad de los templos. A pesar de no contar, obviamente, con medios electrónicos para amplificar la voz, su voz se podía escuchar, clara y sonora, a más de cien metros de distancia. Sus sermones duraban casi siempre más de dos horas (un sermón suyo de las Siete Palabras en un Viernes Santo duró seis horas), pero los oyentes no se cansaban ni se aburrían porque a cada uno le parecía que el sermón había sido compuesto para él mismo en persona (lo cual es un don del Espíritu Santo, más que una cualidad humana del santo). Antes de cada prédica rezaba por cinco o más horas para pedir a Dios la eficacia de la palabra y conseguir que sus oyentes se transformaran al oírle. Precisamente, por la conversión de sus fieles, hacía mucha penitencia: dormía en el duro suelo, ayunaba frecuentemente y se trasladaba a pie de una ciudad a otra.
En aquel tiempo –como también en todo tiempo- había predicadores que lo que buscaban era agradar a los oídos y componían sermones rimbombantes que no convertían a nadie. En cambio a San Vicente no le importaba en lo más mínimo su lucimiento personal, sino la conversión del alma de quien lo escuchara, obteniendo la gracia de conmover aun hasta a los más fríos e indiferentes, llegando su mensaje hasta lo más profundo del alma. Tanto era así, que era frecuente que, en pleno sermón, se escucharan gritos de pecadores pidiendo perdón a Dios. Sucedían hechos verdaderamente milagrosos, como por ejemplo, gentes que siempre habían odiado, hacían las paces y se abrazaban y pecadores endurecidos en sus vicios pedían confesores. El santo tenía que llevar consigo una gran cantidad de sacerdotes para que confesaran a los penitentes arrepentidos. Después de sus predicaciones lo seguían dos grandes procesiones: una de hombres convertidos, rezando y pidiendo perdón por sus pecados, alrededor de una imagen de Cristo Crucificado; y otra de mujeres alabando a Dios, alrededor de una imagen de la Santísima Virgen. Estos dos grupos lo acompañaban hasta el próximo pueblo a donde el santo iba a predicar, y allí le ayudaban a organizar aquella misión. Como la gente se lanzaba hacia él para tocarlo y quitarle pedacitos de su hábito para llevarlos como reliquias, tenía que pasar por entre las multitudes, rodeado de un grupo de hombres encerrándolo y protegiéndolo entre maderos y tablas. El santo pasaba saludando a todos con su sonrisa franca y su mirada penetrante que llegaba hasta el alma. Las gentes se quedaban admiradas al ver que después de sus predicaciones se disminuían enormemente las borracheras y la costumbre de hablar cosas malas, y las mujeres dejaban ciertas modas escandalosas o adornos que demostraban vanidad y soberbia. Con todo, aun siendo tan fuerte su modo de predicar y atacando tan duramente al pecado y al vicio, sin embargo las muchedumbres le escuchaban con gusto porque notaban el gran provecho que obtenían al oírle sus sermones. El santo regalaba a los matrimonios en cuyo seno había discordia, un frasquito con agua bendita y les recomendaba: “Cuando su cónyuge empiece a insultarle, échese un poco de esta agua a la boca y no se la pase mientras el otro no deje de ofenderla”. Y esta famosa “agua de Fray Vicente” producía efectos pacificadores porque de esa manera disminuían grandemente las disputas entre los esposos.
