San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 28 de diciembre de 2021

Fiesta de los Santos Inocentes

 



          La Iglesia celebra en este día la fiesta litúrgica llamada “de los Santos Inocentes”. La misma se originó en un hecho histórico, la matanza de niños menores de dos años de edad por orden del rey hebreo Herodes, quien en realidad quería matar al Niño Dios, a Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, nacido milagrosa y virginalmente en Belén. La razón de la orden de asesinato de los niños de parte de Herodes, es que el rey se había enterado del nacimiento de Jesús y sabía que Él era rey y por lo tanto, tenía temor de que el Niño de Belén le arrebatara su reinado y debido a que no sabía exactamente dónde ni quién era, para asegurarse de que iba a matarlo de alguna manera, es que ordena el asesinato, sin piedad, de todos los niños menores de dos años, que estuvieran en su reino.

          Los niños que fueron víctimas de la furia homicida de Herodes no sólo fueron víctimas, sino también mártires, porque fueron muertos por Cristo, porque en realidad, a quien querían matar es a Cristo, el Hijo de Dios. Porque fueron asesinados por el nombre de Cristo, es que estos niños, que aún no habían alcanzado el uso de razón, dieron testimonio de Cristo con sus vidas y por eso merecieron el honroso y glorioso título de “mártires”, con lo cual alcanzaron inmediatamente el Cielo. Es decir, se les privó injustamente de la vida terrena, pero por la Sangre de Cristo merecieron vivir para siempre en la alegría de la vida eterna, cantando alabanzas al Cordero para toda la eternidad. Los Santos Inocentes son mártires porque fueron asesinados por odio satánico contra Cristo Dios; es decir, no fueron asesinados solo por ser niños humanos, sino porque Dios se hizo imagen y semejanza del hombre en la Encarnación y nació como Niño humano, sin dejar de ser Dios. La intención última del asesinato de los niños por parte de Herodes era la de matar a Dios, si eso fuera posible, que había entrado en el mundo y en la historia como niño. Y así como en el Cielo fue el Demonio quien al rebelarse descargó su odio satánico contra la Trinidad, así en la tierra Herodes solo fue un instrumento humano, malvado, pero humano, en manos del Demonio, quien quería descargar su odio infernal contra Dios hecho Niño.

          Ahora bien, no debemos pensar que la matanza de los Santos Inocentes finalizó en la época del rey Herodes, porque el mismo odio satánico que se desencadenó a través de Herodes contra el Niño Dios, se sigue desencadenando en nuestros días, por medio de los nuevos herodes, los promotores del aborto y de la experimentación farmacológica con niños recién nacidos, como muestra del odio satánico contra Dios y su imagen, el ser humano.

jueves, 9 de diciembre de 2021

San Juan de la Cruz

 



         Vida de santidad[1].

         Nació en Fontiveros, provincia de Ávila (España), hacia el año 1542. Pasados algunos años en la Orden de los carmelitas, fue, a instancias de santa Teresa de Ávila, el primero que, a partir de 1568, se declaró a favor de su reforma, por la que soportó innumerables sufrimientos y trabajos. Murió en Úbeda el año 1591, con gran fama de santidad y sabiduría, de las que dan testimonio precioso sus escritos espirituales.

         Mensaje de santidad.[2]

