San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 18 de marzo de 2022

San José, esposo meramente legal de la Virgen y Madre de Dios

 



Cuando se habla de San José como esposo de la Virgen, hay que ser muy cautos y muy precisos en la terminología y en los conceptos, porque de lo contrario, se puede caer en graves errores que se convierten automáticamente en herejías y blasfemias. Hoy más que nunca, es necesario que el católico tenga bien presentes las verdades de fe y la condición de San José como esposo meramente legal de la Virgen es una verdad de fe, que se deriva a su vez del misterio salvífico de Jesús de Nazareth. Si esta verdad de fe se niega y se afirma lo contrario a la verdad, como lo hizo la monja blasfema Sor Lucía Caram, públicamente, en un programa televisivo en España[1] -vomitando sin pudor una gravísima mentira, al afirmar que San José y la Virgen eran un matrimonio “normal”, con toda la “normalidad” que eso implica, como el trato esponsal-, eso es profesar públicamente una herejía, además de atentar contra la Virgen, contra Dios Hijo, contra Dios Padre, contra Dios Espíritu Santo y contra el mismo San José. Por este motivo, es que en el día de San José, ofrecemos la Santa Misa en reparación por las blasfemias proferidas por la monja herética y blasfema, Sor Lucía Caram, de la Orden Dominicana, quien hasta el día de hoy no se ha retractado en lo más mínimo, a pesar de la gravedad de la ofensa.

Cuando se habla de la condición de San José como esposo de María Santísima, hay que tener en cuenta diversos aspectos de nuestra fe católica, porque de lo contrario, se cae en errores sumamente graves. En este caso, no da lo mismo decir que San José era solo el esposo legal de María Santísima, a afirmar que era un esposo en el sentido como se interpreta la palabra “esposo” entre los humanos. Si se dice que San José era solo el esposo legal, eso es acorde a la fe católica, porque así se proclama la castidad y santidad de San José –ser esposo legal quiere decir que el trato entre él y la Virgen no era el trato esponsal en el sentido humano de la palabra, sino que era un trato como de hermanos, es decir, un amor fraterno, de hermanos y NO un amor esponsal en el sentido humano-, al mismo tiempo que se reafirma la fe en María Santísima como Virgen y como Madre de Dios al mismo tiempo, es decir, María es Virgen porque jamás tuvo trato esponsal y es Madre de Dios porque dio a luz en el tiempo al Hijo Eterno del Padre, encarnado en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth; afirmar y creer que San José era solo esposo legal de María Santísima, es afirmar la fe en la divinidad del Hijo de María, Jesús de Nazareth, porque si San José no tenía trato esponsal con la Virgen, entonces es verdad lo que el Ángel le dice a San José en sueños: “No temas en recibir a María, porque lo engendrado en Ella viene del Espíritu Santo”; afirmar que San José era solo esposo legal de María Santísima, es afirmar la fe en el Espíritu Santo como Esposo Místico de la Madre de Dios, porque es el Espíritu Santo, el Amor de Dios, el que fecunda el seno virginal de María, conduciendo a Dios Hijo al seno de María por un lado, al mismo tiempo que crea la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth en el útero de María Santísima.

El que niega que San José sea solo el esposo meramente legal de la Virgen, comete una cuádruple blasfemia: blasfema contra la Virgen, negando la virginidad de María y negando por lo tanto su condición de Madre de Dios; blasfema contra Dios Hijo, Jesús, porque eso equivaldría a decir que Jesús era hijo biológico de San José y no Hijo de Dios, Hijo del Eterno Padre, engendrado desde la eternidad en el seno del Padre; blasfema contra el Espíritu Santo, porque sería negar que hubiera sido el Espíritu Santo, esto es, el Amor de Dios, el que llevó al Hijo de Dios al seno virginal de María, creando en el instante de la concepción, la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth; negar que San José sea solo el esposo legal de María Virgen, es blasfemar contra el mismo Padre Adoptivo del Hijo de Dios, San José, porque sería afirmar que él es el padre biológico de Jesús, con lo cual se negaría la castidad de San José y la divinidad de Jesús de Nazareth, porque si Jesús es hijo biológico de San José, entonces es una persona humana y no una Persona divina, como lo enseña la Iglesia Católica.

