San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 27 de marzo de 2026

Los siete dolores y gozos de San José

 


Ciclo A 2026[1]

         Según la Tradición, San José experimentó Siete Dolores y Siete Gozos en su condición de Padre adoptivo de Jesús y de Esposo meramente legal de María Santísima. San José, al ser un padre y esposo terreno experimentó, como todo padre y esposo de esta tierra, los gozos y dolores que se suceden en los distintos momentos de su familia; como todos sabemos, hay días en que predominan los gozos, hay días en que predominan los dolores. Ahora bien siendo San José quién es, el santo más grande luego de la Santísima Virgen María, los hechos que experimentó San José en la Sagrada Familia fueron más allá de ser los de un padre terreno, similar a cualquier otro padre terreno entre los hombres, desde el momento en que San José, además de su santidad personal, debido a su condición precisamente de Padre Adoptivo de Dios Hijo, estos hechos adquirieron una dimensión que va más allá de lo humano, una dimensión celestial, divina, sobrenatural y también salvífica, al estar asociada su vida indisolublemente a la vida de su Hijo adoptivo Jesús, Segunda Persona de la Trinidad encarnada y a la de su Esposa legal María Santísima. Solo se comprenden sus gozos y dolores dentro de la historia de la salvación y es en ella adquieren su trascendencia sobrenatural. Algo muy importante a tener en cuenta es que el recuerdo de estos Siete Dolores y Gozos no se limitan a un simple recuerdo de la memoria, sino que, por la gracia, la fe y la oración, se tratan de una misteriosa participación, por el hecho de ser nosotros mismos misterios del Cuerpo Místico de Jesús, a la vida de San José y al misterio salvífico de su Hijo adoptivo, Jesucristo, el Hombre-Dios. Siempre según la Tradición, los Siete Dolores y Gozos de San José se sucedieron en siete Domingos sucesivos. En honor de San José y en su Novena ofrecemos las siguientes meditaciones con la intención de participar con fe y con amor, de los misterios de la paternidad adoptiva de San José, paternidad que es prolongación en la tierra y a través de un instrumento humano y santo, de la Paternidad divina de Dios Padre.

         Primer Dolor: Antes de comenzar a vivir con María, su esposa legal se produce el Primer Dolor sufrido por San José: es el Espíritu Santo Quien, con su Divino Poder, lleva a cabo la Encarnación del Hijo de Dios en el seno purísimo de María Santísima, por lo cual la Virgen queda milagrosamente encinta, aún antes de convivir con quien ya era su esposo legal. Era costumbre entre los judíos comprometerse pero todavía no convivir juntos por lo que este hecho, el embarazo de la Virgen, colma a San José de angustia y aflicción. Si bien el santo, sin ninguna malicia, nada malo pensaba de la Virgen, no podía encontrar explicación humana al hecho de que su Esposa, comprometida con él y todavía sin vivir con él, estuviera encinta, porque lo que se encuentra ante la disyuntiva de, o denunciar públicamente a María, o de abandonarla en secreto. Es verdad que María estaba encienta, pero no era por obra de varón alguno, ya que el Niño alojado en su vientre materno no poseía de ninguna manera un padre humano biológico, ya que su Verdadero Padre no era un ser humano sino Dios Padre, el Padre Eterno, la Primera Persona de la Trinidad; el Niño era la Palabra Eternamente pronunciada del Padre que, por obra del Divino Amor se encarnaba en su seno purísimo para así iniciar su misterio pascual de muerte y resurrección. La Virgen, a su vez, se convierte en Madre de Dios sin dejar de ser Virgen, al alojar en su seno virginal y en su útero corporal al Verbo Eterno del Padre, Dios Hijo procedente del seno del Padre y todo esto sin perder su virginidad y en esto radica la gloria de María Santísima, en que es Virgen y Madre de Dios a la vez, un hecho único e irrepetible en la historia. La Virgen no pierde su virginidad porque quien realiza la concepción es el Divino Amor, el Espíritu Santo. Ahora bien, esto no lo podía saber San José y es por esta razón por la que, cuando se entera del embarazo de su Esposa legal, aun sin estar todavía conviviendo, como era un hombre justo, no la denuncia públicamente, como era costumbre en la época y decide abandonarla en silencio, experimentando en su corazón puro un intenso dolor al enfrentarse a este dilema, el de denunciar o no a su Esposa, lo cual la haría víctima del repudio público, como se acostumbraba en la época.

         Primer Gozo: San José experimentó el Primer Gozo cuando, por medio de sueños, el Arcángel le reveló el sublime misterio encerrado en el seno virginal de María, que el Hijo concebido en María no provenía de hombre alguno, sino del Espíritu Santo: “(…) mientras pensaba en esto, se le apareció en sueños un ángel del Señor, diciendo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque el Niño que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). En esta aparición, el Ángel de Dios le revela a San José que el fruto de la concepción de María no es de origen humano, sino celestial y divino, quitando así de raíz cualquier concepción terrena y por lo tanto dejando de lado cualquier duda acerca de la fidelidad de María Santísima. De esta manera San José no solo experimenta alivio –“no temas”, le dice el ángel-, sino además un gran gozo, por el hecho de que se confirma su presunción acerca de la inocencia de su Esposa, de la cual nunca dudó –aunque no sabía cómo explicar el hecho-, sino porque al mismo tiempo, si María era la Madre de Dios porque era el Espíritu Santo quien había engendrado al Hijo en la Virgen, entonces quería decir al mismo tiempo que él era el Padre Adoptivo del Hijo de Dios, a quien Dios Padre le había confiado nada menos que representarlo en la tierra en aquella tarea que Él ejercía desde toda la eternidad, esto es, la paternidad. San José experimenta así su gozo más grande, el saber que Dios Padre le había confiado la tarea de ser el Padre Adoptivo de Dios Hijo, continuando su tarea desarrollada por la eternidad, la de ser Padre, aunque San José tenía un agregado: debía ser el Padre Adoptivo de Dios Hijo Encarnado, es decir, de Dios Hijo que había asumido una condición que no tenía en la eternidad, y que era el poseer una naturaleza humana, que debía crecer y desarrollarse desde su estadio de embrión, y él, era el encargado de cuidarlo y educarlo en el proceso de crecimiento propio de la naturaleza humana. El primer gozo de San José fue el saber que María era la Madre de Dios y que su Hijo era el Hijo de Dios y que él había sido elegido por Dios Padre para reemplazarlo en la tierra en su tarea paterna.

         Oh castísimo esposo de María, glorioso San José, por el dolor y la aflicción que experimentaste frente a la posibilidad de abandonar a vuestra Amada Esposa Inmaculada y por la alegría que llenó tu castísimo corazón al revelarte el ángel el sublime misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, te suplicamos que consueles nuestros corazones en las tribulaciones de la vida presente, para que vislumbrando la vida eterna que nos concedió tu Hijo adoptivo, vivamos serenos y alegres hasta el día en que, por la Misericordia de Jesús, merezcamos ser llevados al Reino de los cielos. Amén.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