         San Juan de la Cruz era un santo místico, lo cual significa que, por la gracia de Dios, recibía una luz especial en relación a los misterios de la fe, que no la tenían quienes no poseían esa gracia. En otras palabras, la gracia lo hacía contemplar los misterios de la vida de Cristo tal como los ve Dios, lo cual resulta incomprensible a los hombres. Esta incomprensión se derivó en una persecución al santo, no desde fuera de la Iglesia, sino desde dentro mismo de la Iglesia y esa persecución fue la causa de que el santo fuera encerrado en una celda y que sufriera malos tratos, incluidos el frío, el hambre, la soledad, las amenazas y hasta los golpes físicos. El santo fue encerrado en una celda que tenía unos tres metros de largo por dos de ancho y la única ventana era tan pequeña y estaba tan alta, que el santo, para leer e1 oficio, tenía que ponerse de pie sobre un banquillo. Por orden de Jerónimo Tostado, vicario general de los carmelitas de España y consultor de la Inquisición, se le golpeó tan brutalmente, que conservó las cicatrices hasta la muerte. Lo que sufrió entonces San Juan coincide exactamente con las penas que describe Santa Teresa en la “Sexta Morada”: insultos, calumnias, dolores físicos, angustia espiritual y tentaciones de ceder. Por esta razón, tiempo después, el santo dijo: “No os extrañe que ame yo mucho el sufrimiento. Dios me dio una idea de su gran valor cuando estuve preso en Toledo”. Los primeros poemas de San Juan que son como una voz que clama en el desierto, reflejan su estado de ánimo: “En dónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido. Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando, y eras ido”. En la víspera de la Asunción, el prior Maldonado entró en aquella celda que despedía un olor pestilente bajo el tórrido calor del verano y le dio un puntapié al santo, que se hallaba recostado, para anunciarle su visita. San Juan le pidió perdón, pues la debilidad le había impedido levantarse en cuanto lo vio entrar. “Parecíais absorto. ¿En qué pensabais?”, le dijo Maldonado. “Pensaba yo en que mañana es fiesta de Nuestra Señora y sería una gran felicidad poder celebrar la misa”, replicó Juan. “No lo haréis mientras yo sea superior”, repuso Maldonado. En la noche del día de la Asunción, la Santísima Virgen se apareció a su afligido siervo, y le dijo: 2Sé paciente, hijo mío; pronto terminará esta Prueba”.

Algunos días más tarde se le apareció de nuevo y le mostró, en visión, una ventana que daba sobre el Tajo: “Por ahí saldrás y yo te ayudaré”. En efecto, a los nueve meses de prisión, se concedió al santo la gracia de hacer unos minutos de ejercicio. Juan recorrió el edificio en busca de la ventana que había visto. En cuanto la hubo reconocido, volvió a su celda. Para entonces ya había comenzado a aflojar las bisagras de la puerta. Esa misma noche consiguió abrir la puerta y se descolgó por una cuerda que había fabricado con sábanas y vestidos. Los dos frailes que dormían cerca de la ventana no le vieron. Como la cuerda era demasiado corta, San Juan tuvo que dejarse caer a lo largo de la muralla hasta la orilla del río, aunque felizmente no se hizo daño. Inmediatamente, siguió a un perro que se metió en un patio. En esa forma consiguió escapar. Dadas las circunstancias, su fuga fue un milagro.

Esta experiencia de sufrimiento, incomprensión, calumnias, persecución injusta, que sufrió San Juan de la Cruz, nos enseña que, por un lado, el santo no permitió que todas estas cosas malas lo apartaran del Amor de Cristo, puesto que siempre se mantuvo fiel a la verdadera fe católica; por otro lado, nos enseña que el seguimiento de Cristo implica todo esto -sufrimiento, incomprensión, calumnias, persecución injusta- porque todo esto lo sufrió Cristo y si un discípulo quiere seguir a su maestro, en este caso Cristo, debe estar dispuesto a seguirlo incluso hasta la muerte de cruz, porque Cristo murió en la cruz. San Juan nos enseña que en el seguimiento de Cristo está implícita la muerte de cruz, porque solo por la muerte en la cruz –física y espiritualmente hablando- se puede llegar al Reino de Dios.

viernes, 3 de diciembre de 2021

San Ambrosio

 



         Vida de santidad[1].

         Memoria de san Ambrosio, obispo de Milán, y doctor de la Iglesia, que descansó en el Señor el día cuatro de abril, fecha que en aquel año coincidía con la vigilia pascual, pero que se le venera en el día de hoy, en el cual, siendo aún catecúmeno, fue escogido para gobernar aquella célebre sede, mientras desempeñaba el oficio de Prefecto de la ciudad. Verdadero pastor y doctor de los fieles, ejerció preferentemente la caridad para con todos, defendió valerosamente la libertad de la Iglesia y la recta doctrina de la fe en contra de los arrianos, y catequizó el pueblo con los comentarios y la composición de himnos. († 397).

         Mensaje de santidad.