En el día en el que honramos a nuestro Santo Patrono San José, queremos, por un lado, repudiar con todas nuestras fuerzas las blasfemias de Sor Lucía Caram y de cualquiera que se atreva a atentar contra la persona santa, casta y pura de San José; por otro lado, queremos rendir homenaje a quien en su vida terrena cumpliera a la perfección el encargo dado por Dios Padre, el de ser el Padre Adoptivo del Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazareth y esposo meramente legal de la Virgen y Madre de Dios, María Santísima.

miércoles, 16 de marzo de 2022

Los Santos y las Benditas Almas del Purgatorio

 



La existencia del Purgatorio es un dogma de fe de la Iglesia Católica[1], según el cual, si un alma muere con pecados veniales no confesados, pero no con pecados mortales, va al Purgatorio para purificarse por el fuego y así luego ingresar en el Cielo. La experiencia de los Santos reafirma nuestra fe católica en el Purgatorio, sobre su existencia y sobre cómo podemos hacer los vivientes para ayudar a las almas que están atrapadas allí[2]. Veamos algunos testimonios de santos católicos acerca del Purgatorio.

En las “Actas del martirio de Santa Felicidad y Perpetua” Tertuliano cuenta lo que le sucedió a Santa Perpetua hacia el año 202. Una noche, mientras estaba en la cárcel, vio a su hermano Dinocrates, que había muerto a los siete años de un tumor en el rostro. Ella dice así: “Vi salir a Dinocrates de un lugar tenebroso, donde estaban encerrados muchos otros que eran atormentados por el calor y la sed. Estaba muy pálido. En el lugar donde estaba mi hermano había una piscina llena de agua, pero tenía una altura superior a un niño y mi hermano no podía beber Comprendí que mi hermano sufría. Por eso, orando con fervor día y noche, pedía que friera aliviado… Una tarde vi de nuevo a Dinocrates, muy limpio, bien vestido y totalmente restablecido. Su herida del rostro estaba cicatrizada. Ahora sí podía beber del agua de la piscina y bebía con alegría. Cuando se sació, comenzó a jugar con el agua. Me desperté y comprendí que había sido sacado de aquel lugar de sufrimientos” (VII,3-VIII,4).

San Agustín, en el siglo V, afirma: “La Iglesia universal mantiene la tradición de los Padres de que se ore por aquellos que murieron en la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo” (Sermo 172,1). “Opongan los herejes lo que quieran, es un uso antiguo de la Iglesia orar y ofrecer sacrificios por los difuntos” (libro de herejías, cap 53). Su madre Santa Mónica antes de morir dice: “Sepulten mi cuerpo donde quieran, pero les pido que, dondequiera que estén, se acuerden de mí ante el altar del Señor” (Confesiones IX,11). Y él dice: “Señor, te pido por los pecados de mi madre” (Conf IX,13). “Señor, que todos cuantos lean estas palabras se acuerden ante tu altar de Mónica tu sierva y de Patricio, en otro tiempo su marido, por los cuales no sé cómo me trajiste a este mundo. Que se acuerden con piadoso afecto de quienes fueron mis padres en la tierra… para que lo que mi madre me pidió en el último instante, le sea concedido más abundantemente por las oraciones de muchos, provocadas por estas Confesiones y no por mis solas oraciones” (Conf IX,13). Y afirmaba que “el sufrimiento del purgatorio es mucho más penoso que todo lo que se puede sufrir en este mundo” (In Ps. 37, 3 PL 36). Algo parecido decía Santa Magdalena de Pazzi, quien pudo una vez contemplar a su hermano difunto y dijo: “Todos los tormentos de los mártires son como un jardín de delicias en comparación de lo que se sufre en el purgatorio”.

