Ángeles y Santos
Bienaventurados habitantes del cielo, Ángeles y Santos, vosotros que os alegráis en la contemplación y adoración de la Santísima Trinidad, interceded por nosotros, para que algún día seamos capaces de compartir vuestra infinita alegría.
San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
lunes, 5 de enero de 2026
miércoles, 29 de octubre de 2025
Solemnidad de Todos los Santos
(Ciclo C - 2025)
En este día la iglesia está de fiesta y
se alegra porque muchos de aquellos que forman parte de Ella, están en el
Cielo: son Todos los Santos, es decir, son todos aquellos niños, hombres, mujeres,
de todos los tiempos, de todos los países de la tierra, que recibieron el
Bautismo, formaron parte de la Iglesia Militante y hoy forman parte de la Iglesia
Triunfante, la Iglesia que adora al Cordero de Dios, en compañía de la Virgen y
de los ángeles de Dios, para toda la eternidad. Y como una muestra de su
alegría y de su gratitud porque sus hijos están en el Cielo, en la feliz
eternidad, para siempre, la Iglesia ofrece a la Santísima Trinidad un regalo de
valor infinito, el regalo que es el Cordero de Dios, la Sagrada Eucaristía, y
se lo ofrenda por medio de la Santa Misa, que es la renovación incruenta y
sacramental del Santo Sacrificio de Jesús en la Cruz.
Los Santos son nuestros hermanos en
Cristo -todos somos hermanos en Cristo cuando recibimos el Bautismo- que ya
están en el Cielo, disfrutando y alegrándose para siempre, con una alegría
infinita y eterna junto a la Virgen y a los ángeles, adorando al Cordero de
Dios y a la Santísima Trinidad y es esto lo que la Iglesia celebra y es esto
por lo que la Iglesia festeja, pero es también a esta fiesta de los Cielos a la
que nos recuerda que estamos llamados también nosotros, como dice Jesús en el
Evangelio: “Bienaventurados los invitados al Banquete celestial”. La Iglesia
nos recuerda que también nosotros estamos invitados por Dios Padre a asistir a
las Bodas del Cordero, al Banquete del Reino de Dios, para que nos preparemos aquí
en la tierra y así, en el momento de partir de este mundo al otro, seamos
dignos de entrar en el Salón de Fiestas del Cordero.
Por esto es que nos tenemos que preguntar:
¿qué es lo que hicieron Todos los Santos para ser santos y para merecer estar
en el Cielo ahora y para siempre, en la alegría del Reino de Dios?
Lo primero a tener en cuenta es que
jamás vamos a entrar en el Reino de los Cielos con nuestras fuerzas solamente,
porque nuestras fuerzas humanas son completamente insuficientes para llevarnos
al Cielo. Para ir al Cielo, necesitamos indispensablemente de la gracia
santificante que nos conceden los Sacramentos de la Iglesia Católica, en
especial el Sacramento de la Penitencia y el Sacramento de la Eucaristía. Esto
quiere decir que, sin la gracia santificante, nadie puede entrar en el cielo, y
como los Santos querían estar con Jesús para siempre, evitaron siempre
cualquier clase de mal, para que estar siempre en gracia. Incluso algunos
prefirieron morir antes que perder la gracia santificante a causa de un pecado
mortal o venial deliberado y estos son los llamados “mártires”, quienes tienen
por Rey a Cristo, Rey de los Mártires. Pero el martirio cruento, el derramar la
sangre por Cristo, está reservada para unos pocos, para aquellos a quienes la
Trinidad ha elegido desde la eternidad; para la inmensa mayoría de los Santos,
la vía más común y ordinaria de alcanzar la santidad no consiste en derramar su
sangre de forma cruenta en persecuciones de regímenes comunistas, socialistas,
ateos, sionistas y anticristianos; para la inmensa mayoría de los Santos que
hoy viven en los Cielos, la santidad se consiguió aquí en la tierra por medio
del Sacramento de la Penitencia -la Madre Teresa de Calcuta se confesaba todos
los días-; obraban las obras de misericordia corporales y espirituales que nos
enseña la Iglesia y que estaban al alcance de sus posibilidades, como por
ejemplo, dar de comer al hambriento, de beber al sediento, orar por los
muertos, dar consejo al que lo necesita, etc.-.
Fue de esta manera como los Santos
ganaron su ingreso en el Reino de los Cielos: no solo evitando el mal, el pecado,
ya que el pecado es incompatible con la Presencia de Jesús en el corazón, sino
ante todo viviendo en estado de gracia santificante, confesándose con frecuencia,
comulgando con reverencia, con piedad, con amor, todas las veces posibles, para
fundir sus corazones con el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y además obrando
la misericordia con sus hermanos más necesitados, sea en lo material como en lo
espiritual, porque en el prójimo necesitado está Presente, misteriosamente,
Jesús.
