San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 30 de septiembre de 2019

Santa Teresita del Niño Jesús




“En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. En sus Manuscritos biográficos, Santa Teresita tiene la siguiente expresión: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. Ella quería encontrar su vocación en la Iglesia, y descubrió que ésta era el Amor, la caridad. En el Cuerpo Místico de la Iglesia, el puesto de Santa Teresita era el corazón, fuente del amor que, en el caso de la Iglesia, está “ardiendo en amor”, según expresión de la misma Santa Teresita. Es decir, ella no se reconoce ni en los mártires, ni en los doctores, ni en ninguna otra vocación de la Iglesia: ella se reconoce en el centro mismo del Cuerpo Místico, el Corazón de la Iglesia, en donde “arde el Amor”.
          Ahora bien, podríamos preguntarnos si este deseo de Santa Teresita de ser “el Amor en el Corazón de la Iglesia” es un deseo que permanece en mero deseo o si puede llegar a ser cumplido efectivamente, porque no es lo mismo que un deseo permanezca como tal, a que se realice y se lleve a cabo en la realidad. En el caso de Santa Teresita, no se queda en un mero deseo, sino que verdaderamente se cumple, se hace efectivo, de manera tal que ella, en el Corazón de la Iglesia, es el Amor. ¿De qué manera? El deseo de Santa Teresita se cumple efectivamente y no queda en mero deseo, por medio de la Eucaristía, es decir, por medio de su unión orgánica a la Eucaristía. La razón es que la Eucaristía es el Corazón Eucarístico de Jesús, Corazón en el que inhabita el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo. La Eucaristía es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo: esto quiere decir que quien se une orgánicamente a la Eucaristía por la comunión sacramental, se hace partícipe de este Divino Corazón, el cual le comunica las llamas del Amor de Dios que en Él inhabitan. Es decir, al comulgar, el alma entra en contacto con las llamas del Amor de Dios que se encuentran ardiendo en el Corazón Eucarístico de Jesús, por lo que comienza a participar y a ser parte viva y orgánica de ese Amor. El deseo de Santa Teresita de ser “el Amor en el Corazón de la Iglesia”, se cumple en la comunión eucarística. Si alguien, al igual que Santa Teresita, descubre que su vocación es también ser el Amor en el Corazón de la Iglesia, lo que debe hacer es comulgar con fe, con piedad y, sobre todo, con Amor.

jueves, 26 de septiembre de 2019

San Vicente de Paúl



         Vida de santidad[1].

