San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 17 de octubre de 2014

San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir


San Ignacio de Antioquía -quien es el primero en usar la palabra “Eucaristía” para referirse al Santísimo Sacramento[1]- murió martirizado en el año 107, devorado por las fieras. En su camino al martirio, ante el pedido de algunos de sus discípulos de permitir que se le obtuviera una disminución de la pena, de modo que no tuviera que morir mártir, San Ignacio escribe lo que se conoce como: “Carta a los cristianos de Roma”[2], en donde no solo niega esa posibilidad, sino que pide que nada se le interponga entre él y Jesucristo. Dice así San Ignacio en esa carta: “Temo que vuestro amor, me perjudique (...) a vosotros os es fácil hacer lo que os agrada; pero a mí me será difícil llegar a Dios, si vosotros no os cruzáis de brazos”. San Ignacio les está diciendo, indirectamente, que no hagan nada por su liberación, es decir, que se queden “cruzados de brazos”; obrar de otra manera, aunque sus discípulos lo hagan por amor a él, lo perjudicará: “Temo que vuestro amor, me perjudique”, y el perjuicio que él va a recibir, es no sufrir el martirio, porque así se vería privado de la gloria de Dios.
“Nunca tendré oportunidad como ésta para llegar a mi Señor ... Por tanto, el mayor favor que pueden hacerme es permitir que yo sea derramado como libación a Dios mientras el altar está preparado; para que formando un coro de amor, puedan dar gracias al Padre por Jesucristo, porque Dios se ha dignado traerme a mí, obispo sirio, del oriente al occidente para que pase de este mundo y resucite de nuevo con Él ...”. Llama al martirio: oportunidad para llegar a mi Señor”, porque quien derrama su sangre testimoniando al Hombre-Dios Jesucristo, alcanza inmediatamente después de su muerte la gloria eterna. Todavía más, San Ignacio les pide que permitan que él “sea derramado como libación a Dios”, para que de esta manera “pase de este mundo y resucite de nuevo con Él”. Claramente, San Ignacio ve el martirio no como una angustiosa pena de la cual hay que escapar, sino la puerta abierta a la felicidad eterna, la contemplación de Jesucristo.
Luego continúa, enfatizando aún más el deseo del martirio, pidiéndoles que no permitan que nada se interponga entre él y el martirio, sino que incluso “rueguen a Dios” para que éste se cumpla y para que él sea digno de sufrirlo: “Sólo les suplico que rueguen a Dios que me dé gracia interna y externa; no sólo para decir esto, sino para desearlo, y para que no sólo me llame cristiano, sino para que lo sea efectivamente . . .”
Luego va más allá todavía no solo al no pedir que su cuerpo reciba los honores de un mártir -tendría derecho a hacerlo si lo hubiera deseado-, como debería corresponder, sino al pedirles que dejen que “su cuerpo sirva de alimento a las bestias” y es tan grande el deseo del martirio, que si estas no quisieran devorarlo inmediatamente, él se encargará de provocarlas y azuzarlas para que lleven a cabo su tarea de despedazar su cuerpo y devorarlo por completo. Dice así San Ignacio: “Permitid que sirva de alimento a las bestias feroces para que por ellas pueda alcanzar a Dios. Soy trigo de Cristo y quiero ser molido por los dientes de las fieras para convertirme en pan sabroso a mi Señor Jesucristo. Animad a las bestias para que sean mi sepulcro, para que no dejen nada de mi cuerpo, para que cuando esté muerto, no sea gravoso a nadie ... No os lo ordeno, como Pedro y Pablo: ellos eran apóstoles, yo soy un reo condenado; ellos eran hombres libres, yo soy un esclavo. Pero si sufro, me convertiré en liberto de Jesucristo y, en El resucitaré libre. Me gozo de que me tengan ya preparadas las bestias y deseo de todo corazón que me devoren luego; aún más, las azuzaré para que me devoren inmediatamente y por completo y no me sirvan a mí como a otros, a quienes no se atrevieron a atacar. Si no quieren atacarme, yo las obligaré”.