Santa Catalina de Génova, llamada la “Doctora del Purgatorio”, escribió un tratado sobre el purgatorio, que en 1666 recibió la aprobación de la Universidad de París, y dice que “en el purgatorio se sufre unos tormentos tan crueles que ni el lenguaje puede expresar ni se puede entender su dimensión. Por último, en relación a los dolores que se sufren en el Purgatorio, un testimonio afirma acerca de un alma que sufría intensos dolores de quemaduras en la mano, debido a que en su vida terrena había recibido una vez la Comunión en la mano.

La oración por los difuntos, pidiendo por su eterno descanso, a la vez que les proporciona a ellos el consuelo porque así son cada vez más purificados, quedando en condiciones de ingresar en el Reino de los cielos, nos concede el mérito de una obra de misericordia espiritual, que abre las puertas del Cielo, para nosotros y para nuestros seres queridos.



[1] Catecismo de la Iglesia Católica: 1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. 1031 La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador

jueves, 10 de marzo de 2022

Santa Francisca Romana

 



         Vida de santidad[1].

Santa Francisca Romana –su nombre seglar era Francisca Bussa de Buxis de Leoni- nació en Roma en el año 1384. Era de una familia noble y rica y, aunque aspiraba a la vida monástica, tuvo que aceptar, como era la costumbre, la elección que por ella habían hecho sus padres. Por esta razón, se casó a muy temprana edad, vivió cuarenta años en matrimonio y fue excelente esposa y madre de familia, admirable por su piedad, humildad y paciencia. En tiempos calamitosos distribuyó sus bienes entre los pobres, asistió a los atribulados y, al quedar viuda, se retiró a vivir entre las oblatas que ella había reunido bajo la Regla de san Benito, en Roma. Por lo tanto, fue esposa, madre, viuda y apóstol seglar. Murió en olor de santidad en el año 1440 y fue canonizada el 29 de mayo de 1608 por el Papa Pablo V.

La joven esposa se fue a vivir a casa del marido, Lorenzo de Ponziani, también rico y noble como ella. Con sencillez aceptó los grandes dones de la vida, el amor del esposo, sus títulos de nobleza, sus riquezas, los tres hijos que tuvo a quienes amó tiernamente y dedicó todos sus cuidados; y con la misma sencillez y firmeza aceptó quedar privada de ellos, puesto que dos hijos murieron y el tercero fue hecho prisionero por los enemigos del rey. El primer gran dolor fue la muerte de uno de sus hijos y al poco tiempo murió el otro, renovando así el dolor que solo una madre puede experimentar. En ese tiempo Roma sufría los ataques del cisma de Occidente por la presencia de los antipapas. A uno de los pontífices, Alejandro V, le hizo la guerra el rey de Nápoles, Ladislao, que invadió Roma dos veces. La guerra tocó de cerca también a Francisca pues hirieron al marido y, al único hijo que le quedaba, se lo llevaron como rehén. Todas estas desgracias no lograron doblegar su ánimo apoyado por la presencia misteriosa pero eficaz de su Ángel guardián.

Su palacio parecía meta obligada para todos los más necesitados. Fue generosa con todos y distribuía sus bienes para aliviar las tribulaciones de los demás, sin dejar nada para sí. Para poder ampliar su radio de acción caritativa, fundó en 1425 la congregación de las Oblatas Olivetanas de santa María la Nueva, llamadas también Oblatas de Tor de Specchi. A los tres años de la muerte del marido, emitió los votos en la congregación que ella misma había fundado, y tomó el nombre de Romana. Murió el 9 de marzo de 1440. Sus restos mortales fueron expuestos durante tres días en la iglesia de santa María la Nueva, que después llevaría su nombre. Tan unánime fue el tributo de devoción que le rindieron los romanos que, según una crónica del tiempo, se habla de que toda la ciudad de Roma acudió a rendirle el extremo saludo. Fue canonizada en 1608.

         Mensaje de santidad.

