San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 19 de julio de 2012

San Simón Stock, ermitaño, monje y sacerdote, recibe el Escapulario de manos de la Virgen del Carmen


16 de julio


            Vida y milagros de San Simón Stock
            Nació en el año 1165 en el condado de Kent, Inglaterra. Ingresa a la Orden carmelita, llevando allí una vida ejemplar y piadosa; años más tarde, es nombrado General de la Orden del Carmelo, cargo que desempeñará hasta la muerte. Era muy devoto de la Virgen María, por lo que se le ha llamado “el amado de María”. Le componía himnos que luego recitaba. Cada día rezaba así pidiendo por su Orden: “Flor del Carmelo, Viña florida, esplendor del cielo; Virgen fecunda y singular; oh Madre dulce de varón no conocida; a los carmelitas proteja tu nombre, Estrella del mar".
            Fundó diversos conventos en las principales ciudades universitarias como por ejemplo Oxford, Cambridge, Bologna y París.
            La Virgen se le apareció el 16 de julio de 1251, y le entregó el escapulario diciéndole: “Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno”.
            Muere en Burdeos (Francia) el 16 de mayo de 1265, haciendo una visita pastoral. Es enterrado allí. En el año 1951 es trasladado a Aylesford.
Aunque es venerado por los Carmelitas desde por lo menos 1564 nunca ha sido oficialmente canonizado, aunque el Vaticano aprueba que los carmelitas celebren esta fiesta.

            Mensaje de santidad de San Simón Stock
El mensaje de santidad de San Simón Stock está ligado indisolublemente al Escapulario de la Virgen del Carmen. ¿Cuál es su significado?
Ante todo, tiene un profundo significado mariano, porque es el equivalente a llevar puesto el hábito de la Virgen del Carmen. En otras palabras, es como si una madre, al ver que su hijo, que ha empezado a recorrer un largo camino, está desprotegido y pasando frío porque al comenzar a caminar se desencadenó una fuerte tormenta de agua y nieve, se quitara su manto, que es de buena lana y bien abrigado, y se lo da, para que su hijo no solo recupere la temperatura corporal que había perdido a causa del frío, sino para que lleve, sano y salvo, y bien calentito, a su destino final.
En este ejemplo, la madre es la Virgen, su manto es el escapulario del Carmen, el hijo que debe recorrer un camino con tormenta de nieve y frío es el hombre que peregrina por el mundo, en dirección a la vida eterna. Con el manto de la Virgen, puede el hombre evitar el frío del desamor, y llegar al cielo con su corazón ardiendo de amor a Dios y al prójimo.
El escapulario, entonces, es un signo de la protección maternal y amorosa de la Virgen, que por este medio garantiza una muerte en gracia y ser librados del infierno y, si el alma va al Purgatorio, el escapulario tiene también la promesa de que la Virgen la liberará al primer sábado después de su muerte. Sin embargo, conviene tener presente que el escapulario no es un amuleto o protector mágico, puesto que llevarlo puesto implica el firme compromiso de vivir en forma mariana, o sea, imitando las virtudes de la Santísima Virgen. En otras palabras, no se puede llevar el escapulario y al mismo tiempo vivir en el pecado. Se necesita el propósito de buscar en todo momento la conversión del corazón.

El escapulario de la Virgen del Carmen
            Al nacer Jesús, el Hombre-Dios, en Belén, María lo cubrió con su manto para protegerlo del intenso frío; cuando su Hijo Jesús murió en la cruz y fue descendido de ella, María lo cubrió también con su manto, antes de que Jesús fuera depositado en el sepulcro.
            María cubre con su manto a su Hijo Jesús al nacer y al morir, en un claro y ejemplar gesto maternal.
            Pero Jesús no es el único hijo que tiene María: María tiene muchos hijos adoptivos, engendrados virginalmente por el Espíritu Santo, al pie de la cruz. María engendra espiritualmente a esos hijos al pie de la cruz, en la persona de Juan, cuando Jesús, antes de morir, le dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (cfr. Jn 19, 26). María adopta a Juan, y en la persona de Juan, adopta a toda la humanidad; al pie de la cruz, todo ser humano se convierte en hijo adoptivo de María, y María, como Buena Madre, quiere también, con un gesto maternal, abrazar y cubrir a sus hijos adoptivos con su manto.
            Es para cumplir este deseo de María, de cubrir maternalmente a sus hijos espirituales con su manto, que María dona a San Simón Stock el escapulario del Monte Carmelo.
            El gesto de María no es sino continuación y cumplimiento del encargo dado por Jesús antes de morir en la cruz, de adoptar a los hombres como hijos de María. Al señalar a Juan, Jesús le dijo a María: “Mujer, he ahí a tu hijo”, y desde ese momento, Juan, y en él, que estaba representada toda la humanidad, fueron tomados todos los seres humanos bajo el manto protector de María, y para eso el escapulario del Monte Carmelo.
            Este gesto protector de María es un gesto maternal, un gesto que pertenece a toda madre, pero tratándose de la Madre de Dios, hay un contenido misterioso, sobrenatural, escondido.
Debido a que el escapulario contiene la promesa central de que quien muera con él no irá al infierno, es decir, no será dominado por Satanás, la aparición de María y el don del escapulario es continuación del gesto de protección maternal que María tiene para con su Hijo Jesús, a quien libra del ataque del dragón infernal, según el Apocalipsis: “Cuando el dragón se vio precipitado a la tierra, persiguió a la mujer (María) que había dado a luz (virginalmente) al varón. Pero a la mujer le fueron dadas las dos alas del águila grande para que volase al desierto (…)”[1].
María había protegido a su Hijo Jesús al nacer en Belén, y lo cubrió con su manto en el momento de descenderlo de la cruz; y lo protegió también durante su vida, aunque el dragón no tenía poder su Hijo, pero quería arrebatárselo: “La mujer y el niño huyeron al desierto (…) del dragón”. Aunque lo perseguía, de ninguna manera podía llevarse al Hijo de María, el Hombre-Dios.
            En cambio a sus hijos adoptivos sí los puede arrebatar el dragón infernal, y es para protegerlos de este peligro mortal para el alma, para lo cual María ofrece su manto de Virgen del Carmen a sus hijos adoptivos.
            El dragón infernal no es un personaje de un libro religioso, la Escritura, que está descripto para que creamos en él pero como si fuera una fábula, sin entidad real; el dragón infernal, que persiguió a María y a Jesús, se presenta en nuestros días bajo la apariencia de cosas buenas, y tiene en la masonería y en la Nueva Era sus representantes visibles en la tierra.
            La Virgen, al darnos el escapulario del Monte Carmelo, nos cubre con su manto. Nos corresponde a nosotros, como hijos suyos, permanecer bajo este manto.


[1] Cfr. 12, 14.

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