         Puesto que San Ambrosio se destacó en la lucha contra el arrianismo, es necesario recordar en qué consiste esta doctrina herética, para así valorar la recta doctrina católica, defendida por San Ambrosio. El arrianismo tomó su nombre de Arrio (256-336) sacerdote de Alejandría y después obispo libio, quien desde el 318 propagó la idea de que no hay tres personas en Dios sino una sola persona, el Padre. Según este hereje, Jesucristo no era Dios, sino que había sido creado por éste de la nada como punto de apoyo para su Plan. El Hijo es, por lo tanto, criatura y el ser del Hijo tiene un principio; ha habido, por lo tanto, un tiempo en que él no existía, a diferencia de Dios, que Es desde la eternidad. Al sostener esta teoría, negaba la eternidad del Verbo, lo cual equivale a negar su divinidad: para Arrio, Cristo no es Dios. A Jesús se le puede llamar Dios, pero solo como una extensión del lenguaje, por su relación íntima con Dios[2], como si fuera una creatura a la cual Dios acompaña de modo especial con sus obras, pero que no es Dios, lo cual es un gravísimo error. Arrio admitía la existencia del Dios Uno, único, eterno e incomunicable; el Verbo, Cristo, no divino sino pura creatura, aunque más excelsa que todas las otras y escogido como intermediario en la creación y la redención del mundo. Aunque Arrio se ocupó principalmente de despojar de la divinidad a Jesucristo, hizo lo mismo con el Espíritu Santo, que igualmente lo percibía como creatura, e incluso inferior al Verbo[3].

Ahora bien, esta doctrina herética de Arrio, que niega la divinidad de Jesucristo, tiene una incidencia directa en la doctrina eucarística: si Cristo es Dios, entonces la Eucaristía es Cristo Dios oculto en apariencia de pan, tal como lo sostiene la fe católica, pero si Cristo no es Dios, como lo sostiene el hereje Arrio, entonces la Eucaristía no es Cristo Dios y por lo tanto no debe ser adorada, sino tratada simplemente como un trozo de pan bendecido en una ceremonia religiosa. Como católicos, debemos siempre afirmar, aun a costa de la vida, que Cristo es Dios y está en Persona en la Eucaristía.

viernes, 26 de noviembre de 2021

San Francisco Javier

 



         Vida de santidad[1].

         Nació en el castillo de Javier (Navarra) el año 1506. Cuando estudiaba en París, se unió al grupo de san Ignacio. Fue ordenado sacerdote en Roma el año 1537, y se dedicó a obras de caridad. El año 1541 marchó al Oriente. Evangelizó incansablemente la India y el Japón durante diez años, y convirtió muchos a la fe. Murió el año 1552 en la isla de Sanchón Sancián, a las puertas de China

         Mensaje de santidad.

         Un pensamiento de San Francisco Javier, originado en la apatía de los malos cristianos, nos deja entrever parte de su mensaje de santidad[2]. Sucedió que estando San Francisco Javier cerca de su lugar de misión, debía trasladarse a una isla, en donde había una gran población a la cual evangelizar, pero no encontraba ningún barco con el cual trasladarse; entonces dijo: “Si no encuentro una barca iré nadando”. No lo desanimaban los obstáculos físicos, pero sí le causaba cierto desaliento el comprobar la indiferencia y la apatía de los cristianos ante la necesidad de evangelizar y por eso dijo: “Si en esas islas hubiera minas de oro, los cristianos se precipitarían allá. Pero no hay sino almas para salvar”. Con esta frase, nos dice mucho acerca de su santidad: por un lado, deseaba con todo su ser anunciar a la mayor cantidad de prójimos posibles, que tenían un alma para salvar, que tenían un Dios que había dado su vida en la cruz para salvarlos; que para salvarse debían adorar a ese Dios, llamado Jesucristo y que ese  Dios estaba en la cruz y además estaba en persona, glorioso, en la Eucaristía; deseaba contar a todos la gran noticia de que había un Dios para adorar y que ese Dios estaba en Persona, oculto, en la Sagrada Eucaristía. Pero también se daba cuenta que los mismos cristianos, que debían arder de amor al Cristo Eucarístico, mostraban más interés por los bienes materiales, que por dar a conocer al Dios de la Eucaristía. Al recordar al santo en su día, le pidamos que interceda para que nuestros corazones se enciendan en el amor a Jesús Eucaristía y que llevados por ese amor, proclamemos al mundo que debe adorar al Dios del sagrario, Jesús de Nazareth.

jueves, 25 de noviembre de 2021

San Andrés, Apóstol

 



         Vida de santidad[1].