         El mensaje de santidad de Santa Francisca Romana está descripto con toda claridad por María Magdalena Aguillaria, Superiora de las Oblatas de Tor de Specchi[2]. Dice así: “Dios probó la paciencia de Francisca no sólo en su fortuna, sino también en su mismo cuerpo, haciéndola experimentar largas y graves enfermedades, como se ha dicho antes y se dirá luego. Sin embargo, no se pudo observar en ella ningún acto de impaciencia, ni mostró el menor signo de desagrado por la torpeza con que a veces la atendían.

         Francisca manifestó su entereza en la muerte prematura de sus hijos, a los que amaba tiernamente, siempre aceptó con serenidad la voluntad de Dios, dando gracias por todo lo que le acontecía. Con la misma paciencia soportaba a los que la criticaban, calumniaban y hablaban mal de su forma de vivir. Nunca se advirtió en ella ni el más leve indicio de aversión respecto de aquellas personas que hablaban mal de ella y de sus asuntos; al contrario, devolviendo bien por mal, rogaba a Dios continuamente por dichas personas.

         Y ya que Dios no la había elegido para que se preocupara exclusivamente de su santificación, sino para que emplease los dones que él le había concedido para la salud espiritual y corporal del prójimo, la había dotado de tal bondad que, a quien le acontecía ponerse en contacto con ella, se sentía inmediatamente cautivado por su amor y su estima, y se hacía dócil a todas sus indicaciones. Es que, por el poder de Dios, sus palabras poseían tal eficacia que con una breve exhortación consolaba a los afligidos y desconsolados, tranquilizaba a los desasosegados, calmaba a los iracundos, reconciliaba a los enemigos, extinguía odios y rencores inveterados, en una palabra, moderaba las pasiones de los hombres y las orientaba hacia su recto fin.

         Por esto todo el mundo recuerda a Francisca como a un asilo seguro y todos encontraban consuelo, aunque reprendía severamente a los que habían ofendido o eran ingratos a Dios.

         Francisca, entre las diversas enfermedades mortales y pestes que abundaban en Roma, despreciando todo peligro de contagio, ejercitaba su misericordia con todos los desgraciados y todos los que necesitaban ayuda de los demás. Fácilmente los encontraba; en primer lugar les incitaba a la expiación uniendo sus padecimientos a los de Cristo, después les atendía con todo cuidado, exhortándoles amorosamente a que aceptasen gustosos todas las incomodidades como venidas de la mano de Dios y a que las soportasen por el amor de aquel que había sufrido tanto por ellos.

         Francisca no se contentaba con atender a los enfermos que podía recoger en su casa, sino que los buscaba en sus chozas y hospitales públicos. Allí calmaba su sed, arreglaba sus camas y curaba sus úlceras con tanto mayor cuidado cuanto más fétidas o repugnantes eran.

         Acostumbraba también a ir al hospital de Camposanto y allí distribuía entre los más necesitados alimentos y delicados manjares. Cuando volvía a casa, llevaba consigo los harapos y los paños sucios y los lavaba cuidadosamente y planchaba con esmero, colocándolos entre aromas, como si fueran a servir para su mismo Señor.

         Durante treinta años desempeñó Francisca este servicio a los enfermos, es decir, mientras vivió en casa de su marido y también durante este tiempo realizaba frecuentes visitas a los hospitales de Santa María, de Santa Cecilia en el Trastévere, del Espíritu Santo y de Camposanto. Y, como durante este tiempo en el que abundaban las enfermedades contagiosas, era muy difícil encontrar no sólo médicos que curasen los cuerpos, sino también sacerdotes que se preocupasen de lo necesario para el alma; ella misma los buscaba y los llevaba a los enfermos que ya estaban preparados para recibir la penitencia y la Eucaristía. Para poder actuar con más libertad, ella misma retribuía de su propio peculio a aquellos sacerdotes que atendían en los hospitales a los enfermos que ella les indicaba”. El gran amor a los enfermos y desamparados, en quienes veía la misteriosa Presencia de Nuestro Señor Jesucristo y en otras grandes virtudes practicadas por la santa, es el mensaje de santidad que nos deja Santa Francisca Romana.   

