San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 19 de septiembre de 2019

San Andrés Kim Tae Gon y compañeros mártires



Vida de santidad[1].

San Andrés Kim Tae-Gon nació en Solmoe (Corea) en 1821 en una familia noble. Al poco tiempo, comenzó una persecución contra los cristianos, por lo que siendo niño huyó con su familia a Kolbaemasil para evitar la muerte. Su padre, San Ignacio Kim, murió mártir en 1839. Andrés fue bautizado a los 15 años de edad y más adelante ingresó al seminario de Macao (China), recibiendo la ordenación sacerdotal en Shangai (1845), convirtiéndose en el primer sacerdote coreano. Regresó a Corea con la finalidad de facilitar el ingreso de misioneros a su país y pudo ver a su madre, a quien encontró mendigando por comida. Ya en su país se dedicó a difundir la fe, predicando y bautizando a todos los que convertía con sus palabras y testimonio de vida. Toda esta actividad debía realizarla en secreto, para evitar ser descubierto, pues la persecución contra los cristianos no había finalizado.
A pesar de estas medidas de seguridad, fue arrestado al tratar de llevar a Corea a los misioneros franceses que estaban en China. Después de algunos meses en la cárcel, murió decapitado en 1846. Su fiesta se celebra cada 20 de septiembre junto a sus 102 compañeros mártires en Corea. 

Mensaje de santidad.

Además de su vida, su mensaje de santidad está en sus últimas palabras, pronunciadas antes de morir: “Mi vida inmortal está en su punto inicial. Conviértanse al Cristianismo si deseáis la felicidad tras la muerte porque Dios alberga castigo eterno para aquellos que rehusaron conocerle”.
San Andrés está por morir, es decir, su vida terrena está por finalizar, pero él no se refiere a esto, sino a otra vida, que está por comenzar, apenas finalice la vida terrena: “Mi vida inmortal está en su punto inicial”. Esto nos sirve de advertencia para saber que esta vida es pasajera, es sólo una prueba para ganar la vida eterna y que después de esta vida terrena, viene la vida eterna, en donde se juega nuestro destino eterno, Cielo o Infierno. Cuando termina esta vida, no termina todo, sino que comienza la vida eterna.
San Andrés habla también de una “felicidad”, no terrena, sino sobrenatural, para quien se convierta al Cristianismo y esto no porque los asuntos de la tierra marchen sin problemas, sino porque se conoce al Dios de la Alegría, a Dios, que es “Alegría infinita” según Santa Teresa de los Andes y que comunica de su alegría a quien participa de su vida por la gracia.
Otra advertencia que nos hace San Andrés es acerca de la necesidad urgente de la conversión: si no lo hacemos, es decir, si rehusamos voluntariamente convertirnos –que va mucho más allá de simplemente recibir los sacramentos del bautismo, de la Comunión y de la Confirmación-, el Justo Juez Jesucristo tendrá esto en cuenta y dará a cada uno lo que cada uno se merece y lo que se merecen los impenitentes es el “castigo eterno”. Es decir, para quienes voluntariamente se niegan a conocer a Jesucristo, les está reservada una eternidad en el Infierno. De Dios nadie se burla y con Dios no se juega, por lo que es necesario poner todo el empeño en lograr una sincera conversión.
Inicio de la vida eterna al finalizar la vida terrena; felicidad verdadera si el alma se convierte a Cristo; castigo eterno para quien se obstina en su malicia, es parte del mensaje de santidad de San Andrés Kim Tae Gon.

viernes, 27 de abril de 2018

Santo Toribio de Mogrovejo



         Una de las frases más repetidas por el santo era: “¡E1 tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar de él estricta cuenta!”[1].
Pero no solo la repetía, sino que llevó a cabo lo que predicaba, a juzgar por la inmensidad de obras realizadas por el santo: fue el verdadero organizador de la Iglesia en América, a través de los diez sínodos diocesanos y los tres sínodos provinciales, de los cuales el más importante fue el primero, que se celebró en Lima en 1582 y cuya eficacia se puede comparar con la del concilio de Trento; en 1591 fundó el primer seminario de América; intervino con energía contra los derechos particulares de los religiosos, a quienes estimuló para que aceptaran las parroquias más incómodas y pobres; casi duplicó el número de las “Doctrinas” o parroquias, que pasaron de 150 a más de 250[2].
¿Por qué los santos pueden llevar esta frase -“¡E1 tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar de él estricta cuenta!”- a su máximo cumplimiento? Porque en el tiempo en el que vivían en la tierra, en el tiempo terreno, vivían ya en la eternidad, de modo anticipado, gracias a la Eucaristía. ¿Por qué? Porque la Eucaristía es Jesús, el Hijo de Dios encarnado y Dios “es su misma eternidad”, dice Santo Tomás de Aquino. Esto quiere decir que quien comulga –por supuesto que en gracia, con fe, con devoción y con amor-, posee en sí mismo a algo más grande que la misma eternidad y es Dios en Persona. Y la Presencia de Dios en Persona en el alma hace que las obras hechas en el tiempo –como las obras realizadas por santos como Santo Toribio de Mogrovejo- sean obras que perduren para la eternidad. Sólo la Eucaristía es la que explica la multiplicidad de obras realizadas por los santos, obras que perduran en el tiempo y que van más allá del tiempo, hacia la eternidad, porque son obras que se originan en la eternidad y que tienden a la eternidad.
“¡E1 tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar de él estricta cuenta!”. No desaprovechemos el tiempo comulgando de modo distraído; no desaprovechemos el tiempo dejando pasar el tiempo de la Adoración Eucarística; no desaprovechemos el tiempo y corramos a escuchar los latidos del Corazón del Dios Tres veces Santo y Eterno, Jesús Eucaristía.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La consagración y el martirio de Santa Lucía, modelos de nuestra entrega cotidiana a Cristo