         Segundo Dolor: San José experimentó el Segundo Dolor en el momento en el que estaba ya muy cercana la Hora del Nacimiento de su Hijo; en ese entonces, la Sagrada Familia estaba en Belén y fue allí cuando San José pudo darse cuenta que no había lugar para ellos; San José se dio cuenta de que su Hijo, Dios, que venía a salvar al mundo, no era bien recibido en las ricas posadas de Belén y si no había lugar en estas ricas posadas, la Sagrada Familia debería buscar un lugar pobre, oscuro, frío, que al final terminaría siendo el Portal de Belén. El Segundo Dolor de San José es experimentado cuando comprueba, por sí mismo, cuán profundo, oscuro y egoísta es el corazón humano sin Dios; este corazón humano oscuro y sin Dios está prefigurado en las posadas ricas de Belén, están llenas de gente que, al amparo del frío, canta, baila, se ríe despreocupadamente de su prójimo más necesitado, ya que ellos no pasan frío porque están abrigados y reparados con el fuego de las chimeneas, comiendo y bebiendo despreocupadamente. Las ricas posadas de Belén, que no tienen lugar para alojar al Salvador, son la figura viva y plena de los corazones humanos sin Dios: por fuera, exteriormente, dan la apariencia de la alegría y la despreocupación, pero esto es solo aparente, porque estas personas no han permitido el ingreso en sus corazones de Aquel que es la Verdadera Alegría, la Alegría infinita, Jesús de Nazareth y así se distraen vana y superficialmente en las alegrías que proporciona el mundo, que además de superficiales, siempre provocan dolor y pesadumbre. El Segundo Dolor de San José está provocado por la frialdad de estas almas sin Dios, que rechazan a su Salvador y que a cambio eligen los falsos y vanos atractivos del mundo; el dolor de San José está provocado por el estado de estas almas, porque si un alma cierra las puertas de su corazón y de su vida a Jesucristo, nada bueno le puede suceder a esta alma y es esto lo que está representado en las ricas posadas de Belén. Si las posadas rica de Belén, llenas de luz, de alegría y de cantos mundanos, representan a las almas sin Dios, el pobre Pesebre de Belén, el lugar en el cual finalmente nacerá el Salvador de  los hombres, un lugar que es en realidad un refugio de animales, oscuro, frío, sin ningún tipo de atractivo desde el punto de vista  humano y sensible, ese Portal de Belén es la prefiguración y representación del corazón del hombre pecador, del hombre que sabe su corazón es oscuro y frío porque está sin Dios pero en su pobreza, en su oscuridad, en su frialdad, puesto que ama a Dios, no duda en ofrecer su pobre corazón para que allí pueda albergarse el Dios que viene en camino, como un niño humano, a través de María y José. De esta manera, el corazón del hombre pecador representado en ese refugio de animales, se abre a la gracia y la acepta, y así es como la Virgen, Medianera de todas las gracias, entra en el corazón del pecador, representado en el Portal de Belén, para que en ese corazón pueda nacer Dios Hijo encarnado, el Mesías, el Redentor de los hombres. Así el hombre pecador ve cómo su corazón se transforma y de oscuro, frío y sin ningún tipo de atractivo, cuando ingresa la Virgen para dar a luz al Redentor por la gracia, ese corazón es iluminado e inundado por la gloria de Dios que brota del Niño nacido de la Virgen y como esa gloria es luz y es amor, el corazón del pecador se ve inundado de la luz divina y del Divino Amor, y ve cómo su corazón se incendia en el Fuego del Divino Amor que le dona el Niño Dios, a la par que su alma se cubre de la belleza y hermosura que le otorga la divina gracia.

         Segundo Gozo: El Segundo Gozo de San José es experimentado en el momento en el que se produce el virginal Nacimiento del Niño de María; es ahí cuando San José contempla cómo el pobre Portal de Belén, que era oscuro, frío y sin atractivo alguno, se iluminar con la luz de la gloria divina del Acto de Ser trinitario del Niño Dios, mientras con sus oídos puede escuchar el maravilloso coro de los ángeles de Dios que saludan, exultantes de alegría, el Nacimiento y la Llegada del Verbo de Dios encarnado al tiempo y a la historia humanos. San José exulta de gozo al escuchar a los Nueve Coros Angélicos que, adorando al Redentor que nace como un Niño humano, al mismo tiempo entonan y ensalzan las maravillas de la gloria de Dios, anunciando como lo dicen las Sagradas Escrituras, la paz del corazón para los hombres de buena voluntad que aman al Señor. El Segundo Gozo de San José se debe entonces a que el Portal de Belén, que antes del Nacimiento era sólo un oscuro y gélido refugio de animales –representación de las pasiones sin el control de la razón y de la gracia-; oscuro –por la ausencia de la Luz de Dios, Jesucristo-; y frío –porque no tenía el Fuego del Divino Amor en él-, ahora, al nacer milagrosamente su Hijo adoptivo, Cristo Jesús, el corazón de todo hombre de buena voluntad se llenará también de la luz de la gracia, del Fuego del Espíritu Santo, siempre y cuando permita que la Virgen ingrese en él. Luego del Nacimiento del Redentor, todo en el Portal de Belén -todo en el corazón del alma que ama a Dios Hijo y le ofrece su corazón para que nazca en él por la gracia-, todo será armonía y paz divina, la paz de Cristo, quedando sus pasiones pacificadas al ser convertidos, su alma y su cuerpo, en templos del Espíritu Santo.

Oh glorioso y bienaventurado patriarca, San José, elegido por Dios Padre para ser Padre adoptivo de Dios Hijo Encarnado; te pedimos que por el dolor que experimentaste al ver a tu Hijo rechazado por muchos, y por el gozo de verlo ensalzado por los coros de los ángeles y recibido por los pobres y humildes de corazón, que intercedas para que nuestros corazones, pobres y oscuros como el Portal de Belén reciban, a través de María, Medianera de todas las gracias, a la Fuente de toda gracia y la Gracia Increada en sí misma, Cristo Jesús. Amén.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

Tercer Dolor: El Tercer Dolor lo experimenta San José cuando junto a María lleva al Templo al Niño para ser circuncidado, tal como lo establecía la ley. La primera sangre que derrama su Hijo estremece de dolor a San José, al pensar que esa sangre primera es solo una pequeñísima parte de cuando su Hijo, ya adulto, derrame la totalidad de su Sangre Preciosísima en la Pasión. La primera sangre derramada por su Hijo Jesús es solo el anticipo de la Sangre que derramará en su Pasión cuando cruelmente flagelado, coronado de espinas y finalmente crucificado. San José advierte que las amarguras y dolores sobrevienen y se hacen cada vez más fuertes y están unidas al hecho de ser él el Padre Adoptivo de Dios Hijo porque ese Hijo suyo al que ama tanto, derramará hasta la última gota de su Sangre para salvar a los hombres. Sabe también San José que el derramamiento de Sangre de su Hijo es la fuente divina de la gracia y del Amor de Dios, siendo la única forma en que los hombres podrán sus pecados, desde el más pequeño hasta el más grande. La Sangre de su Hijo lavará los pecados de todo tipo: ira, soberbia, envidia, gula, pereza, lujuria, avaricia, idolatría. Solo la Sangre de su Hijo, que es el Cordero Inmaculado, inmolado en el altar de la cruz y en la cruz del altar, la única en grado de purificar al extremo los corazones de los hombres, el lugar de “donde nacen toda clase de cosas malas” y tanto la sangre que Jesús derrama en la circuncisión como el dolor que experimenta por el Niño, son sólo un anticipo del manantial infinito de Sangre que brotará del Cordero de Dios, de la Cabeza coronada de espinas, del Cuerpo flagelado, de las manos y pies crucificados y de su Costado traspasado. Y si la Virgen experimenta en su Inmaculado Corazón el dolor agudísimo de una espada de acero afilada, como lo profetiza Simeón –“Una espada de dolor te atravesará el corazón”-, también San José, compartiendo y participando de los dolores de la Virgen, experimenta ese mismo dolor, el dolor que provoca el filo cortante de una espada de acero que le atraviesa su alma. San José calla y ofrece este dolor al Padre Eterno, por nuestra salvación, y junto a María ofrece el dolor y la Sangre de su Hijo, como protección contra el primer pecado mortal de los más pequeños.