jueves, 3 de marzo de 2022

Los favores de San José para con sus devotos

 



         San Isidoro nos enseña la grandeza del amor de San José para con sus devotos, por medio de la siguiente historia, sucedida realmente. El santo relata que en Venecia vivía un buen hombre que era muy devoto de San José y que en honor de San José, daba gran cantidad de limosna a los más necesitados, además, acudía a los templos en donde se encontraba la imagen de San José, ayudaba a preparar los altares y hacía muchas otras demostraciones en honor de su Santo Patrono. Poco tiempo después, este señor, devoto de San José, se enfermó con cierta gravedad y al encontrarse en ese estado, enfermo, se preocupó mucho por su salud corporal y no tanto por la salud de su alma. Su enfermedad comenzó a agravarse cada vez más, por lo que hacía todo lo posible para curar su cuerpo y de tal manera se agravaba, que estaba ya a punto de morir, pero no pensaba ni por un instante en confesarse, porque los amigos del cuerpo y enemigos del alma, para no afligirlo, no le advertían que estaba a punto de morir.

Es aquí en donde interviene San José, demostrando cuánto amor tiene el Padre adoptivo de Jesús para con sus devotos: San José se le apareció en sueños y le hizo ver en el estado en el que se encontraba su alma –tenía muchos pecados ocultos y nunca confesados- y le ordenó que se confesara para que su alma quedara limpia de pecado, llena de la gracia de Dios y en estado de ir al Cielo. El devoto de San José, apenas despertó, pidió la asistencia de un sacerdote para confesarse, lo cual hizo con verdadera contrición, es decir, con dolor sincero por sus pecados, porque San José le había hecho tomar conciencia de que con sus pecados, había crucificado a Jesús. Luego de confesar todos sus pecados con verdadero arrepentimiento, entregó su espíritu al Señor Jesús por medio de las manos de su Abogado San José, ingresando así en el Cielo.

Con esta historia real, vemos cómo la devoción a San José le valió nada menos que la vida eterna en el Reino de Dios y vemos también cómo San José ama tanto a sus devotos, que no permite que ninguno se condene eternamente. Por último, vemos cómo San José no le obtuvo la salud del cuerpo, porque finalmente el devoto murió, pero sí le obtuvo lo más importante en esta vida, que es la salud del alma, porque a través de San José, que le avisó en qué estado estaba su alma, pudo confesarse y así obtener la salvación eterna.  

Como devotos de San José, preocupémonos de la salud del alma, más que por la salud del cuerpo: si cuidamos el cuerpo tomando medicinas, cuidemos todavía más el alma, recibiendo la gracia santificante por medio del Sacramento de la Penitencia. Si hacemos así, luego de nuestra partida de esta vida terrena, nos encontraremos con nuestro Santo Patrono San José en el Reino de los cielos y adoraremos con él y con la Madre de Dios, al Hijo adoptivo de San José, Nuestro Señor Jesucristo.

miércoles, 23 de febrero de 2022

San Policarpo, obispo y mártir

 



Vida de santidad[1].

Policarpo, discípulo de los apóstoles y obispo de Esmirna, huésped de Ignacio de Antioquía, fua a Roma para tratar con el papa Aniceto la cuestión de la Pascua. Sufrió el martirio hacia el año 155, siendo quemado en el estadio de la ciudad.

Mensaje de santidad[2].

          Los testigos del martirio del obispo San Policarpo dejaron por escrito la muerte martirial que sufrió San Policarpo y el hecho milagroso que sucedió en ella, así como las palabras del santo y sus últimas acciones.

