San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 11 de julio de 2017

San Benito Abad


Vida de santidad[1].

Nombrado Patrono de Europa, nació en Nursia, región de Umbría, hacia el año 480. Después de haber recibido en Roma una adecuada formación, comenzó a practicar la vida eremítica en Subiaco, donde reunió a algunos discípulos; más tarde se trasladó a Casino. Allí fundó el célebre monasterio de Montecasino y escribió la Regla, cuya difusión le valió el título de patriarca del monaquismo occidental. Murió el 21 de marzo del año 547, pero ya desde finales del siglo VIII en muchos lugares comenzó a celebrarse su memoria el día de hoy.

Mensaje de santidad[2].

San Benito, considerado el “padre del monaquismo occidental”, escribió la Regla para sus monjes, que constituye un camino segurísimo para ir al cielo, para quien la cumple con la mayor perfección posible. Esta regla es válida, sin embargo, también para quienes no son monjes, por lo que también puede ser aplicada y vivida –según el estado de vida de cada uno- por todos aquellos que simplemente desean llevar una vida de santidad.
¿Qué decía San Benito en su Regla?
Ante todo, se puede resumir en una frase: “No antepongan nada absolutamente a Cristo”. Es decir, San Benito nos dice que debemos tener a Jesucristo, el Hombre-Dios, en la mente, en el corazón, y en las obras, y esto no en un momento determinado, sino en todo momento. Dice así San Benito: “Cuando emprendas alguna obra buena, lo primero que has de hacer es pedir constantemente a Dios que sea él quien la lleve a término, y así nunca lo contristaremos con nuestras malas acciones, a él, que se ha dignado contarnos en el número de sus hijos, ya que en todo tiempo debemos someternos a él en el uso de los bienes que pone a nuestra disposición, no sea que algún día, como un padre que se enfada con sus hijos, nos desherede, o, como un amo temible, irritado por nuestra maldad, nos entregue al castigo eterno, como a servidores perversos que han rehusado seguirlo a la gloria”. Nos advierte San Benito que, al emprender una obra buena, debemos siempre dirigirnos a Dios para que no contaminemos la obra buena con la malicia de nuestra soberbia, orgullo y presunción, porque muchas veces podemos hacer una obra buena, pero no para la mayor gloria de Dios, sino para ponernos nosotros en el centro y atribuirnos a nosotros la gloria que sólo le corresponde a Dios. Para evitar este grave error, debemos desde el inicio corregir la intención y obrar de tal manera que quien sea glorificado sea Dios y no nosotros, si es que no queremos perder la vida eterna.
Continúa San Benito: “Por lo tanto, despertémonos ya de una vez, obedientes a la llamada que nos hace la Escritura: Ya es hora que despertéis del sueño. Y, abiertos nuestros ojos a la luz divina, escuchemos bien atentos la advertencia que nos hace cada día la voz de Dios: Hoy, si escucháis su voz, no endurezcáis el corazón; y también: El que tenga oídos oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias. ¿Y qué es lo que dice? Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Caminad mientras tenéis luz, para que las tinieblas de la muerte no os sorprendan”. Afirma San Benito que Dios nos llama con su gracia, para que nos “despertemos del sueño” en el que vivimos mientras no vivimos en gracia: cuando no obedecemos la voz de Dios, vivimos como adormecidos por la voz de la Serpiente, que nos conduce por el camino del pecado. Pero Dios nos llama, nos despierta dulcemente con la voz de su Amor, y aquel que escucha su dulce voz, debe hacer lo que Dios dice, y es vivir en el temor de Dios, que es el principio de la Sabiduría que lleva al cielo. El temor de Dios no es miedo a Dios y su castigo, sino un amor a Dios tan fuerte, que el solo hecho de pensar que podemos ofenderlo en su infinita majestad y bondad, lleva al alma a dolerse en el corazón y a hacer el propósito de “morir antes que pecar”, como dicen los santos. Quien vive en el temor de Dios, vive en el Amor de Dios, que es Luz, y así no es sorprendido por las “tinieblas y sombras de muerte”, los demonios, los ángeles caídos.
