San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 5 de noviembre de 2026

San León Magno

 



Vida de santidad[1],[2].

Nació en la Tuscia y fue diácono de la Iglesia de Roma. En el año 440, León es enviado por la emperatriz Galla Placidia a pacificar Galia. Pocos meses después, muere el Papa Sixto III, y le sucede León, su consejero. El Papa León, el 45 de la historia de la Iglesia, comenzó su ministerio petrino el 29 de septiembre del 440. Fue defensor y promotor del Primado de Roma, y es Doctor de la Iglesia.

Su Pontificado duró 21 años y batió diversos récords, señala el santoral vaticano. Primer Obispo de Roma que lleva el nombre de León. El primero en ser llamado “Magno”, de quien nos ha llegado la predicación –casi 100 sermones y 150 cartas–. Uno de los dos Pontífices (el otro es san Gregorio Magno) que ha recibido, por decisión de Benedicto XIV (1754), el título de “Doctor de la Iglesia”. 

Mensaje de santidad.

León XIII se convirtió en papa durante los debates cristológicos del cristianismo del siglo V. Mientras la Iglesia analizaba el mensaje del Evangelio a la luz de la filosofía contemporánea, diferentes teólogos propusieron diversos modelos para comprender a Jesucristo. La Iglesia católica intentó definir la cristología ortodoxa, es decir, una explicación teológico-filosófica de quién y qué es Cristo. Durante el pontificado de León XIII, la Iglesia convocó el Concilio de Calcedonia en 451, uno de los concilios cristológicos más importantes, ya que formuló el Credo de Calcedonia, que afirma que Cristo posee “dos naturalezas [humana y divina] unidas de manera inconfundible, inmutable, indivisible e inseparable en una sola persona”. Y esa Persona no es una persona humana, sino la Persona Segunda de la Trinidad, el Hijo de Dios, el Verbo de Dios. Esta verdad de fe fue declarada en el Primer Concilio de Nicea, del año 325, en el que los obispos formularon el Credo Niceno, declarando que Jesús es “Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consubstancial (homoousios) al Padre”. Por esta razón es que los católicos creemos firmemente que Cristo es Dios. La fórmula de Calcedonia, como se la conoce, es el fundamento de la ortodoxia católica hasta nuestros días.

Los Concilios de Nicea (Persona Divina de Jesús) y de Calcedonia (en Jesús hay dos naturalezas, humana y divina, unidas sin confusión, indivisibles e inseparables) definen el dogma cristológico al declarar la Unión Hipostática: Jesús es una sola persona divina con dos naturalezas (una divina y una humana) perfectas, sin división ni confusión. Estos Concilios son a su vez el fundamento de nuestra fe eucarística, porque en la Eucaristía se encuentra el mismo Cristo Dios definido por estos Santos Concilios: en la Eucaristía se unen, en la Hipóstasis, en la Persona divina del Hijo de Dios, las naturalezas divina y humana y así la Eucaristía no es un pedacito de pan, sino Cristo Dios.


San Josafat de Lituania

 



Vida de santidad[1]. Nació en 1580, de padres católicos fervorosos. Su madre le enseñó a mirar de vez en cuando el crucifijo y pensar en lo que Jesucristo sufrió por nosotros, y esto lo ayudó a dedicar su vida por hacer amar más a Nuestro Salvador.

Siendo muy joven ingresó en el monasterio de la Santísima Trinidad en Vilma, capital de Lituania, dejando de lado un ofrecimiento de matrimonio y una importante herencia de bienes materiales, a los cuales rechazó afirmando que había determinado conseguir más bien otra herencia: el cielo eterno y que para ello se iba a dedicar a la vida religiosa.

Josafat fue ordenado de sacerdote, luego superior del monasterio y finalmente arzobispo, aunque su vida siguió siendo como la del monje más mortificado. Dedicaba muchas horas al día a la oración, a la lectura y meditación en las Sagradas Escrituras y los libros escritos por los santos. Como penitencias aguantaba los terribles fríos del invierno y los calores bochornosos del verano sin quejarse ni buscar refrescantes. Ofrecía todas las mortificaciones en reparación por sus pecados. Iba de casa en casa pidiendo limosnas para los pobres y la humillación de estar pidiendo la ofrecía por sus pecados y por los de los demás pecadores. Pero su especial mortificación era soportar las gentes ásperas e incomprensivas, sin demostrar jamás disgusto ni resentimiento. En el monasterio donde fue nombrado superior, varios de los monjes que allí vivían eran ortodoxos y antirromanos. Con gran paciencia, mucha prudencia y caridad llena de finura y de santa diplomacia, se los fue ganando a todos. Ellos se dieron cuenta de que Josafat tenía el don de consejo, y le iban a consultar sus problemas e inquietudes y sus respuestas los dejaban muy consolados y llenos de paz. Con sus sabias conferencias los fue convenciendo poco a poco de que la verdadera Iglesia es la católica y que el sucesor de San Pedro es el Sumo Pontífice y que a él hay que obedecer. Con razón los enemigos de la religión lo llamaban “ladrón de almas”.

