San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 5 de febrero de 2016

“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”


“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”[1]. En su Cuarta Revelación, Jesús se le aparece a Santa Margarita, le muestra su Sagrado Corazón –envuelto en llamas, con una cruz en su base y rodeado de una corona de espinas- y le dice: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”. ¿Por qué dice Jesús lo que dice y qué relación tienen las apariciones del Sagrado Corazón con nuestra vida personal como cristianos?
Si bien Jesús se aparece a Santa Margarita, tanto el mensaje como su contenido van dirigidos a todos los hombres, pero de modo especial a los cristianos, más específicamente, a los católicos -y de modo más especial todavía, a los consagrados-. Es decir, somos nosotros, católicos del siglo XXI –y de todos los siglos- los destinatarios de las palabras de queja y reproche por parte de Jesús y esto es así porque la corona de espinas que rodea y lacera al Sagrado Corazón a cada instante, en cada latido, se deben a nuestros pecados, puesto que esas espinas son la materialización de la malicia producida –y consentida- en nuestros corazones, y es en eso en lo que consiste el pecado.
Los cristianos no dimensionamos, por lo general, las consecuencias que el pecado tiene en Cristo Jesús, porque pensamos que el Sagrado Corazón es una devoción sensiblera, sentimentalista, propia de otra época, o reservada a ciertas personas, principalmente mujeres y, de entre las mujeres, las señoras de edad, que no tienen otra cosa que hacer que rezar. Los cristianos, en el fondo, despreciamos la devoción al Sagrado Corazón, porque pensamos que no tiene relación alguna con nuestras vidas y que no está dirigida directamente a cada uno de nosotros, de modo particular y personal.
Sin embargo, esto constituye un grave error, porque el dolor que el Sagrado Corazón experimenta debido a su corona de espinas, se debe a que esas espinas son la materialización de nuestros pecados personales y particulares, en el sentido que Jesús recibe el castigo que nosotros merecíamos de parte de la Justicia Divina: “Él fue herido por nuestros pecados, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, y por sus heridas hemos sido sanados” (Is 53, 5).
Que Jesús esté herido y doliente a causa de nuestros pecados, está confirmado por otra aparición del Sagrado Corazón a Santa Margarita, en el que Jesús se aparece de pie, todo cubierto de heridas sangrantes, al tiempo que le dice a Santa Margarita que busca algún alma que se apiade de sus heridas, producidas por los pecadores: “¿No habrá quien tenga piedad de Mí y quiera compartir y tener parte en mi dolor en el lastimoso estado en que me ponen los pecadores sobre todo en este tiempo?”. “Lastimoso estado en el que me ponen los pecadores”: puesto que somos pecadores, somos nosotros, con nuestros pecados, los que ponemos en estado lastimoso a Dios Encarnado.
Es necesario que meditemos en este hecho: que Jesús sufrió en su Cuerpo el castigo que merecíamos por nuestros pecados –tengo que reflexionar en los pecados míos, propios, personales y particulares, y no en los pecados del prójimo-, como lo dice el profeta Isaías, pero también como lo dice San Pedro: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1 Pe 2, 14).
“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”. Si, como dice Santa Teresa, no nos mueve, para no pecar, “ni el infierno tan temido”, “ni el cielo prometido”, que nos mueva, al menos, no solo para no pecar, sino para vivir en gracia y acrecentarla cada vez más, la compasión y la piedad hacia Jesús, cuyo Sagrado Corazón sufre inimaginablemente, al ser lacerado y desgarrado en cada latido, a causa de nuestros pecados.




[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

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