         San Andrés era natural de Betsaida, hermano de Pedro y pescador como él. Fue el primero de los discípulos de Juan el Bautista a quien llamó el Señor Jesús junto al Jordán y que le siguió, trayendo consigo a su hermano. La tradición dice que, después de Pentecostés, predicó el Evangelio en la región de Acaya, en Grecia, y que fue crucificado en Patrás.

         Mensaje de santidad.

         Parte de su mensaje de santidad está en sus palabras dirigidas a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías”. Es decir, Andrés encuentra a Jesús, llevado por el Bautista y una vez que lo encuentra, va a comunicar la noticia del hallazgo del Mesías a su hermano Simón; San Andrés no se queda egoístamente con la noticia de que lo encontrado para él solo, quiere compartir la alegría de haber encontrado al Redentor, al Hombre-Dios, con todos, empezando con su prójimo. Por eso dice el Evangelio: “Y lo llevó a Jesús”. Esta actitud de Andrés, de seguir a Jesús luego de que el Bautista lo señalara como al “Cordero de Dios” y luego de estar con Jesús, para después comunicar a los demás que ha encontrado al Mesías, es el ejemplo de lo que todo cristiano debe hacer: encontrar a Jesús, estar con Él, recibir el Amor de su Sagrado Corazón y luego llevar a nuestros hermanos al encuentro con Jesús, para que ellos también lo conozcan, lo amen y lo adoren. En nuestro caso, quien nos dice que Jesús es el Cordero de Dios y está en el sagrario es la Iglesia, porque luego de la transubstanciación, el sacerdote eleva la Eucaristía y dice: “Éste es el Cordero de Dios”; luego de saber que la Eucaristía es Jesús, el Cordero de Dios, el cristiano debe acudir a adorar a Jesús en el sagrario, en donde recibirá el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico. Por último, el cristiano, inflamado en el Amor de Jesús Eucaristía, hará apostolado para que su prójimo inicie el camino de la conversión eucarística, el camino que lo conduce a conocer, amar y adorar al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. Ése es el legado de santidad que nos deja San Andrés Apóstol.

viernes, 19 de noviembre de 2021

San Expedito vence al Demonio con la fuerza de la Santa Cruz

 



         San Expedito, que era un soldado romano pagano, recibió en un momento de su vida una gracia muy especial, la gracia de conocer al Salvador y Redentor de los hombres, el Hombre-Dios Jesucristo. Sin embargo, en el mismo momento en que recibió esta gracia y antes de que San Expedito respondiera libremente al don concedido por Dios, se le apareció el Demonio, bajo la forma de un cuervo negro, para tentarlo y así convencerlo de que no se convirtiera a Jesucristo y continuara en las tinieblas del paganismo, del ocultismo, del pecado y de la ignorancia. Satanás se le aparece a San Expedito para tentarlo con una tentación exactamente opuesta a la gracia que había recibido: si San Expedito había recibido la gracia de conocer a Jesús para abandonar inmediatamente la vida de pagano y de oscuridad en la que vivía, el Demonio lo tentaba con lo opuesto, es decir, dejar de lado a Jesús y continuar en el paganismo, postergando la conversión para “mañana” y es por eso que comienza a revolotear alrededor del santo diciendo “mañana, mañana”. Como toda tentación, es engañosa y se presenta con apariencia de bien: lo que el Demonio quería era que San Expedito dijera: “Bueno, sí voy a seguir a Cristo, pero no hoy, sino mañana; voy a postergar mi conversión para mañana, mientras tanto, voy a seguir siendo pagano, voy a seguir consultando a los brujos, voy a seguir dejándome dominar por las pasiones. Total, mañana me convierto y listo”. Pero esto es engañoso, porque no estamos seguros si hemos de vivir no ya mañana, sino ni siquiera en unos minutos, por lo tanto, si San Expedito cedía a la tentación del Demonio, corría el grave de riesgo de no convertirse nunca. San Expedito se encontraba ante una encrucijada, en la que debía elegir, o la gracia de aceptar a Cristo, o dejarse seducir por la tentación que le ofrecía el Demonio.

