San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

domingo, 27 de diciembre de 2020

Fiesta de los Santos Inocentes

 



         “Herodes busca al Niño para matarlo” (Mt 12, 13-18). El Ángel se le aparece en sueños a San José –no es un sueño de San José, sino una aparición del Ángel mientras duerme- y le advierte que el rey Herodes, temeroso de que el Niño Dios le arrebate su reino, enviará sus tropas para “buscarlo y matarlo”. San José obedece al Ángel y conduce a la Sagrada Familia a Egipto, en busca de un lugar seguro. Cuando Herodes se entera, se enfurece y manda a matar a todos los niños de Belén y sus alrededores que tuvieran menos de dos años. Se cumple así el primer martirio masivo de la Iglesia Católica, porque los niños asesinados por mandato de Herodes mueren, no por ser ellos quienes son, sino por Cristo, puesto que en ellos quiere Herodes matar a Cristo. Los Santos Niños Inocentes mueren mártires, porque mueren en nombre de Cristo, derraman su sangre por el nombre de Cristo y es esto lo que caracteriza al martirio, el derramar la sangre propia dando testimonio de Cristo. Ellos no mueren porque un rey enloqueció y mandó asesinar a niños sin ninguna razón: mueren porque en ellos quiere Herodes matar a Cristo, Dios Hijo encarnado. Y aquí entra otro aspecto de la cuestión: la primera, es el martirio, tal como lo hemos descripto; la segunda, es la motivación del asesinato de los Santos Inocentes: es un asesinato que supera y trasciende las simples pasiones humanas, para alcanzar la participación en el odio del Ángel caído contra Dios encarnado. Es decir, en el asesinato en masa mandado por Herodes, la furia de Herodes pasa a ser, de mera pasión humana, a furia diabólica, una furia que se hace partícipe de la furia que el Ángel caído profesa contra Dios Uno y Trino y su Mesías, Cristo Dios. Es este otro componente, el de la furia demoníaca de Herodes, sumado a la muerte en nombre de Cristo de los Santos Inocentes, lo que hace de estos Niños los primeros santos mártires de la Iglesia Católica. De otro modo, sino estuvieran la furia satánica y la muerte por Cristo, se trataría de un asesinato masivo de niños, sí, pero no de una muerte masiva martirial y es por esto que la Iglesia los conmemora, porque son mártires, al dar sus vidas por Cristo y al ser objeto de un odio satánico y no meramente humano. Pero como todo lo que sucede con los planes del Demonio, siempre fracasan ante Dios: los niños, a los que él buscaba quitarles la vida, reciben en recompensa la Vida eterna y desde su muerte terrena, viven para siempre en el Reino de los cielos, adorando al Cordero, por quien dieron sus vidas.

         “Herodes busca al Niño para matarlo”. En nuestros penosos y oscuros días, caracterizados por el dominio casi absoluto de la cultura de la muerte, podemos parafrasear al Evangelio y decir: “Los legisladores de la Nación Argentina buscan a los niños por nacer para matarlos”, porque se encuentran tristemente empeñados en legislar un genocidio de niños por nacer, al aprobar el aborto por ley. Podemos decir también que se trata no de meras pasiones o posiciones ideológicas humanas, sino de un verdadero odio satánico contra la vida en gestación, porque no hay nada, absolutamente nada, racionalmente hablando, que justifique el asesinato de un niño por nacer. Y si no hay razón humana que justifique el genocidio, entonces la única explicación que queda es que los señores legisladores, como Herodes en su tiempo, participan del odio satánico del Ángel caído contra Dios hecho Niño, contra el Niño Dios. Los nuevos Herodes no envían a sus ejércitos a asesinar a niños menores de dos años, sino que estampan sus firmas para aprobar leyes inicuas que aprueben la matanza indiscriminada de niños en gestación. Frente a esto, recordemos que “de Dios nadie se burla” (Gál 6, 7) y es así como, al poco tiempo de dar la orden de asesinar a los niños menores de dos años, Herodes murió. De Dios nadie se burla, señores legisladores.

San Esteban, Protomártir

 



         Vida de santidad[1].

