San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 18 de septiembre de 2023

San Andrés Kim Taegon y compañeros mártires

 



          Vida de santidad.

Memoria de los santos Andrés Kim Taegön, presbítero, Pablo Chöng Hasang y compañeros, mártires en Corea. En este día se veneran en una común celebración todos los ciento tres mártires que en Corea dieron un heroico testimonio de la fe católica en Cristo Jesús, fe la cual fue  introducida con piedad y fervor por algunos laicos y luego fue alimentada y reafirmada por la predicación y celebración de los sacramentos por medio de los misioneros. Todos estos gloriosos mártires de Cristo —tres obispos, ocho presbíteros, y los restantes laicos, casados o no, ancianos, jóvenes y niños—, unidos en el suplicio, consagraron con su sangre preciosa las primicias de la Iglesia Católica en Corea (1839-1867)[1]. Por esta razón, se puede afirmar con certeza que fueron los laicos quienes llevaron la fe católica a Corea al final del siglo XVI. En esse entonces, la evangelización era muy difícil porque Corea se mantenía aislada del mundo, con la excepción de los viajes a Pekín para pagar impuestos[2]. Fue precisamente, en uno de esos viajes, hacia el año 1777, en el que algunos coreanos cultos fueron catequizados por los padres jesuitas que estaban misionando en China. De esta manera, dieron comienzo a una igleisa doméstica en Corea. Doce años después, un sacerdote chino fue el primer consagrado que logró entrar secretamente en Corea, encontrando allí una piadosa congregación de unos cuatro mil católicos, los cuales nunca habían visto un sacerdote. Siete años mas tarde el número de católicos era alrededor de diez mil y esto en médio de grandes persecuciones.

San Andrés Kim Taegon era hijo de nobles coreanos conversos. Su padre, Ignacio Kim, fue martirizado en la persecución del año 1839, siendo beatificado en el año 1925 con su hijo. Andrés fue bautizado a los 15 años de edad; luego recorrió unos mil quilômetros para poder estudiar en el seminario más cercano, ubicado en Macao, China. Seis años después regresó a su país a través de Manchuria, cruzó el Mar Amarillo y más tarde fue ordenado sacerdote en Shangai, convirtiéndose así en el primer sacerdote católico nacido en Corea. Ya ordenado, regresó a Corea y se le confió la tarea de preparar el camino para el ingreso de misioneros por el mar, para así evitar los guardias de la frontera. En el año 1846, cuando tenía veinticinco años, fue arrestado, torturado y decapitado junto al río Han, cerca de Seúl, Corea. En esa época hubieron varios miles de mártires coreanos, hasta que en 1883 llegó la libertad religiosa, finalizando así la persecución sangrienta a la Iglesia Católica en Corea.

San Andrés Kim Taegon fue canonizado el 6 de Mayo de 1984 por Juan Pablo II en su visita a Corea, junto con 102 otros mártires, incluyendo el seminarista Pablo Chong Hasang. La mayoría de los mártires canonizados eran laicos. San Pablo Chong Hasang era un seminarista coreano de 45 años de edad.  Murió mártir en la misma persecución en que murió San Andrés Kim Taegon. Entre los mártires del 1839 está Columba Kim, soltera de 26 años, y su hermana Agnes. Las arrestaron y las tiraron desnudas a una celda con criminales condenados. Aunque las tuvieron allí dos días, aquellos hombres no las molestaron. Después que Columba protestó por esa indignidad, ya no sometieron a otras mujeres a esa ignominia. A Columba la quemaron con herramientas calientes y carbones. Ambas fueron finalmente decapitadas. A un niño de 13 años, Pedro Ryou, le destrozaron la piel de tal manera que podía tomar pedazos de ella y tirarla a los jueces. Lo estrangularon. Protase Chong, un noble de 41 años de edad, apostató bajo tortura y lo liberaron, aunque más tarde volvió y confesó su fe y lo torturaron hasta la muerte, obteniendo así la gloriosa palma del martirio.

La multitud en la misa de canonización fue una de las más grandes que jamás se hayan reunido en la faz de la tierra, lo cual confirma el dicho de los Padres de la Iglesia: “La sangre de los mártires es semilla para nuevos cristianos”.

          Mensaje de santidad.

