San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 6 de marzo de 2014

La Sangre, el Agua y el Espíritu que brotan del Sagrado Corazón


         En el Evangelio se describe que cuando el soldado romano traspasó el costado de Jesús de Nazareth, estando éste ya muerto y suspendido en la cruz, de inmediato brotó Sangre y Agua, que al derramarse sobre el soldado, lo hicieron exclamar: “¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!” (Mc 15, 39). ¿Cómo puede ser que el exudado sanguíneo y la sangre fresca de un hombre que acaba de morir en la cruz, que caen sobre el rostro de un soldado romano pagano, despierten en el soldado un sentimiento religioso que se encuentra en las antípodas de su paganismo, esto es, el cristianismo, puesto que reconoce en ese hombre muerto crucificado al Hijo de Dios, Jesucristo?
         Lo que explica lo sucedido es que el exudado y la sangre fresca que brotan del corazón traspasado por la lanza son el Agua y la Sangre que brotan del Sagrado Corazón del Hombre-Dios Jesucristo y por lo tanto, contienen y transportan, en sí mismos, al Espíritu Santo, porque Jesús, en cuanto Hombre y en cuanto Dios, espira, junto al Padre, al Espíritu Santo, y así como en la eternidad, Él espira, junto al Padre, al Espíritu Santo, así también la efusión de Sangre de su Sagrado Corazón, en el tiempo, es la prolongación, continuación y actualización ad extra de esa espiración ad intra del Espíritu en la Trinidad. En otras palabras, el Padre y el Hijo espiran mutuamente el Espíritu Santo y esa espiración se continúa y prolonga en la efusión de Sangre y Agua del Corazón traspasado de Jesús por la lanza en el Calvario, y es lo que explica que todo aquel sobre el cual caiga la Sangre y sea bañado por esta, su alma se vea purificada por la gracia santificante y su corazón sea colmado por el Amor de Dios, como le sucedió Longinos, el soldado romano que traspasó con su lanza al Sagrado Corazón.

         “¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!”. En todo aquel que bebe del cáliz de la Santa Misa, se derrama sobre su alma la Sangre y el Agua del Sagrado Corazón de Jesús, que contiene el Espíritu Santo, el cual obra la obra de santificación que obró en San Longinos, llevándolo a reconocer en Jesús al Hijo de Dios: convirtió su cuerpo en templo de Dios, purificó su alma con la gracia santificante y colmó su corazón con el Amor del Espíritu Santo, haciéndolo exclamar, en un éxtasis de amor a Cristo crucificado: “¡Verdaderamente, éste es el Hijo de Dios!”. 

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