         El martirio de Santa Lucía no es otra cosa que la culminación de la entrega total de su vida a Jesucristo, por medio de la consagración de su cuerpo y su alma. El sentido de la consagración a Jesucristo es entregarle a Él todo su ser, su cuerpo y su alma, para que Jesucristo tome posesión de ella y haga de ella su morada. Pero para que esto suceda, el alma debe ser pura en cuerpo y alma, además de estar en estado de gracia santificante. Santa Lucía se consagró desde muy pequeña a Jesucristo, ofreciéndole su virginidad, lo cual quiere decir que ella quería que su cuerpo no solo no tuviera amores terrenos –aun cuando estos amores terrenos sean buenos y puros, como el verdadero amor esponsal-, sino que estuviera todo consagrado al amor esponsal celestial de Cristo Esposo. Santa Lucía consagra su virginidad a Jesucristo, pero no porque no tuviera posibilidad de contraer matrimonio –al contrario-, sino porque su amor espiritual, puro y sobrenatural por Jesucristo Esposo, era mucho más grande que el amor a cualquier esposo terreno. Por eso debía consagrar su cuerpo, su virginidad, para que le perteneciera, en su cuerpo, en su totalidad, a Jesucristo.
         Pero Santa Lucía no solo consagró el cuerpo, sino que también consagró su alma, para que esta fuera morada de la Trinidad y su corazón altar donde Jesús Eucaristía fuera amado y adorado. Para eso, Santa Lucía debió rechazar las impurezas del alma, así como debió rechazar las impurezas del cuerpo; la diferencia es que las impurezas del alma son la mentira, la falsedad, el cinismo, la hipocresía, y sobre todo, la apostasía de la Fe, es decir, abandonar a Jesucristo por los falsos ídolos del mundo. Es por esta razón que la apostasía se compara, con toda justicia, al adulterio: así como en el adulterio el cuerpo se entrega a quien no es el cónyuge, manchándolo con esta grave falta, así en la apostasía y en la idolatría el alma y el corazón se entregan a los ídolos, que no son otra cosa que demonios. Un católico idólatra, como por ejemplo, aquel que le prende velas y le reza al Gauchito Gil, a la Difunta Correa, a San La Muerte, o usa la cinta roja contra la envidia, o cree en supersticiones, como el árbol gnóstico de la vida, o cualquier otra superstición, es un adúltero espiritual, porque comete adulterio con los ídolos paganos, que no son otra cosa que demonios. Abandonan al Hijo de Dios, que dio por ellos su vida en la cruz y la continúa dando en la Eucaristía, por los demonios, que solo quieren su eterna condenación.
La consagración de su cuerpo y de su alma tuvo su coronación en Santa Lucía con el martirio, es decir, con el don de su vida de modo cruento, con derramamiento de sangre. Si a lo largo de su vida había entregado en secreto su cuerpo y su alma a Jesucristo, ahora, para gloria de Dios, Santa Lucía entrega su cuerpo y su alma de forma pública, eligiendo la muerte antes que dejar de poseer el Amor de Cristo. Por último, el fundamento tanto de su consagración por amor a Cristo, como de su martirio, no radica en ella, sino en Jesucristo, Rey de los mártires, quien muere mártir en la cruz porque consagró su vida a nuestra salvación, entregándose en su totalidad a Dios Padre en el ara de la cruz, para donarnos a Dios Espíritu Santo y así conducirnos al cielo. Es de esta consagración de su vida al Padre para salvarnos y de su muerte martirial en la cruz, que Jesús hace partícipes a los santos mártires como Santa Lucía. Esto último tiene mucha importancia para la vida espiritual: la consagración y el martirio de Santa Lucía nos enseñan entonces que quien desea consagrarse a Jesucristo y dar su vida por Él -en el testimonio cotidiano de su Evangelio y según el propio estado de vida-, es porque tiene en sí mismo al Espíritu Santo, donado por Jesucristo y que hace partícipe al alma de su consagración y amor. Acudamos por lo tanto a Santa Lucía para mantener siempre la pureza del cuerpo -la castidad-, y la pureza del alma -la integridad de la fe-, según nos aconseja la Didajé, las Enseñanzas de los Doce Apóstoles: “Buscarás cada día los rostros de los santos, para hallar descanso en sus palabras”[1]. Solo así perteneceremos totalmente a Cristo, en cuerpo y alma, en el tiempo y en la eternidad.



[1] 4, 2.

martes, 24 de octubre de 2017

San Antonio María Claret y la eternidad como el motor de su apostolado


         Vivimos en un siglo tan caracterizado por la inmediatez, la multiplicidad de sensaciones, por la urgencia de las cuestiones temporales, que nos lleva a olvidar una verdad fundamental, verdad que nos la recuerda San Antonio María Claret, y esa verdad es la realidad de la eternidad, como vida que comienza apenas termina esta vida terrena. Con respecto a la eternidad, decía así el santo: “Esta idea de la eternidad quedó en mí tan grabada, que, ya sea por lo tierno que empezó en mí o ya sea por las muchas veces que pensaba en ella, lo cierto es que es lo que más tengo presente. Esta misma idea es la que más me ha hecho y me hace trabajar aún, y me hará trabajar mientras viva, en la conversión de los pecadores”. San Antonio María Claret pensaba en la eternidad más que en la vida terrena, y si pensaba en la vida terrena, era para que los hombres se convirtieran a Nuestro Señor Jesucristo, para que vivieran una feliz eternidad, y para que evitaran el Infierno, una eternidad en la que el dolor del cuerpo y el alma es increíblemente intenso y dura para siempre. Era esta realidad de la eternidad la que lo movía a hacer apostolado, es decir, a predicar la Buena Nueva de Nuestro Señor Jesucristo. Ahora bien, si queremos profundizar un poco: ¿qué es la eternidad? La define así uno de los más grandes teólogos del siglo XIX, el alemán Matthias Joseph Scheeben[1], hablando del conocimiento y el amor de Dios que el alma experimenta, no por sus propias fuerzas, sino por la participación a la vida divina –eterna- por medio de la gracia: “Siendo así que la posesión y el goce de Dios, que sus hijos alcanzan como herencia correspondiente a su alta dignidad, sin una grandiosa elevación y glorificación de su vida no pueden concebirse y, porque la intuición misma de Dios, en que se concentran su posesión y goce, es un acto vital divino, por esto la toma de posesión de la herencia de los hijos de Dios, como nueva participación de la vida divina, ha de ser para ellos un nuevo nacimiento del seno (ex sinu) de Dios. Por este nuevo nacimiento la divina fuerza de vida inunda a la creatura y ensancha su capacidad de comprensión de tal manera que la creatura puede concebir en sí la esencia divina –que penetra en lo más profundo e íntimo del espíritu- y con el conocimiento y amor de la misma puede desplegar la vida más elevada, una vida que del modo más admirable radica al mismo tiempo en Dios y saca de él su alimento, una vida verdaderamente divina, por la cual la creatura vive en Dios y Dios vive en ella”[2]. En pocas palabras, lo que dice Scheeben es que, por la gracia, la creatura se vuelve capaz de conocer y amar a Dios como Él se conoce y se ama, y esto porque se hace partícipe de la vida divina, que por nacer del seno –ex sinu- de Dios, es vida eterna.
         ¿Qué es la vida eterna, entonces, por la cual amamos y conocemos a Dios como Él se ama y conoce? Continúa Scheeben: “Si bajo el atributo “eterno” se entiende solamente el carácter imperecedero, la inmortalidad de la vida, evidentemente no habrá misterio sobrenatural en ello”. Es decir, la vida eterna no se define meramente por la inmortalidad, la vida sin fin. “El espíritu creado es inmortal por naturaleza, también su vida natural es imperecedera y por tanto eterna. La eternidad del espíritu y de su vida es una cosa que de suyo se impone, tanto, que nuestra razón natural debe admitirla como necesaria; es tan comprensible, que lo contrario es completamente incomprensible para la razón (…) el Salvador designa la vida eterna como una vida que ha de llegarnos mediante la unión con Él, Hijo natural de Dios, y mediante la unión con su Padre eterno; como una vida, que del Padre pasa a Él y de Él a todos aquellos que mediante la fe o la Eucaristía se asimilan a la fuerza vital propia de Él. De modo que necesariamente ha de ser una vida sobrenatural, que se infunde a la creatura desde arriba, desde el seno de la divinidad; y si en esta relación es designada como vida eterna, entonces la eternidad de la misma ha de estribar precisamente en que nosotros, mediante ella, participamos de la vida absolutamente eterna de Dios. La vida eterna, que Cristo nos prometió, es eterna no sólo porque en alguna manera es sencillamente inmortal, imperecedera, sino porque es una emanación de la vida absolutamente eterna, sin principio ni fin, inmutable de la divinidad”[3]. Y esta vida eterna, como nos dice Scheeben, la vida eterna que Cristo nos prometió y que fue por la que San Antonio María Claret dio su vida terrena, la obtenemos, por la gracia, por la fe y por la Eucaristía, en la silenciosa adoración Eucarística, y en la Santa Misa, en la consagración, y la poseemos ya desde esta vida terrena, como anticipo, si comulgamos en gracia.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 706ss.
[2] Cfr. Scheeben, ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

