San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 16 de octubre de 2012

San Ignacio de Antioquía y su deseo de comulgar antes de morir



En su camino al martirio, antes de ser arrojado a los leones, San Ignacio de Antioquía escribe: “No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo... y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible”. San Ignacio desea la comunión eucarística antes de morir: el pan de Dios, la Eucaristía.
En la carta se hacen patentes los dos movimientos que experimenta el santo: el rechazo al mundo y sus placeres, y la atracción a Jesucristo, Presente en la Sagrada Comunión.
A poco tiempo de atravesar el umbral de la muerte, el santo mártir no sólo no encuentra deleite en lo que el mundo ofrece, sino que anhela y apetece, con fuerza cada vez mayor, la Eucaristía: “la carne de Jesucristo y su sangre, que es la caridad incorruptible”.
Lo que sucede es que al aproximarse la vida eterna, la gracia santificante que colma el alma del santo, al tiempo que prepara al espíritu para la unión transformante con el Hombre-Dios Jesucristo, se desborda sobre el cuerpo, quitando todo tipo de apetito corpóreo y eliminando todo resquicio de concupiscencia. Por todo esto, en el santo se verifica la paradoja de que la aproximación de la muerte corpórea significa la aproximación al inicio de una nueva vida, una vida en la gloria y en la beatitud divina, al quitarse, con la muerte corpórea, el último obstáculo que lo separaba de la unión con el Ser divino.
Para el santo, la proximidad de la muerte no significa, como para el mundo, la desaparición en la nada, o el destino incierto hacia un lugar desconocido: la muerte es apenas un umbral que anticipa una eternidad de felicidad y de alegría imposibles de imaginar.
Lo que los cristianos tenemos que apreciar y valorar, es que, ya antes de la muerte, poseemos en anticipo aquello que deseó San Ignacio con vehemencia antes de morir, y que será la causa de nuestra alegría eterna, si por gracia y misericordia de Dios vamos al cielo: la Eucaristía, la Carne y la Sangre del Cordero, su Amor eterno, imperecedero.  

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