San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

sábado, 9 de febrero de 2013

San Pablo Miki, las torturas de los mártires y el soplo del Espíritu Santo



         Cuando se leen las actas de los mártires, entre muchas otras, hay dos cosas que  sorprenden y provocan asombro y sobresalen por la intensidad del contraste: por una lado, las crudelísimas torturas a las que son sometidos los mártires, torturas que les provocan dolores atroces, y por otro, las increíbles muestras de amor y de caridad sobrenatural, por parte de esos mismos mártires, amor y caridad sobrenatural que se reflejan en dos vertientes: en el perdón a sus enemigos y a sus verdugos, y en el amor a Dios demostrado en medio de inmensos dolores.
         Por ejemplo, en el acta del martirio de los santos Pablo Miki y compañeros, escrita por un autor contemporáneo, se lee: “Una vez crucificados, era admirable ver la constancia de todos, a la que los exhortaban, ora el padre Pasio, ora el padre Rodríguez. El padre comisario estaba como inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos en acción de gracias a la bondad divina, intercalando el versículo: “En tus manos, Señor”. También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz inteligible. El hermano Gonzalo rezaba en voz alta el Padrenuestro y el Avemaría (…) Pablo Miki (…) empezó a manifestar que moría por haber predicado el Evangelio y daba gracias a Dios por un beneficio tan insigne (…) en el rostro de todos se veía una alegría especial (…) Luis, al gritarle a otro cristiano que pronto estaría en el Paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo con los dedos y con todo su cuerpo. Antonio (…) con los ojos fijos en el cielo”[1].
         Este comportamiento de los mártires, que se observa inalterablemente en todos y cada uno de los mártires a lo largo de toda la historia de la Iglesia, comenzando con el proto-mártir San Esteban, es superior y contrario a lo que dicta la naturaleza humana, y por lo tanto no puede encontrarse en esta naturaleza la explicación a un comportamiento tan llamativo.
         Considerado desde el punto de vista de la naturaleza humana, considerando solamente las características y propiedades de la naturaleza humana, como por ejemplo, el hecho de que el hombre está compuesto por la unión indisoluble de cuerpo y alma, el comportamiento de los mártires debería ser otro absolutamente distinto, puesto que cuerpo y alma sufren de manera atroz: el cuerpo sufre con los tormentos; el alma sufre por la desesperación, el dolor, y la angustia de verse abandonada por todos.
Entonces, considerando solamente la naturaleza humana, puesto que sufren indeciblemente en cuerpo y alma, los mártires deberían gritar de dolor, de rabia y de desesperación y deberían sus cuerpos contornearse espasmódicamente por los dolores lancinantes, debido todo esto a las torturas corporales; por el sufrimiento del alma, los mártires deberían expresar hacia sus verdugos solamente odio, rencor y deseos de venganza, y hacia Dios, deberían estallar en hirientes y horribles blasfemias contra su santo Nombre.
Sin embargo, nada de eso sucede en los mártires; todo lo contrario, el comportamiento de los mártires manifiesta que su naturaleza humana, sus cuerpos y sus almas, no solo están dotados de una fortaleza superior a la naturaleza humana -al demostrar una insensibilidad sobrehumana al dolor y al no solo no blasfemar, sino alabar a Dios-, sino que un Espíritu superior a todo lo creado, hombres y ángeles, a tomado posesión de sus completas personas.
Este Espíritu es el Espíritu Santo, y como es un Espíritu de paz, de amor, de alegría, de bondad, de fortaleza, eso es lo que explica que los mártires reflejen paz –no solo ausencia de desesperación-; amor –manifestado en el perdón a sus verdugos y enemigos-; alegría –porque están contemplando el cielo que se abre para ellos y está listo para recibirlos-; bondad –sólo tienen palabras de consuelo para sus compañeros mártires, y de esperanza para los que quedan en la tierra-; fortaleza –son inmunes e insensibles al dolor propio, pero sensibles al dolor ajeno, puesto que ofrecen sus vidas por sus verdugos y por sus enemigos-.
Puesto que dan sus vidas por amor a Cristo y a su Evangelio, el comportamiento sobrenatural de los mártires se debe a que imitan a Cristo y participan de su Pasión y Muerte en Cruz, pero también se debe a que los asiste el Espíritu Santo en Persona, el cual toma posesión de sus cuerpos y de sus almas: de sus cuerpos, porque eso es lo que explica que las tremendas torturas no los maten antes de tiempo, y no les provoquen los dolores lancinantes que por sí mismas deberían producir; del alma, porque el Espíritu Santo, iluminando sus almas con la luz de la gloria divina, la que habrán de disfrutar para siempre en el cielo, les hace ver y participar de la alegría y del amor divino, de manera que los tormentos psicológicos, morales y espirituales no solo no existen en sus almas, sino que son reemplazados por la visión y delectación anticipada del cielo y sus alegrías, la principal entre todas, la visión beatífica del Ser trinitario y la visión de María Santísima.
Porque están asistidos por el Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo ha tomado posesión de sus cuerpos y de sus almas para endulzarles el paso de esta vida a la otra, lo que dicen los mártires en el momento de morir, y que es registrado en las Actas de los mártires, hay que tomarlo como venido del mismo Espíritu Santo.



[1] Cap. 14, 109-110: Acta Sanctorum Februarii 1, 769, Seréis mis testigos.

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