El mensaje de santidad de estos heroicos mártires está bien sintetizado por San Juan Pablo II, quien dijo lo siguiente en la ceremonia de canonización: “La Iglesia coreana es única porque fue fundada completamente por laicos. Esta Iglesia incipiente, tan joven y sin embargo tan fuerte en la fe, soportó hola tras hola de feroz persecución. De manera que en menos de un siglo podía gloriarse de tener 10.000 mártires. La muerte de estos mártires fue la levadura de la Iglesia y llevó al espléndido florecimiento actual de la Iglesia coreana. Todavía hoy, el espíritu inmortal de los mártires sostiene a los cristianos de la Iglesia del silencio en el norte de esta tierra trágicamente dividida”. El martirio de Kim Taegon y compañeros, nos demuestra que el poder y el Amor de Dios son infinitame más grandes que el odio diabólico y humano, manifestados en la persecución de la Iglesia, tanto de forma cruenta como incruenta y que, aunque el Demonio y los hombres impíos piensen que con la muerte física de los mártires de Cristo se da fin a la Iglesia Católica, la Iglesia, por medio de la sangre de sus hijos derramadas por amor a Cristo, crece sin cesar, estableciendo ya en la tierra, por la sangre de los mártires, una semilla, un germen, del Reino de los cielos, que no tiene fin.

 

 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Memoria de los Santos Andrés Kim Taegon, presbítero, Pablo Chong Hasang y compañeros mártires


Retrato de los bienaventurados santos Andrés Kim Taegon, presbítero, Pablo Chong Hasang y compañeros mártires.

         Vida de santidad.

Como afirmara el Papa Juan Pablo II, la Iglesia en Corea fue fundada por valientes laicos, que hicieron frente a sus perseguidores y no vacilaron en proclamar la fe en Jesucristo hasta la muerte. En efecto, a principios del siglo XVII, la fe católica entró por primera vez en Corea gracias a la actividad de unos laicos. Estos formaron una fervorosa grey –a pesar de que no contaba con sacerdotes- que fue perseguida en los años 1839, 1846 y 1866. Como consecuencia de estas persecuciones sangrientas, hubo 103 santos mártires, entre los cuales destacan el primer presbítero y fervoroso pastor de almas Andrés Kim Taegon y el insigne apóstol laico Pablo Chong Hasang; los demás eran principalmente laicos, hombres y mujeres, casados o solteros, ancianos, jóvenes y niños, todos los cuales, con sus sufrimientos, consagraron las primicias de la Iglesia coreana, regándola generosamente con la sangre preciosa de su martirio[1].
San Andrés Kim Taegon era hijo de nobles coreanos conversos, es el primer sacerdote nacido en Corea. Su padre, Ignacio Kim, fue martirizado en la persecución del año 1839 (fue beatificado en 1925 con su hijo)[2]. Andrés fue bautizado a los 15 años de edad, luego de lo cual realizó un viaje de 1,300 millas para asistir al seminario más cercano en Macao, China. Seis años después fue ordenado sacerdote en Shangai. Regresó a Corea y se le asignó la tarea de preparar el camino para la entrada de misioneros por el mar, para evitar los guardias de la frontera. El 5 de junio de 1846 fue arrestado en la isla Yonpyong mientras trataba con los pescadores la forma de llevar a Corea a los misioneros franceses que estaban en China. Inmediatamente fue enviado a la prisión central de Seúl. El rey y algunos de ministros no lo querían condenar por sus vastos conocimientos y dominar varios idiomas. Otros ministros insistieron en que se le aplicara la pena de muerte. Después de tres meses de cárcel y de torturas continuas, fue decapitado junto al río Han, cerca de Seúl, Corea, el 16 de septiembre de 1846, a la edad de veintiséis años. Antes de morir dijo: “¡Ahora comienza la eternidad!”.

Mensaje de santidad[3].