Sucedió que mientras Josafat visitaba Polonia, un tal Melecio se hizo proclamar de arzobispo y algunos revoltosos empezaron a recorrer los pueblos para preparar una revuelta contra el santo, diciendo que no querían obedecer al Papa de Roma. Muchos relajados se sentían molestos porque san Josafat atacaba a los vicios y a las malas costumbres.

En 1623 se dirigió a la ciudad de Vitebsk, que era la más rebelde y contraria a él, para tratar de hacer las paces con ellos. Sus amigos le rogaban que no fuera, y varios le propusieron que llevara una escolta militar. Él no admitió esto y exclamó: “Si Dios me juzga digno de morir mártir, no temo morir”. Lo recibieron de forma muy violenta, con insultos, pedradas, amenazas. Cuando una chusma agresiva lo rodeó insultándolo, él les dijo: “Sé que ustedes quieren matarme y que me atacan por todas partes. En las calles, en los puentes, en los caminos, en la Plaza Central, en todas partes me han insultado. Yo no he venido en son de guerra sino como pastor de las ovejas, buscando el bien de las almas. Pero me considero verdaderamente feliz de poder dar la vida por el bien de todos ustedes. Sé que estoy a punto de morir, y ofrezco mi sacrificio por la unión de todas las iglesias bajo la dirección del Sumo Pontífice”. Antes de él, quisieron matar a sus colaboradores, pero el santo les dijo: “Por favor, hijos míos, no golpeen a mis ayudantes, que ellos no tienen la culpa de nada. Aquí estoy yo para sufrir en vez de ellos”.

Al oír esto los jefes de la sedición gritaron: “¡Que muera el amigo del Papa!” y se abalanzaron contra él. Le atravesaron de un lanzazo, le pegaron un balazo, y arrastraron su cuerpo por las calles de la ciudad y lo echaron al río Divna. Era el 12 de noviembre de 1623. Meses después los verdugos se convirtieron a la fe católica y pidieron perdón de su terrible crimen. Posteriormente, el Papa declaró a San Josafat, Patrono de los que trabajan por la unión de los cristianos.

         Mensaje de santidad.

         San Josafat dio su vida para que se cumplieran, entre católicos y ortodoxos, las palabras de Jesús: “Que todos sean uno, como mi Padre y Yo somos uno”. En tiempos de Josafat existía una división -que persiste hasta hoy- entre católicos y ortodoxos cismáticos. Los ortodoxos produjeron un cisma al no reconocer la autoridad del Papa, su condición de Vicario de Cristo y su jurisdicción universal. Desde entonces, los ortodoxos no tienen una cabeza visible, que es el Papa, como sí lo tiene la Iglesia Católica y su gobierno es un gobierno horizontal y democrático y no vertical y jerárquico, tal como lo instituyó Nuestro Señor Jesucristo para su Iglesia, la Iglesia Católica.

         El delito de cisma es un pecado mortal y quien lo comete queda excomulgado ipso facto; el cismático queda fuera de la comunión con la Iglesia Católica y pone en estado de condenación eterna a su alma, de ahí la gravedad del pecado y la solicitud de San Josafat para traer de nuevo al rebaño de Cristo, la Iglesia Católica, a los cismáticos ortodoxos. Pidamos a San Josafat que interceda por nosotros, para que nos mantengamos siempre en la verdadera fe y en unión con el Santo Padre, Vicario de Cristo y que nunca nos apartemos de la Única y Verdadera Iglesia de Dios Trino, la Santa Iglesia Católica.

 


miércoles, 4 de noviembre de 2026

San Martín de Tours

 



         Vida de santidad[1].

Nacido en Hungría, creció sin embargo en Italia, adonde se mudaron sus padres. Su padre era un militar veterano y eso influyó mucho en su vocación, ya que a los 15 años ya vestía el uniforme militar. Un encuentro personal con Nuestro Señor Jesucristo bajo la apariencia de un indigente cambió para siempre la vida de San Martín. El santo se encontraba en Francia cumpliendo con su oficio militar cuando un día de invierno con temperaturas muy bajas, San Martín encontró en el camino a un pobre hombre a medio vestir, tiritando de frío. Como San Martín solo llevaba su manto militar para abrigarse, sacó su espada, dividió el manto en dos partes y le dio al pobre una mitad. En esa misma noche se le apareció en sueños Nuestro Señor Jesucristo, vestido con el medio manto que le había dado San Martín al pobre y escuchó a Nuestro Señor que le decía “Martín, hoy me cubriste con tu manto”.