martes, 10 de febrero de 2015

Santa Escolástica y el sentido de la vida religiosa


         Santa Escolástica, hermana de San Benito de Nursia, ingresó a la vida religiosa, siguiendo los pasos de su hermano. Vivió recluida, hasta su muerte, ocurrida en el año 547 –el día de su muerte, San Benito vio cómo su alma se elevaba, en forma de paloma blanca[1], al cielo- en un convento religioso ubicado en Montecassino, Italia. Al leer su biografía, el mundo no puede apreciar la riqueza de la vida de santa Escolástica, porque el mundo todo lo ve con la luz de la razón humana: una mujer joven, decide recluirse en un convento, de por vida. El mundo no puede entender esta elección y por eso considera, a santa Escolástica, y a todos los religiosos y consagrados en general, como personas sin razón, o antisociales, que prefieren recluirse, antes que “disfrutar” de los atractivos mundanos. Sin embargo, la vida de santa Escolástica es inimaginablemente rica y dichosa, porque la reclusión en un convento, indica la respuesta libre a un llamado, también libre y motivado por el Amor, de parte de Dios. En esto último radica el sentido y la esencia de la vida religiosa, y explica el porqué de la elección de una persona que, dejando atrás al mundo y a sus atractivos, ingresa en la vida religiosa: es la respuesta libre y movida por el amor, a una llamada divina, también libre y también movida por el Amor. En otras palabras, el religioso no se “recluye” en un convento, huyendo del mundo por su incapacidad para la vida social: el religioso, el que elige la vida religiosa y consagrada, se “refugia” en el convento –en la vida religiosa- para no solo estar “más tiempo” con un Dios, que es Trinidad de Personas, que por Amor lo ha llamado, sino que consagra toda su vida a ese Dios Trino, para estar, no solo “un poco más de tiempo”, sino todo lo que le queda de su vida terrena, en compañía y diálogo de Amor con ese Dios Trino que la ha elegido y llamado y para así continuar, por toda la eternidad, con el diálogo de Amor con la Trinidad de las Divinas Personas.
         Ahora bien, el mundo no entiende la vida religiosa, porque no posee la luz de la fe, que capacita para comprender la felicidad que esta encierra, y no la entiende, tanto más, cuanto que la vida religiosa implica adoptar un estilo de vida que se encuentra en las antípodas del estilo de vida mundano, puesto que el religioso se obliga a sí mismo, libremente, a vivir la pobreza, la castidad y la obediencia. El mundo, por el contrario, exalta la riqueza material, el desenfreno de las pasiones y la propia autonomía de la razón como única guía a seguir, de manera que el principio mundano es: “Haz lo que quieras”. El mundo no puede entender la vida religiosa, pero no solo el mundo, sino hasta los mismos cristianos, sino reflexionan y profundizan sobre esta, tampoco pueden entenderlo. Por eso, al conmemorar a Santa Escolástica, es oportuno reflexionar en la grandeza de la vida religiosa, preguntándonos: ¿qué es la vida religiosa y cuál es su fuente, para que almas, como Santa Escolástica, se refugien en ella hasta el día de su muerte?
La vida religiosa es imitación de Cristo, y como Cristo es Dios encarnado que vive su perfección divina a través de su humanidad asumida, la vida religiosa, que imita los actos de Cristo en su humanidad, es imitación del modo divino de vivir la humanidad, es imitación del modo como Dios Encarnado vivió su propia humanidad. Es vivir la humanidad al modo como la vivió la Persona del Verbo Eterno del Padre cuando se encarnó en el tiempo.
El valor de los actos virtuosos del religioso –actos de pobreza, de castidad y de obediencia- está dado por el hecho de ser él personalmente quien los hace, pero sobre todo por hacerlos animado y vivificado por el Espíritu de Cristo, en Cristo y por Cristo.
A la hermosura y al atractivo intrínseco que la pobreza, la castidad y la obediencia tienen en sí, se les agrega una hermosura y un atractivo sobrenatural, la hermosura y el atractivo del Ser divino, que viviéndolas y practicándolas en su vida terrena, eligiéndolas para Él como modo de vivir su vida humana, les concedió una belleza imposible siquiera de imaginar.
A partir de la encarnación del Verbo, la pobreza, la castidad y la obediencia no son más excelentes virtudes puramente humanas, son la expresión y la manifestación, en actos virtuosos humanos, de la infinita perfección y belleza del Ser divino.
Cuando el religioso vive los votos, no sólo practica virtudes humanas excelentes, no sólo imita externamente al Verbo en su paso por la tierra; se convierte en una prolongación de la Presencia del Verbo entre los hombres; se hace signo explícito de la Verdad eterna de Dios manifestada en Cristo. Los votos son por esto mismo una manifestación y una puesta en acto del misterio de Cristo, que mediante actos de los miembros predilectos de su Cuerpo, los religiosos, esparce su santidad en el mundo, redimiéndolo, transformándolo, y conduciéndolo, en el Espíritu, al Padre.
Y si la vida religiosa es vivir la pobreza, la castidad y la obediencia, para vivir y gozar de la riqueza y del amor de Dios, amándolo en Su voluntad, es para el religioso la Eucaristía la fuente y el manantial mismo de su vida religiosa, porque en su pobreza sensible la Eucaristía esconde la riqueza infinita de la Persona divina del Verbo, y en su humilde obediencia renueva sobre el altar el único sacrificio de la cruz, sacrificio por el cual el Verbo espira en el alma su Espíritu de Amor divino.
         Es esto lo que explica que almas, como Santa Escolástica, abandonen el mundo y se refugien en la vida religiosa, hasta el día de su muerte, que es el día de su ingreso en la bienaventuranza eterna.