En sus sermones, el santo invitaba incesantemente a recibir los santos sacramentos de la confesión y de la comunión; hablaba de la sublimidad de la Santa Misa; insistía en la grave obligación de cumplir el mandamiento de Santificar las fiestas; insistía en la gravedad del pecado, en la proximidad de la muerte, en la severidad del Juicio de Dios, y del cielo y del infierno que nos esperan. El tema en que más insistía este santo predicador era el Juicio de Dios que espera a todo pecador, es decir, el Juicio Particular, que acontece para el alma inmediatamente después de la muerte. La gente lo llamaba “El ángel del Apocalipsis”, porque continuamente recordaba a las gentes lo que el libro del Apocalipsis enseña acerca del Juicio Final que nos espera a todos. Repetía sin cansarse aquel aviso de Jesús: “He aquí que vengo, y traigo conmigo mi salario. Y le daré a cada uno según hayan sido sus obras” (Ap 22, 12) y continuaba citando la Escritura: “Los que han hecho el bien, irán a la gloria eterna y los que se decidieron a hacer el mal, irán a la eterna condenación” (Jn 5, 29).
Los milagros acompañaron a San Vicente en toda su predicación, siendo uno de los más frecuentes el hacerse entender en otros idiomas, aunque él solamente hablaba su lengua materna y el latín. Con frecuencia sucedía que las gentes de otros países le entendían perfectamente como si les estuviera hablando en su propio idioma. Esto hace recordar al milagro sucedido en Jerusalén el día de Pentecostés, cuando al llegar el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, las gentes de dieciocho países escuchaban a los apóstoles cada uno en su propio idioma, siendo que ellos solamente les hablaban en hebreo. A pesar de la enorme fama y de la gran popularidad que le acompañaban, San Vicente se mantuvo siempre humilde, haciendo caso omiso de las alabanzas que recibía en todas partes. Decía que su vida no había sido sino una cadena interminable de pecados. Repetía: “Mi cuerpo y mi alma no son sino una pura llaga de pecados. Todo en mí tiene la fetidez de mis culpas”. En sus últimos años, ya lleno de enfermedades, lo tenían que ayudar a subir al sitio donde iba a predicar. Pero apenas empezaba la predicación se transformaba, se le olvidaban sus enfermedades y predicaba con el fervor y la fuerza de sus primeros años, dando la apariencia, durante el sermón, no de estar anciano y enfermo, sino lleno de juventud y de entusiasmo. Murió en plena actividad misionera, el Miércoles de Ceniza, 5 de abril del año 1419. Fueron tantos sus milagros y tan grande su fama, que el Papa lo declaró santo a los 36 años de haber muerto, en 1455.