         Nació San Vicente en el pueblecito de Pouy en Francia, en 1580. Sus padres, que eran campesinos, lo enviaron a estudiar con los padres franciscanos y luego en la Universidad de Toulouse, y a los 20 años, en 1600 fue ordenado de sacerdote. Cuenta el mismo santo que al principio de su sacerdocio lo único que le interesaba era hacer una carrera brillante, pero Dios lo purificó con tres sufrimientos muy fuertes. El primero de ellos fue el cautiverio, pues fue atrapado por los turcos y esclavizado durante tres años; el segundo fue una falsa acusación de robo lanzada por un amigo que lo hospedaba en su casa y al que se le perdieron cuatrocientas monedas de plata; al aparecer el verdadero ladrón a los seis meses se supo la verdad; la tercera prueba fue una terrible tentación contra la fe, que aceptó para lograr que Dios librara de esa tentación a un amigo suyo. Esto lo hizo sufrir hasta lo indecible y fue para su alma “la noche oscura”. A los 30 años a los pies de un crucifijo, consagra su vida totalmente a la caridad para con los necesitados; hace voto o juramento de dedicar toda su vida a socorrer a los necesitados, y en adelante ya no pensará sino en los pobres.  
Dice el santo: “Me di cuenta de que yo tenía un temperamento bilioso y amargo y me convencí de que con un modo de ser áspero y duro se hace más mal que bien en el trabajo de las almas. Y entonces me propuse pedir a Dios que me cambiara mi modo agrio de comportarme, en un modo amable y bondadoso y me propuse trabajar día tras día por transformar mi carácter áspero en un modo de ser agradable”. Y en verdad que lo consiguió de tal manera, que varios años después, el gran orador Bossuet, exclamará: “Oh Dios mío, si el Padre Vicente de Paúl es tan amable, ¿Cómo lo serás Tú?”.
San Vicente contaba a sus discípulos: “Tres veces hablé cuando estaba de mal genio y con ira, y las tres veces dije barbaridades”. Por eso cuando le ofendían permanecía siempre callado, en silencio como Jesús en su santísima Pasión. El santo se hizo amigo del Ministro de la marina de Francia, quien lo nombró capellán de los marineros y de los prisioneros que trabajan en los barcos, logrando con su insistencia cambiar la vida inhumana de quienes eran allí obligados a remar.
Otro ministro, el Ministro Gondi nombró al Padre Vicente como capellán de las grandes regiones donde tenía sus haciendas: allí nuestro santo descubrió con horror que los campesinos ignoraban totalmente la religión. Que las pocas confesiones que hacía eran sacrílegas porque callaban casi todo. Y que no tenían quién les instruyera. Se consiguió un grupo de sacerdotes amigos, y empezó a predicar misiones por esos pueblos siendo el éxito clamoroso. Las gentes acudían por centenares y miles a escuchar los sermones y se confesaban y enmendaban su vida. De ahí le vino la idea de fundar su Comunidad de Padres Vicentinos, que se dedican a instruir y ayudar a las gentes más necesitadas.
El santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos grupos de caridad para ayudar e instruir a las gentes más pobres. Pero se dio cuenta de que para dirigir estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran. Y habiendo encontrado una mujer especialmente bien dotada de cualidades para estas obras de caridad, Santa Luisa de Marillac, con ella fundó a las hermanas Vicentinas, que se dedican por completo a socorrer e instruir a las gentes más pobres y abandonadas, según el espíritu de su fundador.
San Vicente poseía una gran cualidad para lograr que la gente rica le diera limosnas para los pobres. Reunía a las señoras más adineradas de París y les hablaba con tanta convicción acerca de la necesidad de ayudar a quienes estaban en la miseria, que ellas daban cuanto dinero encontraban a la mano. La reina (que se confesaba con él) le dijo un día: “No me queda más dinero para darle”, y el santo le respondió: “¿Y esas joyas que lleva en los dedos y en el cuello y en las orejas?”, y ella le regaló también sus joyas, para los pobres.
Parece casi imposible que un solo hombre haya podido repartir tantas, y tan grandes limosnas, en tantos sitios, y a tan diversas clases de gentes necesitadas, como lo logró San Vicente de Paúl. Había hecho juramento de dedicar toda su vida a los más miserables y lo fue cumpliendo día por día con generosidad heroica. Fundó varios hospitales y asilos para huérfanos. Recogía grandes cantidades de dinero y lo llevaba a los que habían quedado en la miseria a causa de la guerra.
Se dio cuenta de que la causa principal del decaimiento de la religión en Francia era que los sacerdotes no estaban bien formados. Él decía que el mayor regalo que Dios puede hacer a un pueblo es dale un sacerdote santo. Por eso empezó a reunir a quienes se preparaban al sacerdocio, para hacerles cursos especiales, y a los que ya eran sacerdotes, los reunía cada martes para darles conferencias acerca de los deberes del sacerdocio. Luego con los religiosos fundados por él, fue organizando seminarios para preparar cuidadosamente a los seminaristas de manera que llegaran a ser sacerdotes santos y fervorosos.
Siempre vestía muy pobremente, y cuando le querían tributar honores, exclamaba: “Yo soy un pobre pastorcito de ovejas, que dejé el campo para venirme a la ciudad, pero sigo siendo siempre un campesino simplón y ordinario”. En sus últimos años su salud estaba muy deteriorada, pero no por eso dejaba de inventar y dirigir nuevas y numerosas obras de caridad. Lo que más le conmovía era que la gente no amaba a Dios. Exclamaba: “No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también”.
El 27 de septiembre de 1660 pasó a la eternidad a recibir el premio prometido por Dios a quienes se dedican a amar y hacer el bien a los demás. Tenía 80 años.

         Mensaje de santidad.

         San Vicente de Paúl se dedicó a los pobres, comprendiendo en un sentido verdaderamente evangélico la frase de Jesús: “Lo que habéis hecho a uno de estos pequeños, a Mí me lo habéis hechos”. Es decir, San Vicente de Paúl sabía que el Salvador era Jesús y no los pobres, pero sabía también que en los pobres estaba misteriosamente presente Jesús, de manera que lo que le hacía a los pobres, se lo hacía a Jesús. Sabía que si daba un vaso de agua a un pobre, se lo estaba dando al pobre y a Jesús que, misteriosamente, mora en el pobre. Por esta razón, San Vicente de Paúl se dedicó a hacer no una obra meramente solidaria, sino que también se preocupaba por la pobreza espiritual, es decir, por aquella pobreza que consiste en ignorar que Cristo es Dios y es el Salvador de la humanidad, que se nos entrega en Persona en la Eucaristía. Esto es lo que explica la doble acción de San Vicente de Paúl sobre los pobres: no sólo los asistía materialmente, dándoles un hogar, un plato de comida y ropa para vestirse, sino que se preocupaba también de darles el Catecismo, de enseñarles que el único camino que lleva al cielo es el camino de la Cruz. San Vicente no se contentaba con darles cosas materiales a los pobres: quería que salieran de la mayor pobreza, que es la ignorancia de conocer al Verdadero Dios y a su Mesías. Por eso es que decía: “No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también”. Por haber dado a Jesús en los pobres, tanto el alimento corporal como el espiritual, es que San Vicente de Paúl recibió como premio el Reino eterno de los cielos, en donde vive ahora por la eternidad.