[1] Según el relato de San Gregorio Magno, Papa; en: Diálogos de San Gregorio Magno, Libro 2, 33: PL 66, 194-196.

sábado, 20 de septiembre de 2014

San Andrés Kim Taegon y compañeros mártires


         Las palabras de los mártires, pronunciadas en los instantes previos antes de morir, tienen un enorme valor, porque son palabras inspiradas por el Espíritu Santo, y deben tenerse como tales, y como inspiradas por el Espíritu Santo, como venidas del mismo Espíritu de Dios, deben ser escuchadas, meditadas en el corazón, guardadas, custodiadas como un tesoro de valor inapreciable, inestimable, incalculable, con más celo que un avaro custodia sus monedas de oro. Un mártir, antes de morir, está asistido por el Espíritu Santo, y esto se puede comprobar por muchos indicios, uno de los cuales, es la extraordinaria y sobrenatural fortaleza, que los lleva a soportar la extrema ferocidad con la que los verdugos se ensañan contra ellos; una ferocidad que no se explica por meros apasionamientos humanos, sino por la incitación demoníaca, que busca hacer apostatar al mártir, es decir, lo que busca el verdugo con sus torturas es que el mártir reniegue de la fe en Jesucristo, porque ése es el objetivo del Demonio, pero como el mártir está asistido por el Espíritu Santo, es el Espíritu Santo el que le concede ya, como anticipo, una fortaleza sobrehumana, como un anticipo de la glorificación del cuerpo que el mártir recibirá como premio en los cielos, y es así que provocan admiración, a los mismos verdugos y ejecutores de las torturas y penas de muertes, la entereza y la serenidad de ánimo, e incluso hasta la alegría, con la cual los mártires soportaban las crudelísimas torturas a las que los sometían, hasta provocarles la muerte. Por ejemplo, entre los que acompañaban a San Andrés Kim Taegon, está un niño de 13 años, Pedro Ryou, a quien le destrozaron la piel de tal manera que podía tomar pedazos de ella y tirarla a los jueces[1]; a Columba Kim, soltera de 26 años, la quemaron con herramientas calientes y carbones y finalmente la decapitaron; y como estos, miles de ejemplos más, que muestran claramente que es imposible que los mártires soporten con sus solas fuerzas naturales la brutal agresión de los verdugos y que su fortaleza física no tiene otra explicación que un origen celestial.
Pero más que la fortaleza física, lo que asombra son el amor y la sabiduría sobrenatural que demuestran los mártires, signos ambos, más que elocuentes, también de la inhabitación en sus almas, del Espíritu Santo. Con respecto a San Andrés Kim Taegon, sus últimas palabras, dichas con serenidad y valentía, antes de ser decapitado, fueron: “¡Ahora comienza la eternidad!”. Estas palabras nos sirven para nosotros, hombres del siglo XXI, porque nuestro siglo, caracterizado por el materialismo, el relativismo, el ateísmo y el hedonismo, nos ha llevado a olvidar, precisamente, que existe una eternidad que nos espera; nos ha llevado a pensar que esta vida es para siempre, con su materialismo, con su dinero, con sus placeres mundanos, y como esta vida está llena de miserias, de rapiña, de codicia y de toda clase de cosas bajas y mundanas, nuestro corazón, al olvidarse que le espera un destino de eternidad –que puede ser en el amor o en el dolor-, se olvida de la eternidad y se aferra a la tierra, a la materia, al tiempo, a las cosas, al dinero, a lo que es caduco, a lo que se pudre y se descompone, a lo que no da ni puede dar, nunca jamás -porque no la tiene-, la felicidad.
“¡Ahora comienza la eternidad!”. Que las últimas palabras de San Andrés Kim Taegon, inspiradas por el Espíritu Santo, no encuentren en nosotros una tierra reseca por el sol ardiente, cubierta de espinas y de piedras, sino una tierra fértil, en donde germine y de fruto del ciento por uno, frutos de vida eterna. Que estas palabras nos ayuden a despegarnos de lo caduco y temporal, y nos hagan fijar la vista en lo que es eterno y que, siendo eterno, está en nuestro tiempo: la Eucaristía, porque la Eucaristía es Cristo, Dios Eterno e inmortal.