          La carta dice así: “Cuando estuvo preparada la hoguera, Policarpo, habiéndose despojado de sus vestidos y soltado el ceñidor, se esforzaba también en descalzarse (…). Llegó el momento en que ya estaban preparados a su alrededor todos los instrumentos necesarios para la hoguera. Cuando iban a clavarlo en el poste, dijo: “Dejadme así; el que me ha hecho la gracia de morir en el fuego hará también que permanezca inmóvil en la hoguera, sin necesidad de vuestros clavos”. En estas palabras podemos ver la asistencia del Espíritu Santo a San Policarpo: está a punto de morir quemado en la hoguera, pero el santo no solo no se desespera, ni comienza a gritar, o a llorar, o a implorar misericordia a sus verdugos, sino que les pide simplemente que no lo fijen con clavos al madero, porque él no se retorcerá de dolor, porque la gracia santificante que lo asiste y que lo condujo con mansedumbre hasta la hoguera, hará también que permanezca inmóvil cuando el fuego comience a consumir su cuerpo.

Continúa la carta: “Ellos, pues, no lo clavaron, sino que se limitaron a atarlo. Policarpo, con las manos atadas a la espalda, como una víctima insigne tomada del gran rebaño, dispuesta para la oblación, como ofrenda agradable a Dios, mirando al cielo, dijo: “Señor Dios todopoderoso, Padre de tu amado y bendito siervo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento de tu persona, Dios de los ángeles y de las potestades, de toda la creación y de toda la raza de los justos que viven en tu presencia: te bendigo porque en este día y en esta hora te has dignado agregarme al número de los mártires y me has concedido tener parte en el cáliz de tu Ungido, para alcanzar la resurrección y la vida eterna del alma y del cuerpo en la incorrupción por el Espíritu Santo; ojalá sea hoy recibido como ellos en tu presencia como un sacrificio pingüe y acepto, tal como de antemano lo dispusiste y me diste a conocer, y ahora lo cumples, oh Dios, veraz y verdadero. Por esto te alabo por todas estas cosas, te bendigo, te glorifico por mediación del eterno y celestial pontífice, Jesucristo, tu amado siervo, por quien sea la gloria a ti, junto con él y el Espíritu Santo, ahora y por los siglos venideros. Amén”. Sus últimas palabras pueden considerarse no solo como un canto de alabanza a Dios Uno y Trino, sino también como una profesión de fe en el Hombre-Dios Jesucristo, en el valor del martirio que conduce al cielo en unión con Cristo y en la esperanza de recibir, como premio al martirio, la vida eterna en el Reino de los cielos.

Luego los testigos del martirio describen un hecho milagroso sucedido en el momento del martirio: “Cuando hubo pronunciado el “Amén”, concluyendo así su oración, los esbirros encendieron el fuego. Se levantó una gran llamarada, y entonces pudimos contemplar algo maravilloso, nosotros, los que tuvimos el privilegio de verlo, y que por esto hemos sobrevivido, para contar a los demás lo acaecido. El fuego, en efecto, abombándose como la vela de un navío henchida por el viento, formó como un círculo alrededor del cuerpo del mártir; el cual, puesto en medio, no tomó el aspecto de un cuerpo quemado, sino que parecía pan cocido u oro y plata que se acrisolan al fuego. Y nosotros percibíamos un olor tan agradable como si se quemara incienso u otro precioso aroma”. Los testigos narran que San Policarpo se mantuvo sereno, firme en la fe y manso como un cordero, que su cuerpo no tomó el aspecto carbonizado que suelen tomar los cuerpos quemados, sino que parecía “pan cocido” y también “oro y plata acrisolados en el fuego” y el significado de todo esto es el siguiente: San Policarpo estaba asistido e inhabitado por el Espíritu Santo, por eso, lo que lo quemaba, pero sin hacerlo arder ni provocarle dolor, no era el fuego material, externo, de la hoguera, que es retirado por Dios para que no afecte su cuerpo: lo que lo quemaba, con un Fuego que lo hacía arder dulcemente en el Amor de Dios, era el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo y es este Fuego el que le da el aspecto de pan cocido o de plata y oro acrisolados por el fuego. En otras palabras, San Policarpo no muere por el dolor del fuego material de la hoguera, sino que muere de Amor, pues toda su humanidad, alma y cuerpo, están encendidos en el Fuego del Amor Divino, el Espíritu Santo. Muy probablemente no sufriremos la misma muerte de San Policarpo, pero no debemos olvidar que, en cada Eucaristía, recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús que está envuelto en las llamas del Divino Amor y que Él quiere comunicarnos de ese Divino Amor al comulgar, para que nuestros corazones se enciendan en el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo.