El discípulo y biógrafo del santo llamado Sulpicio Severo narra que San Martín de Tours se hizo bautizar el mismo día de la misión, ya que se estaba preparando como catecúmeno para el bautismo. Apenas finalizado el bautismo, se presentó ante su general que estaba repartiendo regalos a los militares y le dijo: “Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión”. El general quiso darle varios premios pero él le dijo: “Estos regalos repártelos entre los que van a seguir luchando en tu ejército. Yo me voy a luchar en el ejército de Jesucristo, y mis premios serán espirituales”.

Luego del encuentro con Jesucristo, San Martín experimenta un gran deseo de dedicarse a la oración y a la meditación, para lo cual San Hilario le cede unas tierras ubicadas en un lugar solitario; en ese lugar, junto a unos amigos, San Martín de Tours funda el primer convento o monasterio que hubo en Francia. Allí se dedicó durante diez años a la oración, a hacer sacrificios y a estudiar las Sagradas Escrituras. Los habitantes de los alrededores consiguieron por sus oraciones y bendiciones, muchas curaciones y varios prodigios. Cuando después le preguntaban qué profesiones había ejercido respondía: “Fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma”.

En el año 371 fue ordenado obispo por aclamación popular -era la costumbre en la Iglesia en ese entonces- y aunque el santo dijera que se consideraba indigno, fue obligado a aceptar el cargo. Fundó un nuevo convento, el cual se llenó de monjes al poco tiempo, dedicados a la contemplación, la adoración y la predicación. Por la gracia de Dios y la oración de los monjes, no solo se multiplicaron las conversiones y los milagros, sino que también desapareció la peste del paganismo idolátrico, siendo su madre y sus hermanos los primeros paganos en convertirse al Dios verdadero, Jesucristo.

Un día fue criticado por un antiguo compañero de armas quien lo tildó de “cobarde” por haber abandonado el ejército. San Martín le contestó: “Con la espada podía vencer a los enemigos materiales. Con la cruz estoy derrotando a los enemigos espirituales”.

Un día en un banquete San Martín tuvo que ofrecer una copa de vino, y la pasó en primer lugar a un sacerdote y solo después al emperador, que estaba allí a su lado y dio la razón: “Es que el emperador tiene potestad sobre lo material, pero al sacerdote Dios le concedió la potestad sobre lo espiritual”.

En sus años como obispo, San Martín se ganó, con su caridad para con los más necesitados, el cariño y afecto de todo el pueblo. Era amable, alegre, caritativo y bondadoso con todos. Los que recibían su caridad no eran solo aquellos a quien el santo les caía bien, sino también sus enemigos. En una ocasión, luego de que le pidieran que castigara a una persona que se dedicaba a calumniarlo gratuitamente, San Martín respondió: “Si Cristo soportó a Judas, ¿por qué no he de soportar yo a este que me traiciona?”.

 El santo se enfrentó también con funcionarios del imperio, ya que San Martín de Tours se oponía firmemente a las torturas que estos aplicaban a los prisioneros para que confesaran sus delitos.

Luego de su muerte, se guardó en una urna el medio manto de San Martín (el que cortó con la espada para dar al pobre, a través del cual se le manifestó Jesucristo) y se le construyó un pequeño santuario para guardar esa reliquia. Como en latín para decir “medio manto” se dice “capilla”, la gente decía: “Vamos a orar donde está la capilla”. Y de ahí viene el nombre de capilla, que se da a los pequeños salones que se hacen para orar.

         Mensaje de santidad.

San Martín de Tours nos enseña que los bienes espirituales de la vida eterna son aquellos que debemos buscar y estos bienes son concedidos por el Gran Capitán Jesucristo, a quienes combaten en su ejército, armados con la fe y la Santa Cruz, en la lucha contra el Demonio y sus ángeles. Nos enseña también que la verdadera batalla del cristiano no es “contra la carne y la sangre, sino contra las potestades malignas de los aires”, es decir, la batalla del cristiano no es contra el prójimo, sino contra los ángeles caídos, los demonios. El santo nos enseña también que la verdadera caridad cristianaes dar al prójimo por amor a Dios y dar no de lo que nos sobra, sino incluso de lo que nos falta; nos enseña que Nuestro Señor Jesucristo está Presente, de manera misteriosa pero real, en el prójimo más necesitado y que en consecuencia, el bien que hacemos al prójimo, lo hacemos a Cristo y esto lo tendrá en cuenta Nuestro Señor en el día de nuestro Juicio Particular.

San Martín de Tours fue modelo da santidad durante toda su vida, pero sobre todo lo fue en el momento de su muerte, cuyos detalles los conocemos gracias al testimonio de Sulpicio Severo[2].