Un verdadero mensaje celestial y de santidad inefable, de parte de los mártires coreanos, además del martirio en sí mismo, es la última exhortación pronunciada por San Andrés Kim Taegon, antes de ser ejecutado. Puesto que en los mártires inhabita el Espíritu Santo –no se explica de otro modo su fortaleza sobrenatural, su sabiduría sobrenatural, su fe, su esperanza, su caridad, porque ofrecen sus vidas incluso por sus verdugos-, lo que dicen los mártires tiene el valor de dicho o, al menos, insinuado por el Espíritu Santo. Por esa razón, meditaremos brevemente en sus últimas palabras, según las cuales, entre otras cosas, se nos dice que la Fe en Nuestro Señor Jesucristo es coronada por el amor y la perseverancia.
Dice así San Andrés Kim Taegon: “Hermanos y amigos muy queridos: Consideradlo una y otra vez: Dios, al principio de los tiempos, dispuso el cielo y la tierra y todo lo que existe, meditad luego por qué y con qué finalidad creó de modo especial al hombre a su imagen y semejanza”. Comienza diciendo que contemplemos el mundo y que meditemos la razón por la cual creó, en este mundo, a una creatura tan especial, como el hombre, creado “a su imagen y semejanza”.
Una vez hecha esta consideración, San Andrés profundiza en la misma dirección: hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, pero además, hemos recibido la gracia de la filiación divina, el haber sido adoptados como hijos de Dios por el bautismo, por el sacrificio en cruz de Jesús. Sin embargo, de nada vale este don, y de nada vale siquiera el haber nacido, si no nos comportamos como lo que somos, es decir, como hijos de Dios, como hijos de la luz. Si no vivimos en gracia, única forma de corresponder a la dignidad de hijos de Dios recibida en el Bautismo, eso equivale a traicionar el amor de Nuestro Señor Jesucristo, porque solo por el Amor infinito de su Sagrado Corazón nos adoptó como hijos suyos por la gracia: “Si en este mundo, lleno de peligros y de miserias, no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido ni continuar aún vivos. Aunque por la gracia de Dios hemos venido a este mundo y también por la gracia de Dios hemos recibido el bautismo y hemos ingresado en la Iglesia, y, convertidos en discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso, ¿de qué nos serviría un nombre tan excelso, si no correspondiera a la realidad? Si así fuera, no tendría sentido haber venido a este mundo y formar parte de la Iglesia; más aún, esto equivaldría a traicionar al Señor y su gracia. Mejor sería no haber nacido que recibir la gracia del Señor y pecar contra él”.
Luego utiliza el ejemplo del agricultor que, después de sembrar con gran fatiga, al momento de la cosecha encuentra espigas llenas, pero también puede encontrar solo espigas vacías, y esto último es para advertirnos de la falta de obras de misericordia hacia el final de nuestros días terrenos, cuando debamos presentarnos ante Nuestro Señor, en el Juicio Particular: “Considerad al agricultor cuando siembra en su campo: a su debido tiempo ara la tierra, luego la abona con estiércol y, sometiéndose de buen grado al trabajo y al calor, cultiva la valiosa semilla. Cuando llega el tiempo de la siega, si las espigas están bien llenas, su corazón se alegra y salta de felicidad, olvidándose del trabajo y del sudor. Pero si las espigas resultan vacías y no encuentra en ellas más que paja y cáscara, el agricultor se acuerda del duro trabajo y del sudor y abandona aquel campo en el que tanto había trabajado”.
Como las plantaciones de arroz son características del sur de Asia, San Andrés toma esta figura agrícola para graficar la relación que existe entre Jesucristo, el Hombre-Dios, el Verbo Encarnado, y nosotros; en la figura, el arroz somos los hombres, el abono la gracia y la encarnación del Verbo y su sacrificio redentor en cruz, por el cual nos derrama su Sangre, el riego benéfico que reciben las plantaciones de arroz: “De manera semejante el Señor hace de la tierra su campo, de nosotros, los hombres, el arroz, de la gracia el abono, y por la encarnación y la redención nos riega con su sangre, para que podamos crecer y llegar a la madurez”.
Al llegar el momento de la siega, esto es, el día del Juicio –tanto el Particular como el Final-, se alegrarán quienes hayan lavado sus almas con la Sangre del Cordero, esto es, quienes hayan custodiado el tesoro de la gracia aun al precio de su propia vida; pero quienes despreciaron la Sangre del Cordero, pasará a ser enemigo de Dios por la eternidad, lo que equivale a decir, un condenado en el Infierno, aun cuando en vida terrena hubiera recibido el don inapreciable de ser hijo de Dios por el Bautismo: “Cuando en el día del juicio llegue el momento de la siega, el que haya madurado por la gracia se alegrará en el reino de los cielos como hijo adoptivo de Dios, pero el que no haya madurado se convertirá en enemigo, a pesar de que él también ya había sido hijo adoptivo de Dios, y sufrirá el castigo eterno merecido”.