         Se le llama “protomártir” porque tuvo el honor de ser el primer mártir que derramó su sangre por proclamar su fe en Jesucristo. Se desconoce por completo su conversión al cristianismo. La Biblia se refiere a él por primera vez en los Hechos de los Apóstoles: allí se narra que en Jerusalén hubo una protesta de las viudas helenistas (de origen griego), las cuales decían que, en la distribución de la ayuda diaria, se les daba más preferencia a los que eran de Israel, que a los pobres del extranjero. Cuando esa comunidad creció, los apóstoles, para no dejar su labor de predicar, confiaron el servicio de los pobres a siete ministros de la caridad llamados diáconos[2]. Estos fueron elegidos por voto popular, por ser hombres de buena conducta, llenos del Espíritu Santo y de reconocida prudencia. Los elegidos fueron Esteban, Nicanor y otros. Esteban además de ser administrador de los bienes comunes, no renunciaba a anunciar la buena noticia: hablaba de Jesucristo con un espíritu tan sabio que ganaba los corazones y los enemigos de la fe no podían hacerle frente. Al ver los ancianos la influencia que ejercía sobre el pueblo lo llevaron ante el Tribunal Supremo de la nación llamado Sanedrín y, recurriendo a testigos falsos, lo acusaron de blasfemia contra Moisés y contra Dios. Sucedió entonces que todos los del tribunal, al observarlo, vieron que su rostro brillaba como el de un ángel, por lo que lo dejaron hablar, aprovechando Esteban para pronunciar un poderoso discurso recordando la historia de Israel. Lejos de convertirse por las palabras de Esteban, los del Tribunal, enceguecidos por el odio contra Cristo, se abalanzaron sobre San Esteban y lo apedrearon hasta matarlo.

         Mensaje de santidad.

         Quizás su mensaje de santidad está resumido, entre los mejores, en un escrito de San Fulgencio de Ruspe. Para San Fulgencio, San Esteban imitó a Cristo en Pasión y muerte en Cruz (nosotros agregamos que no sólo lo imitó, sino que en cierto modo, se hizo partícipe de esa Pasión), cuando lo apedreaban, porque en ese momento en que le quitaban la vida, oraba a Dios para que perdonara a sus verdugos, tal como lo hizo Nuestro Señor en la Cruz cuando dijo al Padre: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Dice así San Fulgencio: “Esteban, para merecer la corona que significaba su nombre, tuvo por arma la caridad, y ella le dio siempre la victoria. Por amor a Dios no cedió ante la furia de los judíos, por amor al prójimo intercedió por los que lo apedreaban. Por esta caridad refutaba a los que estaban equivocados, para que se enmendasen de su error; por ella oraba por los que lo apedreaban, para que no fuesen castigados”[3]. Y Esteban, con su acto de caridad, no sólo perdona a los judíos, sino también a Saulo: “Apoyado en la fuerza de esta caridad, venció la furia y crueldad de Saulo y, habiéndolo tenido por perseguidor en la tierra, logró tenerlo por compañero en el cielo. Movido por esta santa e inquebrantable caridad, deseaba conquistar con su oración a los que no había podido convertir con sus palabras”. Y el fruto de esa caridad es que ahora, ambos, gozan del Amor Eterno de Dios Trino por los siglos: “Y ahora Pablo se alegra con Esteban, goza con él de la gloria de Cristo, con él desborda de alegría, con él reina. Allí donde entró primero Esteban, aplastado por las piedras de Pablo, entró luego Pablo, ayudado por las oraciones de Esteban”. Es el Amor de Cristo, en definitiva, participado a San Esteban y a Saulo, lo que los hace merecedores del Reino de los cielos: “La caridad de Esteban, en efecto, superó la furia de los judíos, la caridad de Pablo cubrió la multitud de los pecados, la caridad de ambos les hizo merecer juntamente la posesión del reino de los cielos”. Frente a nuestros enemigos personales y también frente a los enemigos de Dios y la Patria, que en nuestros días abundan, pidamos al mártir San Esteban para que interceda por nosotros y así nos consiga la gracia de saber amar y perdonar a los enemigos, hasta dar la vida y con el Amor del Espíritu Santo, tal como lo hizo él, imitando a Nuestro Señor Jesucristo y participando de su Pasión.



