San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 12 de mayo de 2015

Edel Quinn y su santificación en la Legión de María


Edel Quinn, uno de los primeros miembros de la Legión de María, fue enviada en 1936 desde Dublín para establecer la Legión en el Este y el Centro de África[1]. Desde un primer momento, las dificultades que se presentaron fueron enormes, pero ella respondió a cada dificultad con fe y coraje inquebrantables. Cuando otros vacilaban, su respuesta invariable era: “¿Por qué no podemos confiar en Nuestra Señora?” o “Nuestra Señora se hará cargo de todas las cosas”. Por casi ocho años, con su salud deteriorándose constantemente, Edel trabajó en los extensos territorios que le habían sido asignados. Como resultado de su labor apostólica, se establecieron de manera permanente cientos de præsidia de la Legión y muchos consejos superiores; de esa manera,  su trabajo misionero sirvió de efecto multiplicador para la difusión del Evangelio por medio de la Legión de María, con lo cual fueron evangelizados miles de almas en el continente africano.
Una anécdota refleja la gran confianza que Edel Quinn tenía en la Virgen: “Un día de 1937 un sacerdote alemán llevaba a una joven a una reunión de la Legión de María, alejándose algunos kilómetros de su misión en África.  Llegaron a un río tan crecido que el puente que lo atravesaba ni siquiera se alcanzaba a ver.  Él estaba a punto de dar marcha atrás cuando la joven le dijo: “Padre, por favor, siga adelante, estoy segura que Nuestra Señora nos va a proteger”. El padre decidió hacerle caso, y unos hombres se sujetaron en una cadena humana para verificar que el puente aún seguía allí. Efectivamente seguía allí, así que él condujo a ciegas.  El agua inundó el motor y lo apagó, pero el impulso permitió llevar el vehículo hasta el otro lado. Una vez en la otra orilla, secó los contactos y arrancó el motor. El vehículo volvió a funcionar y llegaron a tiempo a la reunión.  La joven era Edel Quinn y el incidente era uno más entre tantos de su historia de santidad.
¿Cuál era la fuente de la energía que animaba a Edel? ¿Cuál era el Motor que movía su alma? ¿Qué sostenía a Edel en un ambiente como el africano, tan diferente a su Irlanda natal? ¿Qué era lo que la llevaba a querer comunicar el Evangelio a lugares tan lejanos y a culturas tan diferentes? ¿De dónde obtenía Edel la energía para tanta actividad apostólica?
         La respuesta está en que la fuente de toda la actividad de Edel radicaba no en sus propias fuerzas, sino en su profunda unión en el Amor con Dios, unión que se cimentaba, a su vez, en dos pilares fundamentales del legionario: la Eucaristía y el Santo Rosario. Tal como afirman sus biógrafos y quienes la conocieron, “la Eucaristía fue el centro de su vida”[2], y así lo expresaba continuamente: “Qué desolada sería la vida sin la Eucaristía”, escribió. Devoción a la Eucaristía significa amor al Sagrado Corazón de Jesús, que está Presente, vivo, latiendo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía y es de ahí, del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, de donde Edel Quinn tomaba, más que las fuerzas, el Amor Divino más que necesario, para cumplir su misión de legionaria. Pero quien ama al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, lo hace no por sí mismo, sino porque es la Madre del Sagrado Corazón, la Virgen, quien antes lo ha presentado ante su Hijo y lo hecho amarlo, porque nadie puede acercarse -y mucho menos amar- al Hijo, si no es llevado por la Madre. Es por eso que, además de la devoción y el amor a la Eucaristía, Eden Quinn tenía una gran devoción y amor a la Virgen, demostrada tanto en una “confianza filial”, como en una “generosidad absoluta”, según afirman los que la conocieron[3]. La “confianza filial”, la confianza de hija, la demostraba Edel rezando el Rosario todos los días, porque Rosario es el ramo de rosas espirituales que todo hijo de María le regala a su Madre del cielo en acción de gracias por su protección maternal y en reconocimiento por su protección maternal. Rezaba el Santo Rosario continuamente, de manera tal que “parecía tener siempre en su mano el Rosario de María”[4]. La “generosidad absoluta” hacia la Virgen, la demostraba Edel haciendo cualquier cosa, por ardua y dificultosa, al saber que era para la Virgen: Edel decía que “nunca se rehusaría a nada que ella pensara que necesitara Nuestra Señora”. Es decir, bastaba que Edel supiera que alguna obra era para la Virgen, para que ella no solo no pusiera reparos, sino que se pusiera inmediatamente en acción y con toda diligencia, para cumplirla con la mayor perfección posible.
         Su vida de santidad quedó plasmada en hechos y no solo en palabras o escritos. De acuerdo a los testimonios recogidos para su proceso de beatificación, lo que caracterizaba a Edel eran el amor, la alegría y la paz, tal como lo testimonió el Vicario General de la isla Mauricio: “Quiero hacer énfasis especial en su alegría constante; ella siempre estaba sonriente; nunca se quejó; siempre estaba a disposición de las personas, nunca escatimó su tiempo con ellos”[5]. Pero esto no porque fueran virtudes humanas, desarrolladas por ella: esto quiere decir que Edel estaba llena del Espíritu Santo –recordemos que ése es el fin de la Legión- y el Espíritu Santo es Amor, Alegría y Paz en sí mismo, entre otras infinitas virtudes-, y colma, no solo con sus virtudes a sus santos, sino con su Presencia Personal, con su inhabitación, porque el Espíritu Santo inhabita en quienes viven en gracia. Y ésa es la razón por la cual Edel –y todos los santos- irradiaba amor, alegría y paz: porque el Espíritu Santo inhabitaba en ella. Y, como dijimos, ése es el fin de la Legión: que, por medio de la Virgen, el alma sea inhabitada por el Espíritu Santo, para que el Espíritu obre a través del alma, “renovando la faz de la tierra” con su santidad.
         Edel Quinn vivió y cumplió a la perfección el espíritu de la Legión de María: se santificó consagrándose a la Virgen, se alimentó del Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, vivió inhabitada por el Espíritu Santo, quien se sirvió de ella como dócil instrumento para “renovar la faz de la tierra” y sirvió al prójimo, siendo un foco de amor, alegría y paz para los que la rodeaban. Por ese motivo, Edel Quinn es un luminoso ejemplo para todo legionario que busca la santificación en la Legión de María.




[1] http://legiondemariabogota.org.co/edel-quinn/
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

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