San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 29 de agosto de 2012

La muerte de Juan el Bautista y el misterio de Cristo



         En la muerte de Juan el Bautista hay algo más que la venganza de una mujer adúltera –Herodías- a un hombre que le reprocha su adulterio –Juan el Bautista-: Juan el Bautista da la vida, más que por la santidad del matrimonio, por Cristo, que es la Verdad revelada y la Palabra de Dios, que se manifiesta a los hombres para revelar el Camino que conduce a la salvación.
        En la muerte martirial de Juan el Bautista, hay algo más que los ingredientes de un caso policial, ya que los protagonistas del caso –Herodías y Herodes- y el hecho en sí, el adulterio –Herodías odia al Bautista porque le reprocha a Herodes la relación con la esposa de su hermano-, y las pasiones en las que viven los que cometen el asesinato –lascivia, envidia, celos, odio, venganza-, son solo el vehículo humano mediante el cual se manifiesta el odio del infierno contra Jesucristo, Salvador del género humano.
         A su vez, el Bautista, que es la víctima inocente en este episodio, no se limita a dar su vida y a testimoniar con su sangre simplemente que el matrimonio se basa en la mutua fidelidad conyugal y que el adulterio es condenable: Juan el Bautista participa de la muerte martirial del Rey de los mártires, Cristo Jesús, quien se inmola como Víctima Inocente y Pura en el altar de la Cruz. La sangre del Bautista, derramada antes que la de Cristo, no es independiente de la muerte de Cristo en la Cruz: antes bien, se trata de una muerte que anticipa, porque participa, de la muerte de Jesús en el Calvario. Y si participa de la muerte en Cruz de Jesús, también su muerte tiene el mismo sentido que la de Jesús: es salvífica y redentora, porque la muerte de Jesús es salvífica y redentora.
Al mismo tiempo, si bien desde el punto de vista humano es una derrota, porque el bueno deja de existir –el Bautista muere decapitado-, en realidad la muerte del Bautista es un signo del inicio del fin para el reinado del Príncipe de las tinieblas.
Paradójicamente, la muerte del Bautista, que aparece como una muestra de debilidad de los que están del lado del bien, es un triunfo completo del Bien infinito que es Dios, y una derrota absoluta para el mal en sí mismo, encarnado en el demonio. La muerte del Bautista significa el inicio de la derrota definitiva del demonio, puesto que es una participación a la muerte redentora de Cristo en la Cruz, muerte por la cual derrota definitivamente al demonio, al mundo y a la carne, al destruir a la misma muerte con la Resurrección.
Como católicos, estamos llamados a ser testigos martiriales de la Verdad de Cristo, revelada a través de su Iglesia, hasta el punto de dar la vida por los enemigos, y mucho más en estos tiempos, en los que las fuerzas del infierno parecen triunfar sobre la Verdad y el Bien.
Cada cristiano debe ser como un nuevo bautista, que advierta a los hombres de las trampas de Satanás, presentadas por este como buenas y apetitosas: el adulterio, la lascivia, la codicia, la ambición de poder, la soberbia, la arrogancia, la embriaguez, son todas contrarias a la Verdad revelada en Cristo. Y, como el Bautista, todo cristiano debe estar dispuesto a ofrendar su propia vida, dando testimonio de Cristo.

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