Luego nos lleva a contemplar el modo como Jesús fundó su Iglesia, que es por su Sangre derramada en la cruz, y que es el modo con el cual la Iglesia crece a lo largo de la historia, porque los enemigos de la Iglesia pretenden destruirla y para lograr su objetivo, persiguen y matan a los cristianos, así como la Sinagoga persiguió y mató a Nuestro Señor Jesucristo, aunque jamás podrán derrotarla, así como Satanás, creyendo haber vencido al matar a Jesús, fue en ese mismo instante derrotado para siempre: “Hermanos muy amados, tened esto presente: Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos, con su Pasión fundó la santa Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles. Por más que los poderes del mundo la opriman y la ataquen, nunca podrán derrotarla. Después de la ascensión de Jesús, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, la Iglesia santa va creciendo por todas partes en medio de tribulaciones”.
Pasa luego a considerar la situación que vivía en ese momento la Iglesia Católica en Corea, una situación de sangrienta persecución contra los cristianos, persecución que al mismo tiempo se convierte en la semilla de los nuevos cristianos y en la fuerza celestial que hace reverdecer a la Iglesia en tiempos futuros, y si la persecución es causa de dolor y tristeza, lo cual forma parte de los planes de Dios, que permite un mal para sacar un bien infinitamente más grande: “También ahora, durante cincuenta o sesenta años, desde que la santa Iglesia penetró en nuestra Corea, los fieles han sufrido persecución, y aun hoy mismo la persecución se recrudece, de tal manera que muchos compañeros en la fe, entre los cuales yo mismo, están encarcelados, como también vosotros os halláis en plena tribulación. Si todos formamos un solo cuerpo, ¿cómo no sentiremos una profunda tristeza? ¿Cómo dejaremos de experimentar el dolor, tan humano, de la separación? No obstante, como dice la Escritura, Dios se preocupa del más pequeño cabello de nuestra cabeza y, con su omnisciencia, lo cuida; ¿cómo por tanto, esta gran persecución podría ser considerada de otro modo que como una decisión del Señor, o como un premio o castigo suyo?”.
El cristiano debe, en todo, buscar la voluntad de Dios e imitar a Jesucristo, para así participar de su victoria en la Cruz: “Buscad, pues, la voluntad de Dios y luchad de todo corazón por Jesús, el jefe celestial, y venced al demonio de este mundo, que ha sido ya vencido por Cristo”.
La persecución, la tribulación, el dolor, no debe hacer olvidar la caridad fraterna, y el cristiano debe orar para perseverar en la caridad, el verdadero amor sobrenatural a Dios y al prójimo, hasta que Dios haga cesar la tribulación: “Os lo suplico: no olvidéis el amor fraterno, sino ayudaos mutuamente, y perseverad, hasta que el Señor se compadezca de nosotros y haga cesar la tribulación”.
Por último, se refiere a ellos mismos, los mártires que están a punto de ser ejecutados y están por ser ejecutados porque han recibido la gracia de perseverar hasta el fin en la fe y en el amor y puesto que ya comienza a vislumbrar la eternidad, San Andrés da por finalizada la carta, ya que la realidad de la eterna felicidad que comienza a intuir, supera ampliamente lo que se pueda expresar con palabras humanas. Ofrece su vida a Jesucristo por amor, y deja su “beso de amor” a quienes quedan en la tierra, con la esperanza de que quienes estamos aun en la tierra, nos encontremos con los bienaventurados en el cielo: “Aquí estamos veinte y, gracias a Dios, estamos todos bien. Si alguno es ejecutado, os ruego que no os olvidéis de su familia. Me quedan muchas cosas por deciros, pero, ¿cómo expresarlas por escrito? Doy fin a esta carta. Ahora que está ya cerca el combate decisivo, os pido que os mantengáis en la fidelidad, para que, finalmente, nos congratulemos juntos en el cielo. Recibid el beso de mi amor”.
Al recordar a los santos mártires coreanos, pidamos que intercedan ante el Rey de los mártires, Jesucristo para que, así como ellos “proclamaron la fe hasta derramar su sangre”, seamos nosotros capaces de conservar la integridad y la pureza de la Santa Fe católica hasta el fin, hasta el último suspiro.