         Según San Sulpicio, San Martín sabía de antemano el momento de su muerte, lo cual anunció a sus hermanos en religión. Sabiendo que iba a morir, se dirigió sin embargo a la diócesis de Candes, cuyo clero estaba dividido, con el objetivo de poner entre ellos la paz de Cristo. Una vez restablecida la paz entre los clérigos decidió regresar, pero comenzó a experimentar el cansancio de la agonía, por lo que llamó a los religiosos para indicarles que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, entristecidos, le dijeron entre lágrimas: “¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien de nosotros, a quienes dejas”.

Al escuchar estas palabras, el santo, siempre lleno su corazón de la misericordia de Dios, se conmovió y, llorando él también, dirigió esta oración al Señor: “Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el trabajo; hágase tu voluntad”. Pero Dios había considerado que San Martín había dado ya testimonio de Él, de manera que se lo llevó consigo al cielo, para darle su recompensa.

En esta petición San Martín también es ejemplo de santidad, porque aun cuando sabía que iba al Cielo luego de morir, no dudó en pedir la gracia de continuar en esta tierra, con sus trabajos y afanes, si es que esa era la voluntad de Dios. Este pedido de San Martín de Tours se corresponde a la perfección con la Voluntad Divina porque no pide ni el cielo ni la tierra, sino lo que Dios quiera y es esto lo que debemos pedir para nuestras vidas, no cumplir nuestra voluntad sino la Voluntad de Dios siempre y en todo momento, ya que así nos conformamos a Cristo en el Huerto de los Olivos: “Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya”. Por último, cuando sabía que habría de morir en pocos instantes, les dijo a sus hermanos de religión: “Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor”. Habiendo pronunciado estas palabras, vio al demonio cerca de él, y le dijo: “¿Por qué estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de recibirme”. Esto quiere decir que el antiguo soldado que había dejado las armas terrenas para empuñar las armas espirituales de la fe para combatir el buen combate de Cristo, armado con las armas espirituales y revestido de la coraza espiritual de la gracia, resistió con la Cruz de Cristo los embates del Ángel caído, ingresando triunfalmente en el Reino de los cielos. De esta manera el pobre monje, que había distribuido sus bienes materiales con los más necesitados y había abandonado el mundo y sus riquezas terrenas para consagrar su vida al Cordero, recibía ahora el premio que el Cordero reserva para los suyos, la felicidad eterna en el Reino de Dios. Éste es el mensaje de santidad que nos deja San Martín de Tours.

 



[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm

[2] Cfr. Sulpicio Severo, Carta 3, 6. 9-10, 11. 14-17, 21: SC 133, 336-344.


San Carlos Borromeo

 



         Un mensaje de santidad de inapreciable valor que nos deja San Carlos Borromeo es un testamento espiritual, testamento que, como su título lo dice, podemos hacerlo en plena salud y luego renovarlo en el momento de la agonía. El Testamento Espiritual de San Carlos Borromeo se llama así y es el siguiente:

“Declaración de las últimas voluntades para hacerla en salud y renovarla en la hora de la muerte:

“Siendo innumerables los peligros a que está sujeta la vida humana, y conociendo, yo pecador, que he nacido para morir, y no sé la hora; con el fin de que no me halle la muerte desprevenido, he determinado disponerme con la ayuda de Dios; y así postrado a los pies de mi Señor Jesucristo crucificado por mi amor, declaro a todas las criaturas del cielo y de la tierra, que mi última voluntad es la que aquí explico en la forma siguiente: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Primeramente digo, que, como fundamento de mi salvación, protesto en presencia de Dios omnipotente, de la Virgen Santísima Madre suya, y de toda la corte celestial, que mi voluntad es vivir y morir obediente a la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, creyendo firmemente, como creo, todos los artículos de la fe enseñados por los santos Apóstoles, como los propone y explica nuestra Santa Madre la Iglesia. Así, pues, si alguna vez me ocurriere alguna cosa contra ellos, las tengo desde luego por error y por tentación del enemigo. Y si, lo que Dios no permita, dijere o hiciere algo que sea contrario, en virtud de esta cláusula lo revoco y anulo, y es mi voluntad que se tenga por no dicho ni hecho. Declaro por esta mi última voluntad, que en mi muerte deseo recibir el santo Sacramento de la Penitencia, confesándome enteramente de mis pecados; y si por algún accidente no me pudiere confesar, es mi voluntad confesarme y dolerme de todos ellos, llorarlos amargamente, no tanto por el temor de las penas eternas, cuanto por haber ofendido al Sumo Bien, a quien debo servir y amar sobre todas las cosas, lo cual ahora propongo firmemente con su divina gracia todo el tiempo que me resta de vida.

Es mi voluntad recibir también el Santo Viático; y si por alguna causa no pudiere ser, declaro que mi voluntad es recibirle a lo menos espiritualmente, adorando de corazón a mi Señor Jesucristo Sacramentado, y suplicándole que se digne acompañarme en tan peligroso viaje, defenderme de los enemigos infernales, y llevarme al puerto seguro de la eterna bienaventuranza.