[2] Que significa “ayudante”, “servidor”, grado inmediatamente inferior al sacerdote

[3] Sermón 3, 1-3. 5-6: CCL 91 A, 905-909.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

San Juan Diego Cuauhtlatoatzin

 


         Vida de santidad[1].

         Juan Diego Cuauhtlatoatzin (que significa: “Águila que habla” o “El que habla como águila”), un indio humilde, de la etnia indígena de los chichimecas, nació en torno al año 1474, en Cuauhtitlán, que en ese tiempo pertenecía al reino de Texcoco. El futuro santo fue bautizado por los primeros franciscanos que evangelizaron el lugar, aproximadamente en 1524 y recibió luego el Catecismo de Comunión y Confirmación, comportándose siempre, desde muy joven, de forma devota y piadosa y viviendo según la Buena Nueva del Jesucristo. En 1531, año en que se produjeron las maravillosas apariciones de la Madre de Dios como Nuestra Señora de Guadalupe, Juan Diego era ya un hombre maduro, de unos 57 años de edad; con su comportamiento virtuoso, fue para los demás un gran testimonio de vida cristiana. Según se narra en su biografía, muchas personas se acercaban a él para que intercediera por diversas necesidades, ya “que cuanto pedía y rogaba, la Señora del cielo, todo se le concedía”.

         Juan Diego Cuauhtlatoatzin, fue siempre un laico fiel a la gracia divina, que tuvo la dicha de ser elegido por la Madre de Dios para que transmitiera al mundo las grandiosas apariciones de la Virgen en el Monte Tepeyac. Murió en el año 1548, con fama de santidad y su memoria está siempre unida al hecho de la aparición de Nuestra Señora, María Santísima, como la Virgen de Guadalupe[2].

         Mensaje de santidad.

         La santidad de San Juan Diego está ligada, indisolublemente, a la Santísima Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, puesto que él fue el principal intermediario de la aparición, aparición que no era solo para él, sino para toda la humanidad. Sin embargo, su santidad también está relacionada con la Iglesia, su jerarquía y sus sacramentos y vemos porqué: ante todo, tenía una gran fe en la Iglesia Católica y en sus Sacramentos como dadores de gracia, porque asistía a Misa todos los días en los que le era posible, teniendo en cuenta las distancias y que en esos tiempos no era frecuente la Misa y Comunión diarias. Sin embargo, Juan Diego tenía un gran amor a la Eucaristía, sabía que ahí estaba Jesús, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad y por eso asistía a la Santa Misa siempre que podía. Por otra parte, tenía una gran fe en el Sacramento de la Unción: a pesar de que la Virgen le había dado un encargo –avisarle al Obispo que Ella se aparecía en el cerro Tepeyac-, Juan Diego busca un camino distinto, para llegar hasta la Iglesia y pedir un sacerdote para que le conceda la Extremaunción a su tío que estaba agonizando –el cual luego se cura por intervención de la Virgen-; por otra parte, el amor a la Iglesia por parte de Juan Diego se manifiesta en su obediencia al Obispo, ya que va a encontrarse con la Virgen para transmitirle la respuesta del Obispo. En otras palabras, Juan Diego respeta en todo momento el orden jerárquico de la Iglesia, porque sabía que quien manda en la Iglesia, por encima del Obispo e incluso por encima del Papa, es Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Por último, Juan Diego demuestra un gran amor a la Virgen, porque en todo momento obedece, como un hijo pequeño, todo lo que la Virgen le pide, aun cuando parecería algo imposible de conseguir, como por ejemplo, cuando la Virgen le dice que vaya a la cima del cerro Tepeyac y que allí encontrará rosas de Castilla, cuando por lógica humana –era invierno-, era imposible que allí crecieran rosas.

         Entonces, esto es lo que nos enseña Juan Diego: amor a la Iglesia, amor a la Eucaristía, amor a la Santísima Virgen y, como demostró en la preocupación por conseguir un sacerdote para su tío moribundo, un gran amor y deseo del cielo y de la vida eterna, no sólo para sí, sino también para su prójimo. Que aprendamos de Juan Diego este amor a la vida eterna y que el santo interceda por nosotros para que recibamos la gracia de entender que esta vida terrena es sólo una prueba para la verdadera vida, la vida en la eternidad del Reino de los cielos.

lunes, 7 de diciembre de 2020

San Ambrosio

 


Vida de santidad[1].