         Pero San Expedito no se dejó seducir por el Demonio y levantando la Santa Cruz de Jesús en lo alto, dijo: “¡Hoy! ¡Hoy me convierto a Jesucristo! ¡Hoy dejo la vida de pagano, la vida de hijo de las tinieblas, para convertirme en cristiano y en hijo de Dios por la gracia! ¡Hoy dejo de cumplir los mandamientos del Demonio, para empezar a cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios! ¡Hoy y no mañana comienzo a ser adorar del Hombre-Dios Jesucristo!”. Y diciendo esto y levantando en alto la Santa Cruz de Jesús, aplastó la cabeza del Demonio que seguía bajo la forma de un cuervo e inadvertidamente se había acercado lo suficiente hasta San Expedito, como para ser alcanzado por sus pies. Lo que nos enseña San Expedito es que si nosotros enfrentamos al Demonio por nosotros mismos, seremos vencidos indefectiblemente, pero si lo enfrentamos armados con la Santa Cruz de Jesús, entonces es el Demonio el que sale derrotado completamente, porque Jesús, que es Dios, lo vence con su Sangre Preciosísima.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Santa Isabel de Hungría

 



         Vida de santidad[1].

         Hija de Andrés, rey de Hungría, nació el año 1207; siendo muy joven, fue dada en matrimonio a Luis, landgrave de Turingia, del que tuvo tres hijos. Vivía entregada a la meditación de las cosas celestiales y, después de la muerte de su esposo, abrazó la pobreza y erigió un hospital en el que ella misma servía a los enfermos. Murió en Marburgo el año 1231.

         Mensaje de santidad[2].

         El director espiritual de Santa Isabel de Hungría, el padre Conrado de Marburgo, nos deja una semblanza de la vida de la santa en una carta dirigida al Sumo Pontífice, en el año 1232, en la que afirma que Santa Isabel “reconoció y amó a Cristo en la persona de los pobres”. Desde un inicio, esta carta nos señala que el centro y el corazón del Evangelio no son los pobres, sino Cristo, el Hombre-Dios, porque Santa Isabel se santificó obrando la misericordia corporal y espiritual con los pobres, pero no por los pobres en sí mismos, que en cuanto tales no dejan de ser seres humanos, sino porque vio, espiritualmente hablando, a Nuestro Señor Jesucristo en ellos, misteriosa pero realmente presente en ellos. Esto es muy importante considerar, porque existe una tendencia que interpreta erróneamente el sentido de la Revelación de Jesucristo al desplazar el eje y el centro del Evangelio, de Jesucristo, a los pobres, convirtiendo a los pobres materiales en salvadores del mundo y a la pobreza material en una especie de estado de redención, lo cual es un error sumamente peligroso, porque ni los pobres son buenos por ser pobres, ni la pobreza es signo de salvación: el Único Redentor y Salvador de la humanidad es el Hombre-Dios Jesucristo, quien nos concede su gracia, la gracia santificante, a través de la cual nos redime, quitándonos el pecado –la verdadera pobreza espiritual- y concediéndonos la participación en la vida de la Santísima Trinidad –que es la verdadera riqueza espiritual-.

         Una vez aclarado este punto acerca de los pobres y la pobreza, los cuales tienen que ser considerados bajo una perspectiva cristiana, para no caer en el reduccionismo materialista propio del marxismo y del comunismo, consideremos el legado de santidad de Santa Isabel de Hungría, según las palabras de su director espiritual.

