San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 22 de marzo de 2011

San Ignacio de Antioquía

San Ignacio de Antioquía pidió, antes de morir,
ser alimentado con el Cuerpo y la Sangre de Cristo

Las palabras de los mártires dichas poco tiempo antes del martirio, pueden ser consideradas como inspiradas por el Espíritu Santo; por eso es que la Iglesia las custodia y las venera como sagradas, como si hubieran sido pronunciadas por el mismo Espíritu Santo.

Cuando San Ignacio de Antioquía expresa sus deseos camino al martirio: “Permitid que imite la Pasión de mi Dios”, no se está refiriendo a una simple imitación extrínseca del martirio de Jesús. Es verdad que lo imitará en lo exterior, porque, como Jesús, entregará su vida para una muerte cruenta, derramará su sangre, su sangre cubrirá su cuerpo, del mismo modo a como la sangre de Jesús bañó su cuerpo colgado de una cruz. Imitará a Jesús en el martirio cruento, pero su imitación va más allá de ser una mera imitación exterior.

Como todo mártir, San Ignacio de Antioquia, siendo parte del Cuerpo Místico de Cristo por haber sido incorporado a Él por el bautismo, es Cristo que continúa su Pasión, inmolándose en este mártir que es un miembro de su Cuerpo Místico. Como todo mártir, San Ignacio continúa y prolonga la Pasión de Cristo, y como en todo mártir, Cristo prolonga su Pasión redentora, muriendo en el tiempo en su Cuerpo Místico así como murió en la cruz en su Cuerpo real. Por eso no es una simple imitación exterior, porque es Cristo quien misteriosamente muere en este mártir.

“No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo... y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible”.

Lo que pide San Ignacio antes de morir es asistir al Banquete escatológico, a la Mesa celestial servida por el Padre para sus hijos adoptivos, la Santa Misa. Rechaza los alimentos terrenos para ser alimentado con la Eucaristía: “el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo”. La Eucaristía es el Pan vivo bajado del cielo, el pan con el que el Padre alimenta nuestras almas, la carne gloriosa y resucitada de su Hijo Jesucristo. Siendo la carne gloriosa del Cordero de Dios, la Eucaristía alimenta al alma con el alimento substancial de la divinidad; incorporando la substancia de la naturaleza humana de Cristo, resucitada y gloriosa y por eso llena de la substancia divina, el alma se alimenta con un alimento espiritual exquisito, se alimenta con la misma divinidad. Por eso es que San Ignacio no quiere ser alimentado con los manjares terrenos, porque le parecen despreciables en comparación al manjar substancial eucarístico, la Carne gloriosa del Cordero, asada con el fuego del Espíritu Santo. Pide ser alimentado con la Carne santa del Cordero, y pide además beber su Sangre, que él con toda razón llama “la caridad increada”, porque la Sangre de Cristo contiene y lleva en sí el Amor substancial de Dios, el Espíritu Santo, que es el Amor Increado, la Caridad Increada. Bebiendo la Sangre del Cordero Degollado, bebe el Espíritu de Dios en ella contenida.

Para imitar y unirse a Cristo en su martirio, San Ignacio pide comer la Carne del Cordero y beber su Sangre, es decir, antes de morir, pide asistir a la Misa, en donde el Padre sirve a sus hijos este banquete celestial.

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