Nació en Tréveris (sur de Alemania) en el año 340. Huérfano de padre a muy corta edad, su madre lo educó en la religión católica, instruyéndolo en toda clase de virtudes. Siendo joven aprendió griego, llegó a ser un buen poeta, se especializó en hablar muy bien en público y se dedicó a la abogacía. Las defensas que hacía de los inocentes ante las autoridades romanas eran tan brillantes, que el alcalde de Roma lo nombró su secretario y ayudante principal y cuando apenas tenía treinta años fue nombrado gobernador de todo el norte de Italia. Allí se ganó la simpatía de todos, pues era un excelente gobernante. Al morir el Arzobispo de Milán, fue aclamado obispo por parte de todos los fieles de la ciudad, por lo cual hubo que ordenarlo sacerdote, al tiempo que el emperador emitía un decreto por el cual decía que Ambrosio debía aceptar el cargo.

Se preocupa por su formación personal, dedicando gran cantidad de tiempo en leer la Biblia y también a los grandes escritores católicos, especialmente San Basilio y San Gregorio Nacianceno, para luego dedicarse a instruir al pueblo en la santa religión católica. Es en uno de sus sermones que San Agustín, que todavía no se había convertido, se convierte y se hace bautizar por el santo y así inicia su nueva vida como hijo de Dios.

San Ambrosio era prácticamente el único que se atrevía a oponerse a los altos gobernantes cuando estos cometían injusticias. Escribía al emperador y a las altas autoridades corrigiéndoles sus errores y estos se lo agradecían; por ejemplo, el emperador Valentino le decía en una carta: “Nos agrada la valentía con que sabe decirnos las cosas. No deje de corregirnos, sus palabras nos hacen mucho bien”. En este sentido, San Ambrosio es un ejemplo para los sacerdotes de hoy, quienes debemos oponernos con todas nuestras fuerzas a los poderosos de este mundo, que pretenden, entre otras cosas, implementar leyes genocidas, como la ley del aborto, tal como está sucediendo en Argentina en estos días. Confiados en la protección de San Ambrosio, condenamos con todas nuestras fuerzas el proyecto de ley genocida enviada al Congreso Argentino por parte del Presidente, Alberto Fernández y el inepto Ministro de Salud, González Ginés García.

Como Arzobispo, se produjo un episodio que demostró su valentía y su confianza en la Misericordia de Dios: sucedió que el emperador de su tiempo, llamado Teodosio, era católico, pero se dejaba arrebatar por la ira y un día, en represalia por la muerte de un oficial suyo, ordenó en represalia asesinar siete mil personas con su ejército, lo cual fue algo tan brutal que conmovió a todos. Inmediatamente, San Ambrosio le escribió una carta diciéndole: “Eres humano y te has dejado vencer por la tentación. Ahora tienes que hacer penitencia por este gran pecado”. El emperador le escribió diciéndole: “Dios perdonó a David; luego a mí también me perdonará”. Y nuestro santo le contestó: “Ya que has imitado a David en cometer un gran pecado, imítalo ahora haciendo una gran penitencia, como la que hizo él”. Teodosio aceptó, pidió perdón e hizo grandes penitencias y en el día de Navidad del año 390, San Ambrosio lo recibió en la puerta de la Catedral de Milán, como pecador arrepentido. Después ese gran general murió en brazos de nuestro santo, el cual en su oración fúnebre exclamó: “Siendo la primera autoridad civil y militar, aceptó hacer penitencia como cualquier otro pecador, y lloró su falta toda la vida. No se avergonzó de pedir perdón a Dios y a la Santa Iglesia, y seguramente que ha conseguido el perdón”.

Este gran sabio compuso muy bellos libros explicando la Biblia, y aconsejando métodos prácticos para progresar en la santidad. Especialmente famoso se hizo un tratado que compuso acerca de la virginidad y de la pureza. El viernes santo del año 397, a la edad de 57 años, murió plácidamente exclamando: “He tratado de vivir de tal manera que no tenga que sentir miedo al presentarme ante el Divino Juez”.

