San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 28 de abril de 2015

San Luis María Grignon de Montfort y el camino a la santidad


En su “Carta a los Amigos de la Cruz”[1], San Luis María Grignon de Montfort nos hace contemplar la cruz no con ojos humanos, como lo hacemos habitualmente, sino con los ojos mismos de la Virgen. De esa manera, al ver la cruz con los ojos de la Virgen, que es como la ve Dios, no solo nos ayuda a no rechazar la cruz, sino que nos anima a imitar a Jesús en la cruz, con lo cual quedamos a un paso del cielo.
En su Carta, San Luis María dice así: “Un Amigo de la Cruz es un hombre escogido por Dios, entre diez mil personas que viven según los sentidos y la sola razón, para ser un hombre totalmente divino, que supere la razón y se oponga a los sentidos con una vida y una luz de pura fe y un amor vehemente a la cruz”. Para San Luis María, quien ama a Cristo crucificado, es alguien que ha sido elegido por Dios para dejar de vivir según el mundo y sus vanidades, y ya no vive según las pasiones –“el amor de la cruz supera los sentidos”-, sino según la gracia, porque es un hombre nuevo, un hombre “totalmente divino”, que vive por la fe y el amor de Jesús en la cruz.  
Para San Luis María, quien ama a Jesús crucificado, vence a los tres grandes enemigos del alma, el demonio, el mundo y la carne, y por lo tanto, es un héroe, porque participa del triunfo de Cristo Rey Victorioso, pero también es un santo, porque es la santidad de Cristo la que vence a esos tres enemigos mortales de la humanidad. Dice así San Luis María: “Un Amigo de la Cruz es un rey todopoderoso, un héroe que triunfa del demonio, del mundo y de la carne en sus tres concupiscencias”.
Quien ama a Jesús crucificado, ama las humillaciones, porque ve a su Rey máximamente humillado en la cruz, y ya esto es comenzar a vencer la propia soberbia y es comenzar a pisotear el propio orgullo, que hacen al alma parecerse a Satanás. Al amar las humillaciones, el alma comienza a parecerse a Jesucristo, y a diferenciarse del Ángel caído, cuyo sello distintivo es el orgullo: “Al amar las humillaciones, arrolla el orgullo de Satanás”.
Quien ama a Jesús en la cruz, ama la pobreza de la cruz y desprecia los bienes materiales, porque se da cuenta que los únicos bienes materiales que hay que atesorar, son los que tiene Jesús en la cruz: la corona de espinas, los clavos de hierro, el letrero que dice: “Rey de los judíos”, el paño con el que está cubierto Jesús, y la cruz misma de madera. Quien ama la cruz, ama la pobreza de la cruz y desprecia los bienes materiales que ofrece el mundo, bienes que encienden el corazón en la avaricia, apartándolo de Dios: “Al amar la pobreza, triunfa de la avaricia del mundo”.
Quien ama a Jesús, no solo desprecia la sensualidad, sino que ama el dolor, porque Jesús en la cruz santifica el dolor y lo convierte en camino al cielo: “Al amar el dolor, mortifica, la sensualidad de la carne”.
Quien ama a Jesús, se aparta del mundo porque se acerca a la cruz y está al lado de la cruz y no quiere estar en otro lado que no sea la cruz, porque en la cruz está Jesús agonizando: “Un Amigo de la Cruz es un hombre santo y apartado de todo lo visible”.
Quien ama a Jesús en la cruz, ve purificado su corazón de los amores mundanos, al tiempo que lo ve colmado del Amor Santo de Dios, y esto lo hace ya vivir en el cielo, de modo anticipado, aun cuando siga viviendo en la tierra: “Su corazón se eleva por encima de todo lo caduco y perecedero”.
Quien ama a Jesús crucificado, ya no habla de cosas mundanas, sino del cielo que le espera y de la feliz eternidad a la que está destinado, y no habla con nadie del mundo, porque sus interlocutores son Jesús, que está en la cruz, y la Virgen, que está al pie de la cruz, y así su conversación ya no solo no es mundana, porque nada de esta tierra le atrae ni le apetece, sino que es toda del cielo que le espera: “Su conversación está en los cielos. Pasa por esta tierra como extranjero y peregrino, sin apegarse a ella; la mira de reojo, con indiferencia, y la huella con desprecio”.
Quien ama a Jesús en la cruz, es porque ha sido conquistado por el Amor de Dios derramado con la Sangre de Jesús, desde su Corazón traspasado, y porque ha sido bañado con la Sangre de Jesús, que ha caído sobre él, muere al mundo para vivir para Dios, oculto en el Corazón traspasado de Jesús: “Un Amigo de la Cruz es una conquista señalada de Jesucristo, crucificado en el Calvario en unión con su santísima Madre. Es un «Benoni» o Benjamín, nacido de su costado traspasado y teñido con su sangre. A causa de su origen sangriento, no respira sino cruz, sangre y muerte al mundo, a la carne y al pecado, a fin de vivir en la tierra oculto en Dios con Jesucristo”.
Por último, quien ama a Jesús en la cruz, dice San Luis María, se vuelve un “cristóforo”, un “portador de Cristo”, y más que eso, se vuelve “otro cristo”, porque el Amor de Cristo es el que lo convierte en una imagen viviente del mismo Jesús, de manera tal que Dios Padre, al ver al alma arrodillada a los pies de Jesús, ya no ve a esa alma, sino a su mismo Hijo, y así el Padre ama al alma con el mismo Amor con el que ama a Jesús, el Espíritu Santo: “Por fin, un Amigo de la Cruz es un verdadero porta-Cristo, o mejor, es otro Cristo, que puede decir con toda verdad: Ya no vivo yo, vive en mí Cristo (Gal 2,20)”.
El otro paso al cielo lo completamos cuando, para imitar a Jesús crucificado, debemos hacerlo consagrándonos a la Virgen, para lo cual nos propone su conocido método de consagración a María.
Podemos decir entonces que San Luis María Grignon de Montfort nos proporciona el camino a la santidad –y por lo tanto, al cielo-, con una sencillez y una sabiduría que asombra y que por la profundidad y sobrenaturalidad de sus enseñanzas, proviene del cielo mismo. En pocas palabras, si alguien se decidiera ir al cielo,  y quisiera saber qué es lo que hay que hacer, sólo tendría que seguir estos dos admirables consejos de San Luis María: la contemplación y el amor de Cristo crucificado y la consagración de sí mismo al Inmaculado Corazón de María, como esclavo de amor, para lograr reproducir la imagen de Jesús crucificado en cada uno. Con estos dos sencillos pasos, nos dice San Luis María, estamos más que seguros que alcanzaremos el cielo.




[1] http://es.catholic.net/op/articulos/25141/enviado25141.html

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