Continúa San Benito: “Y el Señor, buscando entre la multitud de los hombres a uno que realmente quisiera ser operario suyo, dirige a todos esta invitación: “¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?” Y si tú, al oír esta invitación, respondes: “Yo”, entonces Dios te dice: “Si amas la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella. Si así lo hacéis, mis ojos estarán sobre vosotros y mis oídos atentos a vuestras plegarias; y, antes de que me invoquéis, os diré: “Aquí estoy””. Es decir, todos buscamos la felicidad, todos deseamos ser felices, pero nos equivocamos cuando la buscamos en las creaturas, sean estas honores mundanos, sean personas, o bienes materiales; la felicidad, es decir, la prosperidad, no está en estas cosas, sino en obrar el bien, guiados por el Espíritu de Dios. Apartarnos del mal, obrar el bien, buscar la paz, eso es lo que Dios pretende de nosotros, para nuestra propia felicidad, porque fuimos hechos para el bien, la verdad, el Amor y la paz, y si no buscamos estas cosas, nunca seremos felices. Pero a aquel que se decide seguir por el camino del Bien, de la Verdad, de la Justicia, de la Paz y del Amor, escuchará en su interior la dulce voz de Dios que le dice: “Aquí estoy” y en esa voz encontrará toda su única y verdadera dicha felicidad.
Dice San Benito: “¿Qué hay para nosotros más dulce, hermanos muy amados, que esta voz del Señor que nos invita? Ved cómo el Señor, con su amor paternal, nos muestra el camino de la vida. Ceñida, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras, avancemos por sus caminos, tomando por guía el Evangelio, para que alcancemos a ver a aquél que nos ha llamado a su reino. Porque, si queremos tener nuestra morada en las estancias de su reino, hemos de tener presente que para llegar allí hemos de caminar aprisa por el camino de las buenas obras”. No hay otro camino, para ser felices en esta vida y en la vida eterna, que el seguir la voz de Dios, que nos insta a obrar las obras buenas y a apartarnos de todo lo malo, porque lo malo no le pertenece, y nadie con un corazón malo y con obras malas, puede entrar en el Reino de los cielos, por lo que es necesario siempre purificar nuestras intenciones y buscar en todo agradar a Dios, tener temor de Él y obrar la misericordia, para poder un día habitar en su morada eterna.
Por último, dice así San Benito: “Así como hay un celo malo, lleno de amargura, que separa de Dios y lleva al infierno, así también hay un celo bueno, que separa de los vicios y lleva a Dios y a la vida eterna. Éste es el celo que han de practicar con ferviente amor los monjes, esto es: tengan por más dignos a los demás; soporten con una paciencia sin límites sus debilidades, tanto corporales como espirituales; pongan todo su empeño en obedecerse los unos a los otros; procuren todos el bien de los demás, antes que el suyo propio; pongan en práctica un sincero amor fraterno; vivan siempre en el temor y amor de Dios; amen a su abad con una caridad sincera y humilde; no antepongan nada absolutamente a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna”. Quien quiera gozar en el cielo de la visión beatífica de la Trinidad y del Cordero, en compañía de María Santísima, de los ángeles y de los santos, debe evitar, aun a costa de su vida, el “celo malo y amargo que lleva al infierno”, es decir, el celo motivado por el deseo de la propia gloria y no la gloria de Dios. Quien ama y adora a Dios Trino en esta vida y desea seguir amándolo y adorándolo en la vida eterna, debe imitar al Cordero, siendo “manso y humilde de corazón”, indulgente con las debilidades de sus prójimos, considerando a los demás como superiores, como nos dice la Escritura, evitando ser jueces de los demás; procurar el bien de los demás y olvidarse del bien propio; vivir la caridad fraterna y no anteponer nada, absolutamente nada, ni la propia vida, a Cristo, el Hombre-Dios.



[1] Cfr. http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De la Regla de San Benito, abad, Prólogo, 4-22; cap. 72, 1-12: CSEL 75, 2-5. 162-163.

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