San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 23 de abril de 2012

23 de abril SAN JORGE, MÁRTIR


Vida y milagros de San Jorge 

Según el Beato Santiago de la Vorágine, San Jorge era un caballero cristiano, originario de Capadocia. Un día en que cabalgaba por la provincia de Lidia, llegó a una ciudad llamada Silene, cerca de la cual había un pantano. Ahí habitaba un dragón “que asolaba toda la región”. La población entera se había reunido para darle muerte pero el aliento de la monstruosa fiera era tan terrible, que nadie se atrevió a acercársele. Para evitar que atacase la ciudad, le arrojaban todos los días algunos corderos; pero cuando se agotaron los animales, hubo que sustituirlos con seres humanos, los cuales eran elegidos por sorteo. Al llegar San Jorge a la ciudad, se dio con que habían elegido a la hija del rey para ser entregada a las fauces del dragón y, al no presentarse nadie que quisiera sustituirla, ésta tuvo que salir al encuentro del dragón, vestida de novia. Pero San Jorge se adelantó hacia la fiera y la atravesó con su lanza. En seguida pidió a la princesa su ceñidor, lo ató al pescuezo del monstruo y lo entregó a la joven quien lo llevó cautivo a la ciudad. El dragón siguió a la princesa como si fuera un inofensivo cachorrito. Al ver semejante prodigio, el pueblo, sobrecogido de temor, se disponía ya a huir, cuando San Jorge dijo que bastaba con que creyesen en Jesucristo y se bautizasen para que el dragón muriese. El rey y sus súbditos aceptaron la propuesta y el monstruo murió. Debido a su enorme tamaño, hubo que trasladar el cadáver del dragón utilizando varios caballos, que lo llevaron a las afueras de la ciudad, al estercolero, para que su cadáver fuera devorado por las aves de rapiña y no provocase mortales contaminaciones y pestes al descomponerse. Una vez arrojado el cadáver del dragón fuera de la ciudad, se produjo una conversión masiva de los habitantes del pueblo, llegándose a bautizar unos veinte mil habitantes, sin contar los de las mujeres y los niños. El rey ofreció grandes riquezas a San Jorge, quien le pidió que las diese a los pobres. Antes de partir, el santo caballero formuló cuatro deseos: que el rey mantuviese las iglesias, honrase a los sacerdotes, asistiese sin falta a los oficios religiosos y se mostrase compasivo con los pobres. Por entonces estalló la cruel persecución de Diocleciano y Maximiano. San Jorge, para alentar a los que vacilaban en la fe, empezó a gritar en una plaza pública: “Todos los dioses de los paganos y gentiles son demonios. Mi Dios, que creó los cielos y la tierra, es el verdadero Dios”. Daciano, el preboste, le mandó arrestar, y como no consiguió que renegase de Jesucristo, ordenó a los verdugos que le azotasen y le torturasen con hierros al rojo vivo. Pero Dios curó milagrosamente, durante la noche, las heridas de San Jorge. Entonces, Daciano ordenó a un mago que prepararse una pócima para envenenar al santo, pero el veneno no hizo su efecto. El mago se convirtió y murió mártir. El tirano intentó después dar muerte a San Jorge, aplastándole entre dos piedras erizadas y sumergiéndole en un caldero de plomo derretido; pero todo fue en vano. Viendo esto, Daciano recurrió nuevamente a las promesas. San Jorge fingió que estaba dispuesto a ofrecer sacrificios a los ídolos. Todo el pueblo se reunió en el templo para presenciar la apostasía del hasta entonces valiente detractor de los dioses. Pero San Jorge se puso en oración, y en ese momento bajó del cielo una llama que consumió a los ídolos y a los sacerdotes paganos, y la tierra se abrió para tragarles. La mujer de Daciano, que había presenciado la escena, se convirtió; pero Daciano mandó decapitar al santo. La sentencia se llevó a cabo sin dificultad. Cuando volvía del sitio de la ejecución, Daciano fue consumido por el fuego que bajó del cielo. Según Butler, esta es una versión de las actas de San Jorge, que se popularizaron desde muy antiguo en Europa en diferentes formas. La leyenda del dragón, aunque ocupa un lugar tan prominente, es una adición no anterior al siglo XII. Con ello caen por tierra las hipótesis de quienes presentan la leyenda de San Jorge como una reliquia de la mitología pagana; según dichos autores, San Jorge no era más que otra personificación de Teseo, quien venció al minotauro, o de Hércules, el vencedor de la hidra de Lerena. Todo nos induce, en realidad, a pensar que San Jorge fue verdaderamente un mártir de Dióspoli (es decir, Lida) de Palestina, probablemente anterior a la época de Constantino. Fuera de eso, nada podemos afirmar con certeza. El culto de San Jorge es muy antiguo. Su nombre no aparece en el “Breviario” sirio, pero el Hyeronymianum le menciona el 25 de abril sitúa su martirio en Dióspolis. Los peregrinos del siglo VI al VIII, como Teodosio, el llamado Antonino y Arculfo, dicen que el centro del culto a San Jorge y el sitio donde se hallaban sus reliquias era Lida o Dióspolis. Mensaje de santidad de San Jorge En la narración del dragón, como dice Butler, no podemos saber si fue verdaderamente cierto; lo más probable, es que sea una adición del siglo XII. Es de destacar que las actas del martirio de nuestro santo se perdieron y solamente podemos saber algo de ellas a partir de la tradición popular. Por tanto, nos encontramos ante el hecho