Mensaje de santidad.

         ¿El mensaje de santidad de San Vicente Ferrer, llamado “el predicador del Apocalipsis, es para nuestros días? Todo parece indicar que sí, sobre todo, en lo relativo a sus sermones sobre el Juicio Particular y a la proximidad del Juicio Final. Una profecía suya muy conocida es la siguiente: “Veréis una señal y no la conoceréis, pero advertid que en aquel tiempo las mujeres vestirán como los hombres y se portarán según sus gustos y licenciosamente y los hombres vestirán vilmente como mujeres”.
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viernes, 6 de abril de 2018

El Sagrado Corazón quedó lleno de amargura desde el momento mismo de la Encarnación



         Muchos pueden pensar, al contemplar al Sagrado Corazón rodeado de espinas, con una cruz en su base y con su costado lacerado por la lanza, que las amarguras y dolores causados en su Pasión por la malicia de los hombres comenzaron, precisamente, en la Pasión. Muchos, al ver al Jesús adulto siendo flagelado, coronado de espinas, crucificado, pueden ser llevados a pensar que Jesús sufrió su Pasión en su juventud y en su edad adulta. Por lo tanto, su niñez, incluida su Encarnación, habrían quedado libres de estos dolores y angustias, habiéndose desarrollado según los estándares de los niños de Palestina de esa época.
         Sin embargo, no es eso lo que nos enseña la Iglesia y lo que Jesús mismo le revela a Santa Margarita. Dos o tres meses después de la Primera Aparición se produjo la Segunda Aparición, relatada así por Santa Margarita: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior (...) la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en el la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”.
         Jesús le revela entonces, a Santa Margarita, que el dolor de la Pasión comenzó no en su juventud ni en su edad adulta, sino desde el momento mismo de la Encarnación. Recordemos que en el caso de Jesús, los cromosomas masculinos correspondientes al padre, al no haber contacto con varón alguno, fueron creados en el momento mismo de la Encarnación y que este hecho significa que, como todo hombre, Jesús ya tenía un cuerpo y un alma en el momento mismo de ser un cigoto, es decir, una sola célula. Jesús ya era el Hombre-Dios, aun cuando su Cuerpo humano estuviese formado, en la Encarnación, por una sola célula, el cigoto.
         Es desde es mismo instante de la Encarnación que Jesús comienza a sufrir su Pasión: de manera mística, espiritual, moral, pero no menos real y verdadera. Su Corazón, contenido en los genes del núcleo celular del cigoto, comenzó ya a sufrir en la concepción y continuó, por supuesto, sufriendo, hasta el día de su muerte en la Cruz. Lo que hace Jesús al mostrar su Corazón envuelto en llamas –las llamas del Amor de Dios, el Espíritu Santo; las espinas, la cruz y el Costado traspasado- es solamente graficar, en su Corazón ya perteneciente a un hombre adulto, aquello que Él comenzó a sufrir desde la Encarnación.
         Y todo este sufrimiento no es para que se desarrolle en la Iglesia una devoción sentimentalista, destinada a señoras jubiladas que porque nada tienen que hacer en sus hogares, se inscriben en la Cofradía del Sagrado Corazón: la devoción al Sagrado Corazón está íntima y estrechamente relacionada con la salvación de la eterna condenación en el Infierno y la eterna salvación en el Cielo. A tal punto, que se puede decir que quien desprecia las Llamas del Divino Amor que envuelven al Corazón de Jesús, será envuelto y quemado sin piedad, en el cuerpo y en el alma, por toda la eternidad, en el Infierno. Y la razón es que, en la devoción al Sagrado Corazón, están contenidas las gracias más que suficientes y necesarias para la eterna salvación y para evitar la eterna condenación en el Infierno. Dice así Santa Margarita: “Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número, le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación, y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios, cuya fuente es, al que se ha de honrar bajo la figura de su Corazón de carne, cuya imagen quería ver expuesta y llevada por mi sobre el corazón, para grabar en él su amor y llenarlo de los dones de que está repleto, y para destruir en él todos los movimientos desordenados. Que esparciría sus gracias y bendiciones por dondequiera que estuviere expuesta su santa imagen para tributarle honores, y que tal bendición sería como un último esfuerzo de su amor, deseoso de favorecer a los hombres en estos últimos siglos de la Redención amorosa, a fin de apartarlos del imperio de Satanás, al que pretende arruinar, para ponernos en la dulce libertad del imperio de su amor, que quiere restablecer en el corazón de todos los que se decidan a abrazar esta devoción”.
“Apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número (es decir, el Infierno); destruir en él todos los movimientos desordenados (los movimientos desordenados son los pecados que, si son mortales y no se confiesan, conducen al Infierno); apartarlos del imperio de Satanás (el Príncipe del Infierno)”. Es para esto para lo que Jesús nos revela su Sagrado Corazón; es para esto que comenzó a sufrir su Pasión desde la Encarnación; es para esto que nos entrega su Sagrado Corazón Eucarístico en cada comunión eucarística -la Eucaristía es la continuación y prolongación del Sagrado Corazón, porque en la Eucaristía el Sagrado Corazón está vivo y palpitante, lleno de la gloria y del Amor de Dios-. Es para esto que Jesús se revela como el Sagrado Corazón y es para esto que debemos ser sus amantes devotos: para librarnos de Satanás; para librarnos de la eterna condenación en el Infierno; para librarnos de los movimientos desordenados de nuestros corazones que nos conducen al pecado y al Infierno, todo lo cual nada tiene que ver con una devoción sensiblera, como erróneamente afirman muchos que desconocen al Sagrado Corazón.