Tercer gozo: San José experimenta el Tercer Gozo cuando la Sagrada Familia recibe, de parte de Dios, el Nombre elegido para su Hijo adoptivo: Jesús. San José se alegra, porque es un Nombre elegido por Dios mismo; es el Nombre que evoca la salvación de los hombres; es el Nombre sobre todo nombre, no hay ningún otro nombre dado en la tierra para la salvación de los hombres; San José se alegra porque el Nombre de su Hijo será evocado por incontables almas, las cuales así lograrán la eterna salvación; es el Nombre del Dios Fiel, del Dios que nunca abandona; es el Nombre que nunca defraudará a todo el que lo invoque; San José se alegra por el Nombre dado por Dios Padre a su Hijo adoptivo, Jesús, porque será el nombre que, susurrado al oído por el Espíritu Santo, convertirá al alma haciéndola arrepentirse de sus pecados para comenzar a vivir la vida nueva de los hijos de Dios. San José se alegra por el Nombre de Jesús porque para quien lo pronuncie, es ya una señal del envío del Divino Amor por parte del Padre, porque solo quien está movido por el Espíritu Santo pronuncia el Sagrado Nombre de Jesús. El Nombre de Jesús, su Hijo adoptivo, es signo de redención y salvación, es el Nombre del Salvador de los hombres y por este motivo San José se alegra con un gozo y una alegría celestial, porque el pobre pecador pronunciará el Nombre de Jesús con fe, amor y piedad y así Jesús acudirá de manera inmediata a su alma, para abrirle su Sagrado Corazón y colmarlo con los celestiales tesoros de la Divina Misericordia.

Oh glorioso San José, por el dolor que experimentaste en la circuncisión de Jesús y por la alegría que inundó tu corazón al dar a tu Hijo el Dulce Nombre de Jesús, te suplicamos que intercedas ante el trono de la Divina Majestad para que viviendo alejados de todo pecado pronunciemos, durante toda nuestra vida terrena, pero sobre todo en la hora de nuestra muerte, desde lo más profundo del corazón y con todo el amor del que seamos capaces, el Nombre Santo de Jesús, para seguir luego pronunciándolo, en compañía de María Santísima y de los ángeles y santos, por toda la eternidad, en el Reino de los cielos. Amén.

Cuarto Dolor: El Cuarto Dolor es experimentado por San José cuando, acompañando a María Santísima que lleva a Dios Niño entre sus brazos, ingresa en el Templo para hacer la ofrenda de su Primogénito a Señor, según la prescripción de la Ley. Es ahí cuando el anciano San Simeón, conducido por el Espíritu Santo al Templo, es iluminado interiormente por este mismo Espíritu de Dios y así puede reconocerlo como a Dios que, sin dejar de ser Dios, se ha hecho Niño y ha venido a este mundo para salvarlo, redimirlo y conducir a los hombres redimidos al Reino de los cielos. Además de recibir la luz que reconoce a Jesús como al Niño Dios, Simeón también recibe la gracia de la profecía, mediante la cual profetiza que ese Niño, que es el Mesías, padecerá y morirá en la cruz, siendo causa de exaltación y salvación para quienes se unan a su sacrificio redentor, pero también de caída para quienes lo rechacen. También por inspiración divina, Simeón profetiza que la Madre de Dios, María Santísima, habrá de sufrir junto a su Hijo en la Pasión, porque será asociada espiritual y místicamente a los acerbos dolores de la Pasión del Señor y es a esto a lo que se refiere San Simeón cuando le dice a la Virgen: “Y a ti, una espada de dolor te atravesará el corazón”. San José experimenta este dolor porque, debido al desposorio místico y sobrenatural mediante el cual está unido espiritualmente a su Esposa legal, la Virgen, él también sufre el dolor que habrá de sufrir la Virgen, la espada de dolor que atravesará su Inmaculado Corazón. De esta manera San José experimenta el Cuarto Dolor, el Dolor participado de la cruz de su Hijo Jesús y del dolor del Inmaculado Corazón de María.

Cuarto Gozo: El Cuarto Gozo lo experimenta San José al escuchar, de labios de San Simeón, la condición de Mesías y Redentor de Jesús, por cuya Pasión se salvarán una innumerable cantidad de almas, y así este gozo compensa el dolor anterior en el que se profetizaba su muerte redentora. Por medio de la luz que le concede el Espíritu Santo, San José se alegra porque puede contemplar cómo el dolor –uno de los más grandes dolores para un padre, como lo es la muerte de un hijo-, al ser ofrecido con humildad y mansedumbre de corazón y aceptando la Divina Voluntad que siempre es Santa y Buena y dispone lo mejor para nosotros, se convierte no solo en fuente de santificación personal sino sobre todo en fuente de salvación para muchas almas, y es esta salvación de las almas por su Hijo Jesús lo que hace que el Cuarto Gozo de San José sea todavía más grande. La alegría de San José se debe a que, a partir de su Hijo Jesús, ya no dominarán más sobre los hombres ni la enfermedad, ni la tribulación, ni el dolor, ni la muerte y tampoco el infierno, porque su Hijo derrotará a todos estos enemigos de la humanidad y al mismo tiempo abrirá para los hombres las puertas del Reino de los cielos cuando extienda sus brazos en la cruz. El Cuarto Gozo de San José está dado por la inmensa multitud de almas que por el sacrificio redentor de su Hijo Jesús habrán de salvarse hasta el fin del mudo.

Oh glorioso patriarca San José, por el dolor mortal que experimentaste en tu corazón al conocer la profecía de Simeón acerca de los dolores de Jesús y por la alegría sin fin que inundó tu preciosísima alma, llena del Espíritu Santo, al saber que por el dolor de tu Hijo serían salvadas incontables almas, te pedimos que intercedas para que, por los méritos de Jesús y la intercesión de la bienaventurada Virgen María, luego de llevar una vida santa, seamos incorporados al coro de los bienaventurados en la Jerusalén celestial. Amén.

         Quinto Dolor: El Quinto Dolor lo sufre San José cuando comienza a realizar, en la tierra, la misión encomendada desde la eternidad por Dios Padre, es decir, la de ser Padre adoptivo del Hijo de Dios: como Padre adoptivo, San José experimentó todas las vicisitudes que sufre todo padre terreno, empezando desde la búsqueda de trabajo con el cual dar sustento a la Sagrada Familia. Aunque siempre fue asistido por la Divina Providencia, en el sentido de que nunca le faltó trabajo como carpintero para el sustento familiar, hubo momentos, como los hay en toda familia, en donde la incertidumbre por la economía y el trabajo se hacían sentir en el ánimo de San José, sufriendo en algunas ocasiones el Santo Patriarca la incertidumbre de en algún momento no tener lo necesario para alimentar y sustentar al Rey y Reina de los cielos a su cargo, Jesús y María. También forma parte de este dolor la disposición de San José de hacer los preparativos para la huida de la Familia de Nazareth hacia el país de Egipto para resguardar y poner a salvo a su Hijo Jesús, ya que el ángel le había advertido en sueños que el impío rey Herodes, celoso por la reyecía de Jesús, quería matar a Jesús: “El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mt 2, 13-23). Así se cumplió la Escritura que decía: “Desde Egipto llamé a mi Hijo” (Os 11, 1). Advertido en sueños, San José, con todo el dolor de su corazón, dispone las pocas pertenencias de la Sagrada Familia para que en la huida hacia Egipto, en un largo y peligroso viaje, sus tesoros más grandes, Jesús y María, estuvieran a salvo bajo su cuidado. San José sufre el Quinto Dolor, sin poder comprender cómo alguien puede querer asesinar a un niño apenas nacido, su Hijo Jesús. San José sufre también porque en esta huida a Egipto, en la que la Sagrada Familia debe escapar de quienes intentan asesinar al Niño, están representados y prefigurados todos los cristianos de todos los tiempos que, por causa de su fe en Jesús, también serán amenazados y perseguidos para darles muerte, debiendo abandonar a toda prisa sus pertenencias, sus hogares, sus patrias, solo por profesar la Santa Fe Católica. San José sufre su Quinto Dolor y en silencio caen sus lágrimas, mientras con humildad y mansedumbre ofrece su Quinto Dolor a Dios, no solo no quejándose, sino aceptando la Divina Voluntad. En esta persecución a su pequeño Hijo, que aunque es Dios omnipotente se encuentra inerme y desamparado, porque se encuentra en la etapa de la niñez temprana y en esta persecución también a la Madre de Dios y Esposa suya legal, debe abandonar, con la Sagrada Familia, el calor del hogar de Nazareth para que su Hijo esté a salvo de los asesinos: San José sufre porque en este diabólico intento de matar al Niño, están representados los Santos Mártires Inocentes, los niños de corta edad que participarán del martirio de la cruz, al morir por causa del Santo Nombre de Jesús por manos de los soldados del infame rey Herodes. También en estos Niños Inocentes, mártires por causa de Cristo, están representados los miles de millones de niños abortados a lo largo de la historia y esto causa a San José un dolor tan grande, que moriría de dolor si no fuera asistido por la divina gracia.