Mensaje de santidad.

Además de toda su vida, su mensaje de santidad podría resumirse en su última frase, dicha antes de morir: He tratado de vivir de tal manera que no tenga que sentir miedo al presentarme ante el Divino Juez”. Esta simple frase resume todo lo que debe hacer un cristiano para salvar su alma, evitar la condenación y ganar el cielo: vivir en gracia, cumplir los Mandamientos de la Ley Divina, obedecer a la Voluntad de Dios y obrar según la misma. Si todos hacemos esto, estaremos confiados y alegres esperando el Juicio Particular, seguros de que por la Misericordia Divina viviremos en la alegre eternidad del Reino de los cielos.

domingo, 29 de noviembre de 2020

San Andrés, Apóstol

 



Vida de santidad[1].

San Andrés nació en Betsaida, población de Galilea, situada a orillas del lago Genesaret. Andrés tiene el honor de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús, junto con San Juan el evangelista. Los dos eran discípulos de Juan Bautista, y este al ver pasar a Jesús (cuando volvía el desierto después de su ayuno y sus tentaciones) exclamó: “He ahí el cordero de Dios”. Andrés se sorprendió al oír semejante elogio y se fue detrás de Jesús (junto con Juan Evangelista), Jesús se volvió y les dijo: “¿Qué buscan?”. Ellos le dijeron: “Señor: ¿dónde vives?”. Jesús les respondió: “Venga y verán”. Y se fueron y pasaron con Él aquella tarde. Nuca jamás habría de olvidar Andrés el momento y la hora y el sitio donde estaban cuando Jesús les dijo: “Vengan y verán”. Esa llamada cambió su vida para siempre. Andrés se fue luego donde su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Salvador del mundo” y lo llevó a donde Jesús.

El día del milagro de la multiplicación de los panes, fue Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes, además, Andrés presenció la mayoría de los milagros que hizo Jesús y escuchó todos sus maravillosos sermones, viviendo junto a Él por tres años. En Pentecostés, Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y en adelante se dedicó a predicar el evangelio con gran valentía y obrando milagros y prodigios.

Una tradición muy antigua cuenta que el apóstol Andrés fue crucificado en la provincia de Acaya, en Grecia: se afirma que lo amarraron a una cruz en forma de X y que allí estuvo padeciendo durante tres días, los cuales aprovechó para predicar e instruir en la religión a todos los que se le acercaban. Dicen que cuando vio que le llevaban la cruz para martirizarlo, exclamó: “Yo te venero, oh cruz santa, porque me recuerdas la cruz donde murió mi Divino Maestro. Mucho había deseado imitarlo a Él en este martirio. Dichosa hora en que tú al recibirme en tus brazos, me llevarán junto a mi Maestro en el cielo”. La tradición coloca su martirio en el 30 de noviembre del año 63, bajo el imperio de Nerón.

         Mensaje de santidad.

         Tal vez el episodio más significativo en la vida de Andrés Apóstol sea su encuentro personal con Jesús, cuando después de preguntarle a Jesús dónde vivía, Jesús les dice: “Vengan y verán” y van detrás de Él. Después de este encuentro personal con Jesús, comienza para Andrés una nueva etapa de su vida, que culminará en los cielos, puesto que dará su vida por Jesús, muriendo crucificado como Él. El encuentro con Jesús enciende en Andrés el deseo de comunicar a los demás la gran noticia de Jesús y es por eso que va a decírselo a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Salvador”.