Declaro asimismo que mi voluntad es pasar de esta vida habiendo recibido el Sacramento de la Extremaunción; y no pudiendo recibirle, ruego a mi Dios y Señor se digne ungirme con el óleo santo de su misericordia, perdonándome los pecados que cometí con los cinco sentidos corporales.

 

También es mi voluntad acabar la vida esperando de la infinita misericordia de Dios el perdón de todos mis pecados, y la salvación de ni alma, teniendo como tengo por infalible la palabra de mi Señor Jesucristo, que dijo: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.        

Confieso que aun las obras buenas las hice siempre con muchas imperfecciones y negligencias, y para que el demonio quede confuso, declaro que no presumo por solas mis obras merecer el cielo, sino principalmente por los infinitos merecimientos y preciosa Sangre de mi Señor Jesucristo, derramada por mi salvación eterna. Es mi voluntad padecer con paciencia y conformidad, hasta el último aliento de mi vida, en unión de lo que mi divino Salvador padeció por mí, cualquier enfermedad y dolor que Dios me envíe; y si por fragilidad y miseria caigo en alguna impaciencia o queja inmoderada, desde ahora me arrepiento de la culpa y mal ejemplo que dé, sea de obra, sea de palabra, rogando a Dios que no me desampare en aquel peligroso y ultimo trance.

Perdono todas las injurias que me hayan hecho los hombres, rogándoles que también ellos me perdonen a mí; y a Dios que de ellas no les tome cuenta, sino que los ayude y asista con su gracia, usando con todos de indulgencias y piedad. Doy gracias al Señor por todos los beneficios que me ha dispensado, así espirituales como temporales, particularmente por los de la creación, redención y vocación a su santo conocimiento, y también por haberme hasta ahora esperado a penitencia, habiendo merecido que me castigase mil veces con penas eternas. Sea para siempre bendita su bondad y misericordia.

Deseo que de esta mi última voluntad sea ejecutoria la Gloriosísima Virgen María, abogada de pecadores, el glorioso patriarca San José, y mis principales abogados y protectores, San N. y San N., a los cuales ruego que me favorezcan en aquella hora, pidiendo al Señor se digne por su infinita clemencia recibir mi alma en la paz eterna de los Santos. Constituyo y nombro por defensor de mi alma al Santo Ángel de mi guarda, en el tribunal de Dios, cuando se vea mi causa, y se pronuncie sentencia definitiva, rogándole, que, pues nuestro Señor le encomendó mi alma, poniéndola bajo su tutela y amparo en esta vida, la proteja y coloque por sus manos en las moradas eternas de la gloria.

Ruego por las entrañas de Jesucristo a todos mis parientes y amigos, que me ayuden con oraciones y obras satisfactorias, y especialmente con el santo sacrificio de la Misa, como medio entre todos el más eficaz, para que si, por la misericordia de Dios, fuere mi alma destinada a las penas del Purgatorio, se libre pronto de ellas, y vuele a gozar de la vista de Dios; que yo les ofrezco no ser ingrato a tan gran beneficio.

Finalmente, rindiendo humildes gracias al Señor, por haberme hasta ahora conservado la vida, protesto y declaro ser mi ánimo aceptar la muerte en cualquier modo y hora en que me la mande, recibiéndola humildemente en satisfacción de mis pecados, y conformando en esto y en todo mi voluntad a la suya santísima y amabilísima, de la que rendidamente le suplico no permita que me aparte jamás. Amén”.


sábado, 31 de octubre de 2026

San Carlos Borromeo

 



Vida de santidad.

Nació el 2 de octubre de 1538 y murió el 3 de noviembre de 1584. Fue un cardenal italiano, arzobispo de Milán y una de las figuras más importantes de la Iglesia católica durante la Contrarreforma. Nació en el castillo de Arona (Lombardía) en el seno de la adinerada e influyente familia Borromeo; su madre, Margarita de Médicis, era hermana del futuro papa Pío IV. Era brillante en los estudios y así fue como a los 21 años obtuvo el doctorado en derecho civil y canónico en la Universidad de Pavía. Fue nombrado Cardenal y Secretario de Estado por el Papa Pío IV a los 22 años y a pesar de su juventud, San Carlos mantuvo siempre una conducta equilibrada, austera y piadosa. Su aporte histórico más relevante fue su papel crucial en la reanudación y conclusión del Concilio de Trento, a su vez clave en la Contrarreforma Católica. Supervisó la redacción del famoso Catecismo Tridentino y reformó los libros litúrgicos oficiales.

Mensaje de santidad.

Para valorar en su amplitud la figura de San Carlos Borromeo, crucial en la Contrarreforma Católica de Trento, hay que considerar primero brevemente en qué consistió la Reforma Protestante, contra la cual San Carlos Borromeo luchó.