[2] De la Carta de la Iglesia de Esmirna sobre el martirio de san Policarpo, Cap. 13, 2--15, 2: Funk 1, 297-299.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Santa Escolástica, su último milagro y sus últimas palabras

 


 



Por lo general, cuando una persona fallece, se recuerdan de ella algunas anécdotas y algunos hechos particulares, como sus gustos, preferencias, hábitos y se recuerdan todavía más cuáles fueron sus últimos actos y sus últimas palabras.

En el caso de Santa Escolástica, hermana de San Benito de Nursia, sucede también lo mismo.

En su hagiografía se registran sus últimos actos y sus últimas palabras. Entre sus últimos actos, está el milagro que ella pidió a la Santísima Trinidad, que se desencadenase una tormenta para que ella pudiera pasar más tiempo con su hermano, para hablar de la vida eterna y del Reino de los cielos. Con toda seguridad Santa Escolástica sabía ya que estaba por partir de este mundo y por eso quería aprovechar hasta el último minuto en la tierra para estar con su hermano.

El otro hecho que se recuerda es la conversación que ella tuvo con San Benito: hablaron sólo del cielo y de la vida de paz, de alegría y de felicidad eterna que les esperaba al fin de esta vida terrena, si es que permanecían fieles hasta el fin al Cordero de Dios. evidentemente, esto es lo que hicieron, permanecer fieles, pues ambos viven ahora, por la eternidad, en el Reino de los cielos.

Ahora bien, probablemente no nos recuerden por los milagros -los milagros son gracias que Dios concede a quien Él elige-, pero al menos, procuremos obrar la misericordia, no para ser recordados por los hombres, que eso no importa, sino para ingresar en el Reino de Dios y vivir en él, por la eternidad, en compañía de Santa Escolástica y San Benito.

jueves, 10 de febrero de 2022

San Blas y la bendición de las gargantas

 



          San Blas fue un médico y obispo de Sebaste, diócesis situada en la actual Armenia. Fue perseguido y sufrió el martirio por Cristo en la época del emperador Diocleciano. En esa época, todo aquel que profesara externamente el culto cristiano era perseguido y encarcelado y si no renegaba de Cristo, era asesinado. Es esto lo que le ocurrió a San Blas, puesto que murió por no renegar de la fe en Cristo Jesús.

          Según la Tradición, cuando apresaron a San Blas, sucedió que en el camino a la prisión, le salió al encuentro una mujer cuyo pequeño hijo acababa de morir asfixiado, al habérsele atragantado una espina de pescado en la garganta. La mujer le imploró al santo que curase a su hijo y San Blas, sin dudar un instante, le impuso las manos en la garganta al niño y pidió, en nombre de Cristo, que el niño volviera a la vida, lo cual efectivamente sucedió, dando así origen a la tradición de la bendición de las gargantas.

          Al recordar al mártir San Blas, debemos pedirle dos cosas: por un lado, que interceda para que nuestra fe en Cristo sea íntegra y pura y para que no cedamos en la fe católica, en los sacramentos, en el Credo, en los dogmas y esto, aun a costa de la propia vida.

          Lo otro que debemos pedir al santo es que interceda para que no nos afecte ningún mal de garganta, pero sobre todo, para que de nuestras gargantas no salga ninguna palabra desedificante o que pueda herir a nuestro prójimo y que sólo salga de nuestras gargantas alabanzas y cánticos de adoración al Cordero, Cristo Jesús y de misericordia para con nuestro prójimo.