jueves, 19 de septiembre de 2019

San Andrés Kim Tae Gon y compañeros mártires



Vida de santidad[1].

San Andrés Kim Tae-Gon nació en Solmoe (Corea) en 1821 en una familia noble. Al poco tiempo, comenzó una persecución contra los cristianos, por lo que siendo niño huyó con su familia a Kolbaemasil para evitar la muerte. Su padre, San Ignacio Kim, murió mártir en 1839. Andrés fue bautizado a los 15 años de edad y más adelante ingresó al seminario de Macao (China), recibiendo la ordenación sacerdotal en Shangai (1845), convirtiéndose en el primer sacerdote coreano. Regresó a Corea con la finalidad de facilitar el ingreso de misioneros a su país y pudo ver a su madre, a quien encontró mendigando por comida. Ya en su país se dedicó a difundir la fe, predicando y bautizando a todos los que convertía con sus palabras y testimonio de vida. Toda esta actividad debía realizarla en secreto, para evitar ser descubierto, pues la persecución contra los cristianos no había finalizado.
A pesar de estas medidas de seguridad, fue arrestado al tratar de llevar a Corea a los misioneros franceses que estaban en China. Después de algunos meses en la cárcel, murió decapitado en 1846. Su fiesta se celebra cada 20 de septiembre junto a sus 102 compañeros mártires en Corea. 

Mensaje de santidad.

Además de su vida, su mensaje de santidad está en sus últimas palabras, pronunciadas antes de morir: “Mi vida inmortal está en su punto inicial. Conviértanse al Cristianismo si deseáis la felicidad tras la muerte porque Dios alberga castigo eterno para aquellos que rehusaron conocerle”.
San Andrés está por morir, es decir, su vida terrena está por finalizar, pero él no se refiere a esto, sino a otra vida, que está por comenzar, apenas finalice la vida terrena: “Mi vida inmortal está en su punto inicial”. Esto nos sirve de advertencia para saber que esta vida es pasajera, es sólo una prueba para ganar la vida eterna y que después de esta vida terrena, viene la vida eterna, en donde se juega nuestro destino eterno, Cielo o Infierno. Cuando termina esta vida, no termina todo, sino que comienza la vida eterna.
San Andrés habla también de una “felicidad”, no terrena, sino sobrenatural, para quien se convierta al Cristianismo y esto no porque los asuntos de la tierra marchen sin problemas, sino porque se conoce al Dios de la Alegría, a Dios, que es “Alegría infinita” según Santa Teresa de los Andes y que comunica de su alegría a quien participa de su vida por la gracia.
Otra advertencia que nos hace San Andrés es acerca de la necesidad urgente de la conversión: si no lo hacemos, es decir, si rehusamos voluntariamente convertirnos –que va mucho más allá de simplemente recibir los sacramentos del bautismo, de la Comunión y de la Confirmación-, el Justo Juez Jesucristo tendrá esto en cuenta y dará a cada uno lo que cada uno se merece y lo que se merecen los impenitentes es el “castigo eterno”. Es decir, para quienes voluntariamente se niegan a conocer a Jesucristo, les está reservada una eternidad en el Infierno. De Dios nadie se burla y con Dios no se juega, por lo que es necesario poner todo el empeño en lograr una sincera conversión.
Inicio de la vida eterna al finalizar la vida terrena; felicidad verdadera si el alma se convierte a Cristo; castigo eterno para quien se obstina en su malicia, es parte del mensaje de santidad de San Andrés Kim Tae Gon.