La Reforma Protestante fue y es un movimiento cismático y herético, promovido y fundado por el heresiarca Martín Lutero. Lutero se rebeló no solo contra la autoridad papal, sino contra la Iglesia en su conjunto, en su Tradición, en su Magisterio y en las Sagradas Escrituras. El heresiarca reformó, sin autoridad alguna, las Escrituras Católicas, quitando libros que le eran inconvenientes para sus errores y herejías; Lutero también atacó a la Iglesia, al Magisterio, al Papa y lo más grave de todo, atacó a la Santa Misa y a la Eucaristía, afirmando falsamente que en la Eucaristía no está Presente en Persona real, verdadera y substancialmente Nuestro Señor Jesucristo y que la Santa Misa no es un sacrificio sino una cena.

El Concilio de Trento, en cuya reanudación y conclusión fue clave la intervención de San Carlos Borromeo y la Contrarreforma Católica que le siguió como consecuencia del Concilio Tridentino, condenó y anatematizó todas las herejías protestantes, principalmente definiendo de modo infalible la Presencia real, verdadera y substancial del Hijo de Dios en la Eucaristía, además de reafirmar que la Santa Misa es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio del Calvario, codificando de una vez y para toda la eternidad, con la imposibilidad de cambiarla, a la Santa Misa Tridentina, Misa católica por excelencia, conocida también como “Misa en latín”.

         El mensaje de santidad de San Carlos Borromeo, íntimamente ligado al Concilio de Trento y su Catecismo, es que los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, Presentes en la Eucaristía y en la Santa Misa, no pueden ser modificados por la necedad humana, como lo hizo Lutero, necedad que raya en lo diabólico. Al recordarlo en su día, recordemos aquello por lo que el santo luchó: por afirmar la Presencia en Persona de Jesús en la Eucaristía y por la condición de la Santa Misa como renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz.


domingo, 25 de octubre de 2026

Fiesta de San Simón y San Judas Apóstoles

 



          En la carta del Nuevo Testamento atribuida a San Judas Tadeo, el santo apóstol nos advierte acerca de dos corrupciones principales: del cuerpo y de la fe. Con respecto a la fe, dice así: “3. Queridos míos, yo tenía un gran deseo de escribirles acerca de nuestra común salvación, pero me he visto obligado a hacerlo con el fin de exhortarlos a combatir por la fe, que de una vez para siempre ha sido transmitida a los santos”. El santo habla de una “fe” que ha sido “transmitida de una vez para siempre” y esta fe no es otra que la Santa Fe Católica, la fe bimilenaria de la Iglesia, transmitida por las Escrituras, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia y expresada en el Credo de los Apóstoles. El Apóstol dice que debemos “combatir” por esta fe y esto significa combatir para mantenerla intacta, en su pureza, sin desviaciones heréticas y cismáticas.

          Luego advierte acerca de doctrinas falsas y de falsos maestros quienes, haciendo uso perverso de la gracia de Dios, se aprovechan de la misma para renegar de Jesucristo, viviendo libertinamente: “4. Porque se han infiltrado entre ustedes ciertos hombres, cuya condenación estaba preanunciada desde hace mucho tiempo. Son impíos que hacen de la gracia de Dios un pretexto para su libertinaje y reniegan de nuestro único Dueño y Señor Jesucristo”. Estos hombres, destinados a la eterna condenación, son católicos apóstatas y herejes, convertidos de hijos de Dios en falsos profetas, los cuales, haciendo uso impío de la Esposa de Cristo, la Santa Iglesia Católica, de sus estructuras y hasta de sus fieles, se aprovechan de su condición de falsos católicos para difundir, desde dentro de la Iglesia, desde su mismo seno, ideologías contrarias a la fe católica, como el marxismo, el liberalismo y el modernismo teológico.

El Apóstol advierte luego acerca del severo castigo divino para los herejes y cismáticos que se atreven, con diabólica insolencia, a pervertir la Santa Fe Católica, sustituyéndola por otra falsa y para esto toma el ejemplo de algunos integrantes del Pueblo Elegido, aquellos que murieron luego de rebelarse contra Dios y además trae el ejemplo de los ángeles caídos, los demonios, “encadenados eternamente” por Dios a causa de su rebeldía: “5. Quiero recordarles (…) que el Señor, después de haber salvado al pueblo, sacándolo de Egipto, hizo morir en seguida a los incrédulos. 6. En cuanto a los ángeles que no supieron conservar su preeminencia y abandonaron su propia morada, el Señor los tiene encadenados eternamente en las tinieblas para el Juicio del gran Día”.

Más adelante se detiene en la severidad del castigo del fuego eterno para quienes se dejan arrastrar por los pecados contra la Naturaleza, trayendo a colación la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra: “7.También Sodoma y Gomorra, y las ciudades vecinas, que se prostituyeron de un modo semejante a ellos, dejándose arrastrar por relaciones contrarias a la naturaleza, han quedado como ejemplo, sometidas a la pena de un fuego eterno”. Esto no significa, de ninguna manera, que la Iglesia rechaza a los homosexuales por ser homosexuales”, sino que se los acepta como lo que son, personas humanas, con una condición particular, pero se les pide lo que se le pide a todo heterosexual: la vida de castidad y la conversión.