[1] http://www.corazones.org/santos/andrew_kim_taegon.htm

lunes, 21 de julio de 2014

María Magdalena y la alegría de la Resurrección


         María Magdalena es el ejemplo de cómo el encuentro personal con Jesús cambia radicalmente la vida de una persona, pero no en el mero sentido existencial; María Magdalena es un ejemplo de cómo su encuentro personal con Jesús da un giro decisivo a su vida, tanto en el tiempo, como en la eternidad. En el tiempo, porque el encontrarse con Jesús, le significa a ella no solo el salvar doblemente la vida –puesto que Jesús la salva de ser lapidada y además le perdona los pecados, es decir, le salva la vida temporal, terrena, y le devuelve la vida del alma, al sacarla del estado de pecado mortal, expulsándole los demonios- y el ser liberada de sus enemigos, naturales y preternaturales –los fariseos, que querían lapidarla, y los demonios, que habían poseído su cuerpo-, sino que le significa también el inicio de una nueva vida, una vida absolutamente distinta, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, la vida concedida solo por Jesucristo, la vida que comienza precisamente a partir del encuentro personal con Él, y es una vida que comienza en el tiempo y que continúa por toda la eternidad, si el alma es fiel a la gracia.
Los últimos atisbos de la vida terrena y pasada de María Magdalena, anteriores al encuentro con Jesucristo, caracterizados por la tristeza y el llanto que producen la perspectiva de la muerte sin la resurrección, se dan momentos antes de su encuentro con Jesús resucitado (cfr. Jn 20, 11ss): allí, María Magdalena llora porque si bien su vida ha experimentado el encuentro con Jesús, todavía no conoce la alegría de la Resurrección; todavía le falta experimentar el triunfo de Jesús sobre la muerte y la alegría que brota de Jesús resucitado, y es por eso que llora desconsoladamente, ante la posibilidad de no volver a ver más -según su pensamiento-, a Jesús. Pero este pensamiento oscuro, causa de su tristeza y de su llanto, desaparecerán para siempre cuando Jesús resucitado se le manifieste con todo su esplendor, no solo a sus ojos corporales, sino ante todo a su alma, haciéndole ver la majestuosidad de su humanidad glorificada por la divinidad y transfigurada por la gloria divina, comunicándole la alegría de la Resurrección, una alegría que no pertenece a este mundo, y que hace que el alma no quepa en sí de gozo y de admiración. Ahora bien, lo más importante es que esta alegría que experimenta María Magdalena, al contemplar a Cristo resucitado en el jardín, es solo el inicio de una alegría que no habría de finalizar nunca jamás, puesto que no se trata de una alegría pasajera, ocasional, sino que se trata de la alegría de la resurrección, y por lo tanto, es la alegría que se vive en los cielos, en la eternidad, porque es la alegría que se deriva del Ser trinitario de Jesucristo, Ser que es eterno y por lo mismo, no finaliza jamás.
El encuentro personal de María Magdalena con Jesucristo, cambia entonces radicalmente la vida de María Magdalena, no solo porque en su vida terrena la libra de sus enemigos –los fariseos y los demonios-, y no solo porque le concede la vida de la gracia, sino porque, por la gracia, la conduce a la vida eterna, y el episodio de la alegría de la resurrección, es solo el preludio de la alegría eterna, sin fin, que María Magdalena habría de experimentar por toda la eternidad.

Por lo tanto, María Magdalena es ejemplo para todo cristiano, porque todo cristiano debe experimentar el encuentro personal con Jesús, el encuentro que cambiará su vida, tanto en el tiempo, como en la eternidad. Ahora bien, María Magdalena lo encontró en el jardín; el cristiano lo encuentra, al mismo y único Jesucristo, igualmente resucitado y glorioso, en la Eucaristía, desde donde también comunica la alegría de la Resurrección.

miércoles, 14 de mayo de 2014

San Isidro Labrador, indocto en ciencias humanas, Doctor en Ciencias Sagradas


San Isidro Labrador era un campesino inculto en ciencias humanas, pero Doctorado en sabiduría divina y por lo tanto, un ejemplo luminoso para el siglo XXI, en el que los avances científicos y tecnológicos han oscurecido la mente del hombre, impidiéndole contemplar la maravillosa luz que emanan los rayos del Sol de justicia, Jesucristo.
San Isidro Labrador consideraba al día Domingo como lo que es: la participación al Domingo de Resurrección y por lo tanto creía firmemente en el Domingo como en el Día del Señor; creía en el Domingo como el Día más importante de la semana, pero no porque estuviera puesto allí para descansar del trabajo de la semana, como se piensa en nuestros tiempos, sino porque creía que el Domingo estaba iluminado por el resplandor de la luz eterna proveniente del sepulcro el Domingo de Resurrección y que surgió del Cuerpo hasta entonces muerto de Jesús, volviéndolo a la vida y concediéndole la gloria y la luz divina que poseía desde la eternidad. Y es por eso que San Isidro Labrador todos los Domingos rezaba un buen rato antes de Misa, luego escuchaba la Santa Misa, luego visitaba enfermos y a la tarde paseaba con su esposa y con su hijo. Pero también asistía todos los días a la Santa Misa, porque estaba convencido que la Santa Misa era la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz y tanta era su devoción, que muchos compañeros, por envidia, lo acusaron de “ausentismo laboral”, de modo que su empleador, el señor Vargas, fue a comprobar si era verdad que San Isidro llegaba tarde al trabajo por asistir a Misa, y comprobó que sí era cierto que San Isidro llegaba una hora tarde por escuchar Misa, pero también pudo comprobar, con sus propios ojos, que un misterioso personaje, que resultó ser su ángel de la guarda, guiaba al buey de San Isidro Labrador, haciendo el trabajo que le correspondía a San Isidro, mientras el santo estaba en Misa[1].
San Isidro se caracterizó también por su gran caridad, porque lo que ganaba como jornalero, lo distribuía en tres partes: una para el templo, una para los pobres, otra para su familia. Tenía gran caridad para con los pobres, dándole de comer de su propia comida. En vida y después de muerto, obró muchos milagros, entre ellos, la curación milagrosa del rey Felipe III, milagro que le valió su canonización.
Pero es sobre todo su gran aprecio por la Santa Misa, la obra más grandiosa de la Santísima Trinidad, la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, lo que hace de San Isidro Labrador, indocto en ciencias humanas, un Doctor en Ciencias Sagradas y un luminoso ejemplo para todo aquel que quiera llegar al cielo.