Por último, nosotros no somos santos,
sino que somos pecadores, somos “nada más pecado”, como dicen los santos, y lo
seguiremos siendo hasta el último día de nuestra vida en la tierra; sólo se
puede llamar “santo” a quien ya se encuentra en la gloria de los Cielos
eternos, contemplando cara a cara al Cordero y a la Trinidad. Ahora bien, es
verdad que no somos santos, pero estamos llamados a serlo, estamos llamados, como
ellos, a ir al Cielo, estamos llamados a ser los habitantes del Cielo, estamos invitados
a las Bodas del Cordero, estamos invitados a la Fiesta Eterna e infinita que es
el Reino de Dios en la eternidad, pero no podremos ingresar a ese Banquete
celestial si en esta vida no imitamos a los Santos, por eso debemos hacer el
propósito de cargar la Cruz de cada día, de negarnos a nosotros mismos, de
vivir en estado de gracia acudiendo al Sacramento de la Penitencia, de recibir
a Jesús Eucaristía con amor en el corazón y de obrar la misericordia para con
el prójimo. Sólo así, solo de esta manera, escucharemos de boca de Jesús
aquello que será nuestro pase para la feliz eternidad: “Venid, benditos de mi
Padre, al Reino preparado para vosotros” (cfr. Mt 25, 34).
viernes, 18 de julio de 2025
San Camilo de Lelis
La
vida de San Camilo de Lelis se divide en dos partes muy definidas: hasta los
veinticinco años, antes de la conversión a Jesucristo, y después de los veinticinco
años, después de la conversión a Jesucristo. Nació en la localidad de Abruzzos,
Italia, en el año 1550. Quería dedicarse a la carrera militar, como su padre,
pero sucedió que le apareció una enfermedad en el pie y eso le impidió seguir
esa carrera. Acudió a Roma en búsqueda de una cura para su afección, pero no lo
consiguió; además, adquirió un horrible vicio, el vicio del juego, por el cual apostó
y perdió absolutamente todo lo que tenía. Le quedaban dos opciones: salir a
mendigar o a robar, pero como tenia una formación cristiana de sus padres,
decidió mendigar. Tenía veinticinco años. Hasta antes de conocer personalmente
a Jesucristo, San Camilo llevaba una vida disipada, caracterizada por uno de los
más horribles vicios y pecados que puede atormentar a un alma y es el vicio del
juego, en donde la persona arriesga literalmente todo lo que tiene para vivir,
para él y para su familia, quedándose en la más absoluta miseria.
La segunda parte de su vida comienza también a los veinticinco años cuando, iluminado por la gracia, luego de escuchar un sermón de Padre Capuchino, no solo se convierte a Jesucristo, sino que además experimenta el llamado a la vocación sacerdotal y religiosa. Para concretar su vocación, pidió el ingreso al noviciado, pero en ese momento le surgió con más fuerza la herida del pie -probablemente fue una infección crónica, del tejido óseo y de la piel, que además de incapacidad, provoca mucho dolor- y fue rechazado. Regresó al hospital de Santiago, en donde se dedicó a atender a los demás enfermos, por lo que fue nombrado asistente general del hospital. Dirigido espiritualmente por San Felipe Neri, estudió teología y fue ordenado sacerdote. En 1575 se dio cuenta que ante la gran cantidad de peregrinos que llegaban a Roma, los hospitales eran incapaces de atender bien a los enfermos que llegaban. Fue entonces que decidió fundar una comunidad de religiosos que se dedicaran por completo a los hospitales. Con sus mejores colaboradores fundó la Comunidad Siervos de los Enfermos el 8 de diciembre de 1591. Ahora se llaman Padres Camilos. En su tiempo se desatan epidemias diversas, muy contagiosas (malaria, tifus, peste bubónica), que provocan gran cantidad de enfermos y muertos[3]. San Camilo y sus religiosos, lejos de quedarse en sus casas religiosas, salen a las calles, a los puentes, a las casas en donde familias enteras están enfermas, para asistirlas. Como consecuencia, mueren muchos religiosos de la congregación de San Camilo, contabilizándose nueve solamente en el período de dos años que va desde 1586 al 1588.
Aunque
tuvo que soportar durante 36 años la llaga de su pié, nadie nunca lo vio triste, malhumorado, o quejoso, porque unió toda su vida a Jesús cruficicado. Murió el 14
de julio de 1614, a los 64 años.
Un
primer mensaje de santidad que nos deja San Camilo de Lelis es el comprobar
cómo, el encuentro personal con Jesucristo, cambia para bien el sentido de la
vida. En su caso, antes de encontrar a Jesucristo, no era santo, sino un gran
pecador, como todos nosotros, y además de eso, tenía uno de los peores vicios
que puede tener una persona, como el del juego, porque así se arruina a sí
mismo y arruina a toda su familia y en definitiva a toda la sociedad. Sin embargo,
bastó un solo encuentro con Él, para no solo dejar para siempre el vicio del
juego y cualquier pecado, sino para comenzar una vida de santidad que ahora
continúa con alegría y felicidad por toda la eternidad.
Otro
aspecto del mensaje de santidad de San Camilo, es el comportamiento que tanto él
como sus religiosos tuvieron en momentos de graves pestes en Europa. Aquí hay que
hacer una comparación obligatoria con esta actitud verdaderamente cristiana,
samaritana, fundada en el mandamiento de la caridad de Nuestro Señor
Jesucristo, con la actitud egoísta, cínica, mundana, e incluso anti-cristiana,
que mostraron numerosos integrantes de la Iglesia Católica, tanto religiosos,
empezando desde los más altos niveles, como laicos, quienes obedeciendo al
mandato de una sociedad comunista, atea y anticristiana y también
anti-científica como la Organización Mundial de la Salud, permanecieron en sus
casas y, para colmo de males, cerraron las iglesias, para impedir el “contagio”
de los fieles. Sin embargo, permanecían abiertas instituciones públicas y
multitudinarias como los bancos y los supermercados, al mismo tiempo que las
puertas de la Iglesia de Cristo eran cerradas, como si alimentar el cuerpo y
conseguir dinero para los alimentos, fuera más importante o lo único
importante, antes que el auxilio espiritual que nos viene del Médico Divino,
Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía.
