San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 3 de febrero de 2010

Comunión de manos de un ángel[1]


La beata Emiliana Bicchiere era superiora de las Terciarias Dominicas en Vercelli, una ciudad de Italia. Un día, no pudo asistir a misa, por hacer una obra de caridad: tuvo que quedarse a cuidar a una religiosa enferma. Cuando terminó la misa, fue reemplazada en el cuidado de la enferma, y se dirigió a la capilla, a rezar frente al sagrario. Delante del sagrario, le suplicaba a Jesús que, ya que no había podido recibirlo personalmente en la comunión, al menos se hiciera presente espiritualmente. Jesús, que la estaba escuchando, respondió a su pedido: mandó a un ángel, el cual se apareció, abrió la puerta del sagrario, tomó el copón, y le dio la comunión a la beata Emiliana. Habían varias religiosas en ese momento en la capilla, que pudieron comprobar el milagro.
¿Qué nos enseña este milagro? Por un lado, que Jesús aprecia una de las obras de misericordia más grandes que puede haber, que es la de asistir a un prójimo enfermo, porque ese prójimo es imagen de Cristo. El que asiste a un prójimo, asiste a una imagen de Cristo, y Cristo recompensa esa caridad, y la recompensa es su misma Presencia en la Eucaristía. ¿Cuál fue la recompensa que Jesús le dio a la beata? El enviar un ángel para que le diera la comunión, y esto significa que la recompensa fue entrar Él mismo en Persona en el alma de la beata, por medio de la comunión. Esa es la recompensa más grande: la Presencia de Jesús por la comunión.
Nosotros, sin haber hecho grandes cosas, tenemos la Presencia de Jesús en nuestras almas por la comunión, y es por eso que debemos retribuir su amor con amor, y mostrarlo con las obras de misericordia, entre ellas, la ayuda al prójimo más necesitado.
[1] Cfr. Félix Alegría, La Hostia Consagrada. Milagros eucarísticos, Editorial Difusión, Buenos Aires 1982, 115.

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