San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 27 de abril de 2020

Santo Toribio de Mogrovejo



          Vida de santidad[1].

          Nacido en Mayorga, en las montañas de León en noviembre de 1538, estudió en Mayorga para después marchar a Valladolid, donde hace sus estudios de humanidades y los de derecho, entre los años de 1550 a 1560. En septiembre de 1568 acudió a Santiago de Compostela en peregrinación a pie, y aprovechó esta peregrinación para graduarse en aquella Universidad. Consiguió una beca en el Colegio Mayor del Salvador de Oviedo, en donde continuó sus estudios con vistas al doctorado en derecho. Sin embargo, otros eran los planes de la divina Providencia, y Toribio no llegaría nunca a graduarse de doctor. Recibido en el Colegio Mayor el 3 de febrero de 1571, llega de manera imprevista, en una noche de diciembre de 1573, su nombramiento como inquisidor de Granada. Toribio no parece que llegara a pensar en pasar a Indias o en llegar a difíciles cargos de gobierno eclesiástico. Pero otros eran los planes de Dios. El mismo antiguo colegial de San Salvador de Oviedo, don Diego de Zúñiga, que había conseguido su nombramiento para la Inquisición granadina, logró ahora que el rey le presentará para la más importante de las sedes de Indias: el arzobispado de la ciudad de los Reyes, que hoy llamamos Lima. Y, en efecto, Felipe II accedió a solicitar del Papa que fuera nombrado para ese cargo aquel joven inquisidor, de treinta y nueve años de edad, que aún no había recibido ni una sola de las Ordenes menores. En junio de 1578 fue la elección. Toribio no parece que llegara a pensar en pasar a Indias o en llegar a difíciles cargos de gobierno eclesiástico. Pero otros eran los planes de Dios. El mismo antiguo colegial de San Salvador de Oviedo, don Diego de Zúñiga, que había conseguido su nombramiento para la Inquisición granadina, logró ahora que el rey le presentará para la más importante de las sedes de Indias: el arzobispado de la ciudad de los Reyes, que hoy llamamos Lima. Y, en efecto, Felipe II accedió a solicitar del Papa que fuera nombrado para ese cargo aquel joven inquisidor, de treinta y nueve años de edad, que aún no había recibido ni una sola de las Ordenes menores. En junio de 1578 fue la elección. En agosto de 1580, sin que sepamos la fecha exacta, ni el nombre del consagrante, ni ningún otro detalle (cosa muy curiosa, pero no rara en aquellos tiempos), recibe la consagración episcopal en Sevilla y se dispone a pasar a las Indias. Tarea ciclópea. En primer lugar como legislador. Sus tres concilios y sus diez sínodos diocesanos suponen el planteamiento legislativo de toda la organización eclesiástica de la América del Sur. Durante siglos, hasta el concilio plenario de América latina que se tendrá en Roma a principios del siglo XX, América se regirá por las leyes que ha dado Santo Toribio. Ahora bien, Santo Toribio quiso hacer más y ponerse en contacto inmediato con las duras realidades. Y empezó su gigantesca visita. En una geografía atormentada, que iba desde las más deliciosas planicies hasta las cumbres de los Andes, sin caminos unas veces, las más, a pie, y otras en mula, soportando una diferencia de clima que ponía a prueba la salud de los más robustos, Santo Toribio recorrió aproximadamente cuarenta mil kilómetros. Al final de su vida en un cálculo exacto —pues, anticipándose a las tendencias de ahora, Santo Toribio llevó siempre cuenta rigurosa de lo que llamaríamos hoy datos de sociología religiosa— Santo Toribio pudo calcular que había administrado el sacramento de la confirmación a ochocientas mil almas.

          Mensaje de santidad[2].