Quinto Gozo: El Quinto Gozo de San José lo experimenta el Santo Patriarca cuando, según la Tradición y en medio de las dificultades y tribulaciones que significaban la huida a Egipto, San José pudo ver cómo los ídolos de los egipcios, que son demonios, al paso de la Sagrada Familia, caían destrozados y se desintegraban, ante la Presencia del Verdadero Dios, su Hijo Jesús; el Quinto Gozo y alegría y consuelo de San José consiste en que, en medio de la tribulación que implica que su Hijo esté amenazado de muerte por el rey Herodes; en medio del peligro de la travesía que implica dirigirse a un país desconocido, por lugares desconocidos, San José se alegra porque contempla con asombro, estupor y maravilla a su Hijo Jesús, sabiendo que contemplar el Rostro de Cristo es contemplar el Rostro de Dios y así esta contemplación de Jesús es para San José consuelo en la tribulación, alegría en el dolor, fortaleza en la tribulación. Con el Quinto Gozo San José nos enseña que Dios, Espíritu Puro y por lo tanto invisible, ahora, por la Encarnación del Verbo, ese Dios se hace visible de manera que quien contempla el Rostro de Jesús contempla el Rostro mismo de Dios. El Quinto Gozo de San José está dado por la caída de los ídolos ante el paso de la Sagrada Familia y por la contemplación del Rostro de Jesús y esta alegría y gozo compensan los dolores, angustias y penas sufridas a lo largo de la huida a Egipto. Así San José nos enseña a confiar, amar y adorar al Único Dios Verdadero, Cristo Jesús y a acudir a Él en toda ocasión y mucho más en la tribulación, estando seguros y confiados que en toda ocasión encontraremos consuelo en el Sagrado Corazón de Jesús.

Oh santo custodio y vigilante de la Sagrada Familia de Nazareth, glorioso San José, por las tribulaciones que sufriste en tu tarea de procurar el alimento cotidiano al Hijo de Dios y sobre todo, en la Huida a Egipto, y por el gozo y la alegría que experimentaste al contemplar el Rostro de Dios en el rostro de tu Niño, te suplicamos por las familias que son perseguidas por la fe, y sobre todo, por los niños por nacer, principalmente por los que serán abortados, para que sean llevados ante la Presencia del Dios Altísimo y adoren al Cordero por los siglos sin fin. Amén.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

Sexto Dolor: El Sexto Dolor lo experimenta San José cuando luego del exilio en Egipto, debe regresar con la Sagrada Familia a Nazareth; a pesar de que el rey Herodes ya no estaba, el ángel le advierte, también en sueños, que debe regresar por otro camino, porque ahora en vez de Herodes hay otro rey, llamado Arquelao, que había sucedido a Herodes y también era enemigo de su Hijo Jesús (cfr. Mt 2, 22). San José emprende el regreso a Nazareth -porque según la profecía el Niño “se había de llamar Nazareno” (Mt 2, 23)- con la preocupación y la angustia propias de tener que resguardar y a salvo nuevamente a su Hijo, poniéndolo a salvo de quienes querían quitarle la vida. A pesar de esta nueva tribulación, la Sagrada Familia regresa a su antigua y pobre casa, en donde se establecieron y vivieron en paz. Con el Sexto Dolor, el dolor de ver cómo el solo Nombre Tres veces Santo de su Hijo Jesús despierta el odio satánico y que por esta causa deben nuevamente ponerse a resguardo, San José vive la Bienaventuranza que dice: “Bienaventurados seáis cuando proscriban vuestro nombre a causa del Hijo de Dios” (Lc 6, 22) y así San José nos enseña a amar el Nombre de Jesús en medio de la tribulación. Pero también con este Sexto Dolor San José nos da otro ejemplo y es el de amar a los enemigos, tal como lo dice Jesús: “Amad a vuestros enemigos” (Mt 5, 44) porque en el corazón lleno de gracia de San José no solo no había lugar para el odio, sino ni siquiera para el más mínimo rencor; además, al estar inhabitado por el Espíritu Santo el Santo Patriarca amaba, con el Divino Amor, en el Amor de su Hijo, a los enemigos de Dios, y así nos enseña el San José a vivir el Mandamiento de la Caridad de Jesús, que comprende en primer lugar el amor a nuestros enemigos.

Sexto Gozo: El Sexto Gozo lo experimenta San José aun en medio de las tribulaciones y es un gozo celestial: la alegría de San José se debe a que, a pesar del odio de los hombres -Herodes y Arquelao- que se unen al Príncipe de las tinieblas pretendiendo borrar hasta el Nombre de Jesús, puede sin embargo regresar con la Virgen y con su Hijo Dios a Nazareth, en donde la cotidiana contemplación del Niño Hijo llena su alma y su corazón de paz y serenidad. A esto se le agrega el hecho de saber que está siempre acompañado por el Ángel de Dios, que es quien le avisa acerca de los peligros y le señala el camino seguro, siempre en sueños. De esta manera San José es un ejemplo para nosotros de extrema confianza en Dios Quien, en las grandes persecuciones por causa de la fe en Cristo Jesús, Dios no solo no abandona, sino que Dios envía a los ángeles que lo sirven día y noche para que nos protejan y así la angustia por la persecución se convierte en alegría. El Patriarca San José es ejemplo y modelo de adoración eucarística, porque él adoraba a su Hijo Dios hecho carne, adoraba al Hijo de Dios oculto en la humanidad del Niño Dios y de esta manera nos instruye para que sepamos adorar a Dios Hijo, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y oculta su divinidad en la apariencia de pan. De esta manera San José se convierte en Maestro de los Adoradores Eucarísticos, y nos enseña también que la adoración eucarística, la contemplación del Verbo de Dios hecho carne, es para nosotros la Fuente Inagotable de paz, fortaleza y alegría espiritual.