[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/Isidro_labrador5_15.htm

martes, 23 de julio de 2013

Santa Brígida de Suecia y los enemigos de Jesús



En una de sus revelaciones a Santa Brígida, Jesús se queja de sus enemigos. Según su descripción, estos son “como las más salvajes de las bestias”, que “nunca pueden estar satisfechos ni permanecer en calma”, porque solo desean obrar el mal, y solo en el mal encuentran reposo y satisfacción. Jesús le dice también a la santa que el corazón de sus enemigos “está tan vacío de su amor, que el pensamiento de su Pasión nunca entra en ellos”, y que jamás agradecen el sacrificio que Él hizo por ellos. En estas almas, dice Jesús, no puede vivir su Espíritu, porque no sienten el divino amor por Él, y como no sienten amor por Él, experimentan solo deseos de traicionar a otros para conseguir su propio beneficio”. Dice así Jesús: “Mis enemigos son como la más salvaje de las bestias, que nunca pueden estar satisfechos ni permanecer en calma. Su corazón está tan vacío de mi amor que el pensamiento de mi pasión nunca lo penetra. Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!” ¿Cómo puede vivir mi Espíritu en personas que no sienten el divino amor por mí, personas que están deseando traicionar a otros por conseguir su propio beneficio?”
Ahora bien, ¿quiénes son estos enemigos?
Ante todo, son aquellos que “no tienen el Amor de Dios” en sus corazones; son aquellos cuyos corazones están por lo tanto llenos de amor a sí mismo, pero como el amor a sí mismo sin el Amor de Dios es un amor impuro y no santo, se trata de un amor egoísta que excluye a Dios del objeto de su amor; por lo tanto, es un amor impuro y egoísta; es un amor-enamoramiento de sí imita al amor-enamoramiento de sí mismo que experimentó el demonio en los cielos, y que fue el motivo de su caída, porque excluye a Dios, que es Amor en sí mismo. En el cielo, el demonio y sus ángeles experimentaron el amor a sí mismos pero excluyendo a Dios; se vieron perfectos y hermosos, pero en vez de atribuir esa perfección y hermosura al Autor y Creador de toda perfección y hermosura, lo excluyeron y se atribuyeron falsamente la condición de ser los creadores del ser, y en esto consistió su mentira, su auto-engaño y su perdición. En la tierra, el hombre que vive sin el Amor de Dios porque no contempla a la Misericordia Divina encarnada, Cristo Jesús, se encierra en sí mismo, se contempla a sí mismo, se enamora de sí mismo, y comete el mismo error de soberbia y vanidad que cometieron en el cielo el demonio y sus ángeles: enamorarse de sí mismos, dejando de lado al Amor de Dios, a Dios, que “es Amor”. Sin el Amor de Dios, el corazón humano se llena de un amor impuro, egoísta, vanidoso y soberbio, el amor de sí mismo. No significa que el hombre no deba amarse a sí mismo; todo lo contrario, está prescripto en el Primer Mandamiento - “Amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo”-; lo erróneo es el amor de sí excluyendo al Amor Primero, Dios, sin el cual nada hay puro y santo en el hombre.
Los enemigos de Cristo, entonces, están vacíos de este Amor divino, y llenos de amor impuro y egoísta a sí mismos, tal como lo está el corazán angélico del Príncipe de las tinieblas, y esta es la razón por la cual Jesús dice que “no tienen el Amor de Dios”.
Pero no suceden las cosas por acaso; hay una explicación bien precisa por parte de Jesús, acerca del origen de esta ausencia del Amor divino en los corazones de los hombres malvados, y es el olvido de su Pasión, olvido que los lleva a cometer las más grandes ingratitudes, desprecios e indiferencias hacia su Sacrificio redentor: “Su corazón está tan vacío de mi amor que el pensamiento de mi Pasión nunca lo penetra. Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!”. La razón por la cual el corazón del hombre se vacía del Amor a Dios y se llena del amor impuro y egoísta a sí mismo, es el olvido de la Pasión de Jesús: “...el pensamiento de mi Pasión nunca lo penetra”. Y este amor impuro convierte al hombre en un ser ingrato para con su Dios, que ha sacrificado su Vida en la Cruz y ha derramado su Sangre para su salvación: Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!”. El olvido de la Pasión de Jesús es la causa de la ausencia del Amor de Dios en el corazón del hombre, en quien no solo no se encuentra el más mínimo rastro del Divino Amor, sino que se expresa con fuerza el anti-amor egoísta que lo colma: ¿Cómo puede vivir mi Espíritu en personas que no sienten el divino amor por mí, personas quere están deseando traicionar a otros por conseguir su propio beneficio?”. La traición es la consecuencia directa de no poseer en sí el Amor de Dios.
Pero no son enemigos de Cristo solo los que obran decididamente el mal, porque si la causa de ser enemigos de Cristo es el olvido de su Pasión, esto quiere decir que se convierten en enemigos de Jesús aquellos que, por tibieza, olvidan la Pasión. Unos, olvidan la Pasión por maldad; otros, por tibieza, por pereza, por indiferencia, por hastío de las cosas de Dios. El tibio, el católico que prefiere un programa de televisión antes que rezar; el que prefiere un partido de fútbol antes que el Rosario; el que elige dormir en vez de acudir a la Santa Misa el Domingo, Día del Señor, ese tal se convierte en enemigo de Dios, porque se olvida de la Pasión de Jesús. O, peor aún, se acuerda de ella, pero solo para rechazarla como pensamiento tedioso y reemplazarlo por otro más “divertido” o “alegre”. ¿No son centenares de miles los niños, jóvenes y adultos, que abandonan en masa las iglesias los domingos, para acudir, también en masa, a conciertos, espectáculos deportivos, mundanos?
Al reflexionar entonces sobre las palabras de Jesús dichas a Santa Brígida, no debemos, por lo tanto, pensar que los “enemigos de Cristo” son solo aquellos que, de modo ostensible y directo, obran el mal: olvidarse de la Pasión y volcarse al mundo, es causa de conversión en enemigos de Jesucristo.
¿De qué manera podemos librarnos de este vacío del corazón, de esta frialdad del alma que lleva a dejar de lado a Jesús y su Pasión? Teniendo presente, continuamente, a lo largo del día, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, la Pasión de Jesús, y pedirle que se grabe a fuego en nuestros corazones, y de manera tal, que nunca se borre de ellos. La Pasión de Jesús debe estar tan dentro nuestro y debe estar tan identificada con nuestro ser, que si la olvidamos, debe equivaler a olvidarnos de nosotros, de quienes somos y para qué existimos y vivimos en este mundo. Además, el recuerdo de la Pasión debe ser como un avivamiento del fuego de amor que Jesús enciende en nuestros corazones, así como el pasto seco se incendia al contacto con un carbón ardiente: el carbón ardiente es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús; el pasto seco es nuestro pobre corazón. De esta manera, Jesús sopla sobre nosotros su Espíritu de Amor, que es Fuego de Amor divino, y este Espíritu nos incendia en su Amor, y el Amor a su vez, nos inflama con nuevos ardores de Amor divino, que a su vez atraen más al Espíritu Santo, con lo cual se establece un círculo virtuoso de amor y gratitud, que se eleva desde el fondo del corazón hasta el trono de la majestad divina.
El Amor a Dios, expresado en el agradecimiento por su Pasión de Amor, y encendido cada vez en la Comunión Eucarística, es entonces el “antídoto” para no solo no convertirnos en sus enemigos, sino para ser sus amigos más dilectos y preferidos. Dice así Jesús a Santa Brígida: “Pero tú, hija mía, a quien he elegido para mí y con quien hablo en el Espíritu, ¡ámame con todo tu corazón, no como amas a tu hijo o a tu hija o a tus padres sino más que cualquier cosa en el mundo! Yo te creé y no evité que ninguno de mis miembros sufriera por ti. Aún amo tanto a tu alma que, si fuera posible, me dejaría ser de nuevo clavado en la cruz antes que perderte. Imita mi humildad: Yo, que soy el Rey de la gloria y de los ángeles, fui vestido de pobres harapos y estuve desnudo eel pilar mientras mis oídos oían todo tipo de insultos y burlas. Antepón mi voluntad tu ya porque mi Madre, tu Señora, desde el principio hasta el final, nunca quiso nada más que lo que yo quise. Si haces esto, entonces tu corazón estará con el mío y lo inflamaré con mi amor, de la misma forma que lo árido y seco se inflama fácilmente ante el fuego.
Tu alma estará llena de mí y Yo estaré en ti, todo lo temporal se volverá amargo para ti, y el deseo carnal te será como el veneno. Descansarás en mis divinos brazos, donde no hay deseo carnal sino sólo gozo y deleite espiritual. Ahí, el alma, colmada tanto interior como exteriormente, está llena de gozo, no pensando en nada ni deseando nada más que el gozo que posee. Por ello, ámame sólo a mí y tendrás todo lo que desees en abundancia. ¿No está escrito que el aceite de la vida no faltará hasta el día en que el Señor envíe lluvia sobre la tierra según las palabras del profeta? Yo soy el verdadero profeta. Si crees en mis palabras y las cumples, ni el aceite ni el gozo ni la alegría te faltarán jamás en toda la eternidad”. 

