San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 5 de mayo de 2011

El Sagrado Corazón y sus sufrimientos

En el signo de los tiempos,
el Sagrado Corazón
continúa sufriendo.


Cuando Jesús se le aparece a Santa Margarita María, le muestra su Corazón, que está rodeado de espinas, las cuales simbolizan el dolor que experimenta el Sagrado Corazón. Dice Jesús a Santa Margarita: “Todas las noches del jueves al viernes te haré participar de la mortal tristeza que quise padecer en el Huerto de los Olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía más difícil de soportar que la muerte. Y para acompañarme en aquella humilde plegaria, que entonces presenté a mi Padre, te postrarás con la faz en tierra, deseosa de aplacar la cólera divina y en demanda de perdón por los pecadores”.

Las espinas simbolizan el dolor que la maldad del corazón humano le produce a Dios encarnado. Muchos, aún dentro de la Iglesia, afirman que Dios, por ser quien es, precisamente, Dios, es inmutable, y por lo tanto, no puede sufrir.

Sostienen además que Dios no siente ninguna ofensa, y que tampoco puede ser consolado en su sufrimiento, pues no sufre, y si no sufre, no hay nada para consolar.

Es verdad que Dios, en cuanto Dios, en cuanto Ser perfectísimo, es inmutable, y no puede sufrir; pero es verdad también que ese Dios, sin dejar de ser Dios, se encarnó, asumió una naturaleza humana, un alma y un cuerpo humanos, y los hizo suyos, y por un milagro de su omnipotencia divina, impidió que su gloria se comunicase, de modo inmediato y visible, a su cuerpo, para poder sufrir la Pasión. Si Dios no hubiera hecho este milagro, es decir, si se hubiera encarnado e inmediatamente hubiera dejado entrever su gloria a través de su humanidad, entonces, desde el instante mismo de la concepción, ya en el estadio de cigoto unicelular, en el vientre purísimo de María, debería haber resplandecido de gloria y de luz, tal como resplandeció en el Monte Tabor (cfr. Mt 17, 1-6), y tal como resplandeció en la Resurrección. Si hubiera sucedido esto, su cuerpo habría adquirido, inmediatamente, todas las propiedades de un cuerpo glorioso, entre las primeras, la impasibilidad, es decir, la imposibilidad de sufrir[1].

Pero Dios, precisamente para poder sufrir la Pasión es que, por un milagro de su omnipotencia, no permite que su gloria inunde su cuerpo, dejando a su cuerpo con la capacidad de sufrir. De esta manera, asume todo el dolor y todo el sufrimiento humano, y lo santifica, al contacto con su humanidad santísima y con su Persona divina.

De esta manera, el Sagrado Corazón de Jesús experimentó un verdadero sufrimiento, tan verdadero, como verdadero es el sufrimiento de cualquier ser humano. Sufrió desde el primer instante de su concepción, pues en cuanto Dios sabía, desde ese instante, que debía sufrir la Pasión. El Sagrado Corazón sufrió ya desde antes de empezar a latir, cuando recién se estaba gestando en el vientre de María, por todos los niños que son eliminados antes de nacer. El Sagrado Corazón sufrió de Niño cuando, estando dulcemente reposando en los brazos de su Madre, se le aparecieron los ángeles de Dios, con los instrumentos de la Pasión en sus manos, y se los mostraron al Niño, provocando que éste diera un gemido de temor y girara en busca de su Madre, la cual lo estrechó aún más fuertemente entre sus brazos. El Sagrado Corazón de Jesús sufrió cuando adolescente, al ver cuántos jóvenes se habrían de perder para siempre, atrapados en los falsos placeres del mundo. El Sagrado Corazón sufrió de adulto, ya en la cruz, cuando veía que, a pesar de su sacrificio, muchas almas lo rechazan, internándose voluntariamente en las tinieblas que no tienen fin.

Pero el Sagrado Corazón continúa sufriendo, en el signo de los tiempos, pues su Pasión está en Acto Presente, y lo estará hasta el fin de los tiempos. El Sagrado Corazón continúa sufriendo, con cada pensamiento malo, con cada deseo malo, con cada sentimiento malo consentido, con cada obra mala realizada. El Corazón de Jesús sufre con cada aborto, con cada violencia, con cada robo, con cada mentira, con cada despojo, con cada insulto, con cada sacrilegio, con cada comunión realizada en pecado mortal. El Sagrado Corazón sufre con cada alma que se condena.

Pero el Sagrado Corazón también es consolado en sus penas, cuando en la soledad de su Prisión de amor, el Sagrario, es visitado por las almas piadosas, que con sus sacrificios, mortificaciones, renuncias, y adoraciones, se ofrecen a Él y en Él como víctimas expiatorias por la maldad del hombre.

De nosotros depende, de nuestra libertad personal, ceñir cada vez más las espinas que rodean al Sagrado Corazón, o bien tratar de aliviar su dolor con oración, sacrificios, reparación, y misericordia para con el prójimo.

[1] Cfr. Scheeben, M. J., Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964.

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