San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 28 de septiembre de 2010

San Miguel Arcángel, asístenos para vencer al espíritu del mal, para así poder amar y adorar a Dios Trino en el tiempo y por la eternidad





La persona angélica de San Miguel Arcángel está unida a la del ángel caído, Lucifer. Ambos deciden sus destinos eternos en un instante de prueba: uno, San Miguel Arcángel, decide libremente hacer, por toda la eternidad, aquello para lo cual había sido creado, adorar y amar a Dios Uno y Trino. En el momento de su prueba, San Miguel Arcángel, con su inteligencia angélica absorta en la contemplación de la majestad del Ser divino, comprende, en ese estupor sagrado de la contemplación del Ser divino, que nadie más que Dios Trino merece ser adorado, porque nadie más que Dios es Dios infinitamente bueno, santo y perfecto.
Comprende, en el instante de la prueba a la que es sometido, que Dios Trino es la santidad en sí misma, y que sería un absurdo irracional y una blasfemia horrible, el proclamar, por parte de cualquier ser creado, que ese ser creado es más grande que el Ser Increado de Dios. San Miguel Arcángel, extasiado en el amor divino, comprende que sería un crimen de una maldad inmensa el pretender, ni siquiera por un instante, igualarse, en la nada del ser angélico, creatural y limitado, a la soberana perfección de un Dios inmensamente majestuoso. Al haber sido creado como Arcángel, San Miguel se encuentra más cercano a Dios, y por eso puede percibir, con su poderosa pero limitada inteligencia angélica, con más claridad que otros ángeles, que Dios es Ser Perfectísimo, Acto Puro de Ser, el Ser por Esencia, y puede, más que otros ángeles, deleitarse en el acto de adoración y de amor al Ser purísimo de Dios, que actúa, desde toda la eternidad, su naturaleza divina, que es Amor Puro y subsistente. Mucho más que otros ángeles, creados en menor jerarquía, puede San Miguel Arcángel alegrarse y extasiarse ante la visión de Dios como mar infinito de Amor eterno. Y es por esta contemplación, y es por esta comprensión, que sale en defensa del Nombre Tres veces Santo de Dios, cuando el Gran Atrevido, el Insolente, el Asesino desde el principio osa, con atrevimiento inaudito, con ceguera perversa, con odio preternatural, rechazar la hermosura del Ser divino y proclamarse él, ser creado, limitado, imperfecto, como el mismo Dios.
Es así como San Miguel Arcángel proclama, con voz de trueno, la consigna de guerra: “¿Quién como Dios?”, que declara la guerra sin cuartel a los espíritus impuros, a los espíritus oscuros, a los que decidieron, libremente, apartarse de la vista del Dios Tres veces Santo, Fuerte e Inmortal.
Luego de la batalla en los cielos, en la que el Gran Embaucador fue expulsado para siempre de la Presencia de Dios Trino, San Miguel Arcángel se erige en Jefe celestial de los espíritus puros que arden en amor de Dios, y como tal permanece ante la Presencia divina, adorándolo por la eternidad.
Al celebrar una misa en su honor, y al recordarlo en su día y en la batalla celestial de la que salió triunfador, le pidamos, no tanto por asuntos terrenos, sino más bien que nos asista en esa batalla que, como continuación y prolongación de la batalla celestial, se desarrolla en un campo de batalla muy especial, el corazón humano, y le pidamos que nos asista con su poder angélico para que, como él, salgamos triunfantes en la lucha contra el ángel caído y las potencias tenebrosas de los cielos, y nos decidamos, ya desde esta vida, y para toda la eternidad, a servir, amar y adorar a Dios Uno y Trino.

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