Oh glorioso Patriarca San José, por la tribulación que experimentaste al temer por la vida de tu Hijo Dios a causa del rey Arquelao y por el gozo que inundó tu corazón por la compañía del ángel de Dios y por la adoración que tributabas a Dios hecho carne, te suplicamos que intercedas por nosotros, oh sublime Maestro de Adoración a Jesús, para que, acompañados por nuestros ángeles de la guarda, seamos capaces de tributar, a tu Hijo Presente en la Eucaristía, el mismo amor y la misma adoración que tú le ofrecías en tu tribulación. Amén.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

Séptimo Dolor: El Séptimo Dolor lo experimenta San José en el momento en el que, luego de subir a Jerusalén junto con María y Jesús Niño, de doce años, pierden de vista momentáneamente a Jesús, según lo relata el Evangelio. Lo que sucedió es que tanto José como María emprenden el regreso en puntos distantes de la caravana, cada uno pensando que el Niño está con el otro, cuando en realidad Jesús no estaba en la caravana, sino que se había quedado en el Templo para iluminar con su Divina Sabiduría a los Doctores de la Ley que amaban a Dios. Junto a la Virgen, San José sufre porque han perdido de vista al Niño, comenzando una búsqueda angustiosa que durará tres días, hasta que finalmente lo encuentren donde siempre estuvo, en el Templo, “ocupándose de los asuntos de su Padre Dios”. San José nos enseña en esta búsqueda de tres días a Jesús a quien creía perdido que cuando perdamos de vista a Jesús –por culpa nuestra, porque si perdemos a Dios, es porque nos alejamos culpablemente de su Presencia, no como José y María, que lo perdieron sin culpa propia-, debemos buscarlo siempre, siempre, donde Él está, que es en el Sagrario, en la Sagrada Eucaristía, que es donde Él estuvo desde la Última Cena y donde Él estará hasta el fin de los tiempos, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Si perdemos a Jesús en algún momento de la vida, recordemos que San José lo encontró en el Templo y acudamos al Templo, al Sagrario, a buscar a Jesús allí donde está en Persona, en la Hostia consagrada y desde la Eucaristía Jesús nos dará su Divina Sabiduría, su Luz Eterna, su Paz y su Amor Divinos. Así como San José, al encontrar a Jesús en el Templo, encontró la paz de saber que estaba ahí, así Jesús en la Eucaristía nos da su paz y su fuerza, haciéndonos saber que es Él quien lleva la cruz que nos agobia a veces; en la Eucaristía Jesús transforma nuestras penas y dolores en gozos y alegrías y nos concede la Sabiduría Divina de saber que la vida eterna se encuentra a sólo un paso y que Él nos espera en la cruz, con los brazos abiertos, para llevarnos al Reino de los cielos.  

Séptimo Gozo: El Séptimo Gozo y Alegría lo experimenta San José al encontrar a su Hijo Jesús en el Templo, en medio de los Doctores. De esta manera San José nos enseña que la alegría verdadera no está en las cosas del mundo, sino en la contemplación de Jesús Eucaristía; San José nos enseña que el cristiano encuentra su dicha, su paz y su alegría no en los bienes materiales, ni en la fama mundana, ni en la gloria vana que los hombres se tributan unos a otros; San José nos enseña que el cristiano se goza y se alegra en un único Amor: Jesús Eucaristía, Presente en Persona con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Hostia consagrada, Presente el Templo, Presente en el sagrario; San José nos enseña que, si por culpa nuestra, hemos perdido de vista a Jesús –como por ejemplo, un pecado mortal-, encontraremos a Jesús en el Sacramento de la Penitencia y así Él nos devolverá la Alegría de su Presencia en nosotros, convirtiendo nuestras almas y cuerpos en templos de la Santísima Trinidad y nuestros corazones en otros tantos sagrarios y tabernáculos en donde Él sea adorado, bendecido y exaltado en su gloria divina.

Oh glorioso San José, modelo de toda santidad, que habiendo perdido sin culpa vuestra al Niño Jesús, lo buscaste junto a María Santísima durante tres días con profundo dolor, hasta que, lleno de gozo, le hallasteis en el templo, en medio de los doctores; por este dolor y este gozo, te suplico, desde lo más profundo de mi corazón, que intercedas para que nunca jamás nos suceda el perder a Jesús por algún pecado mortal, pero si por desgracia sucediera, haz que lo busquemos con tal dolor del corazón, que no encontremos descanso hasta encontrarlo nuevamente, en el Sacramento de la Penitencia y en la Eucaristía, para que viviendo en su gracia nuestra vida terrena, vivamos en su Presencia, por la eternidad, en el Reino de los cielos. Amén.

 

 



[1] Adaptado de: http://www.devocionario.com/jose/domingos_2.html


jueves, 19 de marzo de 2026

San Expedito y la verdadera causa urgente

 



         San Expedito es llamado “el santo de las causas urgentes” y es así que muchos acuden en su día para pedirle por situaciones que necesitan verdaderamente una solución urgente: la curación de una enfermedad grave, la solución de una situación familiar seria, el conseguir un trabajo digno para una familia, etc.

         Sin embargo, son muchos los que se olvidan que la verdadera causa urgente, la más urgente de todas, no es ninguna causa humana, por grave que sea; la verdadera causa urgente, por la cual debemos pedir al santo, es la conversión del alma a Cristo Jesús, como Él nos dice en el Evangelio: “Conviértanse, porque si no todos morirán”. Es necesario convertir al alma al Señor Jesús y luego todo lo demás se dará por añadidura: “Ocúpense del Reino de Dios y lo demás se dará por añadidura”.

         ¿Por qué debemos, de forma urgente, convertirnos a Jesús?

         Porque Jesús es nuestro Dios y es quien nos juzgará, en el Amor, en el atardecer de nuestras vidas, es decir, en el último día de nuestras vidas, en la hora de nuestra muerte.

         Debemos pensar que esta vida es temporal, no es para siempre, solo dura lo que Dios ha establecido desde la eternidad que dure para cada uno de nosotros. Ya está fijado el día, la hora, el minuto y el segundo de nuestra muerte terrena, que es el inicio de nuestra vida en la eternidad. Pero el inicio de nuestra vida en la eternidad no significa que, una vez muertos, inmediatamente iremos al cielo; eso no es doctrina católica: primero debemos ser juzgados en el Juicio Particular y es Jesús quien nos juzgará y si es verdad que tendremos a la Virgen por Abogada y Defensora, no debemos tentar a la Divina Misericordia, postergando nuestra conversión.

         San Expedito es el santo de las causas urgentes porque él se convirtió inmediatamente, apenas recibida la gracia de la conversión; abrazó la Cruz de Cristo, la levantó en alto y con la fuerza de la Cruz aplastó la cabeza de la serpiente disfrazada de cuervo y dijo: “Hoy, hoy me convierto, ya, ahora, empiezo a ser hijo de Dios y no de las tinieblas”.

         Pensemos que seremos juzgados por el bien que pudimos hacer y no hicimos; por el mal que hicimos; por el bien que hicimos pero no por la gloria de Dios, sino por nuestra propia gloria, para que los hombres nos aplaudan y hablen bien de nosotros, como los fariseos; seremos juzgados por el mal que pudimos evitar, pero que por pereza, comodidad, apatía, no lo hicimos, permitiendo que el mal predominara sobre el bien.

