San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 3 de junio de 2015

El Sagrado Corazón se nos dona en la Eucaristía


        Jesús se le apareció a Santa Margarita como el Sagrado Corazón de Jesús, lo cual supone una de las gracias más extraordinarias y sublimes que jamás santo alguno pueda haber recibido. Además, en la Primera revelación, acaecida el 27 de diciembre de 1673, Jesús le concedió otra gracia extraordinaria, que consistió en tomar el corazón de Santa Margarita e introducirlo en el suyo, para devolvérselo en forma de “llama encendida en forma de corazón”. Así relata Santa Margarita esta gracia extraordinaria: “Luego, me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado, diciéndome al propio tiempo: “He ahí, mi bien amada, una preciosa prenda de mi amor, que encierra en tu costado una chispa de sus más vivas llamas, para que te sirva de corazón y te consumas hasta el último instante y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará””[1]. Es decir, lo que hace Jesús es tomar el corazón de Santa Margarita, introducirlo en su pecho y en su Sagrado Corazón, encenderlo en el Fuego de su Amor, y devolvérselo convertido en una llama de amor, en forma de corazón.
         Ahora bien, si esta gracia nos parece y es extraordinaria, con todo, es muy inferior a la que recibimos, cada uno de nosotros, sin manifestaciones sensibles de ningún tipo, en la comunión eucarística, porque allí, Jesús, más que tomar nuestro corazón para introducirlo en las llamas de Fuego que envuelven al suyo, nos entrega su propio Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Amor Divino, y lo introduce en nuestros corazones por la comunión eucarística y esto es una gracia incomparablemente más grande que la concedida a Santa Margarita María de Alacquoque. En otras palrabras, a Santa Margarita, lo que hizo Jesús fue encenderle su corazón en su Amor, introduciéndolo en su Sagrado Corazón; con nosotros, hace al revés: introduce en nosotros su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Fuego del Espíritu Santo, para encender nuestro corazón, nuestra alma y todo nuestro ser, en el Fuego Santo del Divino Amor. Santa Margarita respondió a la gracia que le concedió Jesús, amándola con todas las fuerzas de su ser; ¿cómo respondemos nosotros al Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús? Nuestro corazón, ¿es como hierba seca, que se enciende al instante, al contacto con las llamas del Divino Amor que envuelven al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús? ¿O, por el contrario, nuestro corazón es como una piedra, fría y dura, que resiste al Fuego del Amor de Dios que se nos dona en la comunión  eucarística, y continúa siendo tan frío en el amor y tan negligente en el servicio a Jesús y a la Virgen, como antes de comulgar?



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

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