viernes, 13 de septiembre de 2019

San Juan Crisóstomo


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Sucedió en la vida del santo que el emperador, atizado por su esposa Eudoxia, enemistada con el santo, decretó que San Juan quedaba condenado al destierro[1]. Al saber tal noticia, un inmenso gentío se reunió en la catedral, y Juan Crisóstomo pronunció uno de sus más hermosos sermones. Decía: “¿Que me destierran? ¿A qué sitio me podrán enviar que no esté mi Dios allí cuidando de mí? ¿Que me quitan mis bienes? ¿Qué me pueden quitar si ya los he repartido todos? ¿Que me matarán? Así me vuelvo más semejante a mi Maestro Jesús, y como El, daré mi vida por mis ovejas...”.
Este sermón nos viene bien a nosotros, hombres del siglo XXI, siglo caracterizado por el materialismo y el bienestar material. Frente al destierro, San Juan Crisóstomo no tiene ningún temor, pues sabe que Dios estará con él, allí donde sea que lo destierren y quien tiene por compañía a Dios, nada más debe temer ni querer: “¿Que me destierran? ¿A qué sitio me podrán enviar que no esté mi Dios allí cuidando de mí?”. Esto nos enseña a confiar en el Amor y en el cuidado amoroso que Dios tiene de nosotros, aún en las situaciones más difíciles y atribuladas que puedan existir.
Al desterrarlo, ordenan que sus bienes sean confiscados, pero el santo nada teme, porque sus bienes ya los ha repartido todos entre los pobres: “¿Qué me quitan mis bienes? ¿Qué me pueden quitar si ya los he repartido todos?”. De esta manera, el santo nos enseña a no estar apegado a los bienes de la tierra y no sólo eso: si queremos obtener una mansión en el Reino de los cielos, debemos dar a los pobres nuestros bienes terrenos, tal como él lo hizo.
Por último, no sólo lo amenazan con el destierro, sino con la muerte, pero esto tampoco amedrenta al santo, ya que con la muerte se hará más parecido a su Señor Jesús, que dio su vida en la cruz por la salvación de los hombres “¿Que me matarán? Así me vuelvo más semejante a mi Maestro Jesús, y como El, daré mi vida por mis ovejas”. Así nos enseña el santo que no debemos estar apegados a esta vida terrena, sino que debemos tener la disposición a entregarla, no de cualquier manera, sino en la cruz y por la cruz, para que nos asemejemos, en la vida y en la muerte, a Nuestro Señor Jesús, que por nuestra salvación entregó su vida y murió en la cruz.

jueves, 29 de agosto de 2019

Santa Rosa de Lima y el secreto de la felicidad



         Todo ser humano –y, de modo particular, todo joven- busca la felicidad. El deseo de felicidad está inscripto en el alma, como un sello, desde que el alma es creada. Ya desde el nacimiento, y hasta el fin de la vida, el alma desea ser feliz. Esto no es un problema: el problema radica en las cosas en las que las personas creen que está la felicidad. En nuestros días, y alentados por los medios de comunicación, se transmite un mensaje, directo e indirecto, acerca de dónde radica la felicidad: a través de los medios se comunica la idea de que la felicidad está en las riquezas materiales, en los bienes terrenos, en el dinero, en la hermosura corporal, en el éxito, en la fama. Sin embargo, esto es falso, porque la felicidad profunda, verdadera, interior, espiritual, no está en estas cosas, es imposible conseguirlas allí. De aquí surge otra idea falsa: quien no tiene bienes materiales, quien no tiene dinero, quien no tiene fama, no es feliz. Esto es falso, porque la felicidad no consiste en estas cosas.
         Si esto es así, entonces nos preguntamos: ¿dónde está la felicidad? ¿Dónde radica la felicidad, para ir a buscarla y hacerla nuestra? Afortunadamente, santos como Santa Rosa de Lima, tienen la respuesta. En sus escritos, la santa hace hablar a Nuestro Señor Jesucristo, quien revela que la felicidad del hombre radica en la gracia que sigue a la cruz y a las tribulaciones. Escribe así Santa Rosa, haciendo hablar a Jesús[1]: “El salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: ésta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”.
         Entonces, según Santa Rosa de Lima, la felicidad del hombre radica en la gracia, la cual se nos concede para nosotros, los católicos, a través de los sacramentos, entre ellos, el sacramento de la confesión. Para quien quiera ser verdaderamente dichoso y feliz, en esta vida y en la otra, Santa Rosa de Lima, atravesando el tiempo y el espacio, nos deja este mensaje de santidad: la gracia, que se concede con los sacramentos, es lo que hace verdaderamente feliz al alma. De esto se sigue que, cuanto más se confiese el alma, sacramentalmente, y cuanto más reciba la Eucaristía, en estado de gracia, tanto más feliz será, en esta vida y en la otra. Éste es el mensaje de Santa Rosa de Lima para el hombre del siglo XXI.