Otro
mensaje de santidad es que San Camilo, guiado por las palabras de Nuestro Señor
Jesucristo que serán pronunciadas en el Día del Juicio Final –“Lo que hicisteis
a uno de estos pequeños, a Mí me lo hicisteis”-, ordena a sus religiosos tratar
a cada enfermo como trataría a Nuestro Señor Jesucristo en persona. Esto no
quiere decir que nuestro prójimo sea Nuestro Señor Jesucristo, sino que Él está
presente, misteriosamente, en cada prójimo; por esta razón, todo lo que hagamos
a nuestro prójimo, sea en el bien o en el mal, lo estamos haciendo a Jesús y
eso queda contabilizado para el Día del Juicio Final, para la balanza de
nuestras obras, sean buenas o malas; de ahí la necesidad de ser siempre
misericordiosos para con nuestro prójimo, para así recibir misericordia de
parte de Dios.
Un
último mensaje de santidad, en este caso en el orden personal, es la
configuración de San Camilo a Cristo, no solo por el hecho de ser sacerdote
-Cristo es el Sumo y Eterno Sacerdote-, sino ante todo por unir su enfermedad
crónica, muy dolorosa y prolongada, ya que lo acompañó hasta el final de sus
días, a la Pasión de Jesús, que es lo que hay que hacer en realidad con cada
enfermedad que tengamos, sea leve o grave. En vez de quejarse y decir, como
dicen muchos, “¿Por qué me tiene que pasar esto a mí, que soy bueno, que vengo
a misa, que me confieso, que ayudo a los demás y encima de todo, tengo que
sufrir esta enfermedad o pasar por esta situación?”, San Camilo, no solo jamás
se quejó, nunca, de ninguna manera, sino que aceptó como un don del Cielo la
afección en el pie que tenía desde su juventud y la unió a los dolores de Jesús
crucificado, más concretamente, a los dolores de sus pies atravesados por un
grueso clavo de hierro y si esa afección le producía dificultad al caminar, él
se acordaba de Jesús en la cruz y cómo, por los clavos, ni siquiera podía
caminar. Así como obró San Camilo con su propia enfermedad personal, una enfermedad
crónica, dolorosa, incapacitante, así es como tenemos que actuar nosotros si
nos sucede algo similar: no solo no quejarnos, sino dar gracias a Dios y
unirnos a Cristo crucificado para participar, con nuestra enfermedad, de la
Pasión de Jesús.
El
último ejemplo es cómo debemos tratar a nuestro prójimo, sobre todo al enfermo:
como si tratáramos al mismo Cristo en Persona.
sábado, 28 de junio de 2025
Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
(Ciclo C – 2025)
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús se inicia,
según algunos, en el día del Viernes Santo, cuando del Sagrado Corazón de
Jesús, traspasado por la lanza, brotó Sangre y Agua, que luego se derraman
sobre las almas a través de los sacramentos[1].
Pero también podríamos decir que la devoción al Corazón de Jesús comienza en el
momento mismo de la Encarnación, porque es ahí en donde el Corazón de Dios Uno
y Trino se une al Corazón humano de Jesús de Nazareth, aunque en ese momento
estaba todavía en estado incluso pre-embrional, ya que en el momento de la
Encarnación del Verbo, Jesús era solo una célula humana, sin los órganos
embrionarios desarrollados, como sucede con todo embrión humano.
Entonces, después de la Encarnación y de la Pasión, la
devoción al Sagrado Corazón de Jesús continuó, sobre todo entre los Padres de
la Iglesia, como San Ambrosio, San Juan Crisóstomo, San Agustín: estos Santos
Padres demostraban su amor por el Sagrado Corazón haciendo mención en sus
textos a la Sagrada Llaga del costado de Jesús y a la Sangre y Agua que brotaron
de su corazón. Más tarde, y en continuidad con la devoción y el amor de los
Padres de la Iglesia al Sagrado Corazón de Jesús, una gran cantidad de santos
honraban con amor y devoción al Corazón de Jesús y a las Santas Llagas de Cristo,
como por ejemplo, San Buenaventura, San Bernardo de Claraval, Santa Clara,
Santa Gertrudis, Beato Enrique Suso, San Francisco de Sales, Santa Catalina de
Siena, Santa Teresa de Ávila y San Pedro Canisio. Esta devoción estaba, sin embargo,
limitada a la devoción personal, privada; la difusión y la propagación pública del
culto al Corazón de Jesús se origina con las apariciones y revelaciones
místicas del Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacoque. La propagación
pública y universal a la devoción al Corazón de Jesús se acentúa luego con una
de las más importantes apariciones de la Virgen, las apariciones de Fátima, en
año 1917: en esas apariciones, tanto el Ángel de Portugal, como la Santísima
Virgen María en persona, les enseñaron a los Beatos Pastorcitos a rezar y
responder a los designios de los Corazones de Jesús y María. Algo que debemos
tener en cuenta es que en la historia al Sagrado Corazón no solo es importante
la consideración hacia atrás, en el tiempo, es decir, las consideraciones sobre
su origen, sino ante todo cómo es la devoción hacia el futuro, hacia adelante, cada
día de la vida de la Iglesia y de los bautizados, porque la devoción, el amor y
la adoración al Sagrado Corazón de Jesús continuará por toda la eternidad, con
la Iglesia, Esposa Mística del Cordero, adorándolo por los siglos sin fin.