Luego, para hacer ver la gravedad de la fe contaminada con el error, la herejía y el cisma, el santo compara a los que pervierten la fe –como los teólogos modernistas como Hans Küng y Karl Rahner-, con quienes “profanan sus cuerpos”: “Los falsos maestros, profanan sus propios cuerpos y rechazan la autoridad del Señor: 8. Lo mismo pasa con estos impíos: en su delirio profanan la carne, desprecian la Soberanía e injurian a los ángeles gloriosos”.

Dice el Apóstol que “blasfeman” quienes se convierten en falsos maestros por la perversión de la fe, pero también blasfeman los que profanan sus cuerpos, sean homosexuales o heterosexuales (Versículos 9 y10), además de ser “ambiciosos” (Versículos 11) y “profanadores e irreverentes”: “12. Ellos manchan las comidas fraternales, porque se dejan llevar de la glotonería sin ninguna vergüenza y sólo tratan de satisfacerse a sí mismos. Son nubes sin agua llevadas por el viento, árboles otoñales sin frutos, doblemente muertos y arrancados de raíz”. Dicen que están “doblemente muertos”, por la doble corrupción, la del cuerpo y la de la fe y como tales, “les espera el Castigo Eterno”: “13. olas bravías del mar, que arrojan la espuma de sus propias deshonras, estrellas errantes a las que está reservada para siempre la densidad de las tinieblas”. Los que corrompen el cuerpo y la fe son “estrellas errantes” destinadas a perderse para siempre en las tinieblas del Infierno.

El Apóstol cita al profeta Henoc, afirmando que es a ellos a quien se refería cuando habla de los que son castigados por Dios en el Juicio Final: “14. A ellos se refería Henoc (…) cuando profetizó: “Ya viene el Señor con sus millares de ángeles, 15. para juzgar a todos y condenar a los impíos por las maldades que cometieron, y a los pecadores por las palabras insolentes que profirieron contra él”.

Aun cuando sean religiosos –laicos o consagrados-, quienes pervierten la fe y corrompen sus cuerpos, lo que buscan en la Iglesia es “satisfacer sus propias pasiones”: “Buscan satisfacer sus propias pasiones”, y para ello utilizan la adulación, para corromper a las almas y obtener lo que quieren: “16. Todos estos son murmuradores y descontentos que viven conforme al capricho de sus pasiones: su boca está llena de petulancia y adulan a los demás por interés”.

Luego se dirige a quienes, amando de verdad a Jesucristo, desean mantenerse en su amistad y gracia, les recordándoles que los últimos tiempos se caracterizarán por quienes “se burlarán de todo y vivirán de acuerdo a sus pasiones” y no según la Ley de Dios: “17. En cuanto a ustedes, queridos míos, acuérdense de lo que predijeron los Apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. 18. Ellos les decían: “En los últimos tiempos habrá gente que se burlará de todo y vivirá de acuerdo con sus pasiones impías”.

          Afirma que quienes no tienen verdadera fe ni respetan sus cuerpos como “templos del Señor” –sean homosexuales o heterosexuales-, “provocan divisiones” con sus perversiones, habladurías y herejías, y la razón es que “no poseen el Espíritu” de Dios, que es fuente de unidad, amor, paz, sabiduría divina: “19. Estos son los que provocan divisiones, hombres sensuales que no poseen el Espíritu”.

Finalmente, anima a quienes verdaderamente aman a Cristo y a su Iglesia, a permanecer fieles a Él, siendo fieles a la fe de la Iglesia: “20. Pero ustedes, queridos míos, edifíquense a sí mismos sobre el fundamento de su fe santísima”, y la forma de permanecer fieles, es decir, de creer en la verdadera fe de Nuestro Señor Jesucristo, el Hombre-Dios crucificado, muerto y resucitado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, es por medio de la oración “en el Espíritu Santo”: “orando en el Espíritu Santo”.

Por último, podemos agregar que la mejor forma de “orar en el Espíritu Santo”, es hacerlo allí donde habita el Espíritu Santo y es en el Corazón Inmaculado de María.

 


jueves, 15 de octubre de 2026

Santa Teresa de Ávila y el amor a la penitencia y a la cruz

 



          Santa Teresa nos dejó el siguiente relato sobre el fenómeno místico de la transverberación, un fenómeno en el cual la persona que logra una unión íntima con Dios siente traspasado el corazón por un fuego sobrenatural[1]: “Vi a mi lado a un ángel que se hallaba a mi izquierda, en forma humana. Confieso que no estoy acostumbrada a ver tales cosas, excepto en muy raras ocasiones. Aunque con frecuencia me acontece ver a los ángeles, se trata de visiones intelectuales, como las que he referido más arriba . . . El ángel era de corta estatura y muy hermoso; su rostro estaba encendido como si fuese uno de los ángeles más altos que son todo fuego. Debía ser uno de los que llamamos querubines . . . Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada, me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso, que me hacía gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que no hubiese yo querido verme libre de ella”.

