San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 24 de agosto de 2012

San Bartolomé y la causa de su martirio



         En la Liturgia de las Horas, se dice que San Bartolomé nació en Caná, que fue llevado por el apóstol Felipe a Jesús, y que según la Tradición, luego de la Ascensión de Jesús, predicó el Evangelio en la India, en donde recibió la corona del martirio[1].
         ¿Qué significa “recibir la corona del martirio”? Significa sufrir la muerte, muchas veces de forma atroz puesto que, al ser asistido por el Espíritu Santo, el mártir resiste con fortaleza sobrehumana, con lo cual los verdugos deben esforzarse para poder provocarle la muerte.
         Es así como los mártires mueren de las más diversas maneras, con formas verdaderamente insólitas y crueles de morir: crucificados boca abajo, luego de haber sido mutilados y golpeados, como los mártires japoneses; dados como alimento a las fieras del circo, como los primeros cristianos; embestidos y corneados por un toro furioso, como en el caso de Felicitas y Perpetua; asados en una parrilla, como San Lorenzo, diácono; o, como San Bartolomé, deshollado vivo.
         ¿Qué hicieron los mártires para merecer tan cruel persecución? No solo no cometieron ningún delito, como lo atestiguan los mismos historiadores paganos, sino que, por el contrario, predicaron la fraternidad entre los hombres y el amor al único Dios verdadero, el Dios Uno y Trino, que había intervenido en sus Tres divinas Personas para salvar a los hombres de la eterna condenación, perdonándoles los pecados y concediéndoles la filiación divina por los méritos de la muerte en Cruz de Jesús, el Hombre-Dios.
         Los mismos paganos, como Plinio, gobernador de Betania en tiempos de la persecución de Trajano (107 d.C.), dan testimonio del carácter benévolo y pacífico de los cristianos: “Se reúnen en ciertos días antes del amanecer para cantar himnos de alabanza en honor a Cristo, su Dios; toman juramento de abstenerse de ciertos crímenes y comen de un alimento corriente pero inocente” (la Eucaristía).
         En otras palabras, el mártir sufre de muerte atroz no solo por no cometer delitos, sino por vivir la bondad, el perdón, la compasión, la misericordia, el amor al enemigo, el auxilio al más necesitado, continuando la Pasión de Jesús, Pasión por medio de la cual nos llega a los hombres el Reino de Dios.
         A cambio de esto, el mundo responde al mártir quitándole la vida, puesto que el mundo, dominado por el Príncipe de las tinieblas, no soporta la luz y la bondad del Amor divino que el mártir irradia.
         Al conmemorar la muerte del Apóstol San Bartolomé, el católico debe recordar que él también está llamado a amar a sus enemigos y, si es necesario, a dar la vida por aquellos que le quitan la vida. Sólo de esa manera podrá el cristiano imitar a Cristo, Rey de los mártires.


[1] Cfr. Liturgia de las Horas, Tomo IV.

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