De entre todas las apariciones y devociones,
son las apariciones a Santa Margarita María Alacoque de la Orden de la
Visitación de Santa María, las que más contribuyeron a que esta devoción sea
universal en la Iglesia Católica. Es el mismo Jesús en Persona quien le reveló
que quienes oraran con devoción al Sagrado Corazón, recibirían gracias y
favores divinos. Entre otras cosas, Jesús le pide que lo consuele en el dolor
que le causan las almas ingratas. En la Primera revelación, el 27 de diciembre
de 1673, Jesús le pide la Comunión de los primeros viernes; en la Segunda
revelación, en 1674, le pide que se honre su Corazón de carne y promete a los
que le honren gracias muy especiales; en la Tercera revelación, en 1674, Jesús
le confiesa: “Tengo sed, una sed ardiente de ser amado de los hombres en el Sacramento
del Amor…” y este “Sacramento del Amor” no es otro que la Sagrada Eucaristía,
en donde el Corazón del Hombre-Dios Jesucristo está vivo, resucitado, glorioso,
lleno del Amor de Dios. Posteriormente, en el año 1675 le pide que se
establezca la Fiesta a su Corazón, honrándolo con la Comunión y consagración a
Él.
Además de estas revelaciones, el Sagrado Corazón de
Jesús promete Doce inmensas gracias para quienes lo honren y lo adoren. Estas
Doce promesas son: “1. A las almas consagradas a mi Corazón, les daré las
gracias necesarias para su estado. 2. Daré la paz a las familias. 3. Las
consolaré en todas sus aflicciones 4. Seré su amparo y refugio seguro durante
la vida, y principalmente en la hora de la muerte. 5. Derramaré bendiciones
abundantes sobre sus empresas. 6. Los pecadores hallarán en mi Corazón la
fuente y el océano infinito de la misericordia. 7. Las almas tibias se harán
fervorosas. 8. Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección.
9. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Sagrado Corazón esté expuesta y
sea honrada. 10. Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones
empedernidos. 11. Las personas que propaguen esta devoción, tendrán escrito su
nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él. 12. A todos los que comulguen
nueve primeros viernes de mes continuos, el Amor omnipotente de mi corazón les concederá
la gracia de la perseverancia final”.
Ahora bien, para poder recibir estas promesas del
Sagrado Corazón, hay que tener disposiciones espirituales, como por ejemplo: recibir
sin interrupción la Sagrada Comunión durante nueve primeros viernes
consecutivos; tener la intención de
honrar al Sagrado Corazón de Jesús y de alcanzar la perseverancia final; ofrecer
cada Sagrada Comunión como un acto de expiación por las ofensas cometidas
contra el Santísimo Sacramento. Además de todo esto, podemos honrar todos los
días al Sagrado Corazón, de dos maneras distintas: una, es usando el “Detente”[2]
-se le conoce también como el “Pequeño Escapulario del Sagrado Corazón”, aunque
no es, en el sentido lingüístico un escapulario- que es un emblema o símbolo
que usualmente se lleva sobre el pecho, con la imagen del Sagrado Corazón: el
significado es que es propio de quien ama llevar consigo un signo de su amado y
en este caso, el Detente es un signo visible de nuestro amor al Sagrado Corazón
de Jesús y de la infinita confianza en su protección contra las acechanzas del
maligno. Le decimos “detente”, en nombre de Jesús, al demonio y a toda maldad.
El origen del Detente se encuentra en las apariciones del Sagrado Corazón a Santa
Margarita María Alacoque, en una carta dirigida por ella a la Madre Saumaise el
2 de marzo de 1686 en la que le dice: “Él (Jesús) desea que usted mande a hacer
unas placas de cobre con la imagen de su Sagrado Corazón para que todos
aquellos que quisieran ofrecerle un homenaje las pongan en sus casas, y unas
pequeñas para llevarlas puestas.”
La otra forma de honrar y adorar al
Sagrado Corazón es el llevarlo, no solo en una imagen, sino en el corazón,
literalmente, y eso podemos hacerlo si lo recibimos en Persona, en la Sagrada
Eucaristía, por supuesto que siempre en estado de gracia santificante. El cristiano
debe considerar que Jesús entrega su Corazón, ardiente en el Fuego del Divino
Amor, en cada Eucaristía y por esto mismo, el católico debe vivir cada Misa
como si fuera la última vez que asiste a Misa; debe hacer cada adoración como
si fuera la última vez que hace adoración eucaristía; debe comulgar con el todo
el ardor del amor, con toda la fe y la piedad de la que es posible, cada vez,
como si fuera la última vez que comulga, porque es el modo de corresponder la
entrega que hace Jesús en cada Santa Misa, en cada Adoración Eucarística, en
cada Comunión sacramental, de su Sagrado Corazón Eucarístico.
