San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 28 de enero de 2014

Santo Tomás y el remedio para todos los males


         Nadie puede negar que nuestra época se caracteriza por muchos males, y que a pesar del innegable progreso científico y tecnológico registrado en los últimos cincuenta años, este progreso, a pesar de ser el más grande y prodigioso que haya experimentado la humanidad en toda su historia, no solo ha sido incapaz de solucionar los males que la aquejan desde que habita en la tierra sino que, paradójicamente, parece ser la causa de la profundización de esos mismos males y, por lo tanto, de su infelicidad.
Santo Tomás, a siglos de distancia, nos proporciona una “fórmula”, ciento por ciento eficaz, con la cual saciar con creces la sed de felicidad, de paz, de amor, que anida en todo corazón humano, sed que jamás podrá ser saciada con nada de este mundo. Esa “fórmula” no es otra cosa que Cristo crucificado: “todo aquel que quiera llevar una vida perfecta –es decir, plena de amor, de paz, de dicha, de felicidad, de alegría- no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció en la Cruz” (De las Conferencias de Santo Tomás de Aquino, sobre el Credo).

Esta “fórmula” es eficaz en el sentido de proporcionar paz, felicidad, alegría y amor al alma, porque al “despreciar todo lo que Cristo desprecia en la cruz”, como dice Santo Tomás, se desprecia todo lo que causa infelicidad, pero que debido a la concupiscencia, aparenta falsamente ser causa de felicidad, es decir, el pecado; al mismo tiempo, al “apetecer lo que Cristo apeteció en la Cruz”, se apetece aquello que es causa directa de felicidad plena y perfecta, pero que debido a nuestra dificultad para conocer la Verdad y obrar el Bien nos parece algo arduo y difícil y hasta contrario a la felicidad, y es la gracia. Por esta doble vía, el desprecio del pecado y el aprecio y estima de la vida de la gracia, se da remedio a todos los males de esta vida y se permite el acceso a todos los bienes, como anticipo del bien absoluto de la vida eterna.

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