         En todo esto, Andrés es nuestro ejemplo de vida y de apostolado: como Andrés, nosotros preguntamos a la Iglesia: “¿Dónde vive Jesús?” y la Iglesia nos responde: “Vayan al sagrario y verán”. Al ir al sagrario, encontraremos a Jesús en Persona, oculto en las apariencias de pan y de vino y desde la Eucaristía, Jesús nos infundirá su Espíritu Santo, que hará que deseemos comunicar a los demás la alegre noticia de haber encontrado al Salvador del mundo en la Eucaristía. Entonces, parafraseando a Andrés, luego de ir adonde se encuentra Jesús Eucaristía y luego de hacer adoración eucarística, saldremos en busca de nuestros hermanos para decirles, igual que Andrés: “Hemos encontrado al Salvador del mundo, Cristo Dios, y está en la Eucaristía”. Por último, no sabemos si hemos de morir mártires como Andrés, porque eso es una gracia particular que Dios da a cada uno, pero sí debemos, como Andrés, abrazar la Santa Cruz de Jesús cada día y decirle a la Cruz: “Yo te adoro, oh Cruz Santa, porque me recuerdas donde murió mi Divino Maestro. Recíbeme en tus brazos, amada Cruz, para que seas tú la que me lleves al cielo”. Entonces, éste es el mensaje de santidad que nos deja Andrés: amor a Cristo Dios en la Eucaristía y amor a la Santa Cruz, camino seguro que conduce al cielo.

        

sábado, 28 de noviembre de 2020

San Francisco Javier y su sobrenatural deseo de proclamar a Cristo Dios

 



         Vida de santidad[1].

Francisco nació cerca de Pamplona (España) en el castillo de Javier, en el año 1506. Siendo muy joven, fue enviado a estudiar a la Universidad de París, y allá se encontró con San Ignacio de Loyola, cuya amistad transformó por completo a Javier, encaminándolo por el camino de la santidad, del seguimiento de Cristo. El santo formó parte del grupo de los siete primeros religiosos con los cuales San Ignacio fundó la Compañía de Jesús. Ordenado sacerdote, colaboró con San Ignacio y sus compañeros en enseñar catecismo y predicar en Roma y otras ciudades. Un poco más tarde, San Ignacio le pidió a Javier que fuera a misionar a la India, a lo que obedeció inmediatamente. Puede decirse que con San Javier empezaron las misiones de los jesuitas, las cuales se caracterizarían por llevar innumerable cantidad de almas a Dios.

Llegado a destino, Francisco Javier, solamente con el libro de oraciones como único equipaje, recorrió India, Indostán, Japón y otras naciones. Además de bautizar por centenares y millares, obró numerosos milagros de curación corporal, al punto que la gente lo consideraba en santo en vida. Se estableció en la ciudad portuguesa de Goa, en la India y allí puso su centro de evangelización, dando clases de Catecismo para niños y adultos; además, promovió el hábito de la Confesión y de la Comunión sacramentales frecuentes. En cada región que evangelizaba, las gentes se convertían de a millares, por lo que dejaba catequistas en cada lugar, para que estos continuaran evangelizando. Era muy austero: comía sólo arroz, sólo tomaba agua, dormía en una pequeña y pobre choza. Sus viajes eran interminables y pasaba muchas penurias, pero el santo escribía: “En medio de todas estas penalidades e incomodidades, siento una alegría tan grande y un gozo tan intenso que los consuelos recibidos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de la guerra que me hacen los enemigos de la religión”. Estas palabras del santo son muy importantes, porque demuestran, de primera mano, cómo Dios Trinidad no abandona -no sólo no abandona, sino que recompensa sobreabundantemente- a quienes se entregan a su servicio: si bien considerado humanamente, San Francisco Javier padeció todo tipo de penurias, propias de los viajes de esos tiempos -hablamos del año 1500- e incluso estas penurias se vieron agravadas por las persecuciones y hostilidades sufridas por manos de los enemigos de la religión, Dios Uno y Trino, con los consuelos y alegrías interiores que concedió a San Francisco Javier, hizo que éste prácticamente no sintiera ni las penurias de los viajes, ni las agresiones de los enemigos de la religión. Algo muy similar sucedió con los Conquistadores y Evangelizadores que envió la Madre Patria España a Hispanoamérica.

En un momento determinado, el santo decidió ir a misionar al Japón, pero resultó que allá lo despreciaban porque vestía muy pobremente, al contrario de lo que le sucedía en la India, en donde lo respetaban y veneraban por vestir como los pobres del pueblo. Entonces se dio cuenta de que en Japón era necesario vestir con cierta elegancia, para lo cual se vistió de embajador -título que poseía en la realidad, ya que el rey de Portugal le había conferido ese cargo- y así, con toda la pompa y elegancia, acompañado de un buen grupo de servidores muy elegantes y con hermosos regalos se presentó ante el primer mandatario. Al verlo así, lo recibieron muy bien y le dieron permiso para evangelizar, logrando convertir a un gran número de japoneses.