Si somos devotos de San Expedito, seamos verdaderos devotos, lo imitemos en su virtud más grande, que es la rapidez con la cual él se convirtió a Jesucristo, abrazando su Cruz y con la fuerza de la Cruz aplastando la cabeza de la Serpiente Antigua. Hagamos esto, pidamos la verdadera causa urgente, la conversión del corazón a los Sagrados Corazones de Jesús y María y todas nuestras causas urgentes, según el tiempo y la voluntad santísima de Dios, se nos darán por añadidura.


miércoles, 29 de octubre de 2025

Solemnidad de Todos los Santos

 



(Ciclo C - 2025)

         En este día la iglesia está de fiesta y se alegra porque muchos de aquellos que forman parte de Ella, están en el Cielo: son Todos los Santos, es decir, son todos aquellos niños, hombres, mujeres, de todos los tiempos, de todos los países de la tierra, que recibieron el Bautismo, formaron parte de la Iglesia Militante y hoy forman parte de la Iglesia Triunfante, la Iglesia que adora al Cordero de Dios, en compañía de la Virgen y de los ángeles de Dios, para toda la eternidad. Y como una muestra de su alegría y de su gratitud porque sus hijos están en el Cielo, en la feliz eternidad, para siempre, la Iglesia ofrece a la Santísima Trinidad un regalo de valor infinito, el regalo que es el Cordero de Dios, la Sagrada Eucaristía, y se lo ofrenda por medio de la Santa Misa, que es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de Jesús en la Cruz.

         Los Santos son nuestros hermanos en Cristo -todos somos hermanos en Cristo cuando recibimos el Bautismo- que ya están en el Cielo, disfrutando y alegrándose para siempre, con una alegría infinita y eterna junto a la Virgen y a los ángeles, adorando al Cordero de Dios y a la Santísima Trinidad y es esto lo que la Iglesia celebra y es esto por lo que la Iglesia festeja, pero es también a esta fiesta de los Cielos a la que nos recuerda que estamos llamados también nosotros, como dice Jesús en el Evangelio: “Bienaventurados los invitados al Banquete celestial”. La Iglesia nos recuerda que también nosotros estamos invitados por Dios Padre a asistir a las Bodas del Cordero, al Banquete del Reino de Dios, para que nos preparemos aquí en la tierra y así, en el momento de partir de este mundo al otro, seamos dignos de entrar en el Salón de Fiestas del Cordero.

         Por esto es que nos tenemos que preguntar: ¿qué es lo que hicieron Todos los Santos para ser santos y para merecer estar en el Cielo ahora y para siempre, en la alegría del Reino de Dios?

         Lo primero a tener en cuenta es que jamás vamos a entrar en el Reino de los Cielos con nuestras fuerzas solamente, porque nuestras fuerzas humanas son completamente insuficientes para llevarnos al Cielo. Para ir al Cielo, necesitamos indispensablemente de la gracia santificante que nos conceden los Sacramentos de la Iglesia Católica, en especial el Sacramento de la Penitencia y el Sacramento de la Eucaristía. Esto quiere decir que, sin la gracia santificante, nadie puede entrar en el cielo, y como los Santos querían estar con Jesús para siempre, evitaron siempre cualquier clase de mal, para que estar siempre en gracia. Incluso algunos prefirieron morir antes que perder la gracia santificante a causa de un pecado mortal o venial deliberado y estos son los llamados “mártires”, quienes tienen por Rey a Cristo, Rey de los Mártires. Pero el martirio cruento, el derramar la sangre por Cristo, está reservada para unos pocos, para aquellos a quienes la Trinidad ha elegido desde la eternidad; para la inmensa mayoría de los Santos, la vía más común y ordinaria de alcanzar la santidad no consiste en derramar su sangre de forma cruenta en persecuciones de regímenes comunistas, socialistas, ateos, sionistas y anticristianos; para la inmensa mayoría de los Santos que hoy viven en los Cielos, la santidad se consiguió aquí en la tierra por medio del Sacramento de la Penitencia -la Madre Teresa de Calcuta se confesaba todos los días-; obraban las obras de misericordia corporales y espirituales que nos enseña la Iglesia y que estaban al alcance de sus posibilidades, como por ejemplo, dar de comer al hambriento, de beber al sediento, orar por los muertos, dar consejo al que lo necesita, etc.-.

         Fue de esta manera como los Santos ganaron su ingreso en el Reino de los Cielos: no solo evitando el mal, el pecado, ya que el pecado es incompatible con la Presencia de Jesús en el corazón, sino ante todo viviendo en estado de gracia santificante, confesándose con frecuencia, comulgando con reverencia, con piedad, con amor, todas las veces posibles, para fundir sus corazones con el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y además obrando la misericordia con sus hermanos más necesitados, sea en lo material como en lo espiritual, porque en el prójimo necesitado está Presente, misteriosamente, Jesús.

         Por último, nosotros no somos santos, sino que somos pecadores, somos “nada más pecado”, como dicen los santos, y lo seguiremos siendo hasta el último día de nuestra vida en la tierra; sólo se puede llamar “santo” a quien ya se encuentra en la gloria de los Cielos eternos, contemplando cara a cara al Cordero y a la Trinidad. Ahora bien, es verdad que no somos santos, pero estamos llamados a serlo, estamos llamados, como ellos, a ir al Cielo, estamos llamados a ser los habitantes del Cielo, estamos invitados a las Bodas del Cordero, estamos invitados a la Fiesta Eterna e infinita que es el Reino de Dios en la eternidad, pero no podremos ingresar a ese Banquete celestial si en esta vida no imitamos a los Santos, por eso debemos hacer el propósito de cargar la Cruz de cada día, de negarnos a nosotros mismos, de vivir en estado de gracia acudiendo al Sacramento de la Penitencia, de recibir a Jesús Eucaristía con amor en el corazón y de obrar la misericordia para con el prójimo. Sólo así, solo de esta manera, escucharemos de boca de Jesús aquello que será nuestro pase para la feliz eternidad: “Venid, benditos de mi Padre, al Reino preparado para vosotros” (cfr. Mt 25, 34).

 


viernes, 18 de julio de 2025

San Camilo de Lelis

 



Vida de santidad[1],[2].

La vida de San Camilo de Lelis se divide en dos partes muy definidas: hasta los veinticinco años, antes de la conversión a Jesucristo, y después de los veinticinco años, después de la conversión a Jesucristo. Nació en la localidad de Abruzzos, Italia, en el año 1550. Quería dedicarse a la carrera militar, como su padre, pero sucedió que le apareció una enfermedad en el pie y eso le impidió seguir esa carrera. Acudió a Roma en búsqueda de una cura para su afección, pero no lo consiguió; además, adquirió un horrible vicio, el vicio del juego, por el cual apostó y perdió absolutamente todo lo que tenía. Le quedaban dos opciones: salir a mendigar o a robar, pero como tenia una formación cristiana de sus padres, decidió mendigar. Tenía veinticinco años. Hasta antes de conocer personalmente a Jesucristo, San Camilo llevaba una vida disipada, caracterizada por uno de los más horribles vicios y pecados que puede atormentar a un alma y es el vicio del juego, en donde la persona arriesga literalmente todo lo que tiene para vivir, para él y para su familia, quedándose en la más absoluta miseria.

La segunda parte de su vida comienza también a los veinticinco años cuando, iluminado por la gracia, luego de escuchar un sermón de Padre Capuchino, no solo se convierte a Jesucristo, sino que además experimenta el llamado a la vocación sacerdotal y religiosa. Para concretar su vocación, pidió el ingreso al noviciado, pero en ese momento le surgió con más fuerza la herida del pie -probablemente fue una infección crónica, del tejido óseo y de la piel, que además de incapacidad, provoca mucho dolor- y fue rechazado. Regresó al hospital de Santiago, en donde se dedicó a atender a los demás enfermos, por lo que fue nombrado asistente general del hospital. Dirigido espiritualmente por San Felipe Neri, estudió teología y fue ordenado sacerdote. En 1575 se dio cuenta que ante la gran cantidad de peregrinos que llegaban a Roma, los hospitales eran incapaces de atender bien a los enfermos que llegaban. Fue entonces que decidió fundar una comunidad de religiosos que se dedicaran por completo a los hospitales. Con sus mejores colaboradores fundó la Comunidad Siervos de los Enfermos el 8 de diciembre de 1591. Ahora se llaman Padres Camilos. En su tiempo se desatan epidemias diversas, muy contagiosas (malaria, tifus, peste bubónica), que provocan gran cantidad de enfermos y muertos[3]. San Camilo y sus religiosos, lejos de quedarse en sus casas religiosas, salen a las calles, a los puentes, a las casas en donde familias enteras están enfermas, para asistirlas. Como consecuencia, mueren muchos religiosos de la congregación de San Camilo, contabilizándose nueve solamente en el período de dos años que va desde 1586 al 1588.