[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] https://www.pildorasdefe.net/santos/celebraciones/santoral-catolico-san-andres-kim-pablo-chong-martires-coreanos-20-septiembre
[3] De la última exhortación de San Andrés Kim Taegon, presbítero y mártir, Pro Corea Documenta, Ed. Mission Catholique Séoul, Seul/París 1938, vol. I, 74- 75.

martes, 20 de septiembre de 2016

Santos mártires Andrés Kim Taegon, presbítero, Pablo Chong Hasang y compañeros mártires


        
         Vida de santidad[1].
         Los santos mártires Andrés Kim Taegon, presbítero, Pablo Chong y compañeros, formaron parte de una comunidad de 103 mártires que dieron sus vidas por Jesucristo en Corea durante las persecuciones de los años 1839, 1846 y 1866. Con su sangre derramada por amor a Cristo, los mártires, que eran principalmente laicos, hombres y mujeres, casados o solteros, ancianos, jóvenes y niños, con sus sufrimientos y sus vidas ofrecidas a Jesucristo,  contribuyeron al nacimiento y crecimiento de la Iglesia en ese país de Asia.
         Mensaje de santidad.   
         Los mártires nos enseñan hasta dónde llega el testimonio de Jesucristo, y es hasta el derramamiento de la propia sangre. Ser cristianos es estar dispuestos, día a día, todos los días, a dar la vida por confesar que Jesucristo es el Hombre-Dios, que está Presente en la Eucaristía y que su Iglesia es la Única Verdadera. Esto es lo que se desprende de las últimas palabras del presbítero Andrés Kim Taegon, en una carta escrita antes de morir ejecutado.
         Si queremos saber en qué consiste el ser cristianos, lo que debemos hacer es reflexionar en sus últimas palabras, las cuales nos darán la medida de lo que significa llevar este nombre. Recordemos que, cuando el Padre Andrés Kim Taegon escribe esto, está prisionero y ha sido ya condenado a muerte. Dice así: “Si en este mundo, lleno de peligros y de miserias, no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido ni continuar aún vivos. Aunque por la gracia de Dios hemos venido a este mundo y también por la gracia de Dios hemos recibido el bautismo y hemos ingresado en la Iglesia, y, convertidos en discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso, ¿de qué nos serviría un nombre tan excelso, si no correspondiera a la realidad? Si así fuera, no tendría sentido haber venido a este mundo y formar parte de la Iglesia; más aún, esto equivaldría a traicionar al Señor y su gracia. Mejor sería no haber nacido que recibir la gracia del Señor y pecar contra él”. Dice el Padre Andrés que “cristiano” es un “nombre glorioso” en sí mismo, pero que el nombre “debe corresponderse a la realidad”, esto quiere decir que si somos hijos de Dios –y lo somos por el bautismo-, luego, nuestro comportamiento, debe ser el de los hijos de Dios, no los de los hijos de las tinieblas. Si somos cristianos y nos comportamos como los hijos de las tinieblas, es decir, si somos hijos de la luz y vivimos en la oscuridad del pecado, entonces más nos valdría “no haber nacido”[2]. Hay que notar en esto dos cosas: por un lado, que compara al pecador con Judas Iscariote, que fue “el que traicionó a Nuestro Señor” (cfr. Lc 22, 3); por otro lado, utiliza la misma expresión de Nuestro Señor al referirse, precisamente, a Judas Iscariote, cuando habla del “hijo de la perdición”: “Más le valdría no haber nacido” (cfr. Mt 26, 4). De esto vemos la gravedad del pecado y la seriedad y grandeza que significa el ser cristianos.
         Luego, compara la vida del cristiano y su relación con Jesucristo, con la figura del campesino que cultiva arroz –en Corea se consume mucho el arroz- : “Considerad al agricultor cuando siembra en su campo: a su debido tiempo ara la tierra, luego la abona con estiércol y, sometiéndose de buen grado al trabajo y al calor, cultiva la valiosa semilla. Cuando llega el tiempo de la siega, si las espigas están bien llenas, su corazón se alegra y salta de felicidad, olvidándose del trabajo y del sudor. Pero si las espigas resultan vacías y no encuentra en ellas más que paja y cáscara, el agricultor se acuerda del duro trabajo y del sudor y abandona aquel campo en el que tanto había trabajado. De manera semejante el Señor hace de la tierra su campo, de nosotros, los hombres, el arroz, de la gracia el abono, y por la encarnación y la redención nos riega con su sangre, para que podamos crecer y llegar a la madurez. Cuando en el día del juicio llegue el momento de la siega, el que haya madurado por la gracia se alegrará en el reino de los cielos como hijo adoptivo de