San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

domingo, 22 de julio de 2012

Santa Brígida, el fuego del infierno y el fuego del Amor divino


         
 En nuestra época, caracterizada por el relativismo religioso, en donde cada uno quiere creer en lo que mejor le parece, y en donde cada uno se construye su propia religión y su propio sistema de creencias, según mejor le parece, es necesario regresar a las fuentes, es necesario escuchar la voz de aquellos que, desde el más allá, contemplan el rostro de Dios por la eternidad y se alegran en su presencia, es decir, los santos.
Es necesario escuchar su voz, porque hoy se levantan múltiples voces que niegan las realidades ultraterrenas, realidades que se reducen a dos fuegos: el fuego del infierno, para quienes en esta vida, haciendo mal uso de su libertad, prefirieron rechazar los Mandamientos de Dios y seguir en cambio los de Lucifer, y el fuego del Amor divino, que enciende los corazones en un océano infinito de paz, de amor y de alegría, para quienes eligieron el empinado y pedregoso camino de la Cruz.
En una época como la nuestra, dominada por la confusión religiosa, en donde la mayoría de los cristianos, que deberían ser “sal de la tierra y luz del mundo” han apostatado, porque han abandonado voluntariamente las armas espirituales de la oración, de la penitencia, del sacrificio y del ayuno, para pasarse en masa al enemigo, adoptando toda clase de vicios, es necesario entonces, repetimos, escuchar a los santos, como Santa Brígida de Suecia.
Dice así esta santa, comentando la respuesta enojada de un soldado ante la prédica de un sacerdote, en el que hablaba acerca de la severidad del juicio divino[1]: “Predicando el maestro Matías de Suecia, que compuso el prólogo de este libro, un soldado le dijo lleno de furor: ‘Si mi alma no ha de ir al cielo, vaya como los animales a comer tierra y las cortezas de los árboles. Larga demora es aguardar hasta el día del juicio, pues antes de ese juicio ningún alma verá la gloria de Dios’. Al oír esto santa Brígida que se hallaba presente, dio un profundo gemido, diciendo: ‘Oh Señor, Rey de la gloria, sé que sois misericordioso y muy paciente; todos los que callan la verdad y desfiguran la justicia, son alabados en el mundo, mas los que tienen y muestran tu celo, son despreciados. Así, pues, Dios mío, dad a este maestro constancia y fervor para hablar’.
Entonces la Santa en un arrobamiento vio abierto el cielo y el infierno ardiendo, y oyó una voz que le decía: ‘Mira el cielo, mira la gloria de que se hallan revestidas las almas, y di a tu maestro: ‘Lo dice esto Dios tu Criador y Redentor. Predica con confianza, predica continuamente, predica a tiempo o fuera de tiempo, predica que las almas bienaventuradas y que ya han purgado ven la cara de Dios; predica con fervor, pues recibirás la recompensa del hijo que obedece la voz de su padre.

Y si dudas quién soy Yo que te estoy hablando, has de saber que soy el que apartó de ti tus tentaciones”.
Después de oír esto vio otra vez la Santa el infierno, y horrorizada de espanto, oyó una voz que decía: “No temas los espíritus que ves, pues sus manos, que son su poderío, están atadas, y sin permiso mío no pueden hacer más que una brizna de polvo delante de tus pies. ¿Qué piensan los hombres, confiando que no me he de vengar de ellos, Yo, que sujeto a mi voluntad los mismos demonios?”.
Entonces respondió la Santa: 2No os enojéis, Señor, si os hablo. Vos, que sois misericordiosísimo, ¿castigaréis acaso perpetuamente al que perpetuamente no puede pecar? No creen los hombres que semejante proceder corresponde a vuestra divinidad, que en el juzgar manifestáis sobre todo la misericordia, y ni aun los mismos hombres castigan perpetuamente a los que delinquen contra ellos”.
Y dijo el Espíritu: “Yo soy la misma verdad y justicia, que doy a cada cual según sus obras, veo los corazones y las voluntades, y tanto como el cielo dista de la tierra, así distan mis caminos y mis juicios de los consejos y de la inteligencia de los hombres. Por tanto, el que no corrige su mal mientras vive y puede, ¿qué es de extrañar si es castigado cuando no puede? ¿Ni cómo deben permanecer en mi eternidad purísima los que desean vivir eternamente para siempre pecar? Por consiguiente, el que corrige su pecado cuando puede, debe permanecer conmigo por toda la eternidad, porque yo eternamente lo puedo todo, y eternamente vivo”.
         Más allá de esta vida, esperan a todo hombre dos fuegos: el del infierno, y el del Amor divino. Lo que el hombre elija, ya desde esta vida, eso se le dará, pues Dios es profundamente respetuoso de la libertad humana, y da a cada uno lo que cada uno elige: si elige el pecado y la impenitencia, se le da lo que elige, que en la otra vida se llama “infierno”, y si elige la virtud y la gracia, se le da lo que elige, que en la otra vida se llama “Cielo”.
Y además, es infinitamente justo y al mismo tiempo misericordioso, porque sino, no sería Dios.


[1]Cfr. Santa Brígida de Suecia, Profecías y revelaciones, Capítulo 52; http://verdadescristianas.blogcindario.com/2010/05/04487-profecias-y-visiones-de-santa-brigida-de-suecia-sobre-las-revelaciones.html

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