San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 21 de febrero de 2013

Santa Jacinta Marto




A partir de las visiones y apariciones de la Virgen a los tres pastorcitos en Fátima, Jacinta experimentó, con tan sólo 9 años de edad, un extraordinario crecimiento espiritual: además de rezar todos los días el Rosario y las oraciones que el Ángel les había enseñado, y de experimentar una gran devoción y amor a la Eucaristía, Jacinta demostró tener, cada vez más, una gran sensibilidad y una gran preocupación por el destino eterno de los pecadores, es decir, por aquellos que no vivían en gracia de Dios y nada hacían por cambiar su estado.

Jacinta quedó vivamente impresionada por la visión del infierno que la Virgen María en persona les mostró, en la que los niños pudieron apreciar la gran cantidad de almas que caían en este verdadero lago de fuego. También quedó profundamente impactada por las palabras de la Virgen, quien le dijo que “los pecadores van allí –al lado de fuego- porque no tienen quién rece y haga sacrificios por ellos”.

Con tan sólo nueve años de edad, pero con una gran comprensión e inteligencia sobrenaturales de lo que el cielo le transmitía a través de la Virgen, Jacinta comprendió que su misión en la tierra, con su escasa edad y con el escaso tiempo que le quedaba de vida terrena –la Virgen le había comunicado que pronto la llevaría al cielo, junto a Francisco-, era ofrecerse como víctima por la salvación de los pecadores, y eso es lo que hizo hasta el fin de sus días: rezó e hizo toda clase de mortificaciones y penitencias –como por ejemplo, no tomar agua durante días seguidos, en épocas de mucho calor, o dormir con una cuerda atada, que le provocaba dolor, y a tal punto, que la Virgen misma tuvo que decirle que suspendiera esta penitencia- por la conversión de los pecadores.

El ejemplo de Santa Jacinta Marto es válido para toda época, pero sobre todo para nuestros días, puesto que, por un lado, la impiedad, la apostasía, el materialismo, el egoísmo y toda clase de males, crecen día a día en una sociedad que se aleja cada vez más de Dios y de sus Mandamientos; por otro lado, como consecuencia de este oscurecimiento espiritual, ha aumentado el número de hombres que se encuentran en estado de condenación eterna, lo cual significa que en nuestros días, mucho más aún que en los días de Santa Jacinta Marto, son necesarias la oración y la penitencia por la conversión de los pecadores.

No vemos a la Virgen María, como sí lo hicieron los tres pastorcitos, pero conocemos las apariciones de Fátima, además de tener los ejemplos de santos como Jacinta. Al igual que ella, y siguiendo su ejemplo, además de hacer oración y de ofrecer penitencias y mortificaciones, cada cristiano puede y debe ofrecerse a sí mismo como víctima en la Santa Misa, junto a la Víctima Inmaculada, Jesús en la Eucaristía, por la salvación de los pecadores.

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