Dios, pero el que no haya madurado se convertirá en enemigo, a pesar de que él también ya había sido hijo adoptivo de Dios, y sufrirá el castigo eterno merecido”. En esta figura, el campo de cultivo es la tierra, los hombres somos el arroz, el abono que hace fuerte al arroz es la gracia, el agua que lo riega es la Sangre de Jesucristo, que se nos da en la Santa Misa, en la Eucaristía; el día del juicio es la siega o cosecha, que es el día de nuestra propia muerte o el día del Juicio Final, en donde Jesús, representado como un Campesino, dejará de lado las espigas vacías, lo que significa la eterna condenación, el “castigo eterno”, como lo dice el Padre Andrés, mientras que “se alegrará por el grano que haya madurado, es decir, haya crecido en la vida de la gracia, lo que equivale a la eterna bienaventuranza.
         Después el Padre Andrés habla del crecimiento de la Iglesia, que se produce en medio de tribulaciones, y que “crece con el sufrimiento de los fieles”, lo cual nos hace tomar conciencia acerca del valor incalculable que tiene la tribulación en la vida personal de cada uno: “Hermanos muy amados, tened esto presente: Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos, con su pasión fundó la santa Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles. Por más que los poderes del mundo la opriman y la ataquen, nunca podrán derrotarla. Después de la ascensión de Jesús, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, la Iglesia santa va creciendo por todas partes en medio de tribulaciones”. Renegar de la cruz, de la tribulación, es renegar del mismo Jesús, que nos llama a participar, activamente, por medio del sufrimiento y la tribulación, de su propio sufrimiento y tribulación redentores, en el Calvario.
Afirma el Padre Andrés que, después de la tribulación y la persecución, en donde es lógico experimentar incluso tristeza y desolación, viene sin embargo el consuelo de parte de Dios, y ese consuelo nos lo da Jesucristo, que con su muerte en cruz, ha vencido al Demonio: “También ahora, durante cincuenta o sesenta años, desde que la santa Iglesia penetró en nuestra Corea, los fieles han sufrido persecución, y aun hoy mismo la persecución se recrudece, de tal manera que muchos compañeros en la fe, entre los cuales yo mismo, están encarcelados, como también vosotros os halláis en plena tribulación. Si todos formamos un solo cuerpo, ¿cómo no sentiremos una profunda tristeza? ¿Cómo dejaremos de experimentar el dolor, tan humano, de la separación? No obstante, como dice la Escritura, Dios se preocupa del más pequeño cabello de nuestra cabeza y, con su omnisciencia, lo cuida; ¿cómo por tanto, esta gran persecución podría ser considerada de otro modo que como una decisión del Señor, o como un premio o castigo suyo? Buscad, pues, la voluntad de Dios y luchad de todo corazón por Jesús, el jefe celestial, y venced al demonio de este mundo, que ha sido ya vencido por Cristo”.
Nos aconseja vivir cristianamente, con la caridad de Cristo, hasta que Dios disponga el cese de la tribulación: “Os lo suplico: no olvidéis el amor fraterno, sino ayudaos mutuamente, y perseverad, hasta que el Señor se compadezca de nosotros y haga cesar la tribulación”.
Por último, ya antes de su muerte, el Padre Andrés muestra una serenidad y una alegría que no se explican con las solas fuerzas humanas, es decir, por la sola virtud humana, porque su serenidad, alegría y esperanza en al alegría eterna, no vienen de él, sino del Espíritu Santo: “Aquí estamos veinte y, gracias a Dios, estamos todos bien. Si alguno es ejecutado, os ruego que no os olvidéis de su familia. Me quedan muchas cosas por deciros, pero, ¿cómo expresarlas por escrito? Doy fin a esta carta. Ahora que está ya cerca el combate decisivo, os pido que os mantengáis en la fidelidad, para que, finalmente, nos congratulemos juntos en el cielo. Recibid el beso de mi amor”. Recordemos que el Padre Andrés está a punto de morir ejecutado y, sin embargo, habla de la alegría que habremos de vivir “juntos en el cielo” si permanecemos fieles a la gracia de Jesucristo. Como podemos ver, lo que nos enseñan el Padre Andrés y los mártires coreanos, ser cristianos no es sólo llevar el nombre, sino estar dispuestos a entregar la vida por Jesucristo. Ahora bien, probablemente nosotros no estemos llamados al martirio cruento, como ellos, pero sí estamos llamados a evitar el pecado y a vivir en gracia, día a día, todo el día, todos los días, para así poder llegar a vivir en la alegría eterna del Reino de los cielos.
        