Podríamos decir que, hasta entonces, su tarea evangelizadora había tenido mucho éxito, tanto en India como en Japón y en muchos otros lugares. Sin embargo, en San Francisco ardía el fuego del Espíritu Santo, que lo hacía consumirse en deseos de proclamar la Buena Noticia de Cristo Dios a todos los hombres; por esta razón, no contento con su tarea evangelizadora en India y Japón, decidió ir a misionar a China, para allí convertir a la religión católica al mayor número posible de sus habitantes. Al emprender esta tarea, se dio con una primera gran dificultad: en China estaba prohibida la entrada a los blancos de Europa, aunque consiguió que el capitán de un barco lo llevara a la isla desierta de San Cian, a unos cien kilómetros de Hong–Kong. Llegados a este lugar, el santo fue abandonado por quienes lo habían llevado y pronto enfermó, muriendo en una pobre choza, aterido de frío y en soledad, el tres de diciembre de 1552, pronunciando el nombre de Jesús. Tenía sólo 46 años. A su entierro no asistieron sino un catequista que lo asistía, un portugués y dos negros. El Papa Pío X nombró a San Francisco Javier como Patrono de todos los misioneros porque fue si duda uno de los misioneros más grandes que han existido.

         Mensaje de santidad.

Además de su sobrenatural deseo de proclamar a Cristo, reflejado en las increíbles penurias que tuvo que soportar a lo largo de sus innumerables viajes evangelizadores -en once años recorrió la India, el Japón y varios países más-, el mensaje de santidad de San Francisco Javier puede tal vez sintetizarse en la oración del día de su fiesta, que dice así: “Señor, tú has querido que varias naciones llegaran al conocimiento de la verdadera religión por medio de la predicación de San Francisco Javier”. Es decir, según la Iglesia, fue el mismo Dios Uno y Trino quien obró la evangelización de “numerosas naciones” a través de San Francisco Javier. El santo fue un dócil instrumento en las manos amorosas de Dios, que por medio suyo reveló a quienes vivían en el paganismo, la Alegre Noticia de la Salvación de la humanidad por medio del Sacrificio de Cristo en la Cruz. Al recordarlo en su día, le pidamos al santo que interceda ante la Santísima Trinidad para que también nosotros nos veamos inflamados en el amor a Cristo, para proclamarlo a toda la humanidad, aun a costa de la vida terrena.

 

jueves, 19 de noviembre de 2020

San Andrés Dung-Lac y compañeros mártires

 


Vida de santidad[1].

San Andrés Dung-Lac fue un sacerdote católico vietnamita ejecutado por decapitación debido a su fe católica, en el reinado de Minh Mung. Durante la persecución de los cristianos, San Andrés Dung cambió su nombre a Lac para evitar la captura, y de este modo es conmemorado como Andrés Dung-Lac. Su martirio se conmemora junto al de los mártires vietnamitas de los siglos XVII, XVIII y XIX (1625-1886)[2].

Nació en la provincia de Bac-Ninch, en territorio de la actual Vietnam, hijo de padres paganos y tan pobres que voluntariamente lo vendieron a un catequista, el cual lo llevó a la misión Vinh-Tri, donde fue bautizado, educado, y después de ocho años, nombrado catequista. Ingresó muy joven en la vida religiosa y fue ordenado sacerdote el 15 de marzo de 1823. Fue párroco en diversas parroquias, la última fue en Ke-Dam, la cual fue destruida por paganos, obligando a San Andrés a retirarse a Ke-Sui, desde donde continuaba administrando los sacramentos a distintas comunidades cristianas[3]. Allí fue detenido una primera vez, pero luego fue liberado al ser pagado un rescate; entonces, con el fin de continuar con sus ministerios -en las peligrosas provincias de Hanoi y Nam Dinh-, cambió el nombre del Dung por el de Lac. Ante la persecución, el santo solía decir: “Los que mueren por la fe, ascienden al cielo; sin embargo, nosotros nos escondemos todo el tiempo, gastamos dinero para escapar de los perseguidores. ¡Sería mejor parar y morir!”.