domingo, 18 de marzo de 2018

San José, Patrono de la vida de la gracia y de la muerte santa y Maestro de adoración eucarística



         
         
      Podemos decir que toda nuestra vida de cristianos está, literalmente, bajo el patrocinio de San José: es decir, desde que nacemos, hasta que morimos e independientemente de cuál sea nuestro santo al cual le tengamos mayor devoción, toda nuestra vida, hasta la muerte, se encuentra bajo el patrocinio de San José. Esto tiene consecuencias prácticas en nuestra vida espiritual cotidiana. Por ejemplo, cuando experimentemos la presencia de algún peligro para la vida de la gracia –una tentación que puede hacernos caer en el pecado- debemos recurrir a San José pero también si, viviendo en gracia, deseamos no solo conservar la gracia, sino aumentarla, también debemos recurrir a San José. Y esto, en cualquier momento –o mejor, en todo momento- de nuestra vida terrena.
Pero dijimos que también en la hora de la muerte estamos bajo el patrocinio de San José por lo que, cuando estemos ya cercanos a partir al otro mundo, es decir, cuando estemos cerca del momento en el que debamos comparecer ante Dios para recibir el Juicio Particular, también debemos acudir a San José. En otras palabras, independientemente de cualquier otro santo al cual le tengamos devoción, toda nuestra vida, desde que nacemos hasta que morimos y hasta en el momento mismo de la muerte, estamos bajo el patrocinio de San José.
¿Cuál es la razón? La razón es que, por un lado, San José fue el Padre adoptivo de Aquel que es la Gracia Increada y el Autor de toda gracia creada, Cristo Jesús y por eso es el Patrono de nuestra vida de la gracia. Durante su vida terrena y desde que se desposó legalmente con María Santísima, San José fue el Custodio y Protector de la Gracia Increada, Cristo Jesús: ejerciendo de padre adoptivo, San José cuidó de Jesús, de quien procede toda gracia, en su niñez y juventud y por eso es el Custodio, no solo de la niñez, sino de aquello que hace que una persona adulta –de veinte, cincuenta o setenta años- sea “como niño” y por lo tanto esté en condiciones de “entrar en el Reino de los cielos” (cfr. Mt 18, 3) y es la gracia santificante. Así como San José cuidó con alma y vida y dejando su propia vida en esta tarea, a su Hijo Jesús, que en cuanto Dios era la Gracia Increada, así custodia también nuestra vida de la gracia, que nos viene de Cristo Jesús y es la que nos hace “como niños” delante de Dios. Por eso debemos recurrir a Él cuando experimentemos algún peligro para la vida de la gracia o cuando, por el contrario, deseemos fortalecer, conservar y acrecentar la gracia ya poseída.
Por otro lado, decimos que estamos bajo el patrocinio de San José en el momento de la muerte por el siguiente motivo: en el momento de su muerte San José estuvo en los brazos de Jesús y María de manera que pasó de esta vida a la otra acompañado por el Redentor y su Madre, María Santísima. Según la Tradición, la muerte de San José fue así: acompañado por Jesús, San José emprendió un viaje a un pueblo vecino para realizar un trabajo de carpintería que le habían encargado pero a mitad de camino se desencadenó un temporal de nieve que le provocó una fuerte neumonía, por lo que debió regresar a su pueblo. Debido al avance de la neumonía, San José entró prontamente en agonía y murió al poco tiempo, siendo acompañado en esta instancia por su Hijo Jesús y por María Virgen. Debido a que esa es la muerte más hermosa que jamás nadie pueda tener -porque el alma se despide de esta vida terrena contemplando los Rostros Sacratísimos de Jesús y María y luego, al entrar en la otra vida, ingresa en la vida eterna contemplando los mismos Rostros amorosísimos de Jesús y María-, no existe muerte más hermosa que la de San José. La muerte de San José es la verdadera muerte cristiana, ya que se trata de solo un paso, el atravesar un umbral, desde el tiempo hasta la eternidad, para ingresar en la vida eterna acompañados por Jesús y María. Ésta es la razón por la cual San José es el Patrono de una muerte buena y santa. Entonces, cuando sintamos que Dios nos está por llamar ante su Presencia –la muerte es el paso a la vida eterna, previa comparecencia ante el tribunal de Dios, Justo Juez-, acudamos a San José para que nuestra muerte sea una muerte como la suya, una muerte santa y buena, una muerte que, estando el alma entre los brazos amorosísimos de Jesús y María, se convierte en el anticipo del ingreso en la vida eterna del Reino de los cielos.
Por estos dos motivos, San José es el Patrono de los dos elementos más valiosos para la vida espiritual: la gracia santificante y el paso, en estado de gracia, de esta vida a la vida eterna.
Pero hay otro aspecto que debemos considerar en San José, además de su doble condición de Protector de la vida de la gracia y Patrono de una muerte santa y es algo muy importante para nuestra vida espiritual. San José es Maestro de adoración eucarística, porque él, siendo padre adoptivo de Jesús lo cuidó en cuanto niño y joven, es decir, lo custodió y protegió en su Humanidad, pero también lo adoró en su Divinidad, porque San José sabía que ese Niño, ese Joven, que era su Hijo adoptivo, era al mismo tiempo, Dios Hijo encarnado. Al mismo tiempo que cuidaba de su Hijo, lo amaba y adoraba en el misterio de ser su Hijo Jesús Dios Hijo encarnado; es decir, San José adoraba en Jesús su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Cuando estemos frente a la Eucaristía –el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, el Hijo adoptivo de San José-, imploremos el auxilio de San José, Maestro de adoración eucarística incomparable, para aprender a amar y adorar a Jesús Eucaristía con el mismo amor y adoración con el que él amaba y adoraba a su Hijo Jesús.
         Entonces, tanto en la vida como en la muerte, el amoroso padre adoptivo de Jesús, San José, es nuestro santo patrono, en todo momento, por lo que a cada momento debemos invocar su presencia y protección.