[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De la última exhortación de san Andrés Kim Taegon, presbítero y mártir; cfr. Pro Corea Documenta ed. Mission Catholique Séoul, Seul/París 1938, vol. I, 74- 75.

sábado, 20 de septiembre de 2014

San Andrés Kim Taegon y compañeros mártires


         Las palabras de los mártires, pronunciadas en los instantes previos antes de morir, tienen un enorme valor, porque son palabras inspiradas por el Espíritu Santo, y deben tenerse como tales, y como inspiradas por el Espíritu Santo, como venidas del mismo Espíritu de Dios, deben ser escuchadas, meditadas en el corazón, guardadas, custodiadas como un tesoro de valor inapreciable, inestimable, incalculable, con más celo que un avaro custodia sus monedas de oro. Un mártir, antes de morir, está asistido por el Espíritu Santo, y esto se puede comprobar por muchos indicios, uno de los cuales, es la extraordinaria y sobrenatural fortaleza, que los lleva a soportar la extrema ferocidad con la que los verdugos se ensañan contra ellos; una ferocidad que no se explica por meros apasionamientos humanos, sino por la incitación demoníaca, que busca hacer apostatar al mártir, es decir, lo que busca el verdugo con sus torturas es que el mártir reniegue de la fe en Jesucristo, porque ése es el objetivo del Demonio, pero como el mártir está asistido por el Espíritu Santo, es el Espíritu Santo el que le concede ya, como anticipo, una fortaleza sobrehumana, como un anticipo de la glorificación del cuerpo que el mártir recibirá como premio en los cielos, y es así que provocan admiración, a los mismos verdugos y ejecutores de las torturas y penas de muertes, la entereza y la serenidad de ánimo, e incluso hasta la alegría, con la cual los mártires soportaban las crudelísimas torturas a las que los sometían, hasta provocarles la muerte. Por ejemplo, entre los que acompañaban a San Andrés Kim Taegon, está un niño de 13 años, Pedro Ryou, a quien le destrozaron la piel de tal manera que podía tomar pedazos de ella y tirarla a los jueces[1]; a Columba Kim, soltera de 26 años, la quemaron con herramientas calientes y carbones y finalmente la decapitaron; y como estos, miles de ejemplos más, que muestran claramente que es imposible que los mártires soporten con sus solas fuerzas naturales la brutal agresión de los verdugos y que su fortaleza física no tiene otra explicación que un origen celestial.
Pero más que la fortaleza física, lo que asombra son el amor y la sabiduría sobrenatural que demuestran los mártires, signos ambos, más que elocuentes, también de la inhabitación en sus almas, del Espíritu Santo. Con respecto a San Andrés Kim Taegon, sus últimas palabras, dichas con serenidad y valentía, antes de ser decapitado, fueron: “¡Ahora comienza la eternidad!”. Estas palabras nos sirven para nosotros, hombres del siglo XXI, porque nuestro siglo, caracterizado por el materialismo, el relativismo, el ateísmo y el hedonismo, nos ha llevado a olvidar, precisamente, que existe una eternidad que nos espera; nos ha llevado a pensar que esta vida es para siempre, con su materialismo, con su dinero, con sus placeres mundanos, y como esta vida está llena de miserias, de rapiña, de codicia y de toda clase de cosas bajas y mundanas, nuestro corazón, al olvidarse que le espera un destino de eternidad –que puede ser en el amor o en el dolor-, se olvida de la eternidad y se aferra a la tierra, a la materia, al tiempo, a las cosas, al dinero, a lo que es caduco, a lo que se pudre y se descompone, a lo que no da ni puede dar, nunca jamás -porque no la tiene-, la felicidad.
“¡Ahora comienza la eternidad!”. Que las últimas palabras de San Andrés Kim Taegon, inspiradas por el Espíritu Santo, no encuentren en nosotros una tierra reseca por el sol ardiente, cubierta de espinas y de piedras, sino una tierra fértil, en donde germine y de fruto del ciento por uno, frutos de vida eterna. Que estas palabras nos ayuden a despegarnos de lo caduco y temporal, y nos hagan fijar la vista en lo que es eterno y que, siendo eterno, está en nuestro tiempo: la Eucaristía, porque la Eucaristía es Cristo, Dios Eterno e inmortal.




[1] http://www.corazones.org/santos/andrew_kim_taegon.htm

jueves, 20 de septiembre de 2012

Que el mártir Andrés Kim Taegon interceda para que demos testimonio de Cristo en nuestros más que difíciles tiempos



