San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 15 de octubre de 2015

Santa Teresa de Jesús


         En sus escritos, Santa Teresa nos enseña que, para que Dios nos revele sus misterios, hay una sola puerta y un solo y único camino y es la Humanidad santísima de Jesús: “(…) veo yo claro (…) que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima –la de Jesús-, en quien dijo Su Majestad se deleita” [1].
La Humanidad santísima de Jesús es la Puerta abierta para la revelación, de parte de Dios, de los grandes misterios de su insondable Amor: “He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí vamos seguros”. Es también lo que nos dice San Pablo: “Llevemos los ojos fijos en Jesús, caudillo y consumador de la fe, quien, para ganar el gozo que se le ofrecía, sufrió con toda constancia la cruz, pasando por encima de su ignominia; y está sentado a la diestra del trono de Dios”[2].
Entonces, la contemplación de la Humanidad santísima de Jesús es la Puerta celestial que se nos abre para para participar de la Sabiduría y del Amor divinos, para ser sus amigos, a quienes Dios revela sus “grandes secretos”: “Ya no os llamo siervos, sino amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 12-17). Quien quiera la amistad de Dios y de recibir de Él, en calidad de Amigo, “el misterio escondido por los siglos” (Col 1, 26), tiene que contemplar a la Humanidad santísima de Jesús. Ahora bien, esta Humanidad santísima se encuentra, para nosotros mortales, que peregrinamos hacia la Jerusalén celestial, en dos lugares: en la cruz y en la Eucaristía, y es ahí en donde debemos contemplarla y adorarla. En la cruz, la Puerta y el Camino que es la Humanidad de Jesús está crucificada, flagelada y desgarrada por heridas en la Pasión; en la Eucaristía, esta Humanidad Santísima está, gloriosa y resucitada, oculta en la apariencia de pan, la Eucaristía.
         Lo que lleva al alma a contemplar y adorar la Humanidad de Jesús, dice Santa Teresa, es el amor, pero no se trata de un amor meramente humano, sino de un amor que, puesto por Dios en el corazón como un sello, lleva a ver el Amor de Dios manifestado en Cristo, a la par que acrecienta el amor a Él, porque “amor saca amor”: “Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor. Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar, porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo”[3]. Es decir, desear contemplar y adorar a Cristo es ya signo de la Presencia del Divino Amor en el alma, que la ha sellado con su Fuego abrasador y acrecienta este fuego tanto más, cuanto más se contempla y adora.
         Y así, a quien contemple, adore y ame a Cristo Jesús, en la cruz y en la Eucaristía, le parecerá esta vida terrena una muerte, según lo que dice también Santa Teresa, porque aunque esté vivo en esta vida, morirá de ansias por morir, para nacer a la vida eterna, que es la vida que da Jesús, Puerta y Camino Único y Verdadero: “Sácame de esta muerte,/mi Dios, y dame la vida,/no me tengas impedida/en este lazo tan fuerte;/mira que muero por verte,/y vivir sin ti no puedo,/que muero porque no muero”[4].



[1] De las Obras de santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia, Libro de su vida, cap. 22, 6-7. 12. 14.
[2] Hb 12, 1b-2.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Santa Teresa, Himno: Vivo sin vivir en mí.

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