Vida de santidad[1].
Nacido en Hungría, creció sin embargo en Italia, adonde
se mudaron sus padres. Su padre era un militar veterano y eso influyó mucho en
su vocación, ya que a los 15 años ya vestía el uniforme militar. Un encuentro
personal con Nuestro Señor Jesucristo bajo la apariencia de un indigente cambió
para siempre la vida de San Martín. El santo se encontraba en Francia
cumpliendo con su oficio militar cuando un día de invierno con temperaturas muy
bajas, San Martín encontró en el camino a un pobre hombre a medio vestir, tiritando
de frío. Como San Martín solo llevaba su manto militar para abrigarse, sacó su espada,
dividió el manto en dos partes y le dio al pobre una mitad. En esa misma noche
se le apareció en sueños Nuestro Señor Jesucristo, vestido con el medio manto que
le había dado San Martín al pobre y escuchó a Nuestro Señor que le decía
“Martín, hoy me cubriste con tu manto”.
El discípulo y biógrafo del santo llamado Sulpicio
Severo narra que San Martín de Tours se hizo bautizar el mismo día de la
misión, ya que se estaba preparando como catecúmeno para el bautismo. Apenas finalizado
el bautismo, se presentó ante su general que estaba repartiendo regalos a los
militares y le dijo: “Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora
en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión”. El general quiso
darle varios premios pero él le dijo: “Estos regalos repártelos entre los que
van a seguir luchando en tu ejército. Yo me voy a luchar en el ejército de
Jesucristo, y mis premios serán espirituales”.
Luego del encuentro con Jesucristo, San Martín
experimenta un gran deseo de dedicarse a la oración y a la meditación, para lo
cual San Hilario le cede unas tierras ubicadas en un lugar solitario; en ese
lugar, junto a unos amigos, San Martín de Tours funda el primer convento o
monasterio que hubo en Francia. Allí se dedicó durante diez años a la oración,
a hacer sacrificios y a estudiar las Sagradas Escrituras. Los habitantes de los
alrededores consiguieron por sus oraciones y bendiciones, muchas curaciones y
varios prodigios. Cuando después le preguntaban qué profesiones había ejercido
respondía: “Fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y
para salvar mi alma”.
En el año 371 fue ordenado obispo por aclamación
popular -era la costumbre en la Iglesia en ese entonces- y aunque el santo
dijera que se consideraba indigno, fue obligado a aceptar el cargo. Fundó un
nuevo convento, el cual se llenó de monjes al poco tiempo, dedicados a la
contemplación, la adoración y la predicación. Por la gracia de Dios y la oración
de los monjes, no solo se multiplicaron las conversiones y los milagros, sino
que también desapareció la peste del paganismo idolátrico, siendo su madre y
sus hermanos los primeros paganos en convertirse al Dios verdadero, Jesucristo.
Un día fue criticado por un antiguo compañero de armas quien
lo tildó de “cobarde” por haber abandonado el ejército. San Martín le contestó:
“Con la espada podía vencer a los enemigos materiales. Con la cruz estoy
derrotando a los enemigos espirituales”.
Un día en un banquete San Martín tuvo que ofrecer una
copa de vino, y la pasó en primer lugar a un sacerdote y solo después al
emperador, que estaba allí a su lado y dio la razón: “Es que el emperador tiene
potestad sobre lo material, pero al sacerdote Dios le concedió la potestad
sobre lo espiritual”.
En sus años como obispo, San Martín se ganó, con su caridad
para con los más necesitados, el cariño y afecto de todo el pueblo. Era amable,
alegre, caritativo y bondadoso con todos. Los que recibían su caridad no eran
solo aquellos a quien el santo les caía bien, sino también sus enemigos. En una
ocasión, luego de que le pidieran que castigara a una persona que se dedicaba a
calumniarlo gratuitamente, San Martín respondió: “Si Cristo soportó a Judas,
¿por qué no he de soportar yo a este que me traiciona?”.
El santo se
enfrentó también con funcionarios del imperio, ya que San Martín de Tours se
oponía firmemente a las torturas que estos aplicaban a los prisioneros para que
confesaran sus delitos.