          Debido a esta experiencia mística del Amor de Dios expresado en el fenómeno místico de la transverberación, es decir, en el sentirse el alma traspasada por el Fuego del Divino Amor, podríamos pensar que la Santa acudía a la oración por esta experiencia dulcísima del Amor de Dios. Sin embargo, no es así, porque, por un lado, es de ella la frase que dice: “Hay que buscar al Dios de los consuelos y no a los consuelos de Dios”. Por otra parte, luego de leer las “Confesiones” de San Agustín y sobre la vida penitente de Santa María Magdalena[2], Santa Teresa de Ávila experimentó un gran deseo de crecer en la vida espiritual y en la unión con Dios no a través de dulcísimos fenómenos místicos, sino a través de la penitencia y de la cruz. Dice así Santa Teresa de Ávila, refiriéndose al llamado a la penitencia luego de contemplar una imagen de la Pasión del Señor: “Sentí que Santa María Magdalena acudía en mi ayuda y desde entonces he progresado mucho en la vida espiritual”.

Por esta razón, a la santa le atraían más los Cristos crucificados, ensangrentados y manifestando profunda agonía. En una ocasión, al detenerse ante un crucifijo muy sangrante le preguntó: “Señor, ¿quién te puso así?, y le pareció que una voz le decía: “Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron las que me pusieron así, Teresa”. Al escuchar estas palabras, la santa se echó a llorar, quedando muy impresionada y desde ese día decidió no volver a perder el tiempo en charlas inútiles y en amistades que no llevan a la santidad.

El deseo de Santa Teresa de morir pronto para unirse con Dios, estaba templado por el deseo que la inflamaba de sufrir por su amor. A este propósito escribió: “La única razón que encuentro para vivir, es sufrir y eso es lo único que pido para mí”. Según reveló la autopsia en el cadáver de la santa, había en su corazón la cicatriz de una herida larga y profunda.

Mensaje de santidad

          Un primer mensaje que nos deja Santa Teresa de Ávila es el de buscar a Dios, sea en su Trinidad de Personas, sea en la individualidad de cada una de las Divinas Personas, Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo- y nos hace ver que la unión con Él la debemos buscar a través de la penitencia y del amor a la cruz y no debemos buscar el consuelo de las experiencias místicas, como la de la transverberación. De esa manera estaremos cumpliendo con lo que la santa nos enseña: hay que buscar al Dios de los consuelos y no a los consuelos de Dios.

          Otro mensaje de santidad que nos deja Santa Teresa es el de considerar y reflexionar la gravedad del pecado de acedia o pereza espiritual y del pecado de la pereza corporal, porque de esa manera hacemos sufrir más y más a Cristo en la cruz, tal como ella lo experimenta cuando el Señor Jesús le hace ver que sus heridas están causadas por las charlas inútiles que tiene en el conversatorio. Y si esto era válido para la santa, que tenía conversaciones solo en el conversatorio del Convento, lo es infinitamente más para nosotros, que nos distraemos con las cosas inútiles y a menudo peligrosas que nos ponen al alcance de la mano la tecnología, como el celular, la televisión, el internet en general.

          Otro mensaje de santidad que nos deja es el amor a Cristo crucificado y sangrante, es decir, el amor a la cruz, ya que es en la cruz en donde el Hijo de Dios, Jesucristo, nos ofrece la máxima muestra de amor que un Dios puede dar por su creatura: en la cruz, Dios Hijo nos ofrece el don de su Vida, su Cuerpo y su Sangre, por medio del sacrificio y como aquello que se da con sacrificio tiene más valor que lo que se da sin sacrificio, entonces en la cruz nos demuestra el máximo Amor de su Sagrado Corazón, el Amor infinito y eterno de la Misericordia Divina.

          Este amor a la cruz y a Cristo sangrante que por nosotros sufre en la cruz, es lo que le da a la santa el sentido de su vida y es el de vivir para sufrir, porque de esa manera, vivir sufriendo, es lo que la asemeja y hace participar de la vida y del sufrimiento de Cristo en la cruz: “La única razón que encuentro para vivir, es sufrir y eso es lo único que pido para mí”. En una época caracterizada por el hedonismo a ultranza, es decir, el goce de los sentidos a toda costa, la enseñanza de la santa no solo va contracorriente a esta época anticristiana, sino que nos enseña el verdadero y único camino para llegar al cielo y es el de unir nuestras vidas a Jesús Crucificado.