Aunque tuvo que soportar durante 36 años la llaga de su pié, nadie nunca lo vio triste, malhumorado, o quejoso, porque unió toda su vida a Jesús cruficicado.  Murió el 14 de julio de 1614, a los 64 años.

 Mensaje de santidad.

Un primer mensaje de santidad que nos deja San Camilo de Lelis es el comprobar cómo, el encuentro personal con Jesucristo, cambia para bien el sentido de la vida. En su caso, antes de encontrar a Jesucristo, no era santo, sino un gran pecador, como todos nosotros, y además de eso, tenía uno de los peores vicios que puede tener una persona, como el del juego, porque así se arruina a sí mismo y arruina a toda su familia y en definitiva a toda la sociedad. Sin embargo, bastó un solo encuentro con Él, para no solo dejar para siempre el vicio del juego y cualquier pecado, sino para comenzar una vida de santidad que ahora continúa con alegría y felicidad por toda la eternidad.

Otro aspecto del mensaje de santidad de San Camilo, es el comportamiento que tanto él como sus religiosos tuvieron en momentos de graves pestes en Europa. Aquí hay que hacer una comparación obligatoria con esta actitud verdaderamente cristiana, samaritana, fundada en el mandamiento de la caridad de Nuestro Señor Jesucristo, con la actitud egoísta, cínica, mundana, e incluso anti-cristiana, que mostraron numerosos integrantes de la Iglesia Católica, tanto religiosos, empezando desde los más altos niveles, como laicos, quienes obedeciendo al mandato de una sociedad comunista, atea y anticristiana y también anti-científica como la Organización Mundial de la Salud, permanecieron en sus casas y, para colmo de males, cerraron las iglesias, para impedir el “contagio” de los fieles. Sin embargo, permanecían abiertas instituciones públicas y multitudinarias como los bancos y los supermercados, al mismo tiempo que las puertas de la Iglesia de Cristo eran cerradas, como si alimentar el cuerpo y conseguir dinero para los alimentos, fuera más importante o lo único importante, antes que el auxilio espiritual que nos viene del Médico Divino, Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía.

Otro mensaje de santidad es que San Camilo, guiado por las palabras de Nuestro Señor Jesucristo que serán pronunciadas en el Día del Juicio Final –“Lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a Mí me lo hicisteis”-, ordena a sus religiosos tratar a cada enfermo como trataría a Nuestro Señor Jesucristo en persona. Esto no quiere decir que nuestro prójimo sea Nuestro Señor Jesucristo, sino que Él está presente, misteriosamente, en cada prójimo; por esta razón, todo lo que hagamos a nuestro prójimo, sea en el bien o en el mal, lo estamos haciendo a Jesús y eso queda contabilizado para el Día del Juicio Final, para la balanza de nuestras obras, sean buenas o malas; de ahí la necesidad de ser siempre misericordiosos para con nuestro prójimo, para así recibir misericordia de parte de Dios.

Un último mensaje de santidad, en este caso en el orden personal, es la configuración de San Camilo a Cristo, no solo por el hecho de ser sacerdote -Cristo es el Sumo y Eterno Sacerdote-, sino ante todo por unir su enfermedad crónica, muy dolorosa y prolongada, ya que lo acompañó hasta el final de sus días, a la Pasión de Jesús, que es lo que hay que hacer en realidad con cada enfermedad que tengamos, sea leve o grave. En vez de quejarse y decir, como dicen muchos, “¿Por qué me tiene que pasar esto a mí, que soy bueno, que vengo a misa, que me confieso, que ayudo a los demás y encima de todo, tengo que sufrir esta enfermedad o pasar por esta situación?”, San Camilo, no solo jamás se quejó, nunca, de ninguna manera, sino que aceptó como un don del Cielo la afección en el pie que tenía desde su juventud y la unió a los dolores de Jesús crucificado, más concretamente, a los dolores de sus pies atravesados por un grueso clavo de hierro y si esa afección le producía dificultad al caminar, él se acordaba de Jesús en la cruz y cómo, por los clavos, ni siquiera podía caminar. Así como obró San Camilo con su propia enfermedad personal, una enfermedad crónica, dolorosa, incapacitante, así es como tenemos que actuar nosotros si nos sucede algo similar: no solo no quejarnos, sino dar gracias a Dios y unirnos a Cristo crucificado para participar, con nuestra enfermedad, de la Pasión de Jesús.

El último ejemplo es cómo debemos tratar a nuestro prójimo, sobre todo al enfermo: como si tratáramos al mismo Cristo en Persona.


sábado, 28 de junio de 2025

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 



(Ciclo C – 2025)

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús se inicia, según algunos, en el día del Viernes Santo, cuando del Sagrado Corazón de Jesús, traspasado por la lanza, brotó Sangre y Agua, que luego se derraman sobre las almas a través de los sacramentos[1]. Pero también podríamos decir que la devoción al Corazón de Jesús comienza en el momento mismo de la Encarnación, porque es ahí en donde el Corazón de Dios Uno y Trino se une al Corazón humano de Jesús de Nazareth, aunque en ese momento estaba todavía en estado incluso pre-embrional, ya que en el momento de la Encarnación del Verbo, Jesús era solo una célula humana, sin los órganos embrionarios desarrollados, como sucede con todo embrión humano.

Entonces, después de la Encarnación y de la Pasión, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús continuó, sobre todo entre los Padres de la Iglesia, como San Ambrosio, San Juan Crisóstomo, San Agustín: estos Santos Padres demostraban su amor por el Sagrado Corazón haciendo mención en sus textos a la Sagrada Llaga del costado de Jesús y a la Sangre y Agua que brotaron de su corazón. Más tarde, y en continuidad con la devoción y el amor de los Padres de la Iglesia al Sagrado Corazón de Jesús, una gran cantidad de santos honraban con amor y devoción al Corazón de Jesús y a las Santas Llagas de Cristo, como por ejemplo, San Buenaventura, San Bernardo de Claraval, Santa Clara, Santa Gertrudis, Beato Enrique Suso, San Francisco de Sales, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Ávila y San Pedro Canisio. Esta devoción estaba, sin embargo, limitada a la devoción personal, privada; la difusión y la propagación pública del culto al Corazón de Jesús se origina con las apariciones y revelaciones místicas del Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacoque. La propagación pública y universal a la devoción al Corazón de Jesús se acentúa luego con una de las más importantes apariciones de la Virgen, las apariciones de Fátima, en año 1917: en esas apariciones, tanto el Ángel de Portugal, como la Santísima Virgen María en persona, les enseñaron a los Beatos Pastorcitos a rezar y responder a los designios de los Corazones de Jesús y María. Algo que debemos tener en cuenta es que en la historia al Sagrado Corazón no solo es importante la consideración hacia atrás, en el tiempo, es decir, las consideraciones sobre su origen, sino ante todo cómo es la devoción hacia el futuro, hacia adelante, cada día de la vida de la Iglesia y de los bautizados, porque la devoción, el amor y la adoración al Sagrado Corazón de Jesús continuará por toda la eternidad, con la Iglesia, Esposa Mística del Cordero, adorándolo por los siglos sin fin.

