San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 2 de agosto de 2012

El Sagrado Corazón rodeado de espinas




Santa Margarita relata así la Segunda Revelación, en el año 1674: “Ese día el divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de espinas significando las punzadas producidas por nuestros pecados...”.
Las espinas que rodean al Sagrado Corazón son la expresión gráfica de lo que significa la maldad del corazón humano delante de Dios cuando, en el ejercicio pleno de su libertad, se decide por el mal, en contra de la bondad divina. El Sagrado Corazón rodeado de espinas es un vivo alegato que desmiente las afirmaciones de los agnósticos, que sostienen que Dios no puede sufrir ni se interesa por el mal del hombre. Si bien Dios es Espíritu Puro, y por eso no puede sufrir, ese mismo Dios, en la Persona del Hijo, se ha encarnado en Jesús de Nazareth, y al encarnarse ha asumido las consecuencias que el mal, producido por el corazón humano, ejerce sobre el Corazón de Dios.
Dios se lamenta en el dolor del Sagrado Corazón, y las espinas que lo rodean, lejos de ser una imagen romántica y sensiblera, son la gráfica expresión del dolor de un Dios que es bondad y amor infinito, al comprobar, con horror y asombro, cómo su criatura, creada con la máxima dignidad con la cual puede ser creada una criatura, la libertad, elige, en el colmo del horror y la desolación, el mal, en vez del bien. En eso consiste el pecado, en la elección consciente y libre del mal, posponiendo al Dios de Amor infinito y de infinita majestad, por el Príncipe de la mentira, el Homicida desde el principio, el Príncipe de las tinieblas, el ángel de la oscuridad, Satanás.
Las espinas que punzan al Sagrado Corazón expresan este misterio de iniquidad, esta verdadera locura del hombre, que decide dejar de lado a Dios Trinidad por un ser inmundo y vil, el demonio. Pero el dolor del Sagrado Corazón no está sólo causado por haber sido pospuesto a un ser nauseabundo, como el demonio: está causado también por la pena que le produce contemplar la condenación eterna del alma que, por elegir el pecado, eligió aquello que está unido al pecado, el infierno.
Si el Sagrado Corazón se aparece para revelar sus inmensos dolores, no es para que el cristiano permanezca en el letargo espiritual; el Sagrado Corazón pide, expresamente, reparación, por medio de la oración, la penitencia, la mortificación, el ayuno.
Sólo con la reparación se mitigan los dolores del Sagrado Corazón, punzado por la malicia del corazón humano.

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