Meditemos en la Pasión de Jesús, día y noche; pidamos que el Espíritu Santo grabe a fuego su Pasión en nuestros corazones, agradezcamos su infinito Amor por nosotros, y así viviremos por anticipado la alegría de la vida eterna en el Reino de los cielos.

jueves, 19 de enero de 2012

San Expedito y la celeridad de la respuesta a la gracia



         Lo que caracteriza a San Expedito, y por eso es llamado el santo de las “causas urgentes”, es su celeridad a la respuesta de la gracia, sin ceder a la tentación. Cuando recibe la gracia de la conversión, en la que él con su libertad debía decir que “sí”, inmediatamente se le aparece el demonio en forma de cuervo, para tentarlo con la pereza espiritual, la acedia, que lo inducía a postergar para otro momento la respuesta a la gracia, diciéndole: “Mañana, mañana… Deja la conversión para mañana, disfruta ahora, hoy, esta dulce tentación que te ofrezco a tus sentidos y a tu alma”.
         Lejos de ceder a la acedia espiritual, a la pereza del alma, a la que lo quería llevar el demonio, San Expedito responde inmediatamente: “Hodie, hodie, hodie”, “Hoy” seré santo; hoy lucharé contra esta tentación; hoy retiraré este acto; hoy dejaré este vicio.
Otra cosa que se destaca en la conversión de San Expedito, es que nunca se habría imaginado todo lo que recibiría por haber sido fiel al Espíritu Santo: por una fracción de segundo de su libertad, en la cual le dijo que “sí” al don de Dios, San Expedito ganó una eternidad de felicidad, de alegría inimaginable, de dicha interminable, de paz, de amor, de vida, para siempre, por los siglos de los siglos.
Por responder rápidamente a la gracia, por no decir que “no” a lo que Dios le pedía en ese momento, que era luchar contra la tentación de la pereza, que inducida por el demonio, lo tentaba para dejar para más adelante la conversión, San Expedito gana toda una eternidad de felicidad.
Es lo opuesto al pecado: en el pecado, se dice que no a la gracia, y se dice que sí a la tentación, que es la que hace caer en el pecado, en el mal. Y las consecuencias también son distintas: por unos segundos de disfrute del mal, del pecado, de la tentación consentida, el daño producido al alma es letal, mortal, puesto que le provoca la pérdida de la gracia y la coloca en estado de condenación y, si el alma muere en ese estado, se condena irremediablemente en el infierno.
La Santísima Virgen, en sus apariciones en Fátima, el 13 de julio de 1917, les hizo ver a los pastorcitos el infierno y cómo caían las almas en el lago de fuego: “Nuestra Señora extendió sus manos y de repente los niños vieron un agujero en el suelo. Ese agujero, decía Lucía, era como un mar de fuego en el que se veían almas con forma humana, hombres y mujeres, consumiéndose en el fuego, gritando y llorando desconsoladamente. Lucía decía que los demonios tenían un aspecto horrible como de animales desconocidos. Los niños estaban tan horrorizados que Lucía gritó. Ella estaba tan atemorizada que pensó que moriría. María dijo a los niños: “Ustedes han visto el Infierno a donde los pecadores van cuando no se arrepiente”.
El mundo de hoy tiende muchas trampas a los cristianos que quieren vivir en gracia, a través de la televisión, a través de internet, a través de lo que se ve en la calle todos los días, y los cristianos tienen la oportunidad, a cada momento, de invocar a San Expedito para que interceda ante Dios y les conceda el poder responder rápidamente a la tentación, diciendo que no a programas de televisión indecentes, como los de bailes; diciendo que no, en el caso de los jóvenes, a la moda indecente, a la música indecente –cumbia, wachiturros, Lady Gagá, y tantos otros-; diciendo que no al permisivismo sexual; diciendo que no a la pereza espiritual de preferir un programa de televisión antes que la oración.
Muchos, muchísimos cristianos, caen en el pecado y viven en estado de condenación por no responder rápidamente a la gracia. Muchos, muchísimos cristianos, hacen lo opuesto a San Expedito: se dejan llevar por la pereza espiritual, la acedia, y ceden a la tentación, ven programas indecentes de televisión y dejan de rezar. Muchos se darán cuenta muy tarde el no haber imitado a San Expedito en su respuesta rápida a la gracia. 