  De entre todas las apariciones y devociones, son las apariciones a Santa Margarita María Alacoque de la Orden de la Visitación de Santa María, las que más contribuyeron a que esta devoción sea universal en la Iglesia Católica. Es el mismo Jesús en Persona quien le reveló que quienes oraran con devoción al Sagrado Corazón, recibirían gracias y favores divinos. Entre otras cosas, Jesús le pide que lo consuele en el dolor que le causan las almas ingratas. En la Primera revelación, el 27 de diciembre de 1673, Jesús le pide la Comunión de los primeros viernes; en la Segunda revelación, en 1674, le pide que se honre su Corazón de carne y promete a los que le honren gracias muy especiales; en la Tercera revelación, en 1674, Jesús le confiesa: “Tengo sed, una sed ardiente de ser amado de los hombres en el Sacramento del Amor…” y este “Sacramento del Amor” no es otro que la Sagrada Eucaristía, en donde el Corazón del Hombre-Dios Jesucristo está vivo, resucitado, glorioso, lleno del Amor de Dios. Posteriormente, en el año 1675 le pide que se establezca la Fiesta a su Corazón, honrándolo con la Comunión y consagración a Él.

Además de estas revelaciones, el Sagrado Corazón de Jesús promete Doce inmensas gracias para quienes lo honren y lo adoren. Estas Doce promesas son: “1. A las almas consagradas a mi Corazón, les daré las gracias necesarias para su estado. 2. Daré la paz a las familias. 3. Las consolaré en todas sus aflicciones 4. Seré su amparo y refugio seguro durante la vida, y principalmente en la hora de la muerte. 5. Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas. 6. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia. 7. Las almas tibias se harán fervorosas. 8. Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección. 9. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Sagrado Corazón esté expuesta y sea honrada. 10. Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones empedernidos. 11. Las personas que propaguen esta devoción, tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él. 12. A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes continuos, el Amor omnipotente de mi corazón les concederá la gracia de la perseverancia final”.

Ahora bien, para poder recibir estas promesas del Sagrado Corazón, hay que tener disposiciones espirituales, como por ejemplo: recibir sin interrupción la Sagrada Comunión durante nueve primeros viernes consecutivos;  tener la intención de honrar al Sagrado Corazón de Jesús y de alcanzar la perseverancia final; ofrecer cada Sagrada Comunión como un acto de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento. Además de todo esto, podemos honrar todos los días al Sagrado Corazón, de dos maneras distintas: una, es usando el “Detente”[2] -se le conoce también como el “Pequeño Escapulario del Sagrado Corazón”, aunque no es, en el sentido lingüístico un escapulario- que es un emblema o símbolo que usualmente se lleva sobre el pecho, con la imagen del Sagrado Corazón: el significado es que es propio de quien ama llevar consigo un signo de su amado y en este caso, el Detente es un signo visible de nuestro amor al Sagrado Corazón de Jesús y de la infinita confianza en su protección contra las acechanzas del maligno. Le decimos “detente”, en nombre de Jesús, al demonio y a toda maldad. El origen del Detente se encuentra en las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacoque, en una carta dirigida por ella a la Madre Saumaise el 2 de marzo de 1686 en la que le dice: “Él (Jesús) desea que usted mande a hacer unas placas de cobre con la imagen de su Sagrado Corazón para que todos aquellos que quisieran ofrecerle un homenaje las pongan en sus casas, y unas pequeñas para llevarlas puestas.”

         La otra forma de honrar y adorar al Sagrado Corazón es el llevarlo, no solo en una imagen, sino en el corazón, literalmente, y eso podemos hacerlo si lo recibimos en Persona, en la Sagrada Eucaristía, por supuesto que siempre en estado de gracia santificante. El cristiano debe considerar que Jesús entrega su Corazón, ardiente en el Fuego del Divino Amor, en cada Eucaristía y por esto mismo, el católico debe vivir cada Misa como si fuera la última vez que asiste a Misa; debe hacer cada adoración como si fuera la última vez que hace adoración eucaristía; debe comulgar con el todo el ardor del amor, con toda la fe y la piedad de la que es posible, cada vez, como si fuera la última vez que comulga, porque es el modo de corresponder la entrega que hace Jesús en cada Santa Misa, en cada Adoración Eucarística, en cada Comunión sacramental, de su Sagrado Corazón Eucarístico.

Es verdad que la Comunión de los primeros viernes de mes es el modo en el que Jesús nos pide que honremos a su Sagrado Corazón, pero también tenemos otro modo y es el momento de la comunión eucarística; la Comunión Eucarística es un momento privilegiado para adorar y para orar al Sagrado Corazón, y si bien la oración es individual y personal, una oración al momento de comulgar, en la intimidad del diálogo de amor entre el alma y Jesús, podría ser esta: “Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que por amor has venido hasta mí, te suplico, por los dolores de tu Pasión, que me des la Cruz que está en la base de tu Sagrado Corazón; que me des la corona de espinas que rodean tu Sacratísimo Corazón, que me hagas beber del cáliz de tus amarguras contenido en tu Sacratísimo Corazón, que me hagas sentir las mismas penas que inundan, como mares impetuosos, tu Sacratísimo Corazón; que me des también el Amor que envuelve tu Sacratísimo Corazón en forma de llamas de fuego; haz que esas llamas, junto con las espinas que rodean tu Corazón y junto con la Sangre contenida en tu Corazón, envuelvan, perforen, e inunden, con la Fuerza impetuosa del Amor Divino, “más fuerte que la muerte”, nuestros pobres corazones, duros, fríos, sin amor, y los corazones de nuestros seres queridos, y los corazones de todos los pecadores, para que encendidos por las llamas del Espíritu Santo, perforada la dureza pétrea de los corazones pecadores con las espinas que rodean tu Corazón, e inundados con la Sangre contenida en tu Corazón, Sangre que a su vez contiene al Amor Divino, nos convirtamos todos, del pecado a tu Amor, y así ablandados los corazones por la contrición perfecta y convertidos de corazones de piedra en corazones de carne, llenos del Espíritu Santo, seamos movidos a hacer penitencia y a descargar nuestros delitos en el sacramento de la penitencia, para así recibir nuevas y nuevas oleadas de gracia y Amor que provienen de Ti. ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, nada soy más pecado, porque solo soy un abismo de miseria y de indignidad, pero en mi nada y en mi condición de pecador, y desde el fondo de miseria de mi alma, tengo algo para ofrecerte, y ese algo es la Eucaristía, que es tu mismo Corazón traspasado; acéptalo, y por la Cruz que está en su base, que representa los dolores acerbos de tu Pasión; por la corona de espinas que rodean tu Corazón, espinas que son la materialización de nuestros malos pensamientos y deseos; por el Fuego que envuelve tu Corazón, Fuego que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo; por la llaga que abrió la lanza del soldado, permitiendo que por la herida de tu Corazón fluyera tu Sangre y, con tu Sangre, el Amor de Dios,  y por la Eucaristía, que contiene todo esto que te ofrezco, te suplico, te suplico, oh Sagrado Corazón, la conversión de los pobres pecadores!”.

 



[1] https://www.uco.edu.co/seguimosconectados/SiteAssets/MODULO-II.pdf

[2] https://www.youtube.com/watch?v=5PwS6lUsXXk; cfr. Vida y Obras, vol. II, p.306, nota. INDULGENCIA El Papa Pío IX le concedió en el año 1872, una indulgencia de 100 días una vez al día a todos los fieles que usaran alrededor de sus cuellos este emblema piadoso y rezaran un Padre Nuestro, Ave María y Gloria. (Preces et pia opera, n. 219).