que, pese a existir históricamente un martirio de San Jorge, no se pueden tomar como históricas tales tradiciones . De todas formas, dichas narraciones son un símbolo de los ideales y de las convicciones de aquellos cristianos que lo dieron todo por su fe en Jesucristo, y es así como en la leyenda del dragón hay muchos elementos que se condicen con la realidad de la redención: el dragón, lejos de ser un personaje mitológico, representa al verdadero dragón, Satanás, el ángel caído que habita en el infierno, puesto que en las Escrituras se le da este nombre; el aliento pestilente del dragón representa el veneno de las herejías modernistas, que niegan la condición divina de Jesucristo, y por lo tanto, niegan su sacrificio redentor y la resurrección, y todos los dogmas de la salvación; la doncella que debe ser entregada para ser devorada, representa a la humanidad caída en el pecado original, cuya suerte luego de este pecado es la eterna condenación, bajo las garras de Satanás; San Jorge, representaría entonces a Jesucristo, quien derrota al demonio de una vez y para siempre en el árbol de la Cruz. De todos modos, sea cierta o no la adición del episodio del dragón, el mensaje de santidad de San Jorge está contenido en su muerte martirial, ya que sufrió el martirio en la actual ciudad de Lod (Israel) a principios del año 300 en tiempo de los emperadores Diocleciano y Maximiliano por lo que hacemos una breve meditación acerca de lo que es un mártir. El mártir continúa la Pasión de Cristo Cuando se recuerda a un mártir, por lo general, se evoca su vida y, por supuesto, su muerte, y se piensa, con razón, que el mártir es un ejemplo de vida cristiana, puesto que es el testigo de Cristo por excelencia. Se piensa también que el mártir es aquél que vivió en grado de perfección heroica las virtudes, tanto las naturales como las sobrenaturales, y que por esto es ejemplo que perdura en la Iglesia: el mártir es aquél a quien hay que imitar en el ejercicio de las virtudes. Son sus virtudes lo que se considera, por lo general, cuando se evoca la muerte del mártir: valentía, cuando un mártir afronta la muerte, y derrama su sangre y entrega su vida por confesar del nombre de Cristo; fe sobrenatural, cuando un mártir no solo no reniega de Cristo, sino que dona su vida por confesar su fe en Cristo como el Hombre-Dios; fortaleza sobrehumana, cuando soporta torturas sobrehumanas; perseverancia sobrenatural, cuando se ve la firme voluntad del mártir de profesar la fe en Cristo, a pesar de que le va la vida en ello. Por lo general, se considera en el mártir su aspecto humano, de heroicidad; es decir, se considera al mártir como lo que es: un ejemplo de cómo una persona humana puede vivir las virtudes en grado heroico, hasta dar la vida por esas virtudes. Todo esto está bien, y es esto lo que hay que considerar en la evocación de la memoria del mártir, pero hay algo más, en la vida y muerte del mártir, mucho más profundo y misterioso, que un gran ejemplo de cómo practicar virtudes. La heroicidad en la práctica de las virtudes –que es lo que le granjea al mártir la entrada al cielo-, es sólo un aspecto de la realidad del mártir: es, por así decirlo, su aspecto más humano. Hay algo en el mártir, en su muerte martirial, que sobrepasa infinitamente a la naturaleza humana -y es lo que le da el carácter propiamente martirial-, y es la presencia de lo divino y sobrenatural: el mártir, más que un instrumento asociado a la Pasión de Cristo, participa de tal manera de su Pasión, que puede decirse que el mismo Cristo quien, en el mártir, continúa su Pasión. El mártir es algo más que un ejemplo de virtudes: el mártir imita, continúa y prolonga, la Pasión de Cristo ; puede decirse que, en la muerte del mártir, si bien es la persona humana del mártir la que muere, es también, al mismo tiempo, el mismo Cristo quien, en la persona humana del mártir, continúa su Pasión; en el derramamiento de sangre del mártir, miembro del Cuerpo Místico de Cristo, es Cristo quien continúa derramando su sangre, como muestra de su amor misericordioso por la humanidad. Es por esto que, en cada mártir que muere, entregando su vida y derramando su sangre, la Iglesia ve al mismo Cristo que continúa, en el signo de los tiempos, entregando su vida y derramando su sangre. Es esta dimensión del misterio la que resalta la Iglesia con el color litúrgico: el color litúrgico rojo, utilizado en la conmemoración de los mártires, simboliza, más que la sangre derramada por el mártir, la Sangre del propio Cristo, Rey de los mártires, que con ella cubrió su cuerpo, vistiéndose de color rojo púrpura en el supremo martirio del Calvario. Por eso, al celebrar a los mártires, que derramaron su sangre por Cristo, no se puede pasar por alto al mismo Cristo, Rey de los mártires, a quien los mártires imitan y continúan, en el tiempo y en la historia humana, en su Pasión de amor. Todo cristiano está llamado al martirio -aunque no necesariamente cruento, porque la muerte cruenta es proporcionalmente escasa-, y es el martirio o testimonio de confesar, día a día, en todo ámbito, más con las obras que con las palabras, que Cristo, Rey de los mártires, entrega su vida y derrama su sangre en el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa.

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