San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

domingo, 3 de noviembre de 2013

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos


         La Divina Piedad ha establecido que la Iglesia celebre un día en el que, de modo especial, se eleven oraciones a lo largo y ancho del mundo, para pedir por quienes, habiendo muerto en la gracia de Dios, deben sin embargo pagar sus penas para poder pasar al Reino de la eterna felicidad, la Casa del Padre. Es doctrina de la Iglesia Católica que, inmediatamente después de morir, el alma va ante la Presencia de Dios, a recibir su Juicio Particular. Una vez delante de Dios, toda la vida de la persona pasa delante de sus ojos y ve, con suma claridad, a la luz de Dios, sus actos buenos y malos, y ve sobre todo el momento de la muerte, en qué estado estaba su corazón en el momento de morir. El alma sabe si al momento de morir su corazón estaba en estado de gracia plena, o si estaba en gracia pero con pecados veniales, o si estaba en pecado mortal. De acuerdo a lo que ve en sí misma, a la luz de Dios, sabe cuál es su destino eterno, y ella misma lo pide ante la Divina Justicia: el alma sabe que si estaba en estado de gracia plena, le corresponde ir al cielo, para estar delante de Dios, que es la Gracia Increada, porque “lo semejante atrae a lo semejante”, y en este caso el alma ve que, por el estado de gracia que hay en ella, posee en sí misma la participación al Amor, la Luz, la Gracia, la Alegría infinita de Dios Uno y Trino y atraída por Dios Trinidad, pide ser introducida en el seno de Dios Trino, esto es, el cielo, por toda la eternidad. Esta clase de almas, llamadas “beatas” o “felices”, no necesitan estrictamente oraciones, porque están ya plenamente salvadas, así que no son las destinatarias de las oraciones de la Iglesia en este día. Por el contrario, a estas almas se les reza como a santos, pidiendo por su intercesión para obtener gracias para los que aún vivimos en esta tierra y en este mundo.
De otro modo sucede para quien, por libre y soberana decisión, eligió morir en estado de pecado mortal: al contemplar, también a la luz de Dios, por un lado, la inmensidad del Amor Divino que es Dios en sí mismo, y al contemplar la enormidad y negrura del pecado mortal con el que murió en su corazón, el alma se da cuenta que, en ese estado, es imposible permanecer delante de Dios, porque nada tienen que ver la Bondad y santidad infinitas que es Dios en sí mismo, con el Pecado y su malicia, y por lo tanto, el alma sola pide, ante la Justicia Divina, ser excluida para siempre de la amorosa Presencia de Dios, recibiendo lo que libremente eligió al morir con el pecado mortal, es decir, el infierno, la eterna condenación, en donde no hay redención y en donde el pecado permanece para siempre con aquel que lo eligió en vida como su fiel compañero. Tampoco son destinatarias de la oración de la Iglesia esta clase de almas, porque ya no hay redención posible y porque si Dios les llegara a conceder la gracia de la conversión, la rechazarían con aversión, porque ya es imposible para estas almas desear otra cosa que no sea el pecado, el apartamiento de Dios y la eterna condenación.
Las que sí son destinatarias de la oración de la Iglesia son en cambio las almas que, habiendo muerto en gracia de Dios, deben sin embargo purgar sus penas, porque no lo hicieron en esta vida, o no lo hicieron de modo suficiente, a través de mortificaciones, ayunos, penitencias, obras de caridad, oración. El alma se contempla a sí misma en gracia, pero con la necesidad de purificarse en el Amor, por lo cual no pide ni el cielo, adonde todavía no puede ir, porque es muy imperfecta en el Amor, ni tampoco el infierno, adonde no le corresponde ir, porque no está en estado de pecado mortal; pide en cambio ser conducida, cuanto antes, al Purgatorio, para purificarse del todo por medio de las llamas del Divino Amor y así empezar a gozar de una vez y para siempre de ese Amor, del cual está separada por sus imperfecciones. Este tercer grupo de almas, las de los Fieles Difuntos que murieron en gracia pero necesitan ser purificadas por el Amor de Dios en el Purgatorio, es el destinatario, propiamente hablando, de las oraciones de la Iglesia en el Día de los Fieles Difuntos.
La Iglesia, por medio de la Comunión de los Santos, puede dar alivio a estas almas que, por sí mismas, no pueden hacer nada, puesto que ya no pueden hacer obras buenas meritorias para salir del Purgatorio, pero sí lo pueden hacer, por ellas, implorando al Divino Amor, los miembros de la Iglesia Militante, es decir, aquellos que nos encontramos en estado de “viadores”, es decir, de “paso” en esta vida. 
¿Cómo ganar indulgencias para estas Benditas Almas del Purgatorio? Visitando piadosamente una Iglesia u oratorio el Día de los Fieles Difuntos y rezando un Padrenuestro y un Credo, aunque también se puede hacer esta visita, con el consentimiento del Ordinario, el domingo anterior o posterior, o en la Solemnidad de Todos los Santos. La otra forma es, desde el 1 al 8 de noviembre, visitar piadosamente un cementerio (aunque sea mentalmente) y rezar pidiendo por los difuntos.
Para ganar una indulgencia plenaria, además de querer evitar cualquier pecado mortal o venial, hace falta cumplir tres condiciones: Confesión sacramental; Comunión Eucarística; Oración por las intenciones del Papa.
Rezar por los Fieles Difuntos es una preciosísima obra de caridad, encomendada encarecidamente por el Amor Divino; es una muestra de amor sobrenatural el rezar por quien ha fallecido y necesita del alivio del ardor de las llamas del Purgatorio (recordemos que la intensidad del dolor es similar a la del Infierno, pero con la esencial diferencia de que en el Purgatorio el sufrimiento es gozoso, por así decirlo, porque se tiene pleno conocimiento de que finalizará algún día, y ese día será el inicio de la Eterna Bienaventuranza).

Quienes oren por las Benditas Almas del Purgatorio, a la par de acortar el tiempo de purificación de los Fieles Difuntos, acortan al mismo tiempo su propio Purgatorio, porque la obra de misericordia consiste en que, con nuestras oraciones y buenas obras, les alcanzamos la Sangre de Jesucristo, que de esa manera apaga las llamas ardientes del Purgatorio y les concede alivio, lo cual será aplicado también para nosotros, en caso de necesitarlo, desde el día de nuestra muerte, es decir, si vamos al Purgatorio.

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