Hacia el final de la carta, San Ignacio enfatiza aún más el ferviente deseo de morir mártir por Cristo, y es tanto ese deseo, que no le atemorizan las formas bajo las cuales se lleve a cabo –fuego, cruz, cuchilladas, y hasta la acción misma del demonio-, con tal de que se cumpla efectivamente. Además, pide con insistencia que nada se interponga entre él y Jesucristo”, porque en Él está su felicidad eterna. Y para asegurarse de que no le será quitada la gloria del martirio, llega al extremo de pedirle a sus discípulos que si él llegase a renunciar al martirio, pidiendo que lo liberasen, no tengan en cuenta esa petición, sino la que ahora escribe por carta, en pleno estado de vida: “Os pido perdón. Sé lo que me conviene. Ahora comienzo a ser discípulo. Que ninguna cosa visible o invisible me impida llegar a Jesucristo. Que venga contra mí fuego, cruz, cuchilladas, desgarrones, fracturas y mutilaciones; que mi cuerpo se deshaga en pedazos y que todos los tormentos del demonio abrumen mi cuerpo, con tal de que llegue a gozar de mi Jesús. El príncipe de este mundo trata de arrebatarme y de pervertir mis anhelos de Dios. Que ninguno de vosotros le ayude. Poneos de mi lado y del lado de Dios. No llevéis en vuestros labios el nombre de Jesucristo y deseos mundanos en el corazón. Aun cuando yo mismo, ya entre vosotros os implorara vuestra ayuda, no me escuchéis, sino creed lo que os digo por carta. Os escribo lleno de vida, pero con anhelos de morir”.
Llama la atención el tono con el que escribe San Ignacio, teniendo en cuenta que se trata de un condenado a muerte, y que no solo rechaza cualquier posibilidad de atenuación de la pena, sino que desea fervientemente el martirio. Esta actitud contrasta con la que se observa en la gran mayoría de los casos de los condenados a muerte, quienes no se muestran tan serenos como San Ignacio y ni mucho menos desean ser ejecutados: en el mundo, si a un condenado a muerte se le ofrece la reducción de la pena o incluso abolirla, no dudaría en ningún momento en aceptar la oferta, sino que aceptaría todas las posibilidades de atenuación de la pena que se le ofrecieran, incluida la libertad. Por este motivo, nos preguntamos; ¿qué es lo que explica que San Ignacio desee fervientemente el martirio y que muestre, por lo tanto, un desapego absoluto de esta vida terrena?
Lo que explica esta actitud de San Ignacio es su amor a la Eucaristía, en la cual no veía un simple pan bendecido, sino a Jesús en Persona, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, que concede la “medicina de inmortalidad”, es decir, la vida eterna. En efecto, cuando leemos las descripciones de San Ignacio con relación a la Eucaristía, vemos que se refiere a la misma como “la carne de Cristo”, “Don de Dios”, “la medicina de inmortalidad”. Llama también a Jesús “pan de Dios” que ha de ser “comido en el altar, dentro de una única Iglesia”, es decir, “Jesús”, para San Ignacio, es la Eucaristía, el “Pan de Dios”, y debe ser “comido en la Iglesia”, aún a precio de la propia vida.
Dice también San Ignacio, con respecto a la Eucaristía: “No hallo placer en la comida de corrupción ni en los deleites de la presente vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, de la semilla de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible”. El Santo “no halla placer por comida alguna de esta tierra”, ni mucho menos por la corrupción, es decir, el pecado: lo único que desea es la Eucaristía: “Pan de Dios”, “Carne de Cristo”, su “Sangre, que es amor incorruptible”, porque la Sangre de Jesús es Portadora del Espíritu Santo, y por lo tanto comunica de la vida divina de Dios Trino a quien la bebe con fe y con amor.
Solo la Eucaristía es “remedio de inmortalidad” para San Ignacio, y por eso la desea fervientemente: “Reuníos en una sola fe y en Jesucristo. Rompiendo un solo pan, que es medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir por siempre en Jesucristo”.
Por último, San Ignacio denuncia a los herejes “que no confiesan que la Eucaristía es la carne de Jesucristo nuestro Salvador, carne que sufrió por nuestros pecados y que en su amorosa bondad el Padre resucitó”.
Aquí está entonces la respuesta a la pregunta de por qué San Ignacio rechaza la atenuación de la pena de muerte y desea con todo su corazón el martirio, y es su gran amor a la Eucaristía. Al conmemorarlo, le pidamos, no la gracia del martirio, puesto que esta la concede Dios a quien lo desea, sino la gracia de crecer cada vez más en el amor a la Eucaristía, el Cordero de Dios, Jesús.




[1] http://www.corazones.org/santos/ignacio_antioquia.htm
[2] Cfr. ibidem.

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