San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 8 de febrero de 2010

¿Adónde te escondiste?



“¿Adónde te escondiste?”[1]. San Juan de la cruz cita y comenta el Cantar de los cantares, y lo aplica a la relación que se entabla entre el alma y el Verbo de Dios[2]. El alma busca a Dios, y Dios se esconde. El alma le pregunta a Dios adónde se ha escondido. Y dice San Juan de la Cruz, que el alma, para encontrarlo a Dios, debe buscar a Dios “en fe y en amor”, porque la fe y el amor son los que guiarán hasta donde está Dios escondido. “La fe”, dice San Juan, “son los pies con los que el alma camina, y el amor, la guía que la encamina”[3].
Y el alma busca al Verbo para unirse con Él, pero no para una unión superficial, o para establecer una unión con sólo el deseo; no busca al Verbo para una mera unión con la voluntad, sino para una unión real y orgánica con Él, una unión por la fe y por el amor, una unión orgánica y real, que sea en esta vida un anticipo de la contemplación cara a cara en la vida eterna, y una unión tan íntima y real que haga al alma asimilarse al Hijo de Dios. Dice San Juan de la Cruz que aunque la unión en esta vida no sea tan perfecta como la de la vida eterna, sí puede en cambio llegar el alma a una perfección muy alta, que es la “unión y transformación (del alma) por amor en el Hijo de Dios, su Esposo”[4]. La unión espiritual que se produce entre el alma y el Verbo humanado es tan intensa y tan íntima, que es comparada por San Juan de la Cruz a la comunión de vida y de amor que existe entre los esposos, y a tal punto, que llama a Cristo “Esposo”, y al alma, esposa, y a la unión mística y espiritual entre ambos, unión esponsal.
El alma busca a Dios, como la esposa enamorada del Cantar de los cantares, y esta búsqueda del alma en fe y en amor no es vana, porque es por la fe y por el amor por los que el alma viene a saber dónde está Dios escondido: en la Eucaristía. En la Eucaristía el alma encuentra físicamente al Verbo de Dios humanado, y en la Eucaristía el Verbo le comunica al alma de su vida y de su amor que como Dios Trino posee: la humanidad de Cristo en su relación real, físico-dinámica con el linaje humano, le comunica a cada alma humana la vida trinitaria-divina y la gloria divina en la Eucaristía[5]; en la Eucaristía está el Verbo de Dios escondido, no detrás de una puerta o de una pared, sino detrás de lo que parece ser un poco de pan y un poco de vino. En la Eucaristía el alma encuentra lo que busca, y obtiene lo que desea, que es la consumación de la unión con el Esposo; la Eucaristía es Dios escondido que sale al encuentro del alma para, por medio del Amor divino, unírsele al alma del modo más íntimo[6].
Cuando el alma se une tan íntimamente a Dios, Dios la colma tanto de su sabiduría y de sus misterios, dice San Juan, que el alma no tiene necesidad de decir, aún en esta vida: “¿Adónde te escondiste?”[7].
Y si pregunta, “¿Adónde te escondiste?”, el mismo Espíritu de Dios le sugiere al oído la respuesta: “En la Eucaristía”.
[1] San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, Canto 1. “¿Adónde te escondiste,/ Amado, y me dejaste con gemido?/ Como el ciervo huiste, habiéndome herido;/ salí tras ti clamando, y eras ido”.
[2] Cfr. ibidem, Canto 1.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 514-518.
[6] Cfr. Scheeben, Los misterios, 503.
[7] Cfr. San Juan de la Cruz, ibidem, Canto 1.

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