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Como San Andrés, todo cristiano está llamado a dejar las cosas del mundo para entrar en la eternidad



En el momento de recibir el llamado de Jesús, San Andrés se encuentra, junto a su hermano Simón, dedicado a sus tareas cotidianas de pescador (cfr. Mt 4, 18-22). El llamado de Jesús a su seguimiento supone para San Andrés –y para todo aquel que es llamado por Jesús, sea al sacerdocio ministerial, sea al sacerdocio bautismal- un cambio radical de vida.

De pescar peces en un mar de agua salada para conseguir el sustento diario, es llamado a pescar almas en el mar de la historia humana, para conseguir su salvación eterna.

Antes del llamado de Jesús, su vida se desarrollaba en los estrechos límites del horizonte humano y sus preocupaciones no iban más allá del trabajo de todos los días, necesario para conseguir el sustento propio y familiar; ahora, luego del llamado, su vida se convierte en una aventura fantástica, que finaliza en la feliz eternidad, en la unión para siempre con las Tres Divinas Personas, y sus preocupaciones humanas, como el sustento diario, pasan a un segundo plano, pues lo que importa es el Pan eucarístico de cada día y la salvación de las almas.

Antes del llamado de Jesús, San Andrés vivía una vida sacrificada, llena de mortificaciones continuas, porque el trabajo como pescador implica la renuncia a la comodidad y el trabajo arduo; luego del llamado, San Andrés, como sacerdote ministerial, como Apóstol, y como seguidor de Cristo, San Andrés es llamado a abrazar la Cruz de Jesús, a vivir en la continua mortificación, y a asociarse a la Pasión y a la muerte martirial de Jesús.

“Ven y sígueme, te haré pescador de hombres”. Todo cristiano, al recibir el Bautismo sacramental, al ser introducido en el Cuerpo Místico de Jesús, está llamado a dejar de lado las ambiciones terrenas y humanas por el deseo de la vida eterna, y a reemplazar el trabajo cotidiano por el trabajo al servicio del Reino de los cielos.

Todo cristiano, sea sacerdote o laico, ha recibido el llamado que recibió San Andrés, y al igual que él, que dejándolo todo siguió a Jesús por el camino de la Cruz, para donar su vida en ella, del mismo modo todo cristiano, sea sacerdote o laico, está llamado a asociarse a Cristo en su Cruz para dejar esta vida con sus asuntos terrenos, para entrar en la feliz eternidad.

martes, 22 de noviembre de 2011

Santa Cecilia mártir



Se cree que Santa Cecilia nació en Roma, en el seno de una familia noble, y que fue casada contra su voluntad con un joven pagano llamado Valeriano[1].

Cecilia logró que su marido respetara su virginidad y se convirtiera al cristianismo.

Las actas del martirio de la santa afirman que pertenecía a una familia patricia de Roma y que fue educada en el cristianismo. Solía llevar un vestido de tela muy áspera bajo la túnica propia de su dignidad, ayunaba varios días por semana y había consagrado a Dios su virginidad. Fue obligada a contraer matrimonio con un joven pagano llamado Valeriano, pero según las mismas actas, el día de la celebración del matrimonio, mientras los músicos tocaban y los invitados se divertían, Cecilia se sentó en un rincón a cantar a Dios en su corazón y a pedirle que la ayudase.

Cuando los jóvenes esposos se retiraron a sus habitaciones, Cecilia, armada de todo su valor, dijo dulcemente a su esposo: “Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa, el ángel se enfurecerá y tú sufrirás las consecuencias; en cambio si me respetas, el ángel te amará como me ama a mí”. Valeriano replicó: “Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides”. Cecilia le dijo: “Si crees en el Dios vivo y verdadero y recibes el agua del bautismo verás al ángel”. Valeriano accedió, se convirtió y fue bautizado.

Luego Valeriano, junto a su hermano y a otro romano convertido, fueron decapitados por haber dado sepelio a otros mártires, y Cecilia sepultó los cadáveres. Ante esta actitud, Cecilia fue llamada para que también renunciase a la fe y debido a que se negó a hacerlo, fue condenada a morir en la hoguera, pero aunque los soldados estuvieron todo un día atizando el fuego, no le sucedió nada a Cecilia.

Finalmente, el prefecto romano envió a un soldado a decapitarla, el cual descargó tres veces la espada sobre su cuello sin lograr su propósito –es decir, sin lograr decapitarla totalmente- y la dejó tirada en el suelo, agonizando. Cecilia pasó tres días entre la vida y la muerte. Una de sus manos quedó con dos dedos doblados y tres en alto, indicando la Santísima Trinidad.

Las actas señalan también que, al igual que en su matrimonio, cantó también durante el tormento, por lo cual es patrona de los músicos.

Todo cristiano está llamado a imitar a Santa Cecilia en su vida: como ella, el cristiano está llamado a unirse en místicas nupcias con Dios Uno y Trino; como ella, el cristiano está llamado a dar testimonio de la Trinidad y de la Encarnación del Hijo de Dios, de su Pasión y Resurrección, y aunque este testimonio no sea cruento, el cristiano está llamado al martirio cotidiano que supone vivir la fe en Cristo Dios en un mundo paganizado; como Santa Cecilia, todo cristiano está llamado a cantar a Dios Trinidad en su corazón, en todo tiempo, como anticipo del canto de alabanza y glorificación que ha de entonar en los cielos, por la eternidad; como Santa Cecilia, que con su cuerpo agonizante testimonió el misterio de la Santísima Trinidad, porque recibió tres golpes, uno por cada Persona, y con los dedos de su mano señalaba el número tres, así el cristiano está llamado a dar testimonio de Dios, no como Dios Uno, sino como Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pues son las Tres Personas Divinas, que poseen la misma Esencia y el mismo Ser divino, la misma majestad y la misma gloria y poder, las que disponen todo en la vida del cristiano para llevarlo al cielo, a la feliz eternidad.


[1] Cfr. Butler, Vida de los Santos, Vol. IV.