          Su mensaje de santidad es resumido así por un especialista en historia eclesiástica, el padre Leturia: “Nada de cuanto hasta ahora he manejado en el Archivo de Indias me ha impresionado más vivamente que este ilustre metropolitano, gloria del clero español del siglo XVI, quien por su apostolado directo e infatigable en las doctrinas de indios, por su legislación canónico-misional en los concilios de Lima, por sus relaciones y contiendas de subidísimo valor histórico y misional con las grandes Ordenes evangelizadoras; por la firme, digna y confiada majestad con que se opuso a ciertas rigideces centralistas de su insigne admirador y protector el monarca Felipe II, y, sobre todo, por su afán indomable y eficaz en mantener —por encima de los virreyes y del Consejo de Indias— el contacto inmediato y constante con la Santa Sede, proyecta en la historia de las misiones americanas su múltiple y prócer silueta, digna de coronar… el mismo Archivo de Indias de Sevilla”. Como ha escrito el señor arzobispo de Valladolid: la epopeya homérica de los conquistadores halla un paralelo digno, y aun superior por sus fines y objetivos espirituales, en la labor inmensa del gran arzobispo. A él se debe en grandísima parte la rápida y profunda cristianización de la América española, y el éxito de su apostolado, y el florecimiento de sus maravillosas “doctrinas” de indios, la exuberancia del clero y de catequistas durante su fecundo pontificado, explican la supervivencia del espíritu y de la vida cristiana en aquellas dilatadas regiones, a pesar de las posteriores crisis y de la tremenda escasez actual de operarios evangélicos”.

viernes, 22 de marzo de 2019

Santo Toribio de Mogrovejo



Vida de santidad[1].

Nació en Mayorga (Valladolid), el 16 de noviembre de 1538. No se formó en seminarios, ni en colegios exclusivamente eclesiásticos; dedicándose a estudiar Derecho Canónico, licenciándose en Santiago de Compostela y luego recibiendo el doctorado en la universidad de Salamanca. En Diciembre de 1573 fue nombrado por Felipe II para el cargo de presidente de la Inquisición en Granada, y allí continuó hasta 1579; pero ya en agosto de 1578 fue presentado a la sede de Lima y nombrado para ese arzobispado por Gregorio XIII el 16 de marzo de 1579, siendo sólo clérigo de tonsura. Recibió la consagración episcopal en Sevilla, en agosto de 1579, desempeñándose, como arzobispo de Lima, como uno de los más grandes evangelizadores de lo que fuera el imperio incaico. Para que nos demos una idea de la magnitud de su tarea evangelizadora, Santo Toribio recibió, de parte del Concilio plenario americano del 1900 el título de “la lumbrera mayor de todo el episcopado americano”.  Llegó al Perú en el 1581, distinguiéndose por su celo pastoral con españoles e indios. Celebró tres concilios provinciales limenses: el III (1583), el IV (1591) y el V (1601). Intentó cumplir al pie de la letra con las disposiciones del Concilio de Trento. Aprendió el quechua, la lengua nativa, para poder entenderse con los indios. Se mostró como un perfecto organizador de la diócesis. Reunió trece sínodos diocesanos. Visitó tres veces todo su territorio, que era tan grande como un reino de Europa, confirmando a sus fieles y consolidando la vida cristiana en todas partes y realizando una monumental obra de evangelización. Prestó atención especial a la formación de los ya bautizados que vivían como paganos. Llevado de su celo pastoral, publicó el Catecismo en quechua y en castellano; fundó colegios en los que compartían enseñanzas los hijos de los caciques y los de los españoles; levantó hospitales y escuelas de música para facilitar el aprendizaje de la doctrina cristiana por medio del canto. Murió en Saña, mientras hacía uno de sus viajes apostólicos, en 1606. Fue beatificado en 1679 y canonizado en 1726.

         Mensaje de santidad.