jueves, 15 de marzo de 2018

San José enseñó a su Hijo Dios a trabajar el madero con el que fabricaría la Santa Cruz



         Cuando Jesús era niño, San José le fabricaba juguetes de madera como regalos con los que le demostraba su amor a su Hijo Jesús. Luego, siendo ya joven, San José, ejerciendo su rol de padre adoptivo encomendado por Dios Padre, le enseñó el oficio que él sabía hacer, el oficio de carpintero. Si bien Jesús era Dios y en cuanto tal era omnisciente, en cuanto hombre era perfecto pero también debía adquirir las destrezas necesarias para la vida de todo hombre, entre ellas, la de un oficio que, en este caso, era el de carpintero. Con su padre adoptivo como maestro, Jesús aprendió a trabajar el leño, el mismo leño con el que luego habría de ser fabricado el instrumento de salvación de los hombres, la Santa Cruz del Calvario.
         Junto a su padre adoptivo, Jesús trabajó aprendiendo el oficio de carpintero hasta la edad de treinta años, edad establecida por Dios Padre para que comenzara su predicación pública y la parte final del misterio pascual de muerte y resurrección con el cual habría de salvarnos. Sin embargo, aun antes de comenzar su prédica pública, durante toda su niñez y juventud, mientras trabajaba la madera, Jesús no estaba ajeno a nuestra salvación. Como Él es Dios, Él nos tenía, a todos y a cada uno de nosotros, presentes en su Mente y en su Corazón, y nos tenía de tal modo presentes, que a cada instante nos nombraba y amaba a cada uno, como si cada uno de nosotros fuéramos los únicos habitantes de la tierra. Mientras aprendía el oficio de carpintero, mientras su padre adoptivo le enseñaba a trabajar la madera, Jesús pensaba en cada uno de nosotros, a cada instante, y a cada enseñanza de San José sobre cómo trabajar la madera, Jesús suspiraba por el día en el que no ya San José, su padre adoptivo, sino Dios Padre, fuera quien le confeccionara con el madero una Cruz, la Santa Cruz, sobre la cual Él habría de extender su Cuerpo Purísimo para ofrendarlo en sacrificio y salvación de toda la humanidad, incluidos todos y cada uno de nosotros.