         Dice así el padre Conrado de Marburgo, en la carta que le escribe al Papa en el año 1232: “Pronto Isabel comenzó a destacar por sus virtudes, y, así como durante toda su vida había sido consuelo de los pobres, comenzó luego a ser plenamente remedio de los hambrientos. Mandó construir un hospital cerca de uno de sus castillos y acogió en él gran cantidad de enfermos e inválidos; a todos los que allí acudían en demanda de limosna les otorgaba ampliamente el beneficio su caridad, y no sólo allí, sino también en todos los lugares sujetos a la jurisdicción de su marido, llegando a agotar de tal modo todas las rentas provenientes de los cuatro principados de éste, que se vio obligada finalmente a vender en favor de los pobres todas las joyas y vestidos lujosos”. Aquí, su director espiritual testimonia cómo la santa vivió a la perfección el mandato de Jesús de obrar la misericordia –“Lo que habéis hecho con uno de estos pequeños, Conmigo lo habéis hecho”-, no solo construyendo hospitales, con lo cual cuidaba de los enfermos, sino también dando de comer a los hambrientos, cumpliendo así otra obra de misericordia y para ello, no dudó en vender todas sus joyas e incluso hasta sus vestidos más lujosos. Continúa luego Conrado de Marburgo: “Tenía la costumbre de visitar personalmente a todos sus enfermos, dos veces al día, por la mañana y por la tarde, curando también personalmente a los más repugnantes, a los cuales daba de comer, les hacía la cama, los cargaba sobre sí y ejercía con ellos muchos otros deberes de humanidad; y su esposo, de grata memoria, no veía con malos ojos todas estas cosas. Finalmente, al morir su esposo, ella, aspirando a la máxima perfección, me pidió con lágrimas abundantes que le permitiese ir a mendigar de puerta en puerta”. Santa Isabel no se contentaba con mandar a construir albergues y hospitales, sino que ella misma en persona acudía a curar a los enfermos y sanar sus heridas y lo hacía no por filantropía, sino por amor a Cristo, a quien veía misteriosa pero realmente presente en los más necesitados.

         Dice luego así su director espiritual: “En el mismo día del Viernes santo, mientras estaban denudados los altares, puestas las manos sobre el altar de una capilla de su ciudad, en la que había establecido frailes menores, estando presentes algunas personas, renunció a su propia voluntad, a todas las pompas del mundo y a todas las cosas que el Salvador, en el Evangelio, aconsejó abandonar. Después de esto, viendo que podía ser absorbida por la agitación del mundo y por la gloria mundana de aquel territorio en el que, en vida de su marido, había vivido rodeada de boato, me siguió hasta Marburgo, aun en contra de mi voluntad: allí, en la ciudad, hizo edificar un hospital, en el que dio acogida a enfermos e inválidos, sentando a su mesa a los más míseros y despreciados”. La santa renuncia voluntariamente a todos los bienes materiales, pero también a todos los honores humanos que podría recibir por sus actividades en favor de los más necesitados, porque en su corazón resonaban las palabras de las Escrituras: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”. Continúa Conrado: “Afirmo ante Dios que raramente he visto una mujer que a una actividad tan intensa juntara una vida tan contemplativa, ya que algunos religiosos y religiosas vieron más de una vez cómo, al volver de la intimidad de la oración, su rostro resplandecía de un modo admirable y de sus ojos salían como unos rayos de sol”. La actividad apostólica y evangelizadora de la santa tenía como fundamento una intensa vida espiritual, basada en la oración, en la contemplación y en la meditación de las verdades eternas del Evangelio y eso le concedía una sobrenatural hermosura. Luego, el Padre Conrado revela cuánto desapego tenía la santa a los bienes de esta vida y cómo deseaba desprenderse de todos ellos, para así ganar el verdadero bien, la vida eterna en el Reino de los cielos,: “Antes de su muerte, la oí en confesión, y, al preguntarle cómo había de disponer de sus bienes y de su ajuar, respondió que hacía ya mucho tiempo que pertenecía a los pobres todo lo que figuraba como suyo, y me pidió que se lo repartiera todo, a excepción de la pobre túnica que vestía y con la que quería ser sepultada. Recibió luego el cuerpo del Señor y después estuvo hablando, hasta la tarde, de las cosas buenas que había oído en la predicación: finalmente, habiendo encomendado a Dios con gran devoción a todos los que la asistían, expiró como quien se duerme plácidamente”. Al meditar en su vida, le pidamos a Santa Isabel de Hungría que interceda por nosotros para que seamos capaces no solo de desprendernos de los bienes materiales, sino de desear la vida eterna en el Reino de los cielos, para alegrarnos para siempre en la contemplación de la Trinidad y del Cordero, junto a la Virgen, a los ángeles y a los santos de Dios Trino.

        

 



[2] De una carta escrita al Papa por Conrado de Marburgo, director espiritual de santa Isabel; cfr. https://www.corazones.org/biblia_y_liturgia/oficio_lectura/fechas/noviembre_17.htm