Luego de su muerte, se guardó en una urna el medio
manto de San Martín (el que cortó con la espada para dar al pobre, a través del
cual se le manifestó Jesucristo) y se le construyó un pequeño santuario para
guardar esa reliquia. Como en latín para decir “medio manto” se dice “capilla”,
la gente decía: “Vamos a orar donde está la capilla”. Y de ahí viene el nombre
de capilla, que se da a los pequeños salones que se hacen para orar.
Mensaje de santidad.
San Martín de Tours nos enseña que los bienes espirituales
de la vida eterna son aquellos que debemos buscar y estos bienes son concedidos
por el Gran Capitán Jesucristo, a quienes combaten en su ejército, armados con
la fe y la Santa Cruz, en la lucha contra el Demonio y sus ángeles. Nos enseña también
que la verdadera batalla del cristiano no es “contra la carne y la sangre, sino
contra las potestades malignas de los aires”, es decir, la batalla del
cristiano no es contra el prójimo, sino contra los ángeles caídos, los demonios.
El santo nos enseña también que la verdadera caridad cristianaes dar al prójimo
por amor a Dios y dar no de lo que nos sobra, sino incluso de lo que nos falta;
nos enseña que Nuestro Señor Jesucristo está Presente, de manera misteriosa
pero real, en el prójimo más necesitado y que en consecuencia, el bien que
hacemos al prójimo, lo hacemos a Cristo y esto lo tendrá en cuenta Nuestro
Señor en el día de nuestro Juicio Particular.
San Martín de Tours fue modelo da santidad durante toda
su vida, pero sobre todo lo fue en el momento de su muerte, cuyos detalles los
conocemos gracias al testimonio de Sulpicio Severo[2].
Según San Sulpicio, San Martín sabía de
antemano el momento de su muerte, lo cual anunció a sus hermanos en religión. Sabiendo
que iba a morir, se dirigió sin embargo a la diócesis de Candes, cuyo clero
estaba dividido, con el objetivo de poner entre ellos la paz de Cristo. Una vez
restablecida la paz entre los clérigos decidió regresar, pero comenzó a experimentar
el cansancio de la agonía, por lo que llamó a los religiosos para indicarles
que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, entristecidos, le dijeron entre
lágrimas: “¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra
desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus
mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero
una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien
de nosotros, a quienes dejas”.
Al escuchar estas palabras, el santo, siempre lleno su
corazón de la misericordia de Dios, se conmovió y, llorando él también, dirigió
esta oración al Señor: “Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el
trabajo; hágase tu voluntad”. Pero Dios había considerado que San Martín había
dado ya testimonio de Él, de manera que se lo llevó consigo al cielo, para
darle su recompensa.
En esta petición San Martín también es ejemplo de
santidad, porque aun cuando sabía que iba al Cielo luego de morir, no dudó en
pedir la gracia de continuar en esta tierra, con sus trabajos y afanes, si es
que esa era la voluntad de Dios. Este pedido de San Martín de Tours se
corresponde a la perfección con la Voluntad Divina porque no pide ni el cielo
ni la tierra, sino lo que Dios quiera y es esto lo que debemos pedir para
nuestras vidas, no cumplir nuestra voluntad sino la Voluntad de Dios siempre y
en todo momento, ya que así nos conformamos a Cristo en el Huerto de los
Olivos: “Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya”. Por último, cuando
sabía que habría de morir en pocos instantes, les dijo a sus hermanos de religión:
“Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu,
a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor”. Habiendo pronunciado
estas palabras, vio al demonio cerca de él, y le dijo: “¿Por qué estás aquí,
bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de
recibirme”. Esto quiere decir que el antiguo soldado que había dejado las armas
terrenas para empuñar las armas espirituales de la fe para combatir el buen
combate de Cristo, armado con las armas espirituales y revestido de la coraza
espiritual de la gracia, resistió con la Cruz de Cristo los embates del Ángel
caído, ingresando triunfalmente en el Reino de los cielos. De esta manera el pobre
monje, que había distribuido sus bienes materiales con los más necesitados y
había abandonado el mundo y sus riquezas terrenas para consagrar su vida al
Cordero, recibía ahora el premio que el Cordero reserva para los suyos, la
felicidad eterna en el Reino de Dios. Éste es el mensaje de santidad que nos
deja San Martín de Tours.
[1]
http://www.ewtn.com/spanish/saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm
[2] Cfr. Sulpicio Severo, Carta 3, 6. 9-10, 11. 14-17, 21: SC 133, 336-344.
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