miércoles, 28 de agosto de 2019

El martirio de Juan el Bautista



         Luego de ser encarcelado, Juan el Bautista muere decapitado por orden de Herodes, a quien el Bautista le había reprochado su unión adúltera con la esposa de su hermano. A pesar de parecer que el Bautista dio su vida por la unión matrimonial monogámica, es decir, entre el varón y la mujer, no es así: Juan el Bautista dio su vida por Cristo, por quien el matrimonio se convierte en unión esponsal santa y santificante. Cristo, en cuanto Dios, fue quien creó o inventó el matrimonio entre el varón y la mujer, en los inicios de la humanidad –por eso Cristo dice: “En el principio fue así”, es decir, varón y mujer- y luego, llegada la plenitud de los tiempos, elevó el matrimonio a rango de sacramento, lo cual quiere decir que los esposos quedan unidos, por el sacramento, a la unión esponsal y mística entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, siendo el varón una prolongación de Cristo Esposo y la mujer una prolongación de la Iglesia Esposa. Es por este “gran misterio” de Cristo Esposo y de su unión con la Iglesia Esposa, misterio que hace santo a todo matrimonio sacramental, por el cual el Bautista dio su vida. No dio su vida por combatir el adulterio, sino por dar testimonio de Aquel por el cual todo matrimonio sacramental es santo.
         Al recordar al Bautista en su martirio, recordemos entonces la santidad del matrimonio sacramental y su altísima dignidad, pero recordemos ante todo a Aquel por quien el Bautista dio su vida, Cristo Jesús y por quien todo matrimonio sacramental es fuente de santidad para los esposos, para la familia y para la Iglesia.

San Agustín y el misterio del Dios católico



         Según narra el mismo Agustín, él tuvo un episodio en su vida en el que, meditando acerca de la Verdad de Dios, la encontró, del modo más inesperado posible. En efecto, San Agustín, que meditaba en cómo era posible que Dios fuera Uno y Trino, tuvo una revelación acerca del misterio del misterio de Dios, pero no de un Dios cualquiera, sino del Dios de los católicos, Dios Uno y Trino. Narra el santo que un día “paseaba por la orilla del mar, dando vueltas en su cabeza a muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios, una de ellas la doctrina de la Trinidad. De repente, alza la vista y ve a un niño, que está jugando en la arena, a la orilla del mar. Le observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua del mar, y vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un pequeño pozo. Así el niño lo hace una y otra vez, hasta que despierta la curiosidad de San Agustín por lo que, acercándose al niño, le pregunta: “Oye, niño, ¿qué haces?”. Y el niño le responde: “Estoy sacando toda el agua del mar y la voy a poner en este pozo”. Y San Agustín dice: “Pero, eso es imposible”. Y el niño –que en realidad era un ángel- responde: “Más imposible es tratar de hacer lo que tú estás haciendo: Tratar de comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios”[1].
         Lo que el ángel le pretendía hacer entender a San Agustín es que, por un lado, el Dios que él buscaba estaba en la Iglesia Católica y en ningún otro lugar más, porque se trata de un Dios que es Trinidad de Personas; por otra parte, le quería hacer ver que este Dios católico es un misterio, un misterio tan insondable y tan grande, tan inefable y tan majestuoso, que la capacidad de la razón humana e incluso de la angélica –simbolizadas en el pozo- no puede llegar a comprender ni conocer a Dios en su constitución íntima, como Dios Uno en naturaleza y Trino en Personas –simbolizado en el mar-, si no es revelado. Con el ejemplo del pozo en la arena comparado con la inmensidad y majestuosidad de Dios, el ángel le demuestra a San Agustín la pequeñez de la mente humana y angélica –el pozo- en comparación con la grandeza y majestuosidad de Dios Uno y Trino –el mar-. Una grandeza y majestuosidad que no pueden ser ni siquiera imaginadas sino son revelados y estos se llaman “misterios sobrenaturales absolutos” de Dios. Entonces, Dios sí es católico, es el Dios Uno y Trino y la Segunda Persona de esa Trinidad se encarnó para salvarnos en el seno de María Virgen por obra del Espíritu Santo y por obra de ese mismo Espíritu, continúa y prolonga su Encarnación en la Eucaristía. La constitución íntima de Dios Trinidad, la Encarnación del Verbo y la prolongación de su Encarnación en la Eucaristía son misterios absolutos de Dios que sólo pueden ser conocidos si son revelados  y sólo pueden ser creídos si son amados. Le pidamos a San Agustín que nos haga partícipes de su humildad y de su amor a Dios Trino, para que también nosotros conozcamos la Verdad de Dios Uno y Trino y la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, y amemos estos misterios con todo el corazón, como lo hizo el mismo San Agustín.