         Destaca de su vida de santidad el cumplimiento de sus deberes de estado a la perfección, primero como jurista laico y luego como arzobispo, pero sobre todo, se destaca su celo por la evangelización de lo que fuera el imperio incaico. Fue su amor a Jesucristo el que lo llevó a no detenerse en una primera evangelización, sino a profundizar la misma, para evitar que los que ya fueron evangelizados, es decir, los que se habían convertido en cristianos, continuaran viviendo como paganos. Para esa tarea evangelizadora, visitó tres veces su extensa diócesis, además de aprender el idioma quechua y de confeccionar un catecismo traducido al quechua y al español.
         El santo arzobispo Toribio es para nosotros un triple ejemplo de santidad: por su vida de santidad en el cumplimiento de sus deberes de estado, por su celo apostólico para evangelizar a quienes todavía no había llegado el Evangelio de Jesucristo y por sus esfuerzos para evitar que los cristianos vivieran como paganos. En nuestros días se vive una situación aun peor que la época en la que vivió Santo Toribio: se vive una vida mundana, sin Dios, como si Dios no existiese; existen vastas zonas del mundo y naciones enteras que están sin evangelizar; muchos de los ya evangelizados, llamados cristianos, viven como paganos y esto no solo como individuos personales, sino como naciones enteras, porque naciones enteras que antaño eran cristianas, hoy ya no lo son más, porque han caído presas del materialismo, el agnosticismo, el relativismo, el ateísmo y el ocultismo. Ahora bien, siguiendo el ejemplo de Santo Toribio, que tenía gran devoción a la Eucaristía, también para nosotros la Eucaristía es el remedio para todos los males de nuestros días: con la Eucaristía, vivimos con la vida del Dios Viviente, que nos da de su santidad desde la Eucaristía y así evitamos una vida de mundanidad, viviendo en santidad; con la Eucaristía, no solo reforzamos nuestra fe en el Dios de la cruz y el sagrario, sino que lo tenemos con nosotros y por eso no podemos dudar que de Dios Es, porque nos da de su Ser divino; con la Eucaristía, vencemos fácilmente al paganismo y al ocultismo y vivimos un verdadero cristianismo, porque Cristo Eucaristía infunde su propia vida divina en nuestras almas.

viernes, 27 de abril de 2018

Santo Toribio de Mogrovejo



         Una de las frases más repetidas por el santo era: “¡E1 tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar de él estricta cuenta!”[1].
Pero no solo la repetía, sino que llevó a cabo lo que predicaba, a juzgar por la inmensidad de obras realizadas por el santo: fue el verdadero organizador de la Iglesia en América, a través de los diez sínodos diocesanos y los tres sínodos provinciales, de los cuales el más importante fue el primero, que se celebró en Lima en 1582 y cuya eficacia se puede comparar con la del concilio de Trento; en 1591 fundó el primer seminario de América; intervino con energía contra los derechos particulares de los religiosos, a quienes estimuló para que aceptaran las parroquias más incómodas y pobres; casi duplicó el número de las “Doctrinas” o parroquias, que pasaron de 150 a más de 250[2].
¿Por qué los santos pueden llevar esta frase -“¡E1 tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar de él estricta cuenta!”- a su máximo cumplimiento? Porque en el tiempo en el que vivían en la tierra, en el tiempo terreno, vivían ya en la eternidad, de modo anticipado, gracias a la Eucaristía. ¿Por qué? Porque la Eucaristía es Jesús, el Hijo de Dios encarnado y Dios “es su misma eternidad”, dice Santo Tomás de Aquino. Esto quiere decir que quien comulga –por supuesto que en gracia, con fe, con devoción y con amor-, posee en sí mismo a algo más grande que la misma eternidad y es Dios en Persona. Y la Presencia de Dios en Persona en el alma hace que las obras hechas en el tiempo –como las obras realizadas por santos como Santo Toribio de Mogrovejo- sean obras que perduren para la eternidad. Sólo la Eucaristía es la que explica la multiplicidad de obras realizadas por los santos, obras que perduran en el tiempo y que van más allá del tiempo, hacia la eternidad, porque son obras que se originan en la eternidad y que tienden a la eternidad.
“¡E1 tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar de él estricta cuenta!”. No desaprovechemos el tiempo comulgando de modo distraído; no desaprovechemos el tiempo dejando pasar el tiempo de la Adoración Eucarística; no desaprovechemos el tiempo y corramos a escuchar los latidos del Corazón del Dios Tres veces Santo y Eterno, Jesús Eucaristía.

jueves, 27 de abril de 2017

Santo Toribio de Mogrovejo


         Vida de santidad.