Cuando era niño, San José, como padre adoptivo de Jesús, le regalaba juguetes de madera; cuando era joven, San José le enseñó a amar el madero y el oficio de carpintero y todo esto que hacía San José era para preparar a Jesús para que recibiera, en la edad adulta, el regalo que Dios Padre le tenía preparado desde la eternidad: una hermosísima cruz de madera para que sobre ella ofreciera su Cuerpo y derramara su Sangre por nuestra salvación. Entonces, cuando Dios Padre nos regala una cruz, eso significa que nos está tratando con el mismo Amor con el que trataba a su Hijo Jesús.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Dios Padre participa a San José su paternidad en la tierra



         En su proyecto de salvación del género humano, caído por la desgracia del pecado original bajo el dominio del Demonio, la muerte y el pecado y habiendo ya creado a Aquella que sería la Madre de Dios Hijo encarnado, Dios Padre necesitaba, en la tierra, a alguien que, participando de su divina paternidad, ejerciera la paternidad en la tierra. Dios Padre necesitaba un varón íntegro, santo, casto, puro, que amara a su Hijo Dios como si fuera su propio hijo y que lo adorara al mismo tiempo como a su Dios que era. Un varón que amara con amor casto y puro a su Esposa meramente legal en la tierra, porque la Madre de Dios no habría de concebir por obra humana, sino por obra del Espíritu Santo. Un varón que, amando a la Sagrada Familia, se desviviera por trabajar para ella y la custodiara de los peligros que la acechaban. Un varón que amara con amor casto a su Esposa legal, que adorara a Dios Hijo encarnado, a Quien habría de adoptar y amar como Hijo propio; un varón que hiciera frente a los peligros a los que la Sagrada Familia habría de enfrentarse, como la persecución de Herodes en su intento por asesinar al Rey de reyes y Señor de señores, su Hijo adoptivo, Cristo Jesús; un varón que enseñara a su Hijo adoptivo que era Dios Hijo encarnado, el oficio de carpintero, como para que el Niño se familiarizara con el leño de la cruz, en la que un día habría de ofrendar su vida divina por la salvación de los hombres.
Dios Padre necesitaba un varón ejemplar, como nunca antes había conocido el mundo, para hacerlo partícipe de su divina paternidad en la tierra; un varón que, siendo hombre, se hiciera partícipe y ejerciera, en la historia y en el tiempo, de su paternidad celestial. En otras palabras, Dios Padre necesitaba un varón que en la tierra hiciera las veces de Dios Padre para que Dios Hijo encontrara en este padre adoptivo todo el amor paterno que del Padre había recibido desde la eternidad.
Y Dios Padre encontró este varón, tal como lo necesitaba, en San José: puro, casto, humilde, trabajador, sacrificado, adorador de su propio Hijo Dios, a la vez que dulce padre adoptivo terreno. Por su santidad, por su humildad, por su castidad y por su amor a Dios, San José fue el elegido por Dios Padre para ser partícipe de la divina paternidad. Y así como Jesús, Dios Hijo encarnado, encontró en María Santísima el mismo Amor con el que Dios Padre lo amaba desde la eternidad, porque la Virgen estaba inhabitada por el Espíritu Santo, así también Dios Hijo encontró a ese mismo Amor, el Espíritu Santo, en San José, el mismo Amor con el que el Padre lo amaba desde la eternidad.
Cumpliendo la voluntad de Dios, San José fue hijo excelente, porque cumplió a la perfección la obra encomendada por Dios Padre; fue padre excelente, porque cumplió a la perfección su rol de padre adoptivo de Dios Hijo encarnado; fue esposo excelente, porque cumplió a la perfección su rol de esposo meramente legal, casto y puro, para con María Santísima, Virgen y Madre de Dios.
Por estos motivos, San José es ejemplo inigualable para todo hijo, padre y esposo cristiano que quiera santificarse cumpliendo la voluntad de Dios en la tierra.