Cuatro años más tarde, el 10 de noviembre de 1839, su deseo fue escuchado: mientras estaba en Ke-Song, fue descubierto y apresado por segunda vez, siendo también rescatado a cambio de doscientas monedas de plata. Sin embargo, su libertad no duró mucho, porque fue apresado por tercera vez, al intentar escapar en una barca por el río. Su captor exclamó: “¡He capturado un maestro de la religión!”. Fue llevado a la prisión de Hanói, en donde fue sometido a diversos interrogatorios e invitado a apostatar y pisotear la Cruz; sin embargo, el santo permaneció firme profesando su fe, por lo que fue condenado a la decapitación, sentencia que fue llevada a cabo el 21 de diciembre de 1839.

Mensaje de santidad.

Los mártires de Vietnam –representados en San Andrés Dung-Lac- ofrendaron sus vidas por Cristo y sufrieron una muerte cruel, no a causa de bienes terrenales, sino para conservar y dar a los demás el tesoro más grande que poseían: su fe católica[4]. Lo que resalta en los mártires es que fueron capaces de soportar la tortura a la que fueron sometidos porque en todo momento fueron asistidos por el Espíritu Santo; sólo así se explica tanto la firmeza en la fe, como la fortaleza para soportar las torturas inhumanas, además de la alegría sobrenatural con la cual ofrendaban sus vidas mortales, sabiendo que les esperaba una vida de eterna felicidad, al dar sus vidas por el Cordero de Dios, Cristo Jesús. San Andrés fue decapitado porque se negó a renegar de su fe en Cristo Dios y por eso es ejemplo para nuestros días, en los que existen movimientos en los que se reniega voluntaria y explícitamente de la fe en Cristo Dios, como los movimientos ateístas que incitan a la apostasía masiva, a borrar los nombres de las actas bautismales. Pero si alguien borra su nombre del acta bautismal, Dios borra su nombre del Libro de la Vida y por eso, la apostasía no es un simple acto sin consecuencias, sino que tiene un costo altísimo y es el perder la vida eterna. Para que no sólo no caigamos en la apostasía, sino para que profesemos nuestra fe hasta perder la vida, si fuera necesario, es que nos encomendamos a San Andrés Dung-Lac y a todos los mártires vietnamitas.

 



[1] Memoria de los santos Andrés Dung Lac, presbítero, y sus compañeros, mártires. En una común celebración se venera a los ciento diecisiete mártires de las regiones asiáticas de Tonkin, Annam y Cochinchina, ocho de ellos obispos, otros muchos presbíteros, amén de ingente número de fieles de ambos sexos y de toda condición y edad, todos los cuales prefirieron el destierro, las cárceles, los tormentos y finalmente los extremos suplicios, antes que pisotear la cruz y desviarse de la fe cristiana. Esta memoria obligatoria de los ciento diecisiete mártires vietnamitas de los siglos XVIII y XIX, proclamados santos por Juan Pablo II en la plaza de San Pedro el 19 de junio de 1988, celebra a mártires que ya habían sido beatificados anteriormente en cuatro ocasiones distintas: sesenta (64) y cuatro, en 1900, por León XIII; ocho (8), por Pío X, en 1906; veinte (20), en 1909, por el mismo Pío X y veinticinco (25) por Pío XII, en 1951. Cfr. http://es.catholic.net/op/articulos/35461/cat/1239/andres-dung-lac-y-116-companeros-santos.html ; La historia religiosa de la Iglesia vietnamita señala que durante  más de dos siglos –entre los años 1625 y 1886-, los distintos reyes han decretado contra los cristianos crueles persecuciones que dejaron como saldo alrededor de 130.000 víctimas. A lo largo de los siglos, estos mártires de la Fe ha sido enterrados en forma anónima, aunque su recuerdo permanece vivo en el espíritu de la comunidad católica. Desde el inicio del siglo XX, 117 de este gran grupo de mártires han sido elegidos y elevados al honor de los altares por la Santa Sede en cuatro Beatificaciones. Cfr. https://www.corazones.org/liturgia/santos/andres_dunglac.htm