Toribio nació en España en el año 1538 de una noble familia; estudió en Valladolid, Salamanca y Santiago de Compostela, en donde obtuvo la licencia en derecho[1]. Fue nombrado inquisidor en Granada y luego arzobispo de Lima, con jurisdicción sobre las diócesis de Cuzco, Cartagena, Popayán, Asunción, Caracas, Bogotá, Santiago, Concepción, Córdoba, Trujillo y Arequipa: de norte a sur eran más de 5.000 kilómetros, y el territorio tenía más de 6 millones de kilómetros cuadrados. Después de haber sido consagrado obispo en agosto de 1580, partió inmediatamente para América, a donde llegó en la primavera de 1581.
Ejerció su actividad episcopal sin cansancio durante 25 años, organizando, entre otras cosas, diez sínodos diocesanos y tres provinciales, además de fundar el primer seminario de América y casi duplicar el número de parroquias, que pasaron de 150 a más de 250. En 1594, durante su tercera “visita” diocesana, el santo le escribió al rey de España Felipe II, haciéndole un pequeño balance de su vida: 15.000 kilómetros recorridos y 60.000 confirmaciones administradas. Entre los confirmandos por Santo Toribio, había tres grandes santos: Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y San Martín de Porres. Fue llamado “apóstol del Perú y nuevo Ambrosio” y Benedicto XIV lo comparó con San Carlos Borromeo[2].
Al final de su vida, Toribio recibió el viático en una capillita india, el 23 de marzo de 1606, un Jueves santo, y en ese momento expiró.

Mensaje de santidad.

Santo Toribio solía decir con frecuencia: “¡El tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar estricta cuenta de él!”, y verdaderamente vivió su episcopado según esta frase, pues recorrió tres veces su enorme diócesis, además de dedicarse a aprender el idioma nativo, con el único objetivo de transmitir a los indios el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo[3]. Considerando la gran extensión de su diócesis y el enorme trabajo apostólico que realizó, podemos preguntarnos de dónde obtuvo Santo Toribio no solo las fuerzas físicas, sino también la enorme eficacia apostólica, ya que en gran medida la entera evangelización, no sólo de su diócesis, sino incluso del Perú y de América Latina, se derivaron de su apostolado, pues como vimos en su biografía, entre sus confirmandos había tres jóvenes que luego se destacaron por su gran santidad: Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y San Martín de Porres. La respuesta a esta pregunta es una sola: Santo Toribio obtenía la fuerza y la eficacia sobrenatural de un solo lugar: la Santa Misa. Según testigos presenciales, el santo celebraba la misa con gran fervor, piedad y devoción y en distintas oportunidades pudieron ver cómo, mientras celebraba la Misa, su rostro resplandecía. Es de su unión con la Víctima Inmolada, Jesús, el Cordero de Dios, Presente en Persona en la Eucaristía, de donde Santo Toribio obtenía la fuerza sobrenatural necesaria para evangelizar extensas regiones, llevando la Buena Noticia de Jesucristo a hombres de toda raza, nativos y mestizos, a los que el santo llegaba con el mensaje de salvación, aun cuando estos habitaban en lugares completamente inhóspitos y jamás transitados por el hombre blanco. Incluso cuando realizaba estos extenuantes viajes, celebraba cotidianamente la Santa Misa, con el mismo fervor, devoción y piedad con que lo hacía en su palacio episcopal o en alguna de sus parroquias. Además de la Santa Misa, Santo Toribio profesaba gran devoción a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, por lo que pasaba gran parte del tiempo rezando de rodillas, devota y píamente ante el Santo Crucifijo. Gracias a la Santa Misa y a la Pasión del Señor, Santo Toribio hizo realidad una de sus frases más conocidas: “¡El tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar estricta cuenta de él!”, ya que aprovechó de modo excelente el tiempo que el Señor le concedió vivir en la tierra, llevando el Evangelio de la salvación y logrando la conversión de miles de almas a la verdadera fe de Nuestro Señor Jesucristo.