viernes, 9 de marzo de 2018

San Juan de Dios



         Vida de santidad[1].

         Nació en Portugal el 8 de marzo de 1495 y murió en Granada, España, en 1550 a los 55 años de edad. De familia pobre pero muy piadosa. Su madre murió cuando él era todavía joven. Su padre murió como religioso en un convento. Luego de rechazar una ventajosa propuesta de matrimonio –si se casaba con la hija del patrón quedaría como heredero de sus posesiones- ingresó en la milicia a las órdenes de Carlos V. Abandonó el ejército luego de que la Virgen lo salvara de morir ahorcado por sus propios compañeros, debido a que, por un descuido suyo, los enemigos saquearon un depósito que estaba a su cuidado. Comenzó a vender de forma ambulante estampas y libros religiosos. Estando en Granada, Nuestro Señor se le apareció como un niño pobre y desamparado, al cual San Juan de Dios se ofreció bondadosamente a ayudarlo. Nuestro Señor le dijo: “Granada será tu cruz” y luego desapareció. Estando Juan en Granada de vendedor ambulante de libros religiosos, de pronto llegó a predicar una misión el famoso Padre San Luis de Ávila. La conversión de Juan tuvo lugar cuando, en medio de uno de los sermones, cuando el predicador hablaba contra la vida de pecado, San Juan de Dios se arrodilló y empezó a gritar: “Misericordia Señor, que soy un pecador. Repartió entre los pobres todo lo que tenía en su pequeña librería, empezó a deambular por las calles de la ciudad pidiendo misericordia a Dios por todos sus pecados. La gente creyó que había perdido la razón por lo que lo internaron en un manicomio. Durante su estadía pudo comprobar el lamentable estado de los hospitales y cómo se trataba a los enfermos casi sin caridad cristiana. Luego de su estadía en el manicomio recibió la gracia para atender a los más enfermos y necesitados por medio de la fundación de una orden, conocida hasta el día de hoy como “Orden Hospitalaria San Juan de Dios”. Dedicó toda su vida a atender a los más necesitados en su hospital, tarea que alternaba con grandes penitencias, oraciones y ayunos. Su salud se fue deteriorando paulatinamente –padecía, entre otras cosas, artritis reumatoidea- hasta que falleció el 8 de marzo de 1550. Presintiendo que su muerte estaba cercana, se arrodilló en el suelo y exclamó: "”Jesús, Jesús, en tus manos me encomiendo”, quedando muerto apenas terminó de pronunciar estas palabras.

Mensaje de santidad.

San Juan de Dios nos enseña, con su vida de santidad, la manera en la que podemos –y debemos- ganar el cielo y es por medio de las obras de misericordia corporales y espirituales, que él practicó sin descanso, desde su conversión hasta el momento mismo de su muerte. Con la fundación de su Orden y sus hospitales, San Juan de Dios buscó cumplir –y lo hizo a la perfección- el mandato de Jesús: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”, además de tener siempre presente las palabras que Jesús dirá a los que se salven: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve sed, hambre, enfermedad, y me atendisteis”. Todo lo que hizo San Juan de Dios en favor del prójimo lo hizo no por el dinero ni por bien alguno terreno, sino por la gloria de Dios. Hasta en su muerte imitó al Señor, ya que al morir, pronunció las mismas palabras de Jesús en la cruz: “Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu”.