Es verdad que la Comunión de los primeros viernes de
mes es el modo en el que Jesús nos pide que honremos a su Sagrado Corazón, pero
también tenemos otro modo y es el momento de la comunión eucarística; la Comunión
Eucarística es un momento privilegiado para adorar y para orar al Sagrado
Corazón, y si bien la oración es individual y personal, una oración al momento
de comulgar, en la intimidad del diálogo de amor entre el alma y Jesús, podría
ser esta: “Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que por amor has venido hasta mí,
te suplico, por los dolores de tu Pasión, que me des la Cruz que está en la
base de tu Sagrado Corazón; que me des la corona de espinas que rodean tu
Sacratísimo Corazón, que me hagas beber del cáliz de tus amarguras contenido en
tu Sacratísimo Corazón, que me hagas sentir las mismas penas que inundan, como
mares impetuosos, tu Sacratísimo Corazón; que me des también el Amor que
envuelve tu Sacratísimo Corazón en forma de llamas de fuego; haz que esas
llamas, junto con las espinas que rodean tu Corazón y junto con la Sangre
contenida en tu Corazón, envuelvan, perforen, e inunden, con la Fuerza
impetuosa del Amor Divino, “más fuerte que la muerte”, nuestros pobres
corazones, duros, fríos, sin amor, y los corazones de nuestros seres queridos,
y los corazones de todos los pecadores, para que encendidos por las llamas del
Espíritu Santo, perforada la dureza pétrea de los corazones pecadores con las
espinas que rodean tu Corazón, e inundados con la Sangre contenida en tu
Corazón, Sangre que a su vez contiene al Amor Divino, nos convirtamos todos,
del pecado a tu Amor, y así ablandados los corazones por la contrición perfecta
y convertidos de corazones de piedra en corazones de carne, llenos del Espíritu
Santo, seamos movidos a hacer penitencia y a descargar nuestros delitos en el
sacramento de la penitencia, para así recibir nuevas y nuevas oleadas de gracia
y Amor que provienen de Ti. ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, nada soy más pecado,
porque solo soy un abismo de miseria y de indignidad, pero en mi nada y en mi
condición de pecador, y desde el fondo de miseria de mi alma, tengo algo para
ofrecerte, y ese algo es la Eucaristía, que es tu mismo Corazón traspasado;
acéptalo, y por la Cruz que está en su base, que representa los dolores acerbos
de tu Pasión; por la corona de espinas que rodean tu Corazón, espinas que son
la materialización de nuestros malos pensamientos y deseos; por el Fuego que
envuelve tu Corazón, Fuego que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo; por la
llaga que abrió la lanza del soldado, permitiendo que por la herida de tu
Corazón fluyera tu Sangre y, con tu Sangre, el Amor de Dios, y por la Eucaristía, que contiene todo esto
que te ofrezco, te suplico, te suplico, oh Sagrado Corazón, la conversión de
los pobres pecadores!”.
[1]
https://www.uco.edu.co/seguimosconectados/SiteAssets/MODULO-II.pdf
[2] https://www.youtube.com/watch?v=5PwS6lUsXXk; cfr. Vida y Obras, vol. II,
p.306, nota. INDULGENCIA El Papa Pío IX le concedió en el año 1872, una
indulgencia de 100 días una vez al día a todos los fieles que usaran alrededor
de sus cuellos este emblema piadoso y rezaran un Padre Nuestro, Ave María y
Gloria. (Preces et pia opera, n. 219).
viernes, 23 de mayo de 2025
San Eugenio Mazenoud
Vida de santidad.
Carlos José Eugenio de Mazenoud nació en Marsella, Francia, el 1 de agosto de 1782 y falleció en el año
1861. Fue beatificado el 19 de octubre de 1975 por el Papa Pablo VI y fue
canonizado el 3 de diciembre de 1995 por S.S. Juan Pablo II. Su padre ocupaba
un importante cargo político por lo que la familia gozaba de una posición
acomodada. El pequeño Eugenio poseía un temperamento autoritario e irascible;
pero también una gran nobleza de corazón: en una ocasión, movido por la
compasión, cambió sus ropas con las de un niño carbonero. En 1794, la familia
tuvo que abandonar el país por razones políticas estableciéndose en Venecia;
allí quedó a cargo de un sacerdote, el P. Bartolo Zaneli y gracias a esta
amistad, Eugenio pudo discernir su vocación sacerdotal, la cual concretó el 12
de octubre de 1808 al ingresar al seminario de san Sulpicio, ordenándose luego
sacerdote e iniciando su ministerio sacerdotal en octubre de 1812.
Desde
un comienzo, se dedicó a los pobres, pero no principalmente a los pobres
materiales, sino a los pobres de espíritu, aquellos que no conocen, que no
aman, que no adoran al Hombre-Dios Jesucristo. Estos son los verdaderos pobres
del Evangelio, y por esta razón San Eugenio dedicó su vida no a tomar medidas
económicas o políticas para reducir la pobreza material, sino que se dedicó a
predicar el Evangelio para combatir la peor pobreza, la pobreza de conocer, no
amar y no adorar al Hombre-Dios Jesucristo en la Eucaristía. A causa de la
revolución de los ateos, que desde el poder se dedicaron a combatir a la
Iglesia y a Dios, para sacarlo no solo de la vida pública, sino de la mente y
del corazón del hombre, se había producido un gran empobrecimiento espiritual de
la población. Como parte de su estrategia para difundir el Evangelio, fundó una
asociación de sacerdotes seculares, llamada “Congregación de los Oblatos de
María Inmaculada”, los cuales se dedicaban a catequizar a la población,
sacándola del ateísmo, del materialismo, de la ignorancia acerca de la
Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y de la ignorancia del valor de
los Santos Sacramentos de la Iglesia Católica.