lunes, 26 de marzo de 2012

Santo Toribio de Mogrovejo



Vida y milagros de Santo Toribio de Mogrovejo, obispo[1]
Nació en Mayorga, Valladolid, el 16 de noviembre de 1538, y murió en 1606 en Saña, Perú. Fue beatificado en 1679 y canonizado en 1726. Es uno de los más grandes ejemplos de obispos evangelizadores. El concilio plenario americano del 1900 lo llamó “Totius episcopatus americani luminare maius”, que quiere decir “la lumbrera mayor de todo el episcopado americano”, a pesar de cumplirse en él la paradoja de no haberse formado en seminarios ni en colegios exclusivamente eclesiásticos, como era frecuente entonces, ya que obtuvo una licenciatura en Derecho Canónico en Santiago de Compostela, para continuar luego sus estudios de doctorado en la universidad de Salamanca, residiendo y enseñando además por dos años en Coimbra.
En Diciembre de 1573 fue nombrado por Felipe II para el cargo de presidente de la Inquisición en Granada, y allí continuó hasta 1579; pero ya en agosto de 1578 fue presentado a la sede de Lima y nombrado para ese arzobispado por Gregorio XIII el 16 de marzo de 1579, siendo todavía un brillante jurista, un laico, o sólo clérigo de tonsura, cosa tampoco infrecuente en aquella época.
Recibió las órdenes menores y mayores en Granada; la consagración episcopal fue en Sevilla, en agosto de 1579.
Llegó al Perú en el 1581, en mayo. Se distinguió por su celo pastoral con españoles e indios, dando ejemplo de pastor santo y sacrificado, atento al cumplimiento de todos sus deberes. La tarea no era fácil. Se encontraba con una diócesis tan grande como un reino de Europa, con una población nativa india indócil y con unos españoles muy habituados a vivir según sus caprichos y conveniencias.
Celebró tres concilios provinciales limenses: el III (1583), el IV (1591) y el V (1601). Sobresalió por su importancia el III limense, que señaló pautas para el mexicano de 1585 y que en algunas cosas siguió vigente hasta el año 1900.
Fue de los pocos que intentaron poner al pie de la letra las disposiciones del concilio de Trento; pero se vio imposibilitado para cumplirlas todas, como la de los sínodos anuales, en aquellas circunstancias por la imposibilidad de las comunicaciones.
Aprendió el quechua, la lengua nativa, para poder entenderse con los indios. Se mostró como un perfecto organizador de la diócesis. Reunió trece sínodos diocesanos.
Ayudó a su clero dando normas precisas para que no se convirtieran en servidores comisionados de los civiles. Visitó tres veces todo su territorio, confirmando a sus fieles y consolidando la vida cristiana en todas partes. Alguna de sus visitas a la diócesis duró siete años.
Prestó muy pacientemente atención especial a la formación de los ya bautizados que vivían como paganos. Llevado de su celo pastoral, publicó el Catecismo en quechua y en castellano; fundó colegios en los que compartían enseñanzas los hijos de los caciques y los de los españoles; levantó hospitales y escuelas de música para facilitar el aprendizaje de la doctrina cristiana, cantando.
No se vio libre de los inevitables roces con las autoridades civiles en puntos de aplicación del Patronato Real en lo eclesiástico; es verdad que siempre se comportó con una dignidad y con unas cualidades humanas y cristianas extraordinarias; pero tuvo que poner en su sitio a los encomenderos, proteger los derechos de los indios y defender los privilegios eclesiásticos.
Atendido por uno de sus misioneros, murió en Saña, mientras hacía uno de sus viajes apostólicos, en 1606. Fue beatificado en 1679 y canonizado en 1726.

         Mensaje de santidad de Santo Toribio de Mogrovejo
         Este santo obispo nos deja un ejemplo inigualable de amor por Cristo, por la Iglesia y por las almas, y proclama con su vida de santidad, más que con palabras, la esencia de la Evangelización del continente americano, llevada a cabo por misioneros santos como Santo Toribio, y por España toda, elegida por Dios Trinidad para plantar la Cruz y la Iglesia en suelo americano. La vida de santidad de Santo Toribio es un rotundo “mentís” a los propagadores de la “leyenda negra”, que distorsionan la realidad llamando erróneamente “colonización” a una de las más grandes empresas de la Iglesia, llevada a cabo por España, la Evangelización del Continente Americano. Gloria eterna a Cristo, a la Santa Iglesia Católica, a la Madre Patria España, y a santos como Santo Toribio de Mogrovejo, por haber traído la Santa Fe católica a nuestras tierras.