“En este difícil tiempo, para ser victorioso se debe permanecer firme usando toda nuestra fuerza y habilidades como valientes soldados completamente armados en el campo de batalla”. Es el texto de una de una carta encontrada entre las pertenencias del sacerdote coreano San Andrés Kim Taegon, decapitado a los 26 años.
Esa carta conserva toda su actualidad, desde el momento en que ha sido escrita por un mártir, y desde el momento en que es el Espíritu Santo quien asiste, ilumina e inspira a todo mártir que muere en nombre de Cristo. El Padre Andrés habla de “difícil tiempo”, ya en el año 1814, época en la cual todavía no se había exaltado la contra-natura a rango de derecho humano, ni se osaba destruir la familia tradicional, reemplazándola por toda clase de uniones anti-naturales, ni se había autorizado por ley el asesinato de los niños por nacer, ni tampoco se hablaba de una iniciación luciferina planetaria, preparada en nuestros días por películas que ensalzan el ocultismo y la magia negra.    
Por lo tanto, si los tiempos de los mártires coreanos eran difíciles, mucho más lo son nuestros tiempos actuales.
         Pero el P. Andrés no se detiene en la mera consideración de los tiempos difíciles; ante todo, habla de la victoria que se avecina, y que está al alcance de la mano: “para ser victorioso se debe permanecer firme usando toda nuestra fuerza y habilidades”, para lo cual debemos alistarnos en la batalla como valientes soldados fuertemente armados: “como valientes soldados completamente armados en el campo de batalla”.
       Como en los tiempos del P. Andrés, también nosotros nos encontramos inmersos en una batalla, la misma batalla de la que habla el P. Andrés: la batalla que libramos es la continuación de la iniciada en los cielos, entre los ángeles de luz y los ángeles rebeldes y apóstatas, comandados por Satanás; es una batalla que, ganada en el cielo por los ángeles de Dios, la continúa librando en la tierra hasta el fin de los tiempos la Iglesia Católica; es una batalla que se libra con armas, aunque son muy distintas, según el ejército que se trate: mientras que las armas del demonio son la mentira, la calumnia, la soberbia, la auto-suficiencia y la impiedad, las armas de los hijos de Dios son la humildad, la caridad, el Santo Rosario, el Escapulario, la Santa Misa y la Confesión sacramental; es una batalla que se libra en un campo de batalla, y el campo de batalla es el corazón de cada hombre; es una batalla en la que se enfrentan dos ejércitos, y los ejércitos que se enfrentan son, por un lado, los que aman a Jesucristo, los ángeles de luz y los hombres de buena voluntad, y por otro, los ángeles caídos y los hombres pervertidos que adoran a Lucifer; es una batalla en la que se enarbolan al viento los estandartes, y los estandartes que identifican estos ejércitos son la negra y siniestra bandera de Lucifer, de un lado, y el estandarte ensangrentado de la Cruz y la Bandera celeste y blanca de la Inmaculada, del otro.
Que el ejemplo de Andrés Kim Taegon y compañeros mártires nos estimule a “combatir el buen combate hasta el fin” (1 Tim 6, 12), a dar testimonio de Cristo en nuestros más que difíciles tiempos, para recibir, en la otra vida, el premio inmerecido, la feliz contemplación de la Trinidad por la eternidad.

martes, 20 de septiembre de 2011

San Andrés Kim y compañeros mártires



La vida y muerte de los mártires, no importan sus edades o el tiempo transcurrido, constituyen siempre un testimonio válido y actual para la Iglesia que peregrina en el tiempo, porque ellos nos pueden ayudar a sacudir la modorra espiritual que nos envuelve cotidianamente en la práctica de la religión, modorra causada por la pereza espiritual, por la tibieza, por la incredulidad.

Los mártires son ejemplo siempre actual porque dieron sus vidas no por un ideal utópico, irrealizable, vacío, o inalcanzable; dieron sus vidas porque fueron iluminados desde lo alto, con una potencia de luz divina tan intensa, que sus almas quedaron, ya desde la tierra, fijas en el estupor que provoca la contemplación de la divinidad de Jesucristo, como un anticipo de lo que habría de sucederles luego en el cielo.

El derramamiento de sangre de los mártires testimonia, con ese solo hecho, que aquello que contemplaron es tan inmensamente grande y majestuoso, que la vida aquí no vale la pena si no es para derramarla en testimonio de ese misterio sobrenatural que se revela en Cristo: Dios es Uno y Trino, se ha encarnado en la Persona del Hijo, y este nos ha donado a Dios Espíritu Santo, para comunicarnos el Amor divino.

Su testimonio de Cristo, dado al precio de la sangre, y sus palabras, deberían hacernos pensar en la clase de cristianos perezosos, negligentes y tibios que somos, puesto que por nada estamos dispuestos a dejar de lado la vida de la gracia.

Dice Andrés Kim Taegon, primer sacerdote coreano, decapitado a los 26 años, en una carta encontrada entre sus pertenencias, dirigida a sus fieles: “En este difícil tiempo, para ser victorioso se debe permanecer firme usando toda nuestra fuerza y habilidades como valientes soldados completamente armados en el campo de batalla”.

El ser soldados, no quiere decir pertenecer a un ejército de la tierra, sino al ejército victorioso de Jesucristo, cuyo estandarte es la Cruz ensangrentada; la armadura y escudo, es la fe de los Apóstoles, rezada en el Credo dominical; las armas son la oración, el Rosario, la Santa Misa, la confesión frecuente, las obras de misericordia; la batalla, no es una terrestre, sino una batalla espiritual, la batalla decisiva que se libra en cada corazón humano, entre las fuerzas de la luz y las fuerzas de las tinieblas.

Los mártires son quienes han combatido este buen combate, y han ganado la batalla final, y han entrado victoriosos en el cielo.

Su ejemplo nos debe servir para erradicar del alma, de una vez y para siempre, la tibieza, la pereza y el orgullo, y para eso debemos contraponer la sangre de los mártires, derramada por confesar a Cristo, es decir, por vivir en gracia, y nuestra tendencia a negar a Cristo y a preferir los atractivos del mundo.