Para
combatir esta pobreza espiritual, San Eugenio funda la Congregación de los
Oblatos de María Inmaculada, cuyo lema y carisma es combatir la pobreza
espiritual, según se lee en el escudo de los oblatos: “Me ha enviado a
evangelizar a los pobres, los pobres son evangelizados”; este lema y carisma
están basados en las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “Bienaventurados los
pobres de espíritu”. Tras haber experimentado el Amor de Cristo Salvador en la
Cruz, se sintió llamado a una vocación singular y así lo transmitió a sus
primeros compañeros, “llamados a ser los cooperadores de Cristo Salvador”.
San
Eugenio es luego nombrado Obispo de Marsella, tomando posesión de su diócesis
el 24 de diciembre de 1837, lo cual le permitió evangelizar a dicha ciudad con
el espíritu de su congregación. Además de predicar y de explicar el Credo, la Santa
Misa y el Evangelio, San Eugenio se dedicó a luchar incansablemente por la
libertad de enseñanza hasta lograr, con la promulgación de la ley Falloux, el
derecho a la clase de religión. Este derecho había sido injustamente abolido
por la revolución francesa, anticristiana, atea y materialista. Como obispo, creó
veintidós nuevas parroquias, edificó numerosas iglesias —entre ellas la misma
catedral— y además se establecieron treinta y un congregaciones religiosas en
su diócesis. Monseñor Masenoud falleció el 21 de mayo de 1861, a la edad de 79
años.
Mensaje de santidad.
Como
hemos visto, San Eugenio se dedicó a combatir la pobreza, pero
no la pobreza material, sino la espiritual, porque como dijimos, el pobre de
espíritu es aquel que no conoce ni ama ni adora al Hombre-Dios Jesucristo en la
Eucaristía. Es un grave error creer que en el Evangelio Jesús se refiere a la
pobreza material: Jesús hace referencia a la pobreza espiritual, aquella que
tiene dos vertientes: el pobre espiritual que carece de toda riqueza
espiritual, el mencionado en el Apocalipsis –“Crees que eres rico, pero eres
pobre”-, porque no conoce, ni ama ni adora a Nuestro Señor Jesucristo; mientras
que la otra vertiente u otra clase de pobreza espiritual, es aquella en la que
el alma es consciente de que no posee la verdadera riqueza, que es la gracia
santificante y la Eucaristía y se dedica de lleno a conseguirlas. Entonces, si
pobreza es carencia de bienes, el ateo o el que cree en una falsa religión
-cualquiera que no sea la católica- es pobre y el más pobre de todos, porque
carece de la verdadera riqueza que es la fe y la gracia santificante de Nuestro
Señor Jesucristo. Pero el pobre es también el que está necesitado y en ese
sentido, el pobre de espíritu es aquel que está necesitado de Dios; es aquel
que sabe que Dios es la verdadera riqueza, que su gracia santificante y la
Eucaristía valen más que montañas de oro y plata -es la parábola del tesoro
escondido, ya que el tesoro escondido es la gracia y la Eucaristía- y por eso
se dedica con todas sus fuerzas a adquirir, preservar y acrecentar la gracia,
para recibir la Eucaristía con un corazón en gracia. A estas dos clases de
pobreza espiritual, es a las que San Eugenio Mazenoud se dedicó a combatir; ése
es el trabajo de la Iglesia Católica, sacar de la pobreza espiritual a las
almas, dándoles el conocimiento o catequesis de Nuestro Señor Jesucristo y dándoles
el Pan de Vida eterna, alimentando sus almas con la gracia de los sacramentos y
con la substancia divina del Hombre-Dios Jesús de Nazareth, Presente en persona
en la Eucaristía. La visión contraria y opuesta al Evangelio es la del
socialismo y la del comunismo, ideologías materialistas y ateas que consideran
que la única pobreza del hombre y la más importante, es la pobreza material;
por eso estas ideologías se oponen al Evangelio y a la misión evangelizadora de
la Iglesia, porque creen que solo existen pobres materiales. Pero esto es un
gran error, porque el hombre es cuerpo y alma unidos indisolublemente; por eso
es que se puede ser pobre materialmente, pero rico espiritualmente, si es que
se tiene fe y se vive en gracia, porque esa es la verdadera riqueza espiritual;
pero también se puede ser rico materialmente, pero pobre espiritualmente,
cuando no se conoce ni ama ni adora al Hombre-Dios Jesucristo en la Eucaristía.
Es por esto que la Iglesia condena al socialismo y al comunismo y a todas las
ideologías y partidos políticos que promuevan al socialismo y al comunismo.
Finalmente,
podemos decir que el mensaje de santidad de San Eugenio Mazenoud consiste en
poner por obra el Sermón de la Montaña de Nuestro Señor Jesucristo, en el cual
llama “pobres” a los pobres de espíritu, no a los pobres materiales. Por esto
es que conviene tener en cuenta quiénes son los verdaderos pobres, para
entender a fondo la obra y el mensaje de santidad de San Eugenio Mazenoud.
En el
Sermón de la Montaña o Sermón de las Bienaventuranzas, Jesús dice así: “Felices
los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los que son odiados a causa
del Hijo del hombre (…) ¡Ay de los ricos, de los satisfechos, de los que ríen,
de los que son elogiados por el mundo…!” (Lc
6, 20-26). En este Sermón, Jesús llama “felices” a los pobres, mientras que a
los ricos les dedica un lamento, un “ay”; esto nos hace ver que Jesús, que es
Dios, ve las cosas de un modo distinto a como las ve el mundo. Para el mundo,
son felices los ricos, materialmente hablando, mientras que son “infelices” o
faltos de felicidad, los pobres materialmente hablando. Para Jesús, la
felicidad no consiste en tener muchas riquezas materiales, sino en ser “pobre
de espíritu”, es decir, tener necesidad de la gracia de los sacramentos y sobre
todo tener necesidad de la Eucaristía. Cuando se ven las cosas como las ve
Jesús, se comprende porqué la riqueza material, con un corazón egoísta, es
causa de lamento para Jesús y esto es porque la riqueza material hace olvidar a
la vida eterna; por otro lado, la pobreza espiritual y no tanto la material, es
la que hace verdaderamente feliz al alma, y esto porque el pobre espiritual
tiene necesidad de la gracia y de Jesús Eucaristía. Además, el pobre espiritual
vive, además de la verdadera pobreza espiritual, la verdadera pobreza material,
que es la Pobreza de la Cruz: en la Cruz, Jesús nos da ejemplo de verdadera
pobreza, tanto espiritual como material: nos da ejemplo de pobreza espiritual,
porque por amor a su Padre es que lleva a cabo el Santo Sacrificio del Calvario,
al tiempo que demuestra estar necesitando a Dios cuando lo llama antes de
morir: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”, “Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu”; nos da ejemplo de verdadera pobreza material, porque en la cruz
Jesús tiene solo los bienes materiales necesarios para llegar al Cielo y esos
bienes no son suyos, sino que han sido prestados por Dios: en la Cruz, Jesús Pobre
solo posee el leño de la Cruz, el cartel o letrero que dice: “Jesús Nazareno,
Rey de los judíos”, los tres clavos de hierro que atraviesan sus manos y pies,
la corona de espinas, que indica que Él es el Rey de los hombres y de los
ángeles y por último, el velo que cubre su Humanidad Santísima, prestado por su
Madre, la Virgen.
Dice Jesús en el Evangelio: “Felices los pobres, los
que tienen hambre, los que lloran, los que son odiados a causa del Hijo del
hombre (…) ¡Ay de los ricos, de los satisfechos, de los que ríen, de los que
son elogiados por el mundo…!”. Estas Bienaventuranzas y “ayes” podrían
resumirse así: “¡Bienaventurados, felices, los que cargan la Cruz todos los
días, y siguen al Cordero camino del Calvario; Bienaventurados, felices, los
que se alimentan en gracia del Pan de Vida Eterna, la Sagrada Eucaristía; desgraciados,
desdichados, infelices, los que rechazan la Cruz y se abandonan a los placeres
del mundo!”.
Que San Eugenio Mazenoud interceda por
nosotros ante la Trinidad, para que deseemos vivir la verdadera pobreza de
espíritu, la de sentirnos carentes de la gracia y de la Eucaristía, para que
seamos enriquecidos por la Santa Iglesia Católica con la verdadera riqueza, la
riqueza de los sacramentos que nos dan la gracia y sobre todo la Sagrada
Eucaristía, que nos concede el Tesoro Escondido del Padre, la Gracia Increada
en Sí Misma, el Hombre-Dios Jesucristo.
viernes, 6 de diciembre de 2024
Ofrezcamos el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús en reparación por nuestras faltas diarias de amor a la Trinidad Santísima
En la biografía de esa gran santa que es Sor Josefa Menéndez, se lee la siguiente anécdota, en la que la santa, por indicación del mismo Sagrado Corazón de Jesús, tenía la costumbre de ofrecer el Sagrado Corazón de Jesús al Padre, para expiar sus faltas de amor. Así escribe la santa, describiendo cómo le había indicado Jesús que hiciera las oraciones de ofrecimiento al Padre, es decir, le dice el Señor a Sor Josefa Menéndez:
-“Toma
éste, Mi Corazón, y ofrécelo al Padre. Con el podrás pagar todas tus deudas” .
También
podía decir esta oración “Para reparar por nuestros pecados” y también por los
de otra persona o personas agregando al final de cada reparación “y por los
de...”.
Otra
oración era la siguiente: “Padre Eterno, yo Te ofrezco el Sagrado Corazón de
Jesús, con todo Su Amor, todos sus sufrimientos, y todos sus méritos:
Primero:
-Para expiar todos los pecados que he cometido este día y durante toda mi vida;
Gloria al Padre, y al Hijo...;
Segundo:
-Para purificar el bien que he hecho mal este día y durante toda mi vida; Gloria
al Padre, y al Hijo...;
Tercero:
-Para suplir por el bien que yo debía de haber hecho y que he omitido este día,
y durante toda mi vida: Gloria al Padre, y al Hijo...;
Esta
práctica piadosa la observó Sor Josefa Menéndez toda su vida, pero también una
hermana suya en religión. Esta hermana suya, también una religiosa clarisa,
recién muerta, se le apareció a su abadesa o Madre Superiora, mientras que la
abadesa rezaba por el alma de la fallecida. En ese momento, la difunta habló,
diciendo: “Yo fui admitida directamente al Cielo porque, mediante esta oración
que yo rezaba todas las noches, se pagaron todas mis deudas”.
