San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 26 de junio de 2015

San Josemaría Escrivá de Balaguer y la santificación en el trabajo de todos los días




         San Josemaría Escrivá de Balaguer sostenía que como cristianos, podíamos alcanzar la santidad, no haciendo cosas extraordinarias, sino todo lo contrario: por medio de las cosas ordinarias, por medio de las cosas de todos los días[1]. Él decía que el cristiano podía lograr la santidad a través del trabajo cotidiano, pero para poder alcanzar la santidad de esa manera, se necesita ser un alma de profunda vida interior, de mucha oración: “Cuando se vive de este modo, todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentando ese trato continuo con Él, de la mañana a la noche. Todo trabajo puede ser oración, y todo trabajo, que es oración, es apostolado”[2]. Es decir, San Josemaría sostenía que el cristiano lograba la santidad de esta manera: oración, vida interior, trabajo –estudio, etc.-, santidad y apostolado, porque el trabajo hecho santamente, como producto de la oración, se convierte en testimonio de vida cristiana.
         De esta manera, se convierte el deber de estado en un altar en donde se ofrecen a Dios las labores de cada día, las cuales, por ser ofrecidas a Él, no pueden ser ofrecidas de cualquier manera, sino que deben ser realizadas con la mayor perfección posible, para que se cumpla el pedido de Jesús: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). El trabajo así realizado, no se convierte en “perfeccionismo”, puesto que la perfección de la que habla Jesús es en el Amor, ya que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), y ve el grado de amor que ponemos en la realización de las obras que le dirigimos a Él, y no la obra en sí misma. Así, al ver Dios -que es Amor-, que le damos una obra hecha con amor –este deseo surge a su vez de la vida de oración-, nos devolverá más amor, lo cual nos hará crecer en santidad, y es en eso en lo que consiste la santificación en el trabajo cotidiano, según San Josemaría. Alcanzamos la santidad, entonces, cuando convertimos a nuestro estado de vida –trabajo, estudio, etc.-, en un altar que es prolongación del altar interior, en donde se elevan cánticos y oraciones de alabanzas en honor de Dios, sólo que el cántico y la alabanza -esto es, la oración interior-, fruto del Amor a Dios, se convierte en trabajo o en estudio, en cumplimiento del deber de estado, fruto también del Amor a Dios. La santidad por el cumplimiento del deber de estado es cumplir este deber de estado a la perfección, pero se trata de cumplirlo a la perfección no por la perfección en sí misma, sino para “ser perfectos en el Amor”.



[1] http://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints/ns_lit_doc_20021006_escriva_sp.html
[2] Cfr. ibidem.

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