Algo
que hay que aclarar, sin embargo, es que con esta oración no se intenta
reemplazar la Confesión sacramental, puesto que el pecado mortal solo es
perdonado por el Señor a través del Sacramento de la Confesión.
En
nuestro caso, nosotros también podemos ofrecer a Dios Padre, a Dios Hijo, a
Dios Espíritu Santo, es decir, a la Santísima Trinidad, un obsequio real,
similar al que ofrecía Sor Josefa Menéndez, cada vez que asistimos a la Santa
Misa: cuando asistimos a la Santa Misa, le podemos ofrecer a la Santísima Trinidad,
por las mismas intenciones de Sor Josefa Menéndez, el Sagrado Corazón Eucarístico
de Jesús, la Sagrada Eucaristía, y así le podemos decir a la Trinidad: “Toma,
Beatísima Trinidad, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para pagar mis
deudas, para reparar mis pecados; te ofrezco el Sagrado Corazón Eucarístico de
Jesús, con todo su Amor, con todos sus sufrimientos y todos sus méritos, para expiar
todos los pecados que he cometido en este día y durante toda mi vida; para
purificar el bien que he hecho mal este día durante toda mi vida; para suplir
por el bien que yo debía haber hecho y que he omitido este día y durante toda
mi vida y para darte el amor que debería haberte dado en este día y durante toda
mi vida; te ofrezco también, oh beatísima y sacratísima Trinidad Sacrosanta, el Sacratísimo Corazón Eucarístico de Jesús, en expiación por todo el mal cometido y por todo el bien omitido o hecho imperfectamente por mis seres más queridos, por su eterna salvación”.
martes, 15 de octubre de 2024
Santa Teresa de Ávila y el recuerdo del amor de Cristo
En el peregrinar de nuestra vida terrena hacia la Jerusalén
del cielo, sucede con mucha frecuencia que se presentan pruebas, dificultades,
tribulaciones, situaciones de dolor, enfermedades, fallecimientos de seres
queridos, las cuales nos hacen olvidar lo que dice la Sagrada Escritura: “Lucha
es la vida del hombre en la tierra” (Job 7, 1) y si no tenemos un fuerte
auxilio espiritual, con toda seguridad, vamos a perecer en estas tribulaciones.
Precisamente, para no perecer en estas tribulaciones que se presentan tan a menudo
en esta vida terrena, en este peregrinar hacia el Reino de Dios, Santa Teresa
de Ávila viene en nuestro auxilio, para recordarnos qué debemos hacer en dichos
casos o, mejor aún, a Quién debemos recurrir y es a Nuestro Señor Jesucristo. Dice
así Santa Teresa[1]:
“Con tan buen amigo presente -Nuestro Señor Jesucristo-, con tan buen capitán,
que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da
esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después,
que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere que sea por
manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita”. Santa
Teresa dice que con Jesús “todo se puede sufrir”, porque fue el primero en
padecer (en la cruz) y además Él ayuda, da fuerzas, no falta, es decir, está
siempre y es amigo verdadero y que si queremos agradar a Dios y que Dios nos
haga “grandes mercedes”, es decir, grandes dones y milagros, que acudamos a su “Humanidad
sacratísima” y esto no es otra cosa que la Eucaristía, o sea que Santa Teresa
nos está diciendo que cuando nos encontremos en alguna situación de
tribulación, acudamos a Jesús, el Amigo Fiel, en la Eucaristía y que Él nos ayudará
desde la Eucaristía.
Después dice la Santa: “He visto claro que por esta puerta
hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos.
Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación;
por aquí vamos seguros. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los
bienes. Él lo enseñará; mirando su vida, es el mejor dechado”. Santa Teresa nos
dice que Jesús es la Puerta, tal como Él nos enseña en el Evangelio –“Yo Soy la
Puerta” (Jn 10, 9)- para conocer los secretos admirables de Dios y no hay otro
camino que Cristo: “Yo Soy el Camino” y que es el Único Camino seguro por el que
“nos vienen todos los bienes”. Entonces, desdichado quien busca otro camino que
no es Cristo; feliz quien llega a Cristo y a su vez sabemos que el camino más
rápido para llegar a Cristo es la Virgen.
Luego dice Santa Teresa de Ávila que Cristo “no nos
abandonará en las tribulaciones y trabajos”, como sí lo hacen los mundanos, y
que es feliz aquél que ame verdaderamente a Cristo y que siempre lo tenga
consigo, dando después el ejemplo de varios santos, empezando por San Pablo: “¿Qué
más queremos que un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y
tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le
amare y siempre le trajere cabe de sí. Miremos al glorioso san Pablo, que no
parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el
corazón. Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos
santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino: san Francisco, san
Antonio de Padua, san Bernardo, santa Catalina de Siena”.
Por último, dice Santa Teresa que nos acordemos del amor de
Cristo, con el cual nos hizo tantos favores -nos rescató de las garras del Demonio,
nos lavó la mancha del pecado con su Sangre y nos adoptó como hijos de Dios
Padre, haciéndonos herederos del Reino de Dios-, porque el amor con amor se
paga y si tenemos en el corazón el amor de Cristo, todo, incluso las
tribulaciones y las pruebas más difíciles de esta vida terrena, todo será más
fácil: “Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos
hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del
que nos tiene: que amor saca amor. Procuremos ir mirando esto siempre y
despertándonos para amar, porque, si una vez nos hace el Señor merced que se
